Periódico publicado en su blog cada fin de mes por María Jesús Sánchez Oliva “Premio Tiflos 1996 y 2013”. Secciones: Portada. La Vitrina (libros). Mesa camilla (opinión). Cajón de Sastre El Álbum de la Lengua La Butaca (noticias positivas). Carta a… Cosas de Garipil (espacio de María Jesús). Y ya que has venido, entra en mi mercadillo. http://palabrascatetas.blogspot.com/
viernes, 30 de enero de 2026
PORTADA
Queridos lectores: Acaba de salir el número 132 de 30 días, mi periódico, tu periódico, el periódico de cuantos quieran leerlo.
NOTA IMPORTANTE
A partir de esta fecha (30-Y-2026) y a sugerencia de algunos lectores se agregan dos entradas al periódico: El juego de las preguntas. Consiste en hacer una pregunta (relacionada con la cultura generalmente) que los lectores pueden responder. Las respuestas y el número y nombre (pueden ser seudónimos) de los acertantes se comunicarán en el número siguiente, y a final de año, la persona que más aciertos haya tenido, podrá figurar como seguidora de honor en la portada. Y El mirador de la poesía. Consiste en publicar poemas de poetas consagrados, desconocidos o aficionados, que se consideren, claro está, aceptables. Las respuestas a las preguntas para concursar y el envío de poemas para ser publicados solo se recibirán en el correo electrónico de Garipil que figura al final de su sección “Cosas de Garipil”.
LO MÁS DESTACADO DE ENERO
LA VITRINA: Autor del libro que hoy se presenta para invitarnos a la lectura: Óscar Soto Nicolás.
EL JUEGO DE LAS PREGUNTAS: La solución a la pregunta y el número de respuestas se publicarán en el número siguiente.
MESA CAMILLA: Última entrada de enero en Salamanca RTV Al Día.
CAJÓN DE SASTRE: Historia de la mujer que inspiró la mítica canción de Carlos Cano.
EL ÁLBUM DE LA Lengua: Usos de delante y adelante.
LA BUTACA: Protagonizada por el dramaturgo y escritor don Pedro Muñoz-Seca.
EL MIRADOR DE LA POESÍA: Hoy estrena el mirador el poeta Gabriel y Galán.
CARTA a… María Corina Machado.
COSAS DE GARIPIL: IV relato del libro titulado Letanías.
Si has visitado cualquiera de las secciones, mil gracias; si las has visitado todas, un millón.
Volveremos a encontrarnos en el próximo número.
María Jesús Sánchez Oliva.
Seguidores de Honor:
Mónica Nuevo Vialás. Nacionalidad: española. 23-IV-2012.
Arturo Arias Terceiro. Nacionalidad: argentina. 12-VI-2012.
María del Mar Nuevo Vialás. Nacionalidad: española. 29-VI-2013.
Concepción Martín Martín (Conchi). Nacionalidad: española. 19-IV-2015.
Claudio Hernández Díaz (pintor). Nacionalidad: española. 30-VI-2020.
LA VITRINA
Queridos lectores: En este número soy yo el elegido para invitaros a leerme. Por si decidís aceptar mi invitación, me presento y os adelanto mi contenido.
Mi título: Rojo veneciano
Mi autor: Soto Colás, Óscar
Esto me han dicho que os diga de mí: Valladolid, 1620. Martin de Castro es un pintor de santos cuya esposa murió al dar a luz a su querida hija, Juana. La niña demuestra desde bien pequeña un talento auténtico por la pintura. Siendo ya una adolescente, ocurren dos sucesos que cambiarán su hasta entonces plácida vida: Martín es seducido por una intrigante mujer que acaba convirtiéndose en su madrastra y ella, a su vez, comienza una intensa relación con Francisco Peña, el mejor aprendiz de su padre. Así se inicia esta intensa, barroca y fascinante novela en la que su autor ha derrochado talento narrativo para recrear la vida de una mujer que tiene que desempeñar su arte en la clandestinidad, negándose así a aceptar un destino impuesto por otros. Una vida cargada de rebeldía y plena en experiencias que trae al presente el fascinante siglo XVII. Desde la Venecia de los dogos a la Roma de los papas, pasando por el Madrid de los Austrias y la severa Valladolid, Juana conocerá de primera mano el ambiente artístico de su época y a personajes históricos como el mismísimo Diego Velázquez o Felipe IV.
Firmado: Rojo veneciano
Si abres mis hojas, abriré tus ojos
EL JUEGO DE LAS PREGUNTAS
Pregunta de enero:
¿Qué color se conoce con el nombre de isabelino y por qué recibe este nombre?
María Jesús
MESA CAMILLA
Nota discordante
La nota discordante en la tragedia de los trenes en el pueblo cordobés de Adamuz la ha puesto quien más tiene que callar precisamente: Isabel Díaz Ayuso, porque llamarla señora con su mala educación, o presidenta con su penosa gestión en la Comunidad de Madrid, está fuera de lugar. Ella, solo ella, que yo sepa y he seguido los hechos al detalle como la mayoría de los españoles, es la única que no se ha molestado en dar las gracias a los vecinos, a los que acudieron con remedios sin que nadie los llamara, a las fuerzas de seguridad, a los bomberos, al personal sanitario, a los medios de comunicación, a los miembros del Gobierno, a los de la Junta de Andalucía incluso y a todos los que lo dejaron todo para ayudar a las víctimas; ella, solo ella, es la que no se ha dignado en mandar un mensaje de pésame a las familias afectadas; ella, solo ella, es la que no se ha interesado por los heridos; ella, solo ella y los cuatro descerebrados que nunca faltan, son los que ven conductas conspiranoicas en los accidentes de trenes. Sí, ella, la que se ha olvidado por completo de los casi trescientos muertos en la DANA de Valencia, la que no recuerda la peor que mala gestión de su partido, la que defendió a capa y espada a su colega, la que acusó de la tragedia al Gobierno y no se cansó de pedir la cabeza del presidente por inútil, la que fue incapaz, y sigue siendo, de intervenir para que su jefe nos diga de una vez qué hacía aquella tarde el tal Mazón tantas horas en el ventorro de marras y en qué condiciones salió de él aunque ya solo sirva para evitar conjeturas poco loables, y la que si mal no recuerdo, ni siquiera asistió al funeral de Estado, ahora, además de exigir al Gobierno explicaciones de todo tipo y con urgencia se pone en contra de que el funeral de Estado tenga lugar en Huelva por ser la provincia que más muertos ha tenido y para restar protagonismo, para presumir de cargo, para lucirse, ha decidido hacer otro funeral en Madrid el mismo día. Si Feijóo, que se supone asistirá al funeral, aprovechara la misa para reflexionar, la mandaría a su casa en cuanto recibiera la bendición, porque si él no acaba con ella, será ella la que acabe con él. Y su sueño de ser presidente se quedará en un sueño.
26-I-2026
María Jesús
CAJÓN DE SASTRE
Tras los pasos de María la Portuguesa, la mujer que inspiró la mítica canción de Carlos Cano
EL PAÍS - domingo, 25 de mayo de 2025.
Amaranta Cano, hija del cantautor granadino, protagoniza un documental que recrea los trágicos sucesos que le llevaron a componer su tema más versionado.
Quizás la única forma de escudriñar el alma del cantautor Carlos Cano (Granada, 1946-2000) sea a través de sus canciones. El renovador del folclore, cantor de coplas y juglar comprometido, se hizo presente en cada una de sus melodías. Una de ellas, María la Portuguesa, que hermana fado y pasodoble, es una herida por donde respira el dolor del pueblo pesquero andaluz que mantendrá para siempre viva la memoria de este poeta fundamental de la Transición y la Autonomía de Andalucía.
Es una canción que ha rebasado límites, ha cruzado fronteras y ha trascendido al propio creador. Con una voz tenue, transida por la melancolía, una de las hijas del artista, Amaranta Cano, reconoce en este icono musical “la verdadera dimensión” de una obra de arte cuando corta el cordón umbilical con su autor y pasa a pertenecer “al pueblo”.
María la Portuguesa es ahora también el título de una película documental firmada por el cineasta Eduardo Montero, con guion de Ángel del Río, que sirve a Amaranta Cano para el reencuentro con su padre. “La dimensión de mi padre a nivel popular la conozco realmente cuando fallece. El Carlos Cano artista nos tenía al margen, separado del Carlos Cano familiar. El que yo conozco es el padre que está en casa, que es cariñoso, es tímido. Recuerdo estar en mi habitación estudiando y escuchar de fondo la guitarra y los susurros de mi padre mientras estaba componiendo. Fue mi banda sonora cuando estudiaba”, rememora la hija del músico en el documental.
No soporto que esté muerto y que su legado esté muerto, insiste Amaranta Cano al inicio del metraje. Y en este empeño por mantenerlo vivo, en la memoria y en la historia musical de este país, la hija se enrola en un viaje para encontrarse con el padre, con María la Portuguesa como médium. La filmación de una expedición que sirve también para reconstruir los hechos algunos imaginados, la mayoría reales en los que Carlos Cano se inspiró para escribir este clásico.
María la Portuguesa la firma Carlos Cano en 1987 y pertenece a su álbum Quédate con la copla. Ha sido versionada por multitud de artistas, fundamentalmente voces femeninas, como la gran fadista Amália Rodrigues, María Dolores Pradera, Pasión Vega, Las Migas, Rozalén y Martirio, estas dos últimas presentes en el documental.
Es una hibridación de fado, morna caboverdiana, copla y pasodoble. ¿Pero qué se narra exactamente en María la Portuguesa?
“La canción dice en un momento ‘y un disparo sonó’. Ahí me doy cuenta de que Carlos Cano siempre canta historias, historias que además han sucedido. Y es cuando me pregunto ¿de qué habla María la Portuguesa?”. Se lo formula ante Amaranta Cano el periodista David López Frías, que durante tres años ha investigado la conexión entre la canción y los hechos reales ocurridos en la frontera entre Ayamonte y Vila Real do Santo António, en el Algarve portugués, la noche de Reyes de 1985.
Un guardinha portugués (policía fronteriza) mató a Juan Flores, un mariscador español, en plena desembocadura del río Guadiana, sospechando de pesca ilegal y contrabando en el país vecino: una mujer desconocida para la familia, María, veló el cadáver toda la noche, acompañó al féretro en el cementerio hasta la tumba y desapareció. Al conocer los hechos, Carlos Cano fabuló una historia de amor.
La mujer real, sin embargo, “ni se llamaba María ni era portuguesa”, explica el periodista. Las crónicas de la época, recogidas en hojas de periódico teñidas de sepia que custodia Loli Flores, la hija del pescador fallecido, nos hablan de un suceso que casi provoca una grave crisis diplomática entre España y Portugal y por el que el pueblo entero de Ayamonte salió a la calle para pedir justicia. Tras los juicios celebrados en Vila Real de Santo Antonio, el guardinha José Antonio Nunes fue condenado por imprudencia temeraria. Juan Flores dejó viuda y dos hijas, y su familia solo consiguió 200.000 pesetas de indemnización.
Página de 'El correo de Andalucía' del 7 de enero de 1985 en la que se recoge la historia de Flores.
De la enigmática mujer, sin embargo, nada dijeron los periódicos. Amaranta Cano visita Ayamonte y acude a los mayores del lugar, acostumbrados a velar viejos secretos y a mirar hacia otro lado ante las preguntas de los forasteros. Es al cruzar la frontera a Vila Real do Santo António donde la hija de Carlos Cano va desenmascarando a una mujer que, según relatan los vecinos portugueses, “no dejaba indiferente a nadie”.
“Por donde pasaba dejaba un rayo de alegría, un rastro de luz”. “Era española, pero pasó a ser nuestra”, recuerdan en la zona lusa a esta mujer nacida en 1926 en el lado español de la frontera como María, pero rebautizada en Portugal con el nombre de Aurora. “Una persona que no pasaba desapercibida”, “una figura que imponía”, “con sus labios rojos, su colorido vital”… “Despertaba odio entre las mujeres casadas, porque ella se iba con los hombres”, reconoce incluso una de las trabajadoras del geriátrico donde Aurora pasó el final de sus días, aquejada de alzhéimer.
Sin embargo, detrás de esta leyenda de mujer fatal, Aurora fue, y ahí sí ha encontrado Amaranta Cano el consenso, una mujer que “comprendía las necesidades de la gente, sus dificultades financieras, ayudaba a las personas, por eso era tan conocida; le pedía trabajo a los patrones de los barcos para los pescadores más necesitados”, explica en portugués una amiga de la protagonista de la canción, que asevera: “Lo que tuvo con Juan Flores no fue un romance, fue solidaridad, por las circunstancias en las que murió, la injusticia, por ver el dolor de una familia española en la frontera”.
El documental no desvela si esta mujer pudo ver reconocida su historia en la canción de Carlos Cano, tan conocida en el país vecino por el homenaje que el artista andaluz realiza en ella al fado. “Es un género musical que fascinó profundamente a mi padre, tanto como su autora más emblemática, Amália Rodrigues, señala Amaranta.
“Amália Rodrígues y Carlos Cano conforman la historia de la unión ibérica”, llega a decir la fadista Teresa Salgueiro, reunida en este documental junto a otros artistas como Martirio, Rozalén, Antonio Chainho y Raúl Rodríguez. Para este último, la grandeza de María la Portuguesa resume no solo una inspiración, sino el reencuentro de una hija con su padre como símbolo de pervivencia de un legado: “María tiene esa cosa de las grandes obras de arte de convertir una historia muy local en un hecho universal, trasplantable a tantos países que tienen relación con las fronteras, donde la gente se quiere más allá de los límites administrativos, se salta los puentes y se aman sin pasaporte”.
EL ÁLBUM DE LA LENGUA
Usos de delante y adelante
Ante la vacilación a la hora de emplear los adverbios delante y adelante, se ofrecen algunas indicaciones sobre su uso.
1. Caminamos adelante y caminamos delante
Con verbos de movimiento se suele usar adelante, pues ya su etimología aporta ese sentido: «No es posible ir adelante» o «El público dio un paso adelante». Con el objetivo de reforzar esa idea de movimiento, el adverbio puede llevar las preposiciones hacia o para: «Muévete un poco para adelante». Si se usan estas preposiciones, también se puede usar delante: «Muévete un poco para adelante», «Anduvo hacia delante».
No obstante, también es posible que estos verbos se construyan con el adverbio delante. En ese caso no se expresa dirección o movimiento, sino ubicación. Por ejemplo, en Caminamos adelante se alude a la dirección del movimiento que realizan las personas, mientras que en un enunciado como Caminan delante esas personas están situadas delante (y otras detrás).
2. Estoy delante del parque y Estoy adelante del parque
Cuando se quiere expresar situación o ubicación, pueden emplearse ambos indistintamente: «Nos reuniremos delante de la finca», «El coche de adelante va muy lento», «¿Estaba adelante de nosotros?» o «Me senté delante». Con este uso solo adelante admite sin problemas la
cuantificación con expresiones como más, bastante, demasiado, muy, etc., pero delante las rechaza. Así, es adecuado decir «La tienda estaba más adelante», pero no «La tienda estaba muy delante».
Según la segunda edición del Diccionario panhispánico de dudas, tanto delante como adelante pueden llevar un complemento con la preposición de, pero no se documentan estas opciones de la misma manera en todas las zonas en las que se habla español. En Hispanoamérica es mucho más frec uente adelante de, mientras que en España se pref iere delante de.
Recomendación de la Fundéum
LA BUTACA
:Anécdota
Don Pedro Muñoz-Seca vivía desde sus tiempos de estudiante en una casa de Madrid donde atendía la portería un encantador matrimonio al que profesaba auténtico afecto. Falleció la mujer, y a los pocos días, más de pena que de enfermedad pues era un matrimonio profundamente enamorado, el marido.
El hijo de los porteros se dirigió a don Pedro muy afectado tras la muerte de su padre y le pidió que redactara un epitafio para honrar su memoria. Del corazón de
Muñoz-Seca surgieron estos versos:
Fue tan grande su bondad,
tal su generosidad
y la virtud de los dos,
que están, con seguridad,
en el cielo junto a Dios.
Corría mil novecientos veinte y tantos, y en aquella época, era preceptivo que la Curia diocesana aprobara el texto de los epitafios que habían de adornar los enterramientos. Así que don Pedro recibió una carta del Obispado de Madrid reconviniéndole a modificar el verso, puesto que nadie, ni siquiera el propio Obispo de la diócesis o el Santo Padre, incluso, podía afirmar de un modo tan categórico que unos fieles hubieran ascendido al cielo sin más.
Don Pedro rehizo el verso y lo remitió a la Curia del modo siguiente:
Fueron muy juntos los dos,
el uno del otro en pos,
donde va siempre el que muere,
pero no están junto a Dios
porque el Obispo no quiere.
Nueva carta de la Curia
El Obispo, tras recriminar al autor lo que cree, con toda la razón del mundo, una burla y un choteo de Muñoz-Seca, le exige una rectificación ya que no es el Obispo el que no quiere, pues ni siquiera es voluntad de Dios, que no decide nuestro futuro, sino que es nuestro libre albedrío el que nos lleva al cielo o no.
Así que don Pedro remata la faena escribiendo un verso que jamás se colocó
en enterramiento alguno porque la Curia jamás le contestó:
Vagando sus almas van
por el éter, débilmente,
Sin saber qué es lo que harán
porque, desgraciadamente,
Ni Dios sabe dónde están.
Enviada desde su sección en 30 días por Garipil.
EL MIRADOR DE LA POESÍA
Hoy estrena el mirador el poeta salmantino José María Gabriel y Galán (1870-1905) con uno de sus poemas.
La espigadora
¿Vas a espigar, Isabel?
¡Cuánto siento, criatura,
que bese el sol esa piel
que tiene jugo y frescura
de pétalos de clavel!
Sé que espigar necesitas,
porque, aunque al sol te marchitas,
no es bueno que huelgue y duerma
quien tiene cuatro hermanitas
y tiene a su madre enferma.
Mas díganme humanos ojos
si te hizo Naturaleza
para que en estos rastrojos,
hieran tus pies los abrojos
y abrase el sol tu cabeza.
Entre pintados cristales
de alcázares ideales
hay cien reinas poderosas...
¡Para las más bellas cosas
no tiene el mundo fanales!
Isabel: no puedo amar;
no puedo abrirte la puerta
de mi pecho y de mi hogar,
porque a otra Isabel, ya muerta,
se los juré consagrar.
Y eres tan bella, Isabel,
que tengo duda cruel
de si serás sombra bella
de aquella eclipsada estrella
que viene a ver si soy fiel.
Lo digo por tus miradas,
que parecen oleadas
del piélago de la gloria
y no pobres llamaradas
de bella mortal escoria;
lo digo porque me suena
tu voz a salmo cristiano:
lo digo porque eres buena,
porque eres casta y serena
como noche de verano.
¡Isabel: no puedo amar!
Dios sabe que si pudiera
partir contigo mi hogar
ahora mismo te dijera:
-No vayas, niña, a espigar,
que cerca de ese desierto
tengo una casa y un huerto
que entolda un viejo parral
donde estarás a cubierto
del beso de mi rival,
y si espigar necesitas...,
¡descanse mi reina y duerma!,
que está en mis trojes benditas
el pan de tus hermanitas
y el pan de tu madre enferma.
Mas ni estas puras y sanas
consolaciones cristianas
puedo pedir al amor...,
¡dijeran lenguas villanas
que andaba en ello tu honor!
Vete a espigar, moza mía,
que si el mundo fuese honrado,
como tu honor merecía,
contigo a espigar iría
quien sabe lo que es sagrado;
contigo se fuera, hermosa,
por el desierto ardoroso,
quien tiene por cierta cosa
que nadie mancha una rosa
si no es un reptil baboso.
En el rincón de ese ardiente
desierto que el sol calcina
tengo yo un prado riente
con una pomposa encina
y una purísima fuente;
y bajo el palio frondoso
que apaga el fuego del cielo,
yo te dejara gozoso
oyendo el decir copioso
del agua del regatuelo,
y yo, afrontando fatigas
bajo ese cielo que arde,
diera envidia a las hormigas
para llevarte a la tarde
rubias manadas de espigas.
¡No puedo, sol de mis ojos!
Tendrás que ir sola, Isabel,
para que en esos rastrojos
hieran tus pies los abrojos
y el sol mancille tu piel.
Tendré que verte a la vuelta,
cuando a tu pobre hogar vayas,
la trenza del jubón suelta,
rotas las pulidas sayas,
la cabellera revuelta,
con polvo y sudor pegado
sobre las sienes el pelo
y hundido el seno abultado,
y el alto dorso encorvado,
y el casto mirar al suelo.
Y fuerza será que vea
cómo el sol de los rastrojos
tu piel de rosa broncea
y cómo escalda y orea
tus húmedos labios rojos.
Mas vete sola, Isabel,
que, aunque me cause dolor
que el sol mancille tu piel,
es más injusto y crüel
que el mundo empañe tu honor.
Mejor que un decir artero
mil veces llorar prefiero
bellezas que el sol se lleve...
¡Virgen de bronce te quiero
mejor que Venus de nieve!
Poesía es sentir hondo, pensar derecho y hablar cantando.
CARTA A...
20-I-2026
María Corina Machado:
Los premios Nobel, dice Noruega con mucho sentido común, no se pueden regalar: son personales e intransferibles. El Nobel de la Paz de 2025 lo solicitó para sí mismo Donald Trump. Hasta ahí llega su osadía. Gracias a su pasión por las guerras, a su negra conciencia, a su falta de escrúpulos, a su odio mortal a los migrantes, a los negros, a todos los que no le aplaudan sus barbaridades… y al buen criterio de la organización se lo denegaron o no le hicieron ni repajolero caso que viene a ser lo mismo. Sin embargo usted fue propuesta para el galardón por su constante oposición al chavismo, por su defensa de la democracia, de los derechos humanos y de la libertad de expresión, y aunque le costó Dios y ayuda salir de su escondite para ir a recoger el premio, consiguió llegar a Oslo vivita y coleando afortunadamente. Esto era lo esperado y así fue. Pero ahora, cuando el perseguido por Trump es Nicolás Maduro y lo tiene entre rejas y a miles de kilómetros, usted, en lugar de pedirle ayuda para que se convoquen elecciones limpias inmediatamente y se respeten los resultados, le regala su nobel como quien regala una caja de bombones para ganarse su simpatía. ¿No será que ya, más que defender la libertad del pueblo venezolano, le interesa defender la suya? Esperemos que el tiempo nos diga que hay que pedirle perdón por esta sospecha.
María Jesús.
COSAS DE GARIPIL
¡Hola!: Desconecta el televisor, deja el móvil donde ni lo veas ni lo oigas, siéntate en tu sillón favorito, cierra los ojos y permíteme que te lea el cuarto relato de Letanías en lo que el sueño te manda a la cama para recuperar las fuerzas perdidas durante el día.
Cuando suene la flauta
Una cortina de niebla envolvía la ciudad aquella mañana de enero. Por una de las avenidas principales, entre yen¬tes madrugadores y vinientes trasnochadores, Henar caminaba despacio, como dudando entre seguir adelante o volverse atrás. Las calles le parecían el doble de anchas, se le antojaba que las plazas habían cambiado de sitio, ni siquiera los nombres de las tiendas le resultaban familiares. De vez en cuando, el bombardeo de frases de parientes y amigos explotando entre sus sienes, la invitaba a acelerar el paso. "Ánimo, Henar, ánimo, que todo volverá a ser como antes", le decían los más optimistas. "Ánimo, Henar, ánimo, que el prestigio no se pierde como la belleza", le decían los más idealistas. "Ánimo, Henar, ánimo, que lo importante es poder con¬tarlo", le decían los más realistas. Pero el ánimo
—decía ella— no se compraba en los bazares de «todo a veinte duros".
—Buenos días, doña Henar, ¿cómo está usted? —le preguntó la portera en cuanto puso los pies en la amplia alfombra del portal.
—Bien, ya estoy bien. —respondió ella e inclinó la cabeza para que aquel par de ojos no lograra ver lo que tan descaradamente pretendía.
Llamó el ascensor y entró de espaldas para no verse reflejada en el espejo. Estaba segura de que aquel rectángulo azogado que tantas veces la había rociado de elogios, de halagos, a la sazón la empaparía sin piedad, sin recato, de insultos. Abrió la puerta número ocho de la cuarta planta muy feliz por no haberse tropezado con ningún vecino en el rellano; ella, que siempre había tenido los saludos en oferta, —decían que daba tres por uno—, ahora los vendía a precio de oro, y cuando los vendía. Entró por fin en el despacho. Cinco lustros había pasado entre aquellas paredes repletas de títulos universitarios, de fotografías de ilustres juristas, de sentencias famosas... y sin embargo aquella mañana todo se le figuraba tristemente novedoso. Desconectó el contestador automático. "El bufete de la le¬trada doña Henar L. Suviña permanecerá cerrado por tiempo indefinido", había estado repitiendo como un loro aquel maldito cacharro durante dieciocho meses, año y medio, toda una eternidad para quien estaba acostumbrada a que los días se le escaparan como el agua de las manos. Se sentó ante la regia mesa que estrenara su abuelo y heredara de su padre. Encendió un cigarro y al separárselo de los labios se rozó los dientes con la uña del pulgar. Sonrió con amargura. En dientes, lo que era en dientes, sí que había ganado. Una sarta de perlas nacaradas sustituía a aquella hilera de dientes, anchos los frontales, estrechos los laterales, amarillos todos por el efecto del tabaco y la rebeldía a los artilugios del dentista, pero ¿para qué diablos se había gastado tanto dinero en aquellas perlas si ni siquiera tenía valor para sonreír a los demás cara a cara?
—La primera clienta, doña Henar, —le anunció su se-cretaria sin mirarla a la cara.
—Hágala pasar, Dorita, —dijo ella con una sonrisa de gratitud por la delicadeza.
Y un instante después, Nati tomaba asiento frente a ella. Era una mujer de aspecto sencillo. Antes de hablar cruzaro
una mirada. En la de Henar zigzagueó una ráfaga de envidia sana; en la de Nati, un suspiro de lástima y otro de extrañeza.
—No sé si mis posibles me permitirán contratar sus servicios. —dijo Nati algo nerviosa, como sin costumbre de hablar con abogados— Trabajo a temporadas en una empresa de limpieza y mi marido le cuida el jardín a las monjitas de una residencia de ancianos. Pero el lunes tenemos un juicio y dice el procurador que debemos llevar un abogado.
—No se preocupe, señora, todavía no he arruinado a ningún cliente. Problemas con algún hijo, ¿verdad?
—¡No, por Dios, nada de eso! Tengo dos y el único disgusto que me han dado es que no han querido estudiar. Pero son tan trabajadores, tan formales, que no me puedo quejar. Se trata de un accidente, de un accidente de tráfico.
"Un accidente, un accidente de tráfico...", repitió Henar para sí. Aquella negra mariposa que tantas veces había revoloteado sobre su mesa ahora tenía para ella un zumbido distinto.
—¿Y qué... y qué pasó?
—Nada, señora, nada para lo que pudo pasar. Aquel día volvimos a nacer mi marido y yo. Verá usted. Fue el primer sábado de junio, en junio hizo un año. Íbamos al aeropuerto, a recoger a mi hija y a su marido que regresaban de Canarias, donde habían pasado su luna de miel. Yo iba medio dormida. Mi marido conducía sin rebasar la velocidad autorizada, sin pretender adelantar a nadie, guar¬dando las distancias debidas, pero en carretera no basta con que uno sea prudente, también han de serlo los demás, y aquel día nosotros dimos con un loco. Intentó adelantarnos en la curva de la Muerte, y por esquivarlo, nos salimos de la carretera. Dimos no sé cuántas vueltas de campana y las consecuencias fueron horribles: él se partió
las piernas y los brazos y la memoria se le quedó al sereno todo el fin de semana; yo tuve en el cuerpo todo un cónclave de cardenales y los cristales me dejaron la cara hecha un cristo, así, como la...
Los atónitos ojos de doña Henar frenaron a Nati: el mismo día, en el mismo lugar y por las mismas razones, ella había sufrido un accidente de las mismas características, pero con peores consecuencias.
—El coche nos quedó hecho migas, para la chatarra,
—prosiguió Nati al ver que doña Henar, llamada por su brusco silencio, salía sobresaltada de sus pensamientos, ¬y ya ve usted, todavía nos faltaban tres letras que pagar, y lo que reclamamos es que el seguro del culpable nos indemnice, pues...
Doña Henar la oía sin escucharla. Conocía todos los pasos: los dados y los por dar. Por su experiencia hasta habría podido adelantarle el veredicto del juez. Pero lo que ignoraba, lo que le intrigaba, lo que no entendía era qué ángel había extraído de su cara las garras de aquellos cristales sin dejar ni el más leve rastro de ellas. Y más como mujer que como letrada, sin mañas para disfrazar su interés, su rabia y su ansiedad, le cortó el hilo del discurso con la tijera de sus preguntas:
—¿Y en qué hospital la atendieron? ¿Qué doctor la operó? Porque supongo que sería aquí, ¿verdad?
Antes de cambiarle la hebra a la aguja de su sermón, Nati se puso en pie y la miró de hito en hito. Tres ramos de cicatrices, deshechos como al descuido sobre su frente y sus mejillas, desfiguraban aquel rostro que, a juzgar por sus grandes ojos, por su pequeña boca, por su bien perfilada nariz, por su brillante mata de pelo y por las facciones que se pronunciaban entre los "tallos", había sido agraciado, bello, incluso. Pero ahora era feo, muy feo, tan feo que en los mayores despertaba un involuntario repeluzno, y en los menores, porque los cortos de edad son
a veces largos de crueldad, la risa. Y casi con vergüenza de ser más guapa que ella, devanó el carrete de sus recuerdos, enhebró de nuevo la aguja del sermón, y temerosa de herirla con las puntadas de su buena suerte, le cosió la historia:
—Ese ángel, señora, se llama casualidad. Sí, ya verá. El primero en pasar por el lugar del accidente fue el señor gobernador, ni más ni menos. Iba en el coche oficial, con su chófer, con su escolta, y en persona nos llevó al hospital de Tres Nardos. El director lo tomó por un asunto suyo y aquello fue el no va más: el quirófano libre en un instante, el instrumental automáticamente listo, el personal entre¬gadísimo... y si a mi marido le escayolaron las piernas y los brazos como quien trenza los cabellos de Dios, a mí me bordaron la cara como si del manto de la Virgen se tratara. Hasta mi madre se mata diciendo que ni con veinte años fui tan guapa. Y yo, señora, sólo le pido a San Cristóbal que si alguna vez vuelvo a tener un accidente, me auxilie un gobernador, pues hasta los tontos saben que si me toman por lo que soy: una limpiadora, hija de un panadero y esposa de un jardinero, a estas horas tengo la cara como la...
Doña Henar se puso en pie como sacudida por el látigo de un penoso recuerdo. Era cierto el diagnóstico de su amigo, el experto doctor Cifuentes. "Te han hecho una operación propia del siglo XV. Y por duro que te resulte, no gastes ni más tiempo ni más dinero, hoy por hoy nadie puede deshacer estos entuertos". Y esbozando una difícil sonrisa, un extraño abrir y cerrar de boca para que sus dientes de perlas nacaradas restaran lástima y sumaran admiración en los ojos que tenía enfrente, despidió a su clienta.
—Vaya tranquila, señora, vaya tranquila que el lunes estaré en la sala de juicios a la hora en punto, y aunque ustedes sean unos simples obreros, defenderé sus intereses, sus derechos, como si fueran los del mismísimo gobernador. —recalcó con sorna, como riéndose de su propia teoría.
—Muchas gracias, señora, muchas gracias. —musitó Nati, ajena por completo a la intención de sus palabras— Así debería ser siempre y no sólo cuando por casualidad suene la flauta. Al fin y al cabo, como decía mi abuelo: "Entre ocho pobres hacemos un rico". Y es de justicia que tengan en cuenta tantos sacrificios.
En cuanto Nati salió, doña Henar, deshecha en sollozos, se desplomó en el sillón. "¡Dios mío!, ¿cómo es posible que a mi clienta le hayan hecho en la cara un trabajo de hadas, y a mí, con las mismas heridas, en el mismo hospital y operada por los mismos doctores, me hayan transformado en un monstruo para toda la vida?.." se preguntó desesperada, vencida por la impotencia.
—Un hombre quiere verla, doña Henar, —volvió a anunciar su secretaria fingiendo no ver sus lágrimas.
—Hágalo pasar, Dorita, hágalo pasar, —pidió ella mientras intentaba recomponerse los ojos con la punta de un pañuelo.
Y el visitante, después de quitarse la gorra a guisa de saludo, dio unos pasos de puntillas, como con miedo de dañar el parqué, y se sentó frente a ella. Era un hombre rústico, vestía ropas tan nuevas como anticuadas, iba recién afeitado, limpio incluso, pero olía a encinas, a animales, a humo: a pueblo.
—Usted a mí no me conoce, pero yo a usted sí. —dijo soltando sobre la mesa una bolsita de terciopelo azul que extrajo del bolsillo interior de su pelliza.
—Viene de parte de Cleto, ¿verdad? Y ha metido en plei-tos a un vecino. —dijo ella intentando sonreírle, segura de que se trataba de un recomendado del administrador de la finca de su padre— Disputas por una vaca, enfrentamientos por el riego del maíz... litigios verdes, que llamamos los abogados.
—No, señora. —aclaró él— En Cerezal, mi pueblo, no hay ningún Cleto. El único que había se fue al extranjero
siendo yo un zagal. Y le juro que yo no tengo cuajar "pa" meter en líos a nadie, fue un vecino quien me metió a mí el día de marras: el del accidente.
—¿De qué accidente?
—Del suyo, del suyo y del de "la" su amiga, porque era amiga la chica que conducía, ¿verdad?
—Sí… sí... era una amiga, pero... no lo entiendo.
—¡Toma! Ni yo, ni nadie lo entiende, pero ya ve, hay gente de "mu" mala prosapia, y "el" mi vecino es de esa ralea. ¡Fíjese! "Pa" llevarlas al hospital tuve que dejar el rebaño a la custodia del perro, y ya sabe: los animales, como las personas, no siempre se respetan entre sí. Y las ovejas, en cuanto se vieron solas, se metieron en "el" su "prao" y se lo dejaron sin pasto "pa" "to" el verano. Yo quise arreglarlo por las "güenas", con un trago de vino y cuatro palabras, como los hombres tienen que arreglar las cosas, pues si en los pleitos pierde el que gana, dígame usted qué va a ganar el que pierde... Pero el "mu" canalla se subió a la parra, me pidió el oro y el moro, y tuve que dejarlo que me metiera en juicios. "Seguro que el juez no te castiga a pagar tanto", dijo "la" mi mujer, y cuando "la" Toña dice algo... "Pal" martes nos ha "citao", pero no pienso presentarme, hasta el cura me ha dicho que él tiene todas las de ganar, y aunque sea echarme la tierra encima, pre¬fiero ahorrarme lo del "abogao".
—Entonces... —balbuceó ella después de varios intentos por meter baza— ¿fue usted quien nos auxilió?
—Sí, señora, fui yo. Todavía me bailan las piernas cuando me acuerdo. Me había "quedao" traspuesto al pie de una encina y el perro me despertó a mordiscos. Cuando llegué a la curva me quedé como la cal, sobre todo cuando le vi la cara a usted, parecía el revés de un trillo. La cabeza me decía que llamara a una ambulancia, pero el corazón me aseguraba que la muerte era más rápida. Y como Dios me dio a entender, las metí en "la" mi Cirila, —así llaman
en el pueblo al cacho furgoneta que tengo—, las tapé con "la" mi zamarra, —"pa" que las heridas no se les llenaran de paja—, abrí las ventanillas, —"pa" que no se asfixiaran con el olor a pienso—, saqué un pañuelo más negro que blanco y a cien por hora me las llevé al hospital. No sé cómo no acabé de matarlas...
—¡Dios mío!, ¿cómo puedo pagarle todo lo que hizo?
—De ninguna forma, señora, estas cosas ni se pagan ni se deben. Ayer por usted, mañana por mí. Y la única es¬pina que tengo es que el director del hospital no es de mi parecer.
—¿Por qué dice eso?
—Porque al verme en la Cirila y con aquellas trazas adivinó que era un simple pastor y todo fueron pegas: el operatorio "ocupao", la herramienta sin preparar, los médicos "tos" atendiendo a no sé qué matrimonio que había "llevao" un pez gordo... y si a "la" su amiga le entablillaron las piernas y los brazos a matacaballo, a usted le sacaron los cristales de la cara como quien saca pipas de un girasol. Y "pa" eso digo yo que no hace falta ni llevar corbata ni hacer carrera. Pero no se ponga triste, señora, lo importante es vivir, vivir como sea. Y yo no venía a ha¬cerla llorar, venía a traerle un recuerdo, un recuerdo tris¬te, pero un recuerdo. ¡Téngalo!
Doña Henar recogió perpleja la bolsita de terciopelo azul que el pastor le ofrecía, deshizo el nudo del cordón que la cerraba y volcó su contenido sobre la mesa. Era un diente ancho, amarillo… suyo, que maravillosamente en¬garzado pendía de una cadena de oro.
—Se le cayó en "la" mi Cirila, —comentó el pastor—, ¬y seguro de que le haría falta, le dije un día a "la" Toña: "Se lo voy a llevar, “pa” que se lo ponga el “dientista”, pues es una lástima que siendo tan joven ya esté “mellá”". Ella me dijo que a esto no llegaban los adelantos, que me acordara de su padre, que perdió una pierna en la guerra, y cojo se fue al otro barrio, que me dejara de hacer el bobo y que lo enterrara de una vez. Fui al camposanto y escarbé en la tierra, pero me dio cosa dejarlo allí, sin una misa, sin ataúd... Me parecía un sacrilegio enterrar un cacho de usted estando viva todavía, un crimen que la dejaría "pa" siempre con el cuerpo a medias. Y "pa" quitarme la zozobra acordamos venir a un joyero de la ciudad antes de que nos desplumara el juez y él nos hizo este colgante, "pa" que pueda llevarlo al cuello, ya que en su sitio no "pue" ser. ¿Qué le parece?
—Que esto no es un diente, ni siquiera un colgante; es un mimo, una sonrisa, un pedazo de corazón... —reci¬tó ella mientras se colgaba la cadena al cuello— Y vaya tranquilo, y en mi nombre tranquilice a su mujer, el martes seré yo quien me presente en la sala de juicios para de¬fender sus derechos como si fueran míos, y poco valgo, o le aseguro que ese cantamañanas de Cerezal tendrá que indemnizarlo por intransigente, por insolidario, por amedrentarlo...
—afirmó muy dolida, convencida ya de que Nati tenía razón.
—Muchas gracias, señora, muchas gracias. —musitó el pastor, ajeno por completo a su indignación— Así debería ser siempre y no sólo cuando por casualidad suene la flauta. Al fin y al cabo, como decía mi abuelo: "Entre ocho pobres hacemos un rico". Y es de justicia que tengan en cuenta tantos sacrificios.
En cuanto salió el visitante, doña Henar llamó a su secretaria.
—Dorita, por favor, redacte una denuncia.
La joven se sentó ante la máquina de escribir.
—¿Quién es el demandante?
—Henar María López Suviña.
—¿Y el demandado?
—El director del hospital de Tres Nardos.
—¿De... de qué lo acusa?
—De tratar a los pacientes que ingresan en el hospital según el estatus social de quien los lleva. —explicó doña Henar en pie, con los ojos entornados, dejando caer sus palabras sin esfuerzo, sin rebeldía... como pétalos que se desprenden de una rosa ya muerta.
—Pero... ¡señora!, —se atrevió a comentar Dorita sin retirar los dedos del teclado—, esto podrían denunciarlo sus clientes de esta mañana. Por sus pintas salta a la vista que no tienen donde caerse muertos, y a buen seguro que siempre les dan con la puerta en las narices, pero a usted, la mejor letrada de la comarca, nieta del mejor catedráti¬co del país, heredera de la mejor finca de la provincia... o ignoran quien es, o todo le son puertas abiertas.
—Usted lo ha dicho, Dorita, a veces las apariencias engañan y por socorrerme ese pastor el día del accidente me tomaron por una campesina y me dejaron cara de bruja; sin embargo, a mi clienta, se la dejaron de muñeca porque al auxiliarla el gobernador la tomaron por una mi¬nistra. Pero si nos hubieran reconocido, si a cada cual nos hubieran tratado por lo que éramos, tampoco habría sido justo. Y de hoy en adelante lucharé por evitar estos atropellos, al nacer, ni Nati era una limpiadora ni un pastor el señor de Cerezal, ni usted mi secretaria, ni yo la letrada L. Suviña... Éramos simplemente personas, y como personas debemos tratar y ser tratados, pues, en un momen¬to dado, los ricos podemos parecer pobres y los pobres ricos.
—Tiene razón, señora, tiene razón. —añadió Dorita con evidente ademán de ultimar la denuncia— Así debería ser siempre y no sólo cuando por casualidad suene la flauta.
—Al fin y al cabo —remató doña Henar— como pensaban los abuelos de mis clientes: "Entre ocho pobres hacen un rico". Y es de justicia que tengamos en cuenta tantos sacrificios.
Los flecos de la cortina de niebla que envolvía la ciudad destilaban una lluvia menuda aquel mediodía de enero. Doña Henar, camino del juzgado, abrió el paraguas, era un alivio poder ocultar la cara bajo aquel palco tur¬quesa que servía de cielo a una bandada de mariposas multicolores; pero... ¿qué haría en los días de primavera cuando el sol se empeñara en llenarla de caricias de luz al salir a la calle? "Quedarte en casa", parecían responderle los patos del lago del parque con su infatigable "¡cua, cua, cua!" ¿Qué haría cuando de pie ante los jueces les tuviera que mirar a los ojos para convencerlos con la mirada a la vez que con la palabra? "Poner a otro letrado en tu sitio", parecía responderle un perro vagabundo que empezó a se¬guirla con su implorante "¡Ua, ua, ua!" ¿Qué haría cuando en el juzgado se abriera la ventanilla y tuviera que entre¬gar la denuncia al funcionario de turno? "Hacerte la despistada y entrar sin cerrar el paraguas", parecían aconsejarle las personas que entraban y salían del juzgado con sus indiscretas miradas, con sus mal disimulados cuchi¬cheos, con sus impertinentes gestos de espanto, de asombro, de lástima... Pero aquello era duro, muy duro, de¬masiado duro para quien estaba acostumbrada a salir mucho y a litigarlo todo por sí sola y cara a cara. Muerta de angustia se llevó al pecho la mano que tenía libre y sus dedos rozaron el diente que llevaba al cuello. "Pero no se ponga triste, señora, lo importante es vivir, vivir como sea", volvió a decirle su ángel de la tierra a través de aquel pedazo de corazón. Y como guiada por el resplandor de una luz nueva cerró el paraguas, alzó la cabeza, aceleró el paso y subió la escalera. Guapa o fea estaba viva, se¬guía siendo doña Henar L. Suviña. Y quién sabía si algún día, con el paso de los años, sonaba para ella la maravillosa flauta de la ciencia anunciándole la caída de un alud de rosas encendidas de primavera sobre sus crueles cicatrices...
María Jesús Sánchez Oliva
Relación de libros publicados por mi autora: María Jesús Sánchez Oliva. Pero antes quiero recordarte que por ser el primero de sus libros publicado me ha distinguido con este espacio en su blog del que me siento tan orgulloso como responsable.
“Garipil (1995)”.
Reseña: Garipil es un semáforo. Nace con una idea en la cabeza: decir a la sociedad que las máquinas como él nacen para estar al servicio del hombre, para ayudarle en todas las tareas que tiene que realizar, para hacerle la vida más cómoda, pero en ningún caso para suplirlo. Su mensaje es tan aconsejable para niños como para mayores.
“Letanías (1999)”.
Reseña: Letanías es una colección de historias breves pero completas. El libro ideal para los que quieren leer pero les falta paciencia para enfrentarse a libros con muchas páginas. Algunos de los relatos han sido premiados en distintos certámenes literarios.
“El rosario de los cuentos (2003)”.
Reseña: En los primeros años de la posguerra española, en un pueblo de Castilla, un cura de la época es incapaz de encauzar a sus feligreses por el camino recto a través del Santo Rosario, como era costumbre. Ante su fracaso decide transformar cada misterio en un cuento. El resultado son quince cuentos para niños de distintas edades. Cada cuento está ilustrado con una viñeta alusiva a la época. Este libro obtuvo el tercer premio en el Concurso de Cuentos Tiflos en su edición de 1996.
“Cartas de la Radio (2007)”.
Reseña: Cartas de la Radio es una colección de cartas o artículos de opinión escritas y leídas semanalmente en Onda Cero por María Jesús Sánchez Oliva durante cuatro años. Las cartas van dirigidas a políticos, ciudadanos de a pie, víctimas del terrorismo, instituciones, asociaciones, etc., y no pocas nos llevan a acontecimientos que siguen vivos en nuestra memoria.
“Cuentos de la Cigüeña (Soles y Lunas) (2014)”.
Reseña: Son doce cuentos escritos en verso con los que las mamás y los papás disfrutarán leyéndoselos a sus hijos y los niños aprenderán a amar la poesía a la vez que los cuentos.
“Los días perdidos (2018)”.
Reseña: En esta novela se narra la historia de Ara, una mujer que de forma inesperada tiene que enfrentarse a una ruptura matrimonial. El impacto la lleva a recluirse en su ático de soltera. Tras varios años de aislamiento, al salir de casa una mañana, la avería del ascensor la obliga a bajar andando todas las plantas del edificio. En cada planta se encuentra con una mujer que le cuenta su historia. Son mujeres muy distintas unas de otras, pero todas, por distintas razones, han perdido muchos días de su vida. Ya en la planta baja se encuentra con Daniel, el único vecino del edificio que también ha perdido muchos días inútilmente, y de forma espontánea los dos deciden no perder ni uno más. “Primer Premio Tiflos 2013”.
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Garipil1995@gmail.com
Estaré encantado de responderte.
Gracias por tu visita y hasta el próximo número.
Firmado: Garipil.
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