Periódico publicado en su blog cada fin de mes por María Jesús Sánchez Oliva “Premio Tiflos 1996 y 2013”. Secciones: Portada. La Vitrina (libros). Mesa camilla (opinión). Cajón de Sastre El Álbum de la Lengua La Butaca (noticias positivas). Carta a… Cosas de Garipil (espacio de María Jesús). Y ya que has venido, entra en mi mercadillo. http://palabrascatetas.blogspot.com/
martes, 30 de junio de 2026
CAJÓN DE SASTRE
Las últimas balas del franquismo: así funcionó el siniestro engranaje de
los fusilamientos finales de la dictadura
El 27 de septiembre de 1975, dos meses antes de la muerte de Franco, cinco
militantes del FRAP y de ETA fueron asesinados en cuatro fusilamientos
sincronizados en Madrid, Barcelona y Burgos. Esta es la reconstrucción de
esos días a través de testigos y el regreso a los escenarios de los juicios
y las ejecuciones. Y además, los expedientes completos de los cinco
fusilados
Casquillos de bala del fusilamiento del miembro de ETA Juan Paredes Manot,
'Txiki', el 27 de septiembre de 1975. La más pequeña es la del tiro de
gracia.
JESÚS RODRÍGUEZ
14 SEPT 2025
ELPAÍS
Desde el imponente Palacio de Capitanía General de Burgos hasta la iglesia
de San Lorenzo se tarda un minuto. Es el tiempo que empleó el solemne
cortejo nupcial el 26 de septiembre de 1975 entre la expectación popular.
El capitán general Mateo Prada Canillas, señor de la guerra, máxima
autoridad judicial y responsable último del orden público en la VI Región
Militar (que incluía el País Vasco, Navarra, La Rioja y Cantabria),
conducía a su hija al altar rodeados por toda la pompa y ceremonia del
franquismo crepuscular. Al dictador le quedaban menos de dos meses de vida.
Ante la portada barroca del templo se formaron corrillos de chaqués,
uniformes y camisas azules del Movimiento. Entre pamelas y condecoraciones
circulaban en voz baja los peores presagios de muerte. Eran las ocho de la
tarde.
Unas horas antes, mientras se vestía de gala para el enlace, Prada Canillas
había impartido órdenes confidenciales a su Estado Mayor y su Auditoría de
Guerra para fusilar de madrugada a Ángel Otaegui, de 33 años. Militante de
ETA, había sido condenado a muerte en un consejo de guerra compuesto por
cinco oficiales del Ejército por la coautoría del asesinato del guardia
civil Gregorio Posadas Zurrón. Franco (y por inducción su Gobierno) no
había hecho uso del derecho de gracia en el Consejo de Ministros de esa
misma mañana en el palacio de El Pardo, en Madrid. Duró apenas tres horas.
El dossier de las cinco ejecuciones se despachó en minutos y sin oposición
documentada. Todo estaba atado y bien atado, como le gustaba apostillar al
dictador.
Lugar exacto del fusilamiento de los miembros del FRAP, en la localidad
madrileña de Hoyo de Manzanares.
El Gobierno de Carlos Arias Navarro —un duro apodado Carnicerito de Málaga
por su ahínco como fiscal en la represión de esa provincia durante la
Guerra Civil— se había dado por “enterado” de la sentencia máxima. No había
marcha atrás. El “enterado” era el último peldaño administrativo hacia el
paredón, que en la cárcel madrileña de Carabanchel los otros condenados a
muerte en esos días denominaban con humor negro “el enterrao”. Según una
fuente de los servicios de inteligencia, fue la última decisión de Franco;
“Fue suya y solo suya. Se lo pensaba mucho pero, una vez tomada, nadie se
la iba a quitar de la cabeza, aunque lo llamara el Papa, como hizo esa
madrugada Pablo VI. Iba a morir matando”. “La relación de Franco con el
Ejército era directa”, describe el catedrático de Derecho Constitucional
Diego López Garrido, que ha estudiado la dinámica de los gobiernos
franquistas: “Franco era la autoridad suprema incontestable y por debajo de
él había una separación muy clara entre un Consejo de Ministros de
predominio civil, que se ocupaba de la gobernación diaria, y un Ejército,
en línea directa con el Jefe del Estado y con autonomía propia, que actuaba
aisladamente respecto al conjunto de la Administración. Los asuntos que se
consideraban militares estaban entregados a la relación de Franco con sus
generales”.
Fachada de la cárcel de Burgos que Otaegui cruzó a las ocho de la mañana
del día 27 de septiembre de 1975.
La última noche de Otaegui
En la prisión de Burgos, a seis kilómetros del enlace nupcial, un
comandante de Infantería notificaba a esa misma hora, las ocho de la tarde,
a Ángel Otaegui su sentencia de muerte y le ponía en capilla hasta el
momento de su ejecución, fijada legalmente para 12 horas después. Iba a
pasarlas en la desnuda oficina del administrador del centro penitenciario,
fuera de la zona de los reclusos, para evitar protestas. Cuando minutos
después el director del penal, Prudencio Lafuente, le preguntó al condenado
si deseaba algún privilegio en su última noche, Otaegui pidió que llamaran
a Carlos Salinas, un funcionario de prisiones que tenía 27 años y con el
que había congeniado desde que había llegado cuatro meses antes a la cárcel
de Burgos para ser juzgado en un consejo de guerra. Salinas, al que en la
cárcel apodaban El Niño, había sido el funcionario encargado de los presos
de ETA durante los últimos meses. “Yo quería hacer algo por los internos,
lo que hoy se define como tratamiento y entonces era palo, incomunicación y
disciplina”, explica mientras almorzamos en Alicante. “Con Ángel pasé
muchas horas sentados en la cama de su celda, fumando sin parar y hablando.
No le veía como un enemigo, y él era honesto conmigo. Yo no quería
convencerle ni él a mí. Esa noche se abrió en canal. Repetía que no había
matado a nadie. Que solo había buscado piso al comando de ETA. La de
Otaegui fue una pena de muerte de repuesto. Pero no se desmoronó. Y a cada
minuto, el capellán empeñado en que se confesara. Le dije que no le tocara
más los cojones. Abrimos una botella de vino. Vio a su madre cinco minutos.
Durmió un rato. El teléfono sonó varias veces y saltábamos pensando que era
el indulto. Nunca llegó. A las ocho de la mañana irrumpió la Policía Armada
con sus cascos antidisturbios y toda su parafernalia. Lo engrilletaron con
las manos atrás y le puse un último cigarro encendido en los labios. Su
cara se descompuso, empezó a temblar, lo escupió y pisó con rabia. Se echó
sobre mí en un abrazo sin brazos, me dijo al oído muy ronco: ‘Adiós’, y lo
sacaron. No fui capaz de decirle nada. Diez minutos más tarde escuché el
estruendo de los disparos en la granja de la prisión que está a 100 metros.
He escuchado esos tiros en mi cabeza durante 50 años. Al día siguiente
volví a currar”. Según relata hoy un testigo militar, la mayoría de los
impactos de bala de los fusiles Mauser Coruña le dieron en el cuello y la
cara. “Su cabeza voló dos metros”.
Muro del penal de Burgos donde fue fusilado Ángel Otaegui el 27 de
septiembre por un pelotón de la Policía Armada de León. Su cabeza, según un
testigo, “voló dos metros por el impacto de las balas de fusil”.
“Había que ponerse una venda en los ojos y cumplir con tu deber”, recuerda
con amargura durante uno de nuestros encuentros en Burgos el coronel
auditor Pedro Ramírez Barbero, de 82 años, que era ayudante del fiscal que
promovió la acusación contra Otaegui. “Se usó la justicia militar para
hacer algo que no era justo. No tenían que haberle ejecutado, era
elemental, manejable, casi límite. Él no había sido autor material del
asesinato, había sido Garmendia, al que los policías cuando le detuvieron
le pegaron un tiro en la cabeza del que estuvo semanas en coma y al
Gobierno le pareció poco estético fusilarle en ese estado. Yo llevé sus
radiografías a Madrid para que las analizaran los médicos militares y
decidieran. A Otaegui le metieron ‘cooperación necesaria’ con calzador. El
ambiente que se respiraba en el Ejército era terrible. Eran los años de
plomo. ETA mataba y mataba y ningún auditor militar quería venir a Burgos
porque suponía tener la muerte en el portal. El ambiente estaba muy
enrarecido, muy ideologizado, el lenguaje era de venganza: muchos militares
pensaban que los condenados se merecían la muerte”.
—¿Recibió la Auditoría de Burgos órdenes desde el Ministerio del Ejército
para condenar a muerte a Otaegui?
—Nadie te daba órdenes directas en ese sentido; no había nada por escrito,
pero de arriba te llegaba que Franco quería que se metiera caña. Y la
justicia militar era como la inquisición: rápida y ejemplar; una
jurisdicción especial para tiempo de guerra que Franco aplicó en tiempo de
paz. Nuestro superior, el coronel Fernando Suárez de la Dehesa, tenía mucha
ascendencia sobre los capitanes generales y entrada libre en El Pardo, y a
la vuelta nos decía: “El Caudillo quiere esto y esto y esto”. Y tú
obedecías. Éramos militares.
Magda Oranich, la abogada del miembro de ETA Juan Paredes Manot, 'Txiki',
junto al árbol donde fue ejecutado el 27 de septiembre de 1975: “No nos
dijeron dónde se iba a realizar el fusilamiento y tuvimos que seguir su
convoy desde la Modelo".
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La lista de la muerte
Entre las 8.30 y las 10.15 del 27 de septiembre de 1975, cinco activistas
antifranquistas fueron fusilados por medio centenar de efectivos de la
Guardia Civil y la Policía Armada (ambos cuerpos estaban bajo férreo
control militar), distribuidos en pelotones de ejecución en Madrid,
Barcelona y Burgos. Habían sido juzgados en cuatro consejos de guerra bajo
las normas de un Código de Justicia Militar elaborado en 1890 y que estaba
concebido para su aplicación en casos de traición, espionaje, deserción o
rebelión en posiciones bloqueadas, fortalezas sitiadas y buques bajo fuego
enemigo, donde no importaban tanto las pruebas como el escarmiento
inmediato. Los cinco condenados eran identificados como el enemigo interior
en una guerra subversiva. No había clemencia posible. Para los franquistas
nostálgicos, la guerra que comenzó en 1936 no había acabado. Como define
Pablo Mayoral, de 74 años, uno de los 11 juzgados: “Una guerra que termina
en una dictadura es una guerra que no termina nunca”.
Iban a ser las últimas condenas a muerte ejecutadas en España. La
Constitución abolió la pena capital en 1978 y hubo que esperar a que un
decreto ley de 1995 la suprimiera también en tiempo de guerra. Tres de los
que iban a ser pasados por las armas eran militantes del FRAP (Frente
Revolucionario Antifascista y Patriota), un marginal grupo terrorista de
extrema izquierda que desaparecería tras la muerte de Franco. Eran José
Humberto Baena, de 25 años; José Luis Sánchez-Bravo, de 21, y Ramón García
Sanz, de 27. Los otros dos reos a muerte, Juan Paredes Manot (más conocido
como Txiki), de 21 años, y el citado Ángel Otaegui militaban en ETA. La
organización separatista vasca golpeaba fuerte desde 1968 y dos años antes
había asesinado al propio presidente del Gobierno, el almirante Luis
Carrero Blanco. A los cinco se les acusaba de la muerte de los guardias
civiles Gregorio Posadas y Antonio Pose, y de los miembros de la Policía
Armada Ovidio Díaz y Lucio Rodríguez, en distintas circunstancias: desde el
ametrallamiento perfectamente planeado y ejecutado por ETA, hasta el
tiroteo callejero o las trágicas chapuzas del FRAP. A otras seis personas
(cinco activistas del FRAP, dos de ellos mujeres, y uno de ETA), acusados
de participar en los mismos delitos, se les conmutó la pena de muerte por
la de 30 años en aquel Consejo de Ministros. A finales de 1977 todos fueron
amnistiados y excarcelados.
De izquierda a derecha: los miembros de ETA Ángel Otaegui y Juan Paredes
Manot, Txiki' y los militantes del FRAP Luis Sánchez-Bravo Solla, José
Humberto Baena Alonso y Ramón García Sanz, todos ellos enviados al paredón
por Franco dos meses antes de su muerte.
Tres continúan con vida: Manuel Blanco Chivite, Vladimiro Fernández Tovar y
José Antonio Garmendia. Otros tres murieron jóvenes: Manuel Cañaveras (que
cuando fue condenado estudiaba COU), María Jesús Dasca y Concepción
Tristán. El más hermético y misterioso de los conmutados es Garmendia, de
74 años, en silla de ruedas como consecuencia del disparo policial en la
cabeza, pero bien de raciocinio y autonomía, volcado en la religión, ajeno
desde aquellos años a ETA y que vive en el caserío familiar de la sierra de
Aralar (Gipuzkoa) decorado con una réplica del Guernica, de Picasso. De
acuerdo con la Ley de Memoria Democrática de 2022, los juicios de estos
encausados se consideran ilegales y nulos, al igual que sus sentencias. Sin
embargo, no tienen derecho a reparación económica. Los que sobrevivieron a
la pena máxima y las familias de los ejecutados exigen hoy la verdad. Lo
explica Vladimiro Fernández Tovar, de 74 años, uno de los sentenciados cuya
pena fue conmutada: “Queremos que se dé un paso más y los consejos de
guerra queden anulados en el BOE, y que alguien nos explique por fin por
qué se decidió la muerte de aquellos cinco jóvenes”.
Esa es la misión de la jefa de la Fiscalía de la Memoria Democrática,
Dolores Delgado: luchar por la justicia transicional que busca la
reconciliación y la consolidación democrática de la sociedad. “La
transicional es restaurativa y reparadora, no punitiva”, explica la fiscal.
“Se lleva a cabo al final de un conflicto para conocer la verdad. En España
ha sido diferente, porque hemos padecido la dictadura más longeva de
Europa. Ahora ha llegado el momento de saber qué ocurrió en el franquismo,
quiénes participaron y si hay algún tipo de reparación. La ley de Amnistía
de 1977 fue de punto final con el régimen de Franco. Puso al mismo nivel a
víctimas y victimarios. Pero al amparo de la Ley de Memoria Democrática,
esta Fiscalía puede abrir una investigación efectiva. Ver si los
victimarios han muerto y sentar la verdad y un espacio de justicia, que es
una obligación de todo Estado democrático”.
Un proceso sin aliento
En septiembre de 1975, todo fue cuestión de horas. Una carrera contra reloj
entre los duros del régimen para acelerar las ejecuciones antes de que
Franco muriera, y de su defensa, para retrasarlos. Lo resume un militar de
la época: “Sabíamos que si se posponían, ya nunca las haríamos. Y los
abogados de los terroristas eran conscientes de lo mismo. Era un tira y
afloja”. Al final, aquellos fusilamientos dinamitaron el proyecto de los
servicios de inteligencia de perpetuar el franquismo sin Franco. La
movilización obrera y estudiantil, la repulsa internacional y la actividad
de la propia Iglesia volaron por los aires la posibilidad de eternizar una
dictadura maquillada. Lo analiza el reo Vladimiro Fernández Tovar:
“Quisieron hacer de los fusilamientos un escarmiento, pero solo lograron
acelerar la liquidación del régimen”. Y lo remacha el historiador Pau
Casanellas: “El franquismo no redujo la represión al final, sino que la
incrementó. La democracia no nos cayó del cielo, sino que fue producto de
la movilización y de decenas de muertes en aquellos años por la policía y
la extrema derecha. El animal estaba medio muerto y en septiembre de 1975
dio un último zarpazo. El Gobierno tenía margen de maniobra para no
matarlos, pero la sentencia estaba dictada de antemano”.
Una de las hojas del expediente que guarda el Archivo General del
Ministerio del Interior de José Humberto Baena Alonso, miembro del Frente
Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP) fusilado el 27 de septiembre
de 1975. Los expedientes completos que recojen documentación acumulada
durante la estancia en prisión de los cinco condenados a muerte se puede
consultar al final de este reportaje.
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Esta es la historia de los últimos 36 días de vida de los fusilados, el
tiempo que empleó la maquinaria franquista en acabar con su vida poniéndose
por montera los derechos humanos, la separación de poderes, la presunción
de inocencia, el derecho a un proceso con garantías, a la justicia
ordinaria, a una instrucción imparcial, a un juez predeterminado por la
ley, a una defensa efectiva y a la presentación y admisión de pruebas y
testigos adecuados. La tortura fue la fórmula aplicada a los procesados
para conseguir su confesión por parte de la Brigada Político Social (la
social) de la policía en sus centros de detención de la madrileña Puerta
del Sol —a cargo del inspector Antonio González Pacheco, alias Billy el
Niño— y Via Laietana, 43, de Barcelona, dirigido por el comisario Julián
Gil Mesas. Ambos asistirían a los fusilamientos en Madrid y Barcelona. El
primero con la corbata más festiva de su amplio guardarropa. El relato de
los supervivientes sobre el catálogo de torturas que sufrieron es
abrumador. En especial, con Txiki. Según explica un exmilitante etarra,
compañero de talde (comando) y expropiaciones (robos a mano armada) de
Paredes en Barcelona, con delitos de sangre y que ha pagado con 30 años de
cárcel, durante una conversación en Vitoria: “Mientras me torturaban, los
policías me dijeron que con Txiki se les había ido la mano. La social lo
machacó a conciencia. Lo odiaban porque era un etarra nacido en Extremadura
y no les entraba en la cabeza. Además, era un tipo bregado; antes de que le
cogieran disparó a los grises [policías armados] los dos cargadores de su
pistola”.
Todos cantaron. Fue la única prueba real de su culpabilidad aportada por la
acusación militar en los cuatro consejos de guerra. Los atestados iniciales
de la Guardia Civil y la Policía Armada y los interrogatorios de la social
se constituyeron en la base de los sumarios militares instruidos por jefes
del ejército sin formación jurídica pero teledirigidos desde las auditorías
de guerra de la I Región Militar (Madrid), la IV (Cataluña) y la VI
(Burgos), a las órdenes directas del respectivo capitán general, “que era
el mandarín del emperador en cada territorio, con más poder incluso que el
ministro”, ironiza el coronel auditor Ramírez Barbero. Otro auditor de la
época recuerda cómo procedían: “Los oficiales del Cuerpo Jurídico Militar
dirigíamos la instrucción, aunque no teníamos relación directa con el
acusado hasta el juicio. Les tomaba declaración e interrogaba un oficial de
las armas, lego en derecho, pero nosotros lo mirábamos con lupa, y le
decíamos: haga esto, pregunte por esto, apriete por aquí, haga un careo. Y
de esa forma, el jefe de la Auditoría de Guerra, que era la muleta jurídica
del capitán general, iba preparando la acusación a conveniencia hasta que
el fiscal militar entraba en acción. No hacía falta demostrar nada, bastaba
con la convicción. Para nosotros era delito flagrante”.
Archivos de la cárcel de Burgos de 1975.
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Los últimos 36 días
La maquinaria del crimen de Estado arrancó el viernes 22 de agosto de 1975,
en el pazo de Meirás (A Coruña), la residencia veraniega del dictador. En
un plácido Consejo de Ministros celebrado en el comedor del antiguo palacio
de Emilia Pardo Bazán, decorado con primorosa porcelana gallega, el
Gobierno de Arias Navarro aprobó el decreto ley 10/1975 sobre Prevención
del Terrorismo, que entró en vigor el miércoles 27 de agosto. Suponía una
vuelta de tuerca a la represión en España. Las Vascongadas ya padecían
desde abril el Estado de excepción, pero este decreto ley extendía ese
modelo de recorte de las (escasas) libertades a todo el país. Aumentaba las
penas máximas para los delitos políticos, asignaba a la jurisdicción
militar la competencia para juzgar al terrorismo organizado (incluso a
través del llamado juicio sumarísimo, que suponía enjuiciar al reo en
horas, sin apenas defensa ni posibilidad de apelación) y concluía: “Si del
atentado resultare muerte de alguna de las personas mencionadas (agentes de
la autoridad, de las Fuerzas Armadas y de Seguridad del Estado y demás
funcionarios), se impondrá la pena de muerte”. Era una ley concebida para
matar. Sin guardar un ápice las apariencias, al día siguiente de entrar en
vigor, el jueves 28 de agosto de 1975, se llevó a cabo el primer consejo de
guerra en Burgos. Los tres siguientes serían los días 11 y 17 de septiembre
en Madrid, y el 19 en Barcelona.
Los cuatro atentados habían sido realizados antes de la promulgación del
decreto antiterrorista. En puridad, no se les podía aplicar a los acusados.
A la dictadura no le importó. Emitió el 11 de septiembre una fantasmal
circular desde la Fiscalía Togada Militar en sentido contrario y obvió las
sutilezas jurídicas. Dos de los consejos de guerra se realizarían con
carácter sumarísimo. En el segundo de Madrid, los abogados fueron
expulsados de la sala con una metralleta en la espalda por contradecir al
presidente del tribunal, el coronel Ricardo Oñate. “Se comportó como un
cafre; lo único que le preocupaba era que le hiciéramos perder tiempo; te
la jugabas al pedirle la palabra”, recuerda José Folguera, defensor de
Blanco Chivite. El defensor del ejecutado Ramón García Sanz era el abogado
de 25 años Gerardo Viada. “Lo triste fue darte cuenta de que al Estado no
le importaba el derecho. Les aplicó la ley antiterrorista con efecto
retroactivo con el objetivo de obtener las penas de muerte. La sentencia
estaba predeterminada hiciéramos lo que hiciéramos”, recuerda. Este extremo
lo confirma sin ninguna duda el que era capitán de la Policía Militar en
Barcelona, Fernando San Agustín, que custodiaba el Gobierno Militar donde
se iba a celebrar el consejo de guerra de Txiki: “Antes del juicio estuve
hablando con el general auditor de la IV Región Militar, que dirigía el
montaje. Me desagradó desde el primer momento. Daba por sentado que lo iban
a fusilar. ‘Esto es condena de muerte’, me dijo en privado. Y me sugirió
que el pelotón fuera de la Policía Militar. ¡Y ni siquiera se había
iniciado el consejo de guerra!”. Aquel general encargado de cocinar la
sentencia en Barcelona era el jefe de su Auditoría de Guerra, Pascual Vidal
Aznares, simpatizante de la ultraderechista Fuerza Nueva y que había
ocupado el mismo puesto en el proceso que condujo sin pruebas en marzo de
1974 al garrote vil al militante anarquista Salvador Puig Antich, de 25
años. En Barcelona se reproducía en 1975 todo el elenco inquisidor de Puig
Antich: al frente, el mismo capitán general, Salvador Bañuls. Y, a su lado,
el vocal ponente del juicio, el comandante Francisco Muro Jiménez, que
orquestó el agarrotamiento de Puig Antich en 1974 a manos de un verdugo
borracho en la Modelo de Barcelona.
Mertxe Urtuzaga en la tumba de su primo, Ángel Otaegui.
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El ensayo general
En Burgos, la justicia militar llevaba la delantera. Era una Auditoría de
Guerra que los ultras calificaban como “heroica” en su lucha contra ETA.
Cinco años antes, en diciembre 1970, el franquismo había juzgado en el
Gobierno Militar de esa ciudad a 16 militantes etarras. Condenó a muerte a
seis. “Pretendían que fuera una especie de tribunal de Núremberg, un juicio
colectivo y ejemplar al separatismo vasco, y les salió fatal”, recuerda un
oficial que participó en aquel juicio. El coronel jefe de la Auditoría de
Guerra (Fernando Suárez de la Dehesa) y el comandante fiscal (Carlos
Granados Mezquita) tendrían el mismo papel en diciembre de 1970 que en
septiembre de 1975: el primero, cocinaría la instrucción y el segundo, de
forma personal y hermética, a base de unas exhaustivas fichas
confidenciales, diseñaría la acusación y pediría la pena máxima. El abogado
Miguel Castells, de 94 años, todavía en ejercicio, defensor de Fernández
Tovar en el consejo de guerra de 1975 y que también intervino en el de
1970, recuerda: “En el de 1970 hicimos una defensa política y rupturista y
los acusados lograron romper el juicio”. Uno de ellos, Mario Onaindia,
gritó en la sala que en ese tribunal se estaba juzgando a Euskadi. En
respuesta, un auditor desenvainó su sable (de rigor para los oficiales en
los consejos de guerra) y se lo puso en el pecho. El espectáculo fue
vergonzoso. Y la repercusión internacional, demoledora para el franquismo.
El Gobierno dirigido por Carrero Blanco se vio obligado a aplicar el
derecho de gracia, ante el disgusto de los militares ultras que exigían
sangre.
¿Por qué se conmutaron las penas de muerte en 1970 y no en 1975? Contesta
el historiador Gaizka Fernández, del Centro Memorial de las Víctimas del
Terrorismo, en Vitoria: “En 1975, Arias Navarro quiso dar un golpe de
efecto con vistas a los ultras que estaban pidiendo su cabeza. Intentaba
legitimarse, consolidarse en el poder. Su posición fue la opuesta a la de
Carrero en 1970, que se sentía fuerte y se opuso al fusilamiento. No quiso
crear mártires de ETA ni molestar a la Comunidad Europea, con la que
acababa de firmar un acuerdo preferencial. En 1970 se intentó dar una
imagen de clemencia desde la fortaleza. Todo lo contrario que Arias en
1975, que, desde su total debilidad, dice: ‘Vamos a por ellos’. Y mata a
cinco, pero conmuta a seis para que Europa no se enfade demasiado. Quiso
contentar a todos y no contentó a nadie. Y creó dos mártires de ETA”.
Aquel primer juicio de Burgos de 1970, con sus seis penas de muerte
conmutadas, supuso un baldón para el orgullo franquista. Sin embargo, de
ese fiasco sacarían para los juicios de 1975 un acopio de lecciones los
capitanes generales de las tres regiones implicadas: Ángel Campano,
Salvador Bañuls y Mateo Prada. Los tres eran las máximas autoridades
judiciales en su territorio, con el poder de elegir al instructor, el
fiscal, el presidente del tribunal y sus componentes; el sitio y la hora
del juicio; de aprobar y firmar la sentencia, y disponer el lugar y el
piquete para la ejecución. En la segunda planta del Gobierno Militar de
Burgos, sede de la Auditoría de Guerra y de la Fiscalía, se trabajó duro
para llevar a los miembros de ETA a la pena capital sin hacer ruido. Un
manual que se extendería a los juicios de Madrid y Barcelona. No habría un
macroproceso como en 1970, sino cuatro consejos de guerra más pequeños y
discretos. Y se juzgaría a los acusados en lugares aislados y dando
contados permisos a la prensa, las familias y los observadores. El espacio
para el público estaría copado por militares, policías de paisano y
oficiales de la inteligencia militar. Nada más traspasar sus alambradas,
los acusados y sus defensores se toparían con un decorado de centinelas y
carros de combate destinado a provocarles terror escénico. El abogado
Mariano Benítez de Lugo, defensor de Pablo Mayoral en el primer consejo de
Madrid, se recuerda traspasando el control y topándose con un gris
apuntándole con su subfusil mientras le amenazaba: “Qué, usted es de los
que vienen a salvar la vida de los que nos matan…”.
Mariano Benítez de Lugo, uno de los abogados de los militantes del FRAP.
En Burgos, el lugar elegido por el auditor De la Dehesa y el fiscal
Granados para el consejo de guerra fue la base militar de Castrillo del
Val, a 11 kilómetros de la capital, aún sin inaugurar oficialmente. Antes
de entrar, agentes de la Social tomaban nota de los asistentes para
ulteriores investigaciones. Un general auditor explica: “Se decidió hacerlo
en Castrillo para evitar montar un circo en el céntrico Gobierno Militar
(como se había hecho en 1970), que suponía cortar la Nacional I y
enfrentarse a los desórdenes. Además, el alcalde se había quejado al
capitán general de que Burgos se estaba convirtiendo en la capital de los
juicios contra ETA y eso daba mala imagen”. Para la vista oral, el capitán
general Prada Canillas se decidió por el 28 de agosto, cuando la ciudad
estaba todavía de vacaciones y no daba tiempo a la oposición para organizar
una respuesta en la calle. Los tres siguientes juicios se hicieron sin
perder un minuto.
En Madrid, sede de la I Región Militar, bajo el mando del capitán general
Ángel Campano, arribista y con aspiraciones políticas, se tomó nota de
Burgos y la operativa fue similar, en este caso bajo la dirección del
general auditor José Luis Uriarte Rejo, que el 22 de julio se había
entrevistado con Franco. Los juicios se realizarían en la base de El
Goloso, a 18 kilómetros de la capital, sede de la Brigada Acorazada XII, la
más poderosa del Ejército. En cambio, en Barcelona, el despótico capitán
general Salvador Bañuls (que estaba enfermo y murió seis meses más tarde)
envidó a la grande y optó por juzgar a Txiki en el Gobierno Militar, al
final de La Rambla, en la misma sala de justicia donde Puig Antich había
sido sentenciado a muerte 18 meses antes. Explica un oficial de la época:
“Los tres eran capitanes generales, pero cada uno tenía su estilo; eran más
franquistas que Franco, pero querían hacer méritos y aplicaron su libreto a
los juicios y los fusilamientos a partir de las sugerencias que les
llegaban de El Pardo”.
Durante la vista los acusados permanecerían esposados a la espalda y
custodiados cada uno por dos grises. En alguno, la huella de la tortura era
evidente, como Pablo Mayoral, con la camisa manchada de sangre. El jurado
militar de cada consejo de guerra, compuesto por cinco oficiales, estaba
orientado por un “vocal ponente” del Cuerpo Jurídico, el único con
conocimientos de derecho y que tenía una posición clave en la votación
final. “Votabas lo que te decía el jurídico, que transmitía las órdenes de
arriba. Había unidad absoluta con el mando, y tú no tenías ni idea y te
dejabas llevar”, explica uno de esos oficiales. Lo remacha el coronel
Arturo Gurriarán, uno de los fundadores de la antifranquista UMD: “El
jurídico que actuaba como ponente mandaba más que el presidente del
tribunal, se sentaba a su lado y le apuntaba todo el rato. La sentencia
venía predeterminada. Se hacía la pantomima del juicio y solo quedaba que
la firmara el capitán general”. La consigna en 1975 fue que cada consejo se
despachara en un día y la sentencia, en menos de 24 horas. Y fusilar a
todos al mismo tiempo para evitar una cascada de protestas. Lo resume el
abogado Gerardo Viada: “No tuvimos tiempo ni para tener miedo”.
Buscando defensores
Cuando el abogado Miguel Castells veía la cosa muy negra en los consejos de
guerra en los que participó durante el franquismo decía: “Esto huele a
cadaverina que apesta”. Ese fue el escenario que se encontraron a finales
del verano de 1975 los abogados de los 11 procesados por la jurisdicción
militar. Era una causa perdida. La rápida movilización de Castells y de
Juan María Bandrés en el País Vasco (veteranos del Juicio de Burgos de
1970), de la pareja formada por Marc Palmés y Magda Oranich en Barcelona
(defensores de Puig Antich en 1974), y de la joven letrada laboralista
Paquita Sauquillo en Madrid, logró que se organizara en días una defensa
muy activa. Tenía mucho de defensa colectiva. Tal como pintaban las cosas,
no podía ser rupturista (como en 1970) sino posibilista. Los enjuiciados
admitirían su militancia pero no los hechos ante la evidente falta de
pruebas. Se trataba de exprimir la ley, recusar y recurrir. Retrasar. Y
poner en tela de juicio a la justicia militar. Y, al mismo tiempo, moverse,
hablar con la prensa internacional, las representaciones diplomáticas, los
sindicatos clandestinos y hasta los obispos. José Folguera, que tenía 25
años, salía disparado en su moto desde el despacho madrileño de abogados de
Paquita Sauquillo (que se conserva tal como estaba en esos días) en
dirección a la Nunciatura, el Colegio de Abogados o a Correos para enviar
telegramas a cualquier lugar del mundo. Lo tenían todo en contra. Para
empezar, la incomunicación que sufrían sus defendidos, que hacía que la
relación con ellos fuera mínima. “No les podíamos dejar abandonados. El
tribunal no pudo probar la acusación, pero no tuvo compasión”, recuerda
Sauquillo. Aquella veintena de abogados se la jugaron al defender a los
acusados. Eran hijos e hijas de la burguesía, militantes de izquierdas sin
siglas, procedentes de grupos católicos de obreros. Ninguno compartía los
métodos violentos de sus defendidos: “Yo le dije a Pablo Mayoral: ‘No estoy
conforme con los atentados, pero voy a luchar para que no te condenen a
muerte”, recuerda Benítez de Lugo. Folguera coincide en el análisis: “No
teníamos simpatía por sus postulados, pero nadie les defendía. Lo hicimos
por idealismo, porque iban a por ellos y porque éramos antifranquistas. El
ala dura del régimen se había hecho con el poder y a estos cinco les tocó
la china”.
Mikel Paredes, hermano de Juan Paredes Manot, 'Txiki', muestra un álbum de
fotos familiar.
La muerte de Txiki
Magda Oranich, de 79 años, permaneció junto a su defendido, Juan Paredes
Manot, hasta el último segundo. Fue testigo de cómo seis guardias civiles,
con pelucas y barbas postizas bajo el tricornio para no ser identificados,
acribillaban a Txiki mientras permanecía atado a un poste en un claro del
bosque junto al cementerio de Collserola, a 20 minutos de Barcelona.
Oranich recogió 11 casquillos de bala que ha guardado estos años. La mitad
(retratados en la portada de esta revista) se conserva en la Fundación
Histórica de los Benedictinos de Lazkao (Gipuzkoa). Ella estaba detrás del
pelotón, junto al también defensor Marc Palmés y el hermano mayor del reo,
Mikel Paredes, que se abalanzó sobre los ejecutores cuando uno de los
guardias se volvió hacia ellos entre burlas mientras hacía fuego.
Visitamos con Magda Oranich el escenario del fusilamiento de las 8.35 del
día 27 de septiembre de 1975. La letrada va relatando la puesta en escena
de aquella madrugada macabra: “No nos dijeron dónde se iba a realizar el
fusilamiento y tuvimos que seguir su convoy desde la Modelo. No habría
menos de 50 personas y 15 coches. Lo cortaron todo. Aquí estaba la
ambulancia de la Cruz Roja donde los camilleros se echaron a llorar cuando
todo acabó; aquí, los de la Social en sus coches negros con el comisario
Gil Mesas al frente; al fondo se veía el cementerio donde le enterraron
provisionalmente. Subimos por este terraplén hasta el pino grande. Txiki
llevaba un jersey de lana azul que le habían hecho las presas de la Modelo.
Todos los tiros le dieron en el pecho y la tripa. Sonaban como los petardos
de antes de los fuegos artificiales: pac pac pac. Siguió cantando el Eusko
gudariak hasta el tiro de gracia. Antes de enterrar a Txiki pudimos hacerle
a escondidas una foto en el ataúd. Oculté el carrete en mi sujetador.
Cuando un policía vino a cachearme, un oficial del Ejército le dijo: ‘A la
señora, ni tocarla”.
Cadáver del miembro de ETA Juan Paredes Manot, 'Txiki', de 21 años,
ejecutado junto al cementerio de Collserola el 27 de septiembre de 1975.
Esta imagen fue tomada a escondidas por sus abogados Marc Palmés y Magda
Oranich.
Los escenarios de los fusilamientos producen hoy escalofríos. Ese pequeño
claro en el bosque de Collserola, a 18 kilómetros de Barcelona; un muro en
la granja de la cárcel de Burgos, que apestaba a bosta de vaca; un
inhóspito campo militar de tiro llamado Matalagraja, a 40 kilómetros de
Madrid. Los tres lugares permanecen como estaban, perdidos en su soledad y
su absurdo. Imaginar lo que pasó en ellos hace casi 50 años es una
pesadilla.
¿Ejecutores voluntarios?
Una vez aprobadas las condenas de muerte en el Consejo de Ministros del día
26, la patata caliente era quién los iba a ejecutar. “Los militares se
negaban, creían que ya habían cumplido y les tocaba a otros matarlos.
Además, algunos ya estaban pensando en su carrera después de Franco”,
explica un oficial. “Había una distribución de funciones entre los
militares, y los policías y los guardias, cierto clasismo de los primeros,
que contemplaban su misión como más elevada y no se habían involucrado
tanto en la represión directa. El Ejército tenía la certeza de que los
matarifes tenían que ser las Fuerzas de Orden Público. Y así se hizo”,
añade. Un coronel que entonces mandaba como capitán una Compañía de la
Policía Armada insiste que ellos tenían poco que ver en todo aquello: “En
realidad, solo fusilamos, porque los soldados del Ejército eran de la mili
y no se les podía encargar eso”.
La organización, reclutamiento y la identidad de los miembros de los
piquetes de ejecución sigue siendo un secreto de Estado. Los investigadores
dudan de que exista una relación nominal de los ejecutores. En 2018 y en
2021, el diputado de Bildu Jon Iñarritu interpeló al respecto al Gobierno
(bajo la inspiración de Arnaldo Otegi) y solo consiguió una larga cambiada:
“El Ministerio del Interior no tiene información relativa a los hechos
señalados en sus archivos”, fue la escueta respuesta dada.
El último Gobierno de Franco afirmó tajante que los miembros de la Policía
Armada y la Guardia Civil que componían los piquetes de ejecución habían
sido voluntarios. Trataba de demostrar la fortaleza y unidad del régimen.
Una afirmación que hoy no se sostiene. También repitió que para evitar las
venganzas personales serían policías los que fusilarían a los condenados
por matar a guardias civiles y guardias civiles los que fusilarían a los
asesinos de policías. Sin embargo, algunos ejecutores tenían una deuda de
sangre directa con los ejecutados. En ese entorno, nada más concluir una de
las ejecuciones, se escuchó a un policía con el humeante fusil bajo el
brazo: “Este no vuelve a matar a uno de los nuestros”.
La maquinaria franquista funcionó. Las órdenes descendieron con eficacia
desde el Gobierno hasta el último escalón militar, judicial, policial y
carcelario. Los testimonios sobre los preparativos de los fusilamientos son
mínimos. Quizás los más importantes estén en las memorias del general José
Antonio Sáenz de Santa María, en aquel momento poderoso jefe del Estado
Mayor y número dos de la Guardia Civil, redactadas en tercera persona,
sobre los fusilamientos en Madrid: “Había que seleccionar un pelotón y un
teniente para mandarlo. Para ello [Sáenz de Santa María] intentó encontrar
voluntarios en la Compañía de Destinos de la Guardia Civil, pero no se
presentó nadie. Fue necesario echar mano del orden regular de los servicios
para designar a los ocho guardias que deberían efectuar los fusilamientos.
Todos ellos, lo mismo que el teniente, recibieron la orden con muestras de
desagrado, pero, en contra de lo que se temía, ninguno se negó”. El general
continúa: “Los nombres de todos los miembros del pelotón serían mantenidos
para siempre en secreto. Uno de los condenados murió en el acto, pero otros
dos tuvieron que recibir el tiro de gracia del teniente, quien sufrió una
crisis nerviosa que le mantuvo largo tiempo apartado del servicio”.
Juan José Agirre, del archivo de los benedictinos de Lazkao.
Otra fuente, un jefe policial de la época, nos aporta durante una
conversación más luz sobre la voluntariedad de los pelotones: “En el
acuartelamiento de Moratalaz, en Madrid, donde estaban las unidades móviles
[de choque] de la Policía Armada, se ordenó la tarde del 26 de septiembre
la formación en el patio. Los oficiales les comunicaron a los policías que
había surgido un nuevo servicio, sin especificar, y que lo iban a echar a
sorteo, porque sólo hacían falta unas docenas. Ante la duda, algunos
argumentaron indisposiciones u obligaciones familiares que los mandos no
tuvieron en cuenta. No obstante, sí hubo voluntarios, aunque no puedo
afirmar con rotundidad que estos supieran a ciencia cierta que iban a
ejecutar a unos reos. Hay versiones en los dos sentidos: una, que lo
desconocían; otra, que lo sospechaban y se apuntaron”.
En torno a las 10.15 del 27 de septiembre se había acabado todo. Pero este
capítulo final del franquismo había empezado unos meses antes con la muerte
de cuatro agentes de la autoridad de los que pocos recuerdan sus nombres.
Eran Gregorio Posadas Zurrón, de 33 años, con dos hijos; Ovidio Díaz López,
de 31 años, con un hijo y su mujer esperando el segundo; Lucio Rodríguez,
de 23 años, y Antonio Pose, de 49 años. Fueron víctimas del terrorismo,
pero el asesinato de Estado al que se sometió a sus presuntos victimarios
hizo caer sobre ellos la sospecha y el olvido hasta convertirlos en
víctimas de segunda cuyas familias han preferido no hablar en este
reportaje. Es lo que María Jiménez, profesora y experta en víctimas del
terrorismo, define como una doble victimización: “Los ejecutados se
convirtieron de manera automática en victimarios-víctimas y, a ojos de sus
conniventes, elevados a la categoría de mártires. Al mismo tiempo, los
agentes de cuyas muertes se les acusaba no solo fueron asesinados, sino que
sus asesinos, a causa del castigo inmisericorde que el régimen les impuso,
han acaparado la atención en términos periodísticos, bibliográficos y
públicos”. Una tesis que comparte la abogada de las víctimas del terrorismo
Carmen Ladrón de Guevara, que las define como “víctimas olvidadas a las que
se ha tratado peor que a ninguna otra al ser fusilados injustamente los
autores de su muerte”.
Entre agosto y septiembre de 1975 la dictadura puso en marcha su maquinaria
para asesinar a cinco antifranquistas. Desde 1959 no se ejecutaba a un
número tan elevado de personas. Centenares de funcionarios participaron en
el hecho. El huracán de la transición se llevó al olvido esas muertes
injustas. Al final, como recuerda Gerardo Viada, defensor del ejecutado
Ramón García Sanz: “Cuando tras la ejecución fui a recoger sus pertenencias
al Gobierno Militar, me entregaron un reloj barato, una cartera sin dinero
y un transistor. Cabían en una caja de zapatos. Tanto dolor para tan poco
beneficio”.
Diario de un proceso
Cuando comenzamos a trabajar en este reportaje hace más de seis meses y se
empezó a recabar una completa información documental (además de la oral o
escrita de las fuentes directas con vida, o sus familiares y allegados)
para su realización, se consultó a la Administración del Estado concernida
(los hoy ministerio de Defensa y ministerio del Interior, en aquel momento
ministerio del Ejército y ministerio de Gobernación) al respecto. La
colaboración con la Comisionada para los 50 años de España en Libertad,
Carmen Gustrán, fue completa y enriquecedora. A su vez, el ministerio del
Interior nos proporcionó la documentación inédita que publicamos a
continuación. Se trata de los expedientes personales de los cinco
condenados durante su estancia en prisión y toda la documentación de su
periplo carcelario y su enjuiciamiento, hasta el momento de su ejecución,
realizados por la entonces Dirección General de Instituciones
Penitenciarias.
Los dossier se inician con la filiación en prisión de los tres militantes
del FRAP y dos de ETA con la elaboración de sus fichas carcelarias en las
que constan sus huellas dactilares y datos completos, y concluyen con la
notificación de haberse llevado a cabo su ejecución en Madrid, Barcelona y
Burgos por fuerzas de la Policía Armada y la Guardia Civil. Los documentos
reflejan el enjambre de administraciones implicadas de las Fuerzas Armadas,
las Fuerzas de Orden Público y la Dirección General de Instituciones
penitenciarias; las capitanías generales de la I, IV y VI Región militares,
sus Secretarias de Justicia y sus Auditorías de Guerra. Unos documentos que
demuestran que para dar apariencia de legalidad al juicio y ejecución de
los cinco condenados de los que el día 27 se rememoran los 50 años de su
muerte, todo el aparato coercitivo del Estado participó de forma intensa,
conforme a las leyes de la dictadura y con todos los medios necesarios,
para el proceso que concluyó con los cinco fusilamientos.
5ac546025023c1a37318582b11605c…
José Humberto Baena Alonso>
Miembro del FRAP. Fusilado el 27 de septiembre de 1975 en el municipio de
Hoyo de Manzanares (Madrid).
Ver el expediente completo >
c3a4c5163917e64541e71843a50b86…
José Luis Sánchez Bravo>
Miembro del FRAP fusilado el 27 de septiembre de 1975 en Hoyo de Manzanares
(Madrid).
Ver el expediente completo >
ad599366f78539dfef03c8b83c35ba…
Ramón García Sanz>
Miembro del FRAP fusilado el 27 de septiembre de 1975 en Hoyo de Manzanares
(Madrid).
Ver expediente >
9615f14c2c3020fdd5beded9157175…
Ángel Otaegui Echeverria>
Miembro de ETA fusilado el 27 de septiembre de 1975 en Burgos.
Ver el expediente completo >
c125b45167cb7a921fd621c8b13c66…
Juan Paredes Manot ('Txiki')>
Miembro de ETA fusilado el 27 de septiembre de 1975 en Barcelona.
Ver el expediente completo >
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