viernes, 30 de enero de 2026

EL MIRADOR DE LA POESÍA

Hoy estrena el mirador el poeta salmantino José María Gabriel y Galán (1870-1905) con uno de sus poemas. La espigadora ¿Vas a espigar, Isabel? ¡Cuánto siento, criatura, que bese el sol esa piel que tiene jugo y frescura de pétalos de clavel! Sé que espigar necesitas, porque, aunque al sol te marchitas, no es bueno que huelgue y duerma quien tiene cuatro hermanitas y tiene a su madre enferma. Mas díganme humanos ojos si te hizo Naturaleza para que en estos rastrojos, hieran tus pies los abrojos y abrase el sol tu cabeza. Entre pintados cristales de alcázares ideales hay cien reinas poderosas... ¡Para las más bellas cosas no tiene el mundo fanales! Isabel: no puedo amar; no puedo abrirte la puerta de mi pecho y de mi hogar, porque a otra Isabel, ya muerta, se los juré consagrar. Y eres tan bella, Isabel, que tengo duda cruel de si serás sombra bella de aquella eclipsada estrella que viene a ver si soy fiel. Lo digo por tus miradas, que parecen oleadas del piélago de la gloria y no pobres llamaradas de bella mortal escoria; lo digo porque me suena tu voz a salmo cristiano: lo digo porque eres buena, porque eres casta y serena como noche de verano. ¡Isabel: no puedo amar! Dios sabe que si pudiera partir contigo mi hogar ahora mismo te dijera: -No vayas, niña, a espigar, que cerca de ese desierto tengo una casa y un huerto que entolda un viejo parral donde estarás a cubierto del beso de mi rival, y si espigar necesitas..., ¡descanse mi reina y duerma!, que está en mis trojes benditas el pan de tus hermanitas y el pan de tu madre enferma. Mas ni estas puras y sanas consolaciones cristianas puedo pedir al amor..., ¡dijeran lenguas villanas que andaba en ello tu honor! Vete a espigar, moza mía, que si el mundo fuese honrado, como tu honor merecía, contigo a espigar iría quien sabe lo que es sagrado; contigo se fuera, hermosa, por el desierto ardoroso, quien tiene por cierta cosa que nadie mancha una rosa si no es un reptil baboso. En el rincón de ese ardiente desierto que el sol calcina tengo yo un prado riente con una pomposa encina y una purísima fuente; y bajo el palio frondoso que apaga el fuego del cielo, yo te dejara gozoso oyendo el decir copioso del agua del regatuelo, y yo, afrontando fatigas bajo ese cielo que arde, diera envidia a las hormigas para llevarte a la tarde rubias manadas de espigas. ¡No puedo, sol de mis ojos! Tendrás que ir sola, Isabel, para que en esos rastrojos hieran tus pies los abrojos y el sol mancille tu piel. Tendré que verte a la vuelta, cuando a tu pobre hogar vayas, la trenza del jubón suelta, rotas las pulidas sayas, la cabellera revuelta, con polvo y sudor pegado sobre las sienes el pelo y hundido el seno abultado, y el alto dorso encorvado, y el casto mirar al suelo. Y fuerza será que vea cómo el sol de los rastrojos tu piel de rosa broncea y cómo escalda y orea tus húmedos labios rojos. Mas vete sola, Isabel, que, aunque me cause dolor que el sol mancille tu piel, es más injusto y crüel que el mundo empañe tu honor. Mejor que un decir artero mil veces llorar prefiero bellezas que el sol se lleve... ¡Virgen de bronce te quiero mejor que Venus de nieve! Poesía es sentir hondo, pensar derecho y hablar cantando.

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