30 días
Periódico publicado en su blog cada fin de mes por María Jesús Sánchez Oliva “Premio Tiflos 1996 y 2013”. Secciones: Portada. La Vitrina (libros). Mesa camilla (opinión). Cajón de Sastre El Álbum de la Lengua La Butaca (noticias positivas). Carta a… Cosas de Garipil (espacio de María Jesús). Y ya que has venido, entra en mi mercadillo. http://palabrascatetas.blogspot.com/
martes, 30 de junio de 2026
CAJÓN DE SASTRE
Las últimas balas del franquismo: así funcionó el siniestro engranaje de
los fusilamientos finales de la dictadura
El 27 de septiembre de 1975, dos meses antes de la muerte de Franco, cinco
militantes del FRAP y de ETA fueron asesinados en cuatro fusilamientos
sincronizados en Madrid, Barcelona y Burgos. Esta es la reconstrucción de
esos días a través de testigos y el regreso a los escenarios de los juicios
y las ejecuciones. Y además, los expedientes completos de los cinco
fusilados
Casquillos de bala del fusilamiento del miembro de ETA Juan Paredes Manot,
'Txiki', el 27 de septiembre de 1975. La más pequeña es la del tiro de
gracia.
JESÚS RODRÍGUEZ
14 SEPT 2025
ELPAÍS
Desde el imponente Palacio de Capitanía General de Burgos hasta la iglesia
de San Lorenzo se tarda un minuto. Es el tiempo que empleó el solemne
cortejo nupcial el 26 de septiembre de 1975 entre la expectación popular.
El capitán general Mateo Prada Canillas, señor de la guerra, máxima
autoridad judicial y responsable último del orden público en la VI Región
Militar (que incluía el País Vasco, Navarra, La Rioja y Cantabria),
conducía a su hija al altar rodeados por toda la pompa y ceremonia del
franquismo crepuscular. Al dictador le quedaban menos de dos meses de vida.
Ante la portada barroca del templo se formaron corrillos de chaqués,
uniformes y camisas azules del Movimiento. Entre pamelas y condecoraciones
circulaban en voz baja los peores presagios de muerte. Eran las ocho de la
tarde.
Unas horas antes, mientras se vestía de gala para el enlace, Prada Canillas
había impartido órdenes confidenciales a su Estado Mayor y su Auditoría de
Guerra para fusilar de madrugada a Ángel Otaegui, de 33 años. Militante de
ETA, había sido condenado a muerte en un consejo de guerra compuesto por
cinco oficiales del Ejército por la coautoría del asesinato del guardia
civil Gregorio Posadas Zurrón. Franco (y por inducción su Gobierno) no
había hecho uso del derecho de gracia en el Consejo de Ministros de esa
misma mañana en el palacio de El Pardo, en Madrid. Duró apenas tres horas.
El dossier de las cinco ejecuciones se despachó en minutos y sin oposición
documentada. Todo estaba atado y bien atado, como le gustaba apostillar al
dictador.
Lugar exacto del fusilamiento de los miembros del FRAP, en la localidad
madrileña de Hoyo de Manzanares.
El Gobierno de Carlos Arias Navarro —un duro apodado Carnicerito de Málaga
por su ahínco como fiscal en la represión de esa provincia durante la
Guerra Civil— se había dado por “enterado” de la sentencia máxima. No había
marcha atrás. El “enterado” era el último peldaño administrativo hacia el
paredón, que en la cárcel madrileña de Carabanchel los otros condenados a
muerte en esos días denominaban con humor negro “el enterrao”. Según una
fuente de los servicios de inteligencia, fue la última decisión de Franco;
“Fue suya y solo suya. Se lo pensaba mucho pero, una vez tomada, nadie se
la iba a quitar de la cabeza, aunque lo llamara el Papa, como hizo esa
madrugada Pablo VI. Iba a morir matando”. “La relación de Franco con el
Ejército era directa”, describe el catedrático de Derecho Constitucional
Diego López Garrido, que ha estudiado la dinámica de los gobiernos
franquistas: “Franco era la autoridad suprema incontestable y por debajo de
él había una separación muy clara entre un Consejo de Ministros de
predominio civil, que se ocupaba de la gobernación diaria, y un Ejército,
en línea directa con el Jefe del Estado y con autonomía propia, que actuaba
aisladamente respecto al conjunto de la Administración. Los asuntos que se
consideraban militares estaban entregados a la relación de Franco con sus
generales”.
Fachada de la cárcel de Burgos que Otaegui cruzó a las ocho de la mañana
del día 27 de septiembre de 1975.
La última noche de Otaegui
En la prisión de Burgos, a seis kilómetros del enlace nupcial, un
comandante de Infantería notificaba a esa misma hora, las ocho de la tarde,
a Ángel Otaegui su sentencia de muerte y le ponía en capilla hasta el
momento de su ejecución, fijada legalmente para 12 horas después. Iba a
pasarlas en la desnuda oficina del administrador del centro penitenciario,
fuera de la zona de los reclusos, para evitar protestas. Cuando minutos
después el director del penal, Prudencio Lafuente, le preguntó al condenado
si deseaba algún privilegio en su última noche, Otaegui pidió que llamaran
a Carlos Salinas, un funcionario de prisiones que tenía 27 años y con el
que había congeniado desde que había llegado cuatro meses antes a la cárcel
de Burgos para ser juzgado en un consejo de guerra. Salinas, al que en la
cárcel apodaban El Niño, había sido el funcionario encargado de los presos
de ETA durante los últimos meses. “Yo quería hacer algo por los internos,
lo que hoy se define como tratamiento y entonces era palo, incomunicación y
disciplina”, explica mientras almorzamos en Alicante. “Con Ángel pasé
muchas horas sentados en la cama de su celda, fumando sin parar y hablando.
No le veía como un enemigo, y él era honesto conmigo. Yo no quería
convencerle ni él a mí. Esa noche se abrió en canal. Repetía que no había
matado a nadie. Que solo había buscado piso al comando de ETA. La de
Otaegui fue una pena de muerte de repuesto. Pero no se desmoronó. Y a cada
minuto, el capellán empeñado en que se confesara. Le dije que no le tocara
más los cojones. Abrimos una botella de vino. Vio a su madre cinco minutos.
Durmió un rato. El teléfono sonó varias veces y saltábamos pensando que era
el indulto. Nunca llegó. A las ocho de la mañana irrumpió la Policía Armada
con sus cascos antidisturbios y toda su parafernalia. Lo engrilletaron con
las manos atrás y le puse un último cigarro encendido en los labios. Su
cara se descompuso, empezó a temblar, lo escupió y pisó con rabia. Se echó
sobre mí en un abrazo sin brazos, me dijo al oído muy ronco: ‘Adiós’, y lo
sacaron. No fui capaz de decirle nada. Diez minutos más tarde escuché el
estruendo de los disparos en la granja de la prisión que está a 100 metros.
He escuchado esos tiros en mi cabeza durante 50 años. Al día siguiente
volví a currar”. Según relata hoy un testigo militar, la mayoría de los
impactos de bala de los fusiles Mauser Coruña le dieron en el cuello y la
cara. “Su cabeza voló dos metros”.
Muro del penal de Burgos donde fue fusilado Ángel Otaegui el 27 de
septiembre por un pelotón de la Policía Armada de León. Su cabeza, según un
testigo, “voló dos metros por el impacto de las balas de fusil”.
“Había que ponerse una venda en los ojos y cumplir con tu deber”, recuerda
con amargura durante uno de nuestros encuentros en Burgos el coronel
auditor Pedro Ramírez Barbero, de 82 años, que era ayudante del fiscal que
promovió la acusación contra Otaegui. “Se usó la justicia militar para
hacer algo que no era justo. No tenían que haberle ejecutado, era
elemental, manejable, casi límite. Él no había sido autor material del
asesinato, había sido Garmendia, al que los policías cuando le detuvieron
le pegaron un tiro en la cabeza del que estuvo semanas en coma y al
Gobierno le pareció poco estético fusilarle en ese estado. Yo llevé sus
radiografías a Madrid para que las analizaran los médicos militares y
decidieran. A Otaegui le metieron ‘cooperación necesaria’ con calzador. El
ambiente que se respiraba en el Ejército era terrible. Eran los años de
plomo. ETA mataba y mataba y ningún auditor militar quería venir a Burgos
porque suponía tener la muerte en el portal. El ambiente estaba muy
enrarecido, muy ideologizado, el lenguaje era de venganza: muchos militares
pensaban que los condenados se merecían la muerte”.
—¿Recibió la Auditoría de Burgos órdenes desde el Ministerio del Ejército
para condenar a muerte a Otaegui?
—Nadie te daba órdenes directas en ese sentido; no había nada por escrito,
pero de arriba te llegaba que Franco quería que se metiera caña. Y la
justicia militar era como la inquisición: rápida y ejemplar; una
jurisdicción especial para tiempo de guerra que Franco aplicó en tiempo de
paz. Nuestro superior, el coronel Fernando Suárez de la Dehesa, tenía mucha
ascendencia sobre los capitanes generales y entrada libre en El Pardo, y a
la vuelta nos decía: “El Caudillo quiere esto y esto y esto”. Y tú
obedecías. Éramos militares.
Magda Oranich, la abogada del miembro de ETA Juan Paredes Manot, 'Txiki',
junto al árbol donde fue ejecutado el 27 de septiembre de 1975: “No nos
dijeron dónde se iba a realizar el fusilamiento y tuvimos que seguir su
convoy desde la Modelo".
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La lista de la muerte
Entre las 8.30 y las 10.15 del 27 de septiembre de 1975, cinco activistas
antifranquistas fueron fusilados por medio centenar de efectivos de la
Guardia Civil y la Policía Armada (ambos cuerpos estaban bajo férreo
control militar), distribuidos en pelotones de ejecución en Madrid,
Barcelona y Burgos. Habían sido juzgados en cuatro consejos de guerra bajo
las normas de un Código de Justicia Militar elaborado en 1890 y que estaba
concebido para su aplicación en casos de traición, espionaje, deserción o
rebelión en posiciones bloqueadas, fortalezas sitiadas y buques bajo fuego
enemigo, donde no importaban tanto las pruebas como el escarmiento
inmediato. Los cinco condenados eran identificados como el enemigo interior
en una guerra subversiva. No había clemencia posible. Para los franquistas
nostálgicos, la guerra que comenzó en 1936 no había acabado. Como define
Pablo Mayoral, de 74 años, uno de los 11 juzgados: “Una guerra que termina
en una dictadura es una guerra que no termina nunca”.
Iban a ser las últimas condenas a muerte ejecutadas en España. La
Constitución abolió la pena capital en 1978 y hubo que esperar a que un
decreto ley de 1995 la suprimiera también en tiempo de guerra. Tres de los
que iban a ser pasados por las armas eran militantes del FRAP (Frente
Revolucionario Antifascista y Patriota), un marginal grupo terrorista de
extrema izquierda que desaparecería tras la muerte de Franco. Eran José
Humberto Baena, de 25 años; José Luis Sánchez-Bravo, de 21, y Ramón García
Sanz, de 27. Los otros dos reos a muerte, Juan Paredes Manot (más conocido
como Txiki), de 21 años, y el citado Ángel Otaegui militaban en ETA. La
organización separatista vasca golpeaba fuerte desde 1968 y dos años antes
había asesinado al propio presidente del Gobierno, el almirante Luis
Carrero Blanco. A los cinco se les acusaba de la muerte de los guardias
civiles Gregorio Posadas y Antonio Pose, y de los miembros de la Policía
Armada Ovidio Díaz y Lucio Rodríguez, en distintas circunstancias: desde el
ametrallamiento perfectamente planeado y ejecutado por ETA, hasta el
tiroteo callejero o las trágicas chapuzas del FRAP. A otras seis personas
(cinco activistas del FRAP, dos de ellos mujeres, y uno de ETA), acusados
de participar en los mismos delitos, se les conmutó la pena de muerte por
la de 30 años en aquel Consejo de Ministros. A finales de 1977 todos fueron
amnistiados y excarcelados.
De izquierda a derecha: los miembros de ETA Ángel Otaegui y Juan Paredes
Manot, Txiki' y los militantes del FRAP Luis Sánchez-Bravo Solla, José
Humberto Baena Alonso y Ramón García Sanz, todos ellos enviados al paredón
por Franco dos meses antes de su muerte.
Tres continúan con vida: Manuel Blanco Chivite, Vladimiro Fernández Tovar y
José Antonio Garmendia. Otros tres murieron jóvenes: Manuel Cañaveras (que
cuando fue condenado estudiaba COU), María Jesús Dasca y Concepción
Tristán. El más hermético y misterioso de los conmutados es Garmendia, de
74 años, en silla de ruedas como consecuencia del disparo policial en la
cabeza, pero bien de raciocinio y autonomía, volcado en la religión, ajeno
desde aquellos años a ETA y que vive en el caserío familiar de la sierra de
Aralar (Gipuzkoa) decorado con una réplica del Guernica, de Picasso. De
acuerdo con la Ley de Memoria Democrática de 2022, los juicios de estos
encausados se consideran ilegales y nulos, al igual que sus sentencias. Sin
embargo, no tienen derecho a reparación económica. Los que sobrevivieron a
la pena máxima y las familias de los ejecutados exigen hoy la verdad. Lo
explica Vladimiro Fernández Tovar, de 74 años, uno de los sentenciados cuya
pena fue conmutada: “Queremos que se dé un paso más y los consejos de
guerra queden anulados en el BOE, y que alguien nos explique por fin por
qué se decidió la muerte de aquellos cinco jóvenes”.
Esa es la misión de la jefa de la Fiscalía de la Memoria Democrática,
Dolores Delgado: luchar por la justicia transicional que busca la
reconciliación y la consolidación democrática de la sociedad. “La
transicional es restaurativa y reparadora, no punitiva”, explica la fiscal.
“Se lleva a cabo al final de un conflicto para conocer la verdad. En España
ha sido diferente, porque hemos padecido la dictadura más longeva de
Europa. Ahora ha llegado el momento de saber qué ocurrió en el franquismo,
quiénes participaron y si hay algún tipo de reparación. La ley de Amnistía
de 1977 fue de punto final con el régimen de Franco. Puso al mismo nivel a
víctimas y victimarios. Pero al amparo de la Ley de Memoria Democrática,
esta Fiscalía puede abrir una investigación efectiva. Ver si los
victimarios han muerto y sentar la verdad y un espacio de justicia, que es
una obligación de todo Estado democrático”.
Un proceso sin aliento
En septiembre de 1975, todo fue cuestión de horas. Una carrera contra reloj
entre los duros del régimen para acelerar las ejecuciones antes de que
Franco muriera, y de su defensa, para retrasarlos. Lo resume un militar de
la época: “Sabíamos que si se posponían, ya nunca las haríamos. Y los
abogados de los terroristas eran conscientes de lo mismo. Era un tira y
afloja”. Al final, aquellos fusilamientos dinamitaron el proyecto de los
servicios de inteligencia de perpetuar el franquismo sin Franco. La
movilización obrera y estudiantil, la repulsa internacional y la actividad
de la propia Iglesia volaron por los aires la posibilidad de eternizar una
dictadura maquillada. Lo analiza el reo Vladimiro Fernández Tovar:
“Quisieron hacer de los fusilamientos un escarmiento, pero solo lograron
acelerar la liquidación del régimen”. Y lo remacha el historiador Pau
Casanellas: “El franquismo no redujo la represión al final, sino que la
incrementó. La democracia no nos cayó del cielo, sino que fue producto de
la movilización y de decenas de muertes en aquellos años por la policía y
la extrema derecha. El animal estaba medio muerto y en septiembre de 1975
dio un último zarpazo. El Gobierno tenía margen de maniobra para no
matarlos, pero la sentencia estaba dictada de antemano”.
Una de las hojas del expediente que guarda el Archivo General del
Ministerio del Interior de José Humberto Baena Alonso, miembro del Frente
Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP) fusilado el 27 de septiembre
de 1975. Los expedientes completos que recojen documentación acumulada
durante la estancia en prisión de los cinco condenados a muerte se puede
consultar al final de este reportaje.
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Esta es la historia de los últimos 36 días de vida de los fusilados, el
tiempo que empleó la maquinaria franquista en acabar con su vida poniéndose
por montera los derechos humanos, la separación de poderes, la presunción
de inocencia, el derecho a un proceso con garantías, a la justicia
ordinaria, a una instrucción imparcial, a un juez predeterminado por la
ley, a una defensa efectiva y a la presentación y admisión de pruebas y
testigos adecuados. La tortura fue la fórmula aplicada a los procesados
para conseguir su confesión por parte de la Brigada Político Social (la
social) de la policía en sus centros de detención de la madrileña Puerta
del Sol —a cargo del inspector Antonio González Pacheco, alias Billy el
Niño— y Via Laietana, 43, de Barcelona, dirigido por el comisario Julián
Gil Mesas. Ambos asistirían a los fusilamientos en Madrid y Barcelona. El
primero con la corbata más festiva de su amplio guardarropa. El relato de
los supervivientes sobre el catálogo de torturas que sufrieron es
abrumador. En especial, con Txiki. Según explica un exmilitante etarra,
compañero de talde (comando) y expropiaciones (robos a mano armada) de
Paredes en Barcelona, con delitos de sangre y que ha pagado con 30 años de
cárcel, durante una conversación en Vitoria: “Mientras me torturaban, los
policías me dijeron que con Txiki se les había ido la mano. La social lo
machacó a conciencia. Lo odiaban porque era un etarra nacido en Extremadura
y no les entraba en la cabeza. Además, era un tipo bregado; antes de que le
cogieran disparó a los grises [policías armados] los dos cargadores de su
pistola”.
Todos cantaron. Fue la única prueba real de su culpabilidad aportada por la
acusación militar en los cuatro consejos de guerra. Los atestados iniciales
de la Guardia Civil y la Policía Armada y los interrogatorios de la social
se constituyeron en la base de los sumarios militares instruidos por jefes
del ejército sin formación jurídica pero teledirigidos desde las auditorías
de guerra de la I Región Militar (Madrid), la IV (Cataluña) y la VI
(Burgos), a las órdenes directas del respectivo capitán general, “que era
el mandarín del emperador en cada territorio, con más poder incluso que el
ministro”, ironiza el coronel auditor Ramírez Barbero. Otro auditor de la
época recuerda cómo procedían: “Los oficiales del Cuerpo Jurídico Militar
dirigíamos la instrucción, aunque no teníamos relación directa con el
acusado hasta el juicio. Les tomaba declaración e interrogaba un oficial de
las armas, lego en derecho, pero nosotros lo mirábamos con lupa, y le
decíamos: haga esto, pregunte por esto, apriete por aquí, haga un careo. Y
de esa forma, el jefe de la Auditoría de Guerra, que era la muleta jurídica
del capitán general, iba preparando la acusación a conveniencia hasta que
el fiscal militar entraba en acción. No hacía falta demostrar nada, bastaba
con la convicción. Para nosotros era delito flagrante”.
Archivos de la cárcel de Burgos de 1975.
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Los últimos 36 días
La maquinaria del crimen de Estado arrancó el viernes 22 de agosto de 1975,
en el pazo de Meirás (A Coruña), la residencia veraniega del dictador. En
un plácido Consejo de Ministros celebrado en el comedor del antiguo palacio
de Emilia Pardo Bazán, decorado con primorosa porcelana gallega, el
Gobierno de Arias Navarro aprobó el decreto ley 10/1975 sobre Prevención
del Terrorismo, que entró en vigor el miércoles 27 de agosto. Suponía una
vuelta de tuerca a la represión en España. Las Vascongadas ya padecían
desde abril el Estado de excepción, pero este decreto ley extendía ese
modelo de recorte de las (escasas) libertades a todo el país. Aumentaba las
penas máximas para los delitos políticos, asignaba a la jurisdicción
militar la competencia para juzgar al terrorismo organizado (incluso a
través del llamado juicio sumarísimo, que suponía enjuiciar al reo en
horas, sin apenas defensa ni posibilidad de apelación) y concluía: “Si del
atentado resultare muerte de alguna de las personas mencionadas (agentes de
la autoridad, de las Fuerzas Armadas y de Seguridad del Estado y demás
funcionarios), se impondrá la pena de muerte”. Era una ley concebida para
matar. Sin guardar un ápice las apariencias, al día siguiente de entrar en
vigor, el jueves 28 de agosto de 1975, se llevó a cabo el primer consejo de
guerra en Burgos. Los tres siguientes serían los días 11 y 17 de septiembre
en Madrid, y el 19 en Barcelona.
Los cuatro atentados habían sido realizados antes de la promulgación del
decreto antiterrorista. En puridad, no se les podía aplicar a los acusados.
A la dictadura no le importó. Emitió el 11 de septiembre una fantasmal
circular desde la Fiscalía Togada Militar en sentido contrario y obvió las
sutilezas jurídicas. Dos de los consejos de guerra se realizarían con
carácter sumarísimo. En el segundo de Madrid, los abogados fueron
expulsados de la sala con una metralleta en la espalda por contradecir al
presidente del tribunal, el coronel Ricardo Oñate. “Se comportó como un
cafre; lo único que le preocupaba era que le hiciéramos perder tiempo; te
la jugabas al pedirle la palabra”, recuerda José Folguera, defensor de
Blanco Chivite. El defensor del ejecutado Ramón García Sanz era el abogado
de 25 años Gerardo Viada. “Lo triste fue darte cuenta de que al Estado no
le importaba el derecho. Les aplicó la ley antiterrorista con efecto
retroactivo con el objetivo de obtener las penas de muerte. La sentencia
estaba predeterminada hiciéramos lo que hiciéramos”, recuerda. Este extremo
lo confirma sin ninguna duda el que era capitán de la Policía Militar en
Barcelona, Fernando San Agustín, que custodiaba el Gobierno Militar donde
se iba a celebrar el consejo de guerra de Txiki: “Antes del juicio estuve
hablando con el general auditor de la IV Región Militar, que dirigía el
montaje. Me desagradó desde el primer momento. Daba por sentado que lo iban
a fusilar. ‘Esto es condena de muerte’, me dijo en privado. Y me sugirió
que el pelotón fuera de la Policía Militar. ¡Y ni siquiera se había
iniciado el consejo de guerra!”. Aquel general encargado de cocinar la
sentencia en Barcelona era el jefe de su Auditoría de Guerra, Pascual Vidal
Aznares, simpatizante de la ultraderechista Fuerza Nueva y que había
ocupado el mismo puesto en el proceso que condujo sin pruebas en marzo de
1974 al garrote vil al militante anarquista Salvador Puig Antich, de 25
años. En Barcelona se reproducía en 1975 todo el elenco inquisidor de Puig
Antich: al frente, el mismo capitán general, Salvador Bañuls. Y, a su lado,
el vocal ponente del juicio, el comandante Francisco Muro Jiménez, que
orquestó el agarrotamiento de Puig Antich en 1974 a manos de un verdugo
borracho en la Modelo de Barcelona.
Mertxe Urtuzaga en la tumba de su primo, Ángel Otaegui.
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El ensayo general
En Burgos, la justicia militar llevaba la delantera. Era una Auditoría de
Guerra que los ultras calificaban como “heroica” en su lucha contra ETA.
Cinco años antes, en diciembre 1970, el franquismo había juzgado en el
Gobierno Militar de esa ciudad a 16 militantes etarras. Condenó a muerte a
seis. “Pretendían que fuera una especie de tribunal de Núremberg, un juicio
colectivo y ejemplar al separatismo vasco, y les salió fatal”, recuerda un
oficial que participó en aquel juicio. El coronel jefe de la Auditoría de
Guerra (Fernando Suárez de la Dehesa) y el comandante fiscal (Carlos
Granados Mezquita) tendrían el mismo papel en diciembre de 1970 que en
septiembre de 1975: el primero, cocinaría la instrucción y el segundo, de
forma personal y hermética, a base de unas exhaustivas fichas
confidenciales, diseñaría la acusación y pediría la pena máxima. El abogado
Miguel Castells, de 94 años, todavía en ejercicio, defensor de Fernández
Tovar en el consejo de guerra de 1975 y que también intervino en el de
1970, recuerda: “En el de 1970 hicimos una defensa política y rupturista y
los acusados lograron romper el juicio”. Uno de ellos, Mario Onaindia,
gritó en la sala que en ese tribunal se estaba juzgando a Euskadi. En
respuesta, un auditor desenvainó su sable (de rigor para los oficiales en
los consejos de guerra) y se lo puso en el pecho. El espectáculo fue
vergonzoso. Y la repercusión internacional, demoledora para el franquismo.
El Gobierno dirigido por Carrero Blanco se vio obligado a aplicar el
derecho de gracia, ante el disgusto de los militares ultras que exigían
sangre.
¿Por qué se conmutaron las penas de muerte en 1970 y no en 1975? Contesta
el historiador Gaizka Fernández, del Centro Memorial de las Víctimas del
Terrorismo, en Vitoria: “En 1975, Arias Navarro quiso dar un golpe de
efecto con vistas a los ultras que estaban pidiendo su cabeza. Intentaba
legitimarse, consolidarse en el poder. Su posición fue la opuesta a la de
Carrero en 1970, que se sentía fuerte y se opuso al fusilamiento. No quiso
crear mártires de ETA ni molestar a la Comunidad Europea, con la que
acababa de firmar un acuerdo preferencial. En 1970 se intentó dar una
imagen de clemencia desde la fortaleza. Todo lo contrario que Arias en
1975, que, desde su total debilidad, dice: ‘Vamos a por ellos’. Y mata a
cinco, pero conmuta a seis para que Europa no se enfade demasiado. Quiso
contentar a todos y no contentó a nadie. Y creó dos mártires de ETA”.
Aquel primer juicio de Burgos de 1970, con sus seis penas de muerte
conmutadas, supuso un baldón para el orgullo franquista. Sin embargo, de
ese fiasco sacarían para los juicios de 1975 un acopio de lecciones los
capitanes generales de las tres regiones implicadas: Ángel Campano,
Salvador Bañuls y Mateo Prada. Los tres eran las máximas autoridades
judiciales en su territorio, con el poder de elegir al instructor, el
fiscal, el presidente del tribunal y sus componentes; el sitio y la hora
del juicio; de aprobar y firmar la sentencia, y disponer el lugar y el
piquete para la ejecución. En la segunda planta del Gobierno Militar de
Burgos, sede de la Auditoría de Guerra y de la Fiscalía, se trabajó duro
para llevar a los miembros de ETA a la pena capital sin hacer ruido. Un
manual que se extendería a los juicios de Madrid y Barcelona. No habría un
macroproceso como en 1970, sino cuatro consejos de guerra más pequeños y
discretos. Y se juzgaría a los acusados en lugares aislados y dando
contados permisos a la prensa, las familias y los observadores. El espacio
para el público estaría copado por militares, policías de paisano y
oficiales de la inteligencia militar. Nada más traspasar sus alambradas,
los acusados y sus defensores se toparían con un decorado de centinelas y
carros de combate destinado a provocarles terror escénico. El abogado
Mariano Benítez de Lugo, defensor de Pablo Mayoral en el primer consejo de
Madrid, se recuerda traspasando el control y topándose con un gris
apuntándole con su subfusil mientras le amenazaba: “Qué, usted es de los
que vienen a salvar la vida de los que nos matan…”.
Mariano Benítez de Lugo, uno de los abogados de los militantes del FRAP.
En Burgos, el lugar elegido por el auditor De la Dehesa y el fiscal
Granados para el consejo de guerra fue la base militar de Castrillo del
Val, a 11 kilómetros de la capital, aún sin inaugurar oficialmente. Antes
de entrar, agentes de la Social tomaban nota de los asistentes para
ulteriores investigaciones. Un general auditor explica: “Se decidió hacerlo
en Castrillo para evitar montar un circo en el céntrico Gobierno Militar
(como se había hecho en 1970), que suponía cortar la Nacional I y
enfrentarse a los desórdenes. Además, el alcalde se había quejado al
capitán general de que Burgos se estaba convirtiendo en la capital de los
juicios contra ETA y eso daba mala imagen”. Para la vista oral, el capitán
general Prada Canillas se decidió por el 28 de agosto, cuando la ciudad
estaba todavía de vacaciones y no daba tiempo a la oposición para organizar
una respuesta en la calle. Los tres siguientes juicios se hicieron sin
perder un minuto.
En Madrid, sede de la I Región Militar, bajo el mando del capitán general
Ángel Campano, arribista y con aspiraciones políticas, se tomó nota de
Burgos y la operativa fue similar, en este caso bajo la dirección del
general auditor José Luis Uriarte Rejo, que el 22 de julio se había
entrevistado con Franco. Los juicios se realizarían en la base de El
Goloso, a 18 kilómetros de la capital, sede de la Brigada Acorazada XII, la
más poderosa del Ejército. En cambio, en Barcelona, el despótico capitán
general Salvador Bañuls (que estaba enfermo y murió seis meses más tarde)
envidó a la grande y optó por juzgar a Txiki en el Gobierno Militar, al
final de La Rambla, en la misma sala de justicia donde Puig Antich había
sido sentenciado a muerte 18 meses antes. Explica un oficial de la época:
“Los tres eran capitanes generales, pero cada uno tenía su estilo; eran más
franquistas que Franco, pero querían hacer méritos y aplicaron su libreto a
los juicios y los fusilamientos a partir de las sugerencias que les
llegaban de El Pardo”.
Durante la vista los acusados permanecerían esposados a la espalda y
custodiados cada uno por dos grises. En alguno, la huella de la tortura era
evidente, como Pablo Mayoral, con la camisa manchada de sangre. El jurado
militar de cada consejo de guerra, compuesto por cinco oficiales, estaba
orientado por un “vocal ponente” del Cuerpo Jurídico, el único con
conocimientos de derecho y que tenía una posición clave en la votación
final. “Votabas lo que te decía el jurídico, que transmitía las órdenes de
arriba. Había unidad absoluta con el mando, y tú no tenías ni idea y te
dejabas llevar”, explica uno de esos oficiales. Lo remacha el coronel
Arturo Gurriarán, uno de los fundadores de la antifranquista UMD: “El
jurídico que actuaba como ponente mandaba más que el presidente del
tribunal, se sentaba a su lado y le apuntaba todo el rato. La sentencia
venía predeterminada. Se hacía la pantomima del juicio y solo quedaba que
la firmara el capitán general”. La consigna en 1975 fue que cada consejo se
despachara en un día y la sentencia, en menos de 24 horas. Y fusilar a
todos al mismo tiempo para evitar una cascada de protestas. Lo resume el
abogado Gerardo Viada: “No tuvimos tiempo ni para tener miedo”.
Buscando defensores
Cuando el abogado Miguel Castells veía la cosa muy negra en los consejos de
guerra en los que participó durante el franquismo decía: “Esto huele a
cadaverina que apesta”. Ese fue el escenario que se encontraron a finales
del verano de 1975 los abogados de los 11 procesados por la jurisdicción
militar. Era una causa perdida. La rápida movilización de Castells y de
Juan María Bandrés en el País Vasco (veteranos del Juicio de Burgos de
1970), de la pareja formada por Marc Palmés y Magda Oranich en Barcelona
(defensores de Puig Antich en 1974), y de la joven letrada laboralista
Paquita Sauquillo en Madrid, logró que se organizara en días una defensa
muy activa. Tenía mucho de defensa colectiva. Tal como pintaban las cosas,
no podía ser rupturista (como en 1970) sino posibilista. Los enjuiciados
admitirían su militancia pero no los hechos ante la evidente falta de
pruebas. Se trataba de exprimir la ley, recusar y recurrir. Retrasar. Y
poner en tela de juicio a la justicia militar. Y, al mismo tiempo, moverse,
hablar con la prensa internacional, las representaciones diplomáticas, los
sindicatos clandestinos y hasta los obispos. José Folguera, que tenía 25
años, salía disparado en su moto desde el despacho madrileño de abogados de
Paquita Sauquillo (que se conserva tal como estaba en esos días) en
dirección a la Nunciatura, el Colegio de Abogados o a Correos para enviar
telegramas a cualquier lugar del mundo. Lo tenían todo en contra. Para
empezar, la incomunicación que sufrían sus defendidos, que hacía que la
relación con ellos fuera mínima. “No les podíamos dejar abandonados. El
tribunal no pudo probar la acusación, pero no tuvo compasión”, recuerda
Sauquillo. Aquella veintena de abogados se la jugaron al defender a los
acusados. Eran hijos e hijas de la burguesía, militantes de izquierdas sin
siglas, procedentes de grupos católicos de obreros. Ninguno compartía los
métodos violentos de sus defendidos: “Yo le dije a Pablo Mayoral: ‘No estoy
conforme con los atentados, pero voy a luchar para que no te condenen a
muerte”, recuerda Benítez de Lugo. Folguera coincide en el análisis: “No
teníamos simpatía por sus postulados, pero nadie les defendía. Lo hicimos
por idealismo, porque iban a por ellos y porque éramos antifranquistas. El
ala dura del régimen se había hecho con el poder y a estos cinco les tocó
la china”.
Mikel Paredes, hermano de Juan Paredes Manot, 'Txiki', muestra un álbum de
fotos familiar.
La muerte de Txiki
Magda Oranich, de 79 años, permaneció junto a su defendido, Juan Paredes
Manot, hasta el último segundo. Fue testigo de cómo seis guardias civiles,
con pelucas y barbas postizas bajo el tricornio para no ser identificados,
acribillaban a Txiki mientras permanecía atado a un poste en un claro del
bosque junto al cementerio de Collserola, a 20 minutos de Barcelona.
Oranich recogió 11 casquillos de bala que ha guardado estos años. La mitad
(retratados en la portada de esta revista) se conserva en la Fundación
Histórica de los Benedictinos de Lazkao (Gipuzkoa). Ella estaba detrás del
pelotón, junto al también defensor Marc Palmés y el hermano mayor del reo,
Mikel Paredes, que se abalanzó sobre los ejecutores cuando uno de los
guardias se volvió hacia ellos entre burlas mientras hacía fuego.
Visitamos con Magda Oranich el escenario del fusilamiento de las 8.35 del
día 27 de septiembre de 1975. La letrada va relatando la puesta en escena
de aquella madrugada macabra: “No nos dijeron dónde se iba a realizar el
fusilamiento y tuvimos que seguir su convoy desde la Modelo. No habría
menos de 50 personas y 15 coches. Lo cortaron todo. Aquí estaba la
ambulancia de la Cruz Roja donde los camilleros se echaron a llorar cuando
todo acabó; aquí, los de la Social en sus coches negros con el comisario
Gil Mesas al frente; al fondo se veía el cementerio donde le enterraron
provisionalmente. Subimos por este terraplén hasta el pino grande. Txiki
llevaba un jersey de lana azul que le habían hecho las presas de la Modelo.
Todos los tiros le dieron en el pecho y la tripa. Sonaban como los petardos
de antes de los fuegos artificiales: pac pac pac. Siguió cantando el Eusko
gudariak hasta el tiro de gracia. Antes de enterrar a Txiki pudimos hacerle
a escondidas una foto en el ataúd. Oculté el carrete en mi sujetador.
Cuando un policía vino a cachearme, un oficial del Ejército le dijo: ‘A la
señora, ni tocarla”.
Cadáver del miembro de ETA Juan Paredes Manot, 'Txiki', de 21 años,
ejecutado junto al cementerio de Collserola el 27 de septiembre de 1975.
Esta imagen fue tomada a escondidas por sus abogados Marc Palmés y Magda
Oranich.
Los escenarios de los fusilamientos producen hoy escalofríos. Ese pequeño
claro en el bosque de Collserola, a 18 kilómetros de Barcelona; un muro en
la granja de la cárcel de Burgos, que apestaba a bosta de vaca; un
inhóspito campo militar de tiro llamado Matalagraja, a 40 kilómetros de
Madrid. Los tres lugares permanecen como estaban, perdidos en su soledad y
su absurdo. Imaginar lo que pasó en ellos hace casi 50 años es una
pesadilla.
¿Ejecutores voluntarios?
Una vez aprobadas las condenas de muerte en el Consejo de Ministros del día
26, la patata caliente era quién los iba a ejecutar. “Los militares se
negaban, creían que ya habían cumplido y les tocaba a otros matarlos.
Además, algunos ya estaban pensando en su carrera después de Franco”,
explica un oficial. “Había una distribución de funciones entre los
militares, y los policías y los guardias, cierto clasismo de los primeros,
que contemplaban su misión como más elevada y no se habían involucrado
tanto en la represión directa. El Ejército tenía la certeza de que los
matarifes tenían que ser las Fuerzas de Orden Público. Y así se hizo”,
añade. Un coronel que entonces mandaba como capitán una Compañía de la
Policía Armada insiste que ellos tenían poco que ver en todo aquello: “En
realidad, solo fusilamos, porque los soldados del Ejército eran de la mili
y no se les podía encargar eso”.
La organización, reclutamiento y la identidad de los miembros de los
piquetes de ejecución sigue siendo un secreto de Estado. Los investigadores
dudan de que exista una relación nominal de los ejecutores. En 2018 y en
2021, el diputado de Bildu Jon Iñarritu interpeló al respecto al Gobierno
(bajo la inspiración de Arnaldo Otegi) y solo consiguió una larga cambiada:
“El Ministerio del Interior no tiene información relativa a los hechos
señalados en sus archivos”, fue la escueta respuesta dada.
El último Gobierno de Franco afirmó tajante que los miembros de la Policía
Armada y la Guardia Civil que componían los piquetes de ejecución habían
sido voluntarios. Trataba de demostrar la fortaleza y unidad del régimen.
Una afirmación que hoy no se sostiene. También repitió que para evitar las
venganzas personales serían policías los que fusilarían a los condenados
por matar a guardias civiles y guardias civiles los que fusilarían a los
asesinos de policías. Sin embargo, algunos ejecutores tenían una deuda de
sangre directa con los ejecutados. En ese entorno, nada más concluir una de
las ejecuciones, se escuchó a un policía con el humeante fusil bajo el
brazo: “Este no vuelve a matar a uno de los nuestros”.
La maquinaria franquista funcionó. Las órdenes descendieron con eficacia
desde el Gobierno hasta el último escalón militar, judicial, policial y
carcelario. Los testimonios sobre los preparativos de los fusilamientos son
mínimos. Quizás los más importantes estén en las memorias del general José
Antonio Sáenz de Santa María, en aquel momento poderoso jefe del Estado
Mayor y número dos de la Guardia Civil, redactadas en tercera persona,
sobre los fusilamientos en Madrid: “Había que seleccionar un pelotón y un
teniente para mandarlo. Para ello [Sáenz de Santa María] intentó encontrar
voluntarios en la Compañía de Destinos de la Guardia Civil, pero no se
presentó nadie. Fue necesario echar mano del orden regular de los servicios
para designar a los ocho guardias que deberían efectuar los fusilamientos.
Todos ellos, lo mismo que el teniente, recibieron la orden con muestras de
desagrado, pero, en contra de lo que se temía, ninguno se negó”. El general
continúa: “Los nombres de todos los miembros del pelotón serían mantenidos
para siempre en secreto. Uno de los condenados murió en el acto, pero otros
dos tuvieron que recibir el tiro de gracia del teniente, quien sufrió una
crisis nerviosa que le mantuvo largo tiempo apartado del servicio”.
Juan José Agirre, del archivo de los benedictinos de Lazkao.
Otra fuente, un jefe policial de la época, nos aporta durante una
conversación más luz sobre la voluntariedad de los pelotones: “En el
acuartelamiento de Moratalaz, en Madrid, donde estaban las unidades móviles
[de choque] de la Policía Armada, se ordenó la tarde del 26 de septiembre
la formación en el patio. Los oficiales les comunicaron a los policías que
había surgido un nuevo servicio, sin especificar, y que lo iban a echar a
sorteo, porque sólo hacían falta unas docenas. Ante la duda, algunos
argumentaron indisposiciones u obligaciones familiares que los mandos no
tuvieron en cuenta. No obstante, sí hubo voluntarios, aunque no puedo
afirmar con rotundidad que estos supieran a ciencia cierta que iban a
ejecutar a unos reos. Hay versiones en los dos sentidos: una, que lo
desconocían; otra, que lo sospechaban y se apuntaron”.
En torno a las 10.15 del 27 de septiembre se había acabado todo. Pero este
capítulo final del franquismo había empezado unos meses antes con la muerte
de cuatro agentes de la autoridad de los que pocos recuerdan sus nombres.
Eran Gregorio Posadas Zurrón, de 33 años, con dos hijos; Ovidio Díaz López,
de 31 años, con un hijo y su mujer esperando el segundo; Lucio Rodríguez,
de 23 años, y Antonio Pose, de 49 años. Fueron víctimas del terrorismo,
pero el asesinato de Estado al que se sometió a sus presuntos victimarios
hizo caer sobre ellos la sospecha y el olvido hasta convertirlos en
víctimas de segunda cuyas familias han preferido no hablar en este
reportaje. Es lo que María Jiménez, profesora y experta en víctimas del
terrorismo, define como una doble victimización: “Los ejecutados se
convirtieron de manera automática en victimarios-víctimas y, a ojos de sus
conniventes, elevados a la categoría de mártires. Al mismo tiempo, los
agentes de cuyas muertes se les acusaba no solo fueron asesinados, sino que
sus asesinos, a causa del castigo inmisericorde que el régimen les impuso,
han acaparado la atención en términos periodísticos, bibliográficos y
públicos”. Una tesis que comparte la abogada de las víctimas del terrorismo
Carmen Ladrón de Guevara, que las define como “víctimas olvidadas a las que
se ha tratado peor que a ninguna otra al ser fusilados injustamente los
autores de su muerte”.
Entre agosto y septiembre de 1975 la dictadura puso en marcha su maquinaria
para asesinar a cinco antifranquistas. Desde 1959 no se ejecutaba a un
número tan elevado de personas. Centenares de funcionarios participaron en
el hecho. El huracán de la transición se llevó al olvido esas muertes
injustas. Al final, como recuerda Gerardo Viada, defensor del ejecutado
Ramón García Sanz: “Cuando tras la ejecución fui a recoger sus pertenencias
al Gobierno Militar, me entregaron un reloj barato, una cartera sin dinero
y un transistor. Cabían en una caja de zapatos. Tanto dolor para tan poco
beneficio”.
Diario de un proceso
Cuando comenzamos a trabajar en este reportaje hace más de seis meses y se
empezó a recabar una completa información documental (además de la oral o
escrita de las fuentes directas con vida, o sus familiares y allegados)
para su realización, se consultó a la Administración del Estado concernida
(los hoy ministerio de Defensa y ministerio del Interior, en aquel momento
ministerio del Ejército y ministerio de Gobernación) al respecto. La
colaboración con la Comisionada para los 50 años de España en Libertad,
Carmen Gustrán, fue completa y enriquecedora. A su vez, el ministerio del
Interior nos proporcionó la documentación inédita que publicamos a
continuación. Se trata de los expedientes personales de los cinco
condenados durante su estancia en prisión y toda la documentación de su
periplo carcelario y su enjuiciamiento, hasta el momento de su ejecución,
realizados por la entonces Dirección General de Instituciones
Penitenciarias.
Los dossier se inician con la filiación en prisión de los tres militantes
del FRAP y dos de ETA con la elaboración de sus fichas carcelarias en las
que constan sus huellas dactilares y datos completos, y concluyen con la
notificación de haberse llevado a cabo su ejecución en Madrid, Barcelona y
Burgos por fuerzas de la Policía Armada y la Guardia Civil. Los documentos
reflejan el enjambre de administraciones implicadas de las Fuerzas Armadas,
las Fuerzas de Orden Público y la Dirección General de Instituciones
penitenciarias; las capitanías generales de la I, IV y VI Región militares,
sus Secretarias de Justicia y sus Auditorías de Guerra. Unos documentos que
demuestran que para dar apariencia de legalidad al juicio y ejecución de
los cinco condenados de los que el día 27 se rememoran los 50 años de su
muerte, todo el aparato coercitivo del Estado participó de forma intensa,
conforme a las leyes de la dictadura y con todos los medios necesarios,
para el proceso que concluyó con los cinco fusilamientos.
5ac546025023c1a37318582b11605c…
José Humberto Baena Alonso>
Miembro del FRAP. Fusilado el 27 de septiembre de 1975 en el municipio de
Hoyo de Manzanares (Madrid).
Ver el expediente completo >
c3a4c5163917e64541e71843a50b86…
José Luis Sánchez Bravo>
Miembro del FRAP fusilado el 27 de septiembre de 1975 en Hoyo de Manzanares
(Madrid).
Ver el expediente completo >
ad599366f78539dfef03c8b83c35ba…
Ramón García Sanz>
Miembro del FRAP fusilado el 27 de septiembre de 1975 en Hoyo de Manzanares
(Madrid).
Ver expediente >
9615f14c2c3020fdd5beded9157175…
Ángel Otaegui Echeverria>
Miembro de ETA fusilado el 27 de septiembre de 1975 en Burgos.
Ver el expediente completo >
c125b45167cb7a921fd621c8b13c66…
Juan Paredes Manot ('Txiki')>
Miembro de ETA fusilado el 27 de septiembre de 1975 en Barcelona.
Ver el expediente completo >
EL ÁLBUM DE LA LENGUA
Palabras homófonas:
¿Qué son palabras homófonas? Pues que se pronuncian igual, pero se escriben diferente.
Y aquí empiezan grandes confusiones que llevan a errores, por ejemplo:
La confusión entre as/has/haz. Y aquí tenemos otra vez un ejemplo que incluye al verbo haber.
¿Has buscado a ese as del fútbol? Búscalo. Haz lo que te digo.
Has: forma correspondiente a la segunda persona del singular del presente de indicativo del verbo haber.
As: uno de las cartas de la baraja o una persona que sobresale de manera notable.
Haz: forma de imperativo correspondiente al pronombre tú del verbo hacer.
Hay dos formas sencillas para entender la diferencia entre has y haz.
Primera: Fijándonos en el participio pasivo. Delante siempre es has: Has dormido, has borrado, has dicho, has roto, has impreso, has visto, has dicho… Y segunda observar que indica siempre una orden por tratarse de un imperativo: haz la comida, haz la cama, haz el favor…
Otras palabras que suelen confundirse porque suenan igual son vaya, baya y valla.
Vaya para la valla a recolectar bayas.
Vaya: Tercera persona del imperativo del verbo ir.
Valla: Cercado o muro.
Bayas: Un tipo de fruto.
Otro ejemplo de palabras homófonas son allá, haya, halla y aya.
Halla este detalle: allá, al lado del árbol, que es una haya, están los niños con su aya.
Halla: Segunda persona del singular del presente del verbo hallar, que significa encontrar.
Allá : Adverbio demostrativo que indica lugar.
Haya: Un tipo de árbol.
Aya: Persona encargada de cuidar niños.
Otro problema con las palabras homófonas son las que se escriben con v o con b pero suenan igual al pronunciarlas.
Ejemplo entre bello (hermoso) y vello (pelo); hierba (planta pequeña) o hierva (del verbo hervir); botar (de tirar algo a la basura o dar saltos) y votar (emitir un voto).
Y por último mi frase favorita: ahí hay un hombre diciendo ay.
Ahí: indica el sitio, el lugar; hay: del verbo haber; ay: queja, quejido, lamento.
María Jesús
LA BUTACA
Noticia: Rosas amarillas para Borges.
Cuarenta rosas amarillas para Borges en la tumba de Ginebra a 40 años de su muerte.
En un acto breve y sencillo fue homenajeado el gran autor argentino en su tumba del cementerio de los Reyes: se leyeron poemas “de Borges y para Borges” y se ofrendaron flores del color de su ceguera.
14 de junio de 2026
LA NACIONNatalia Blanc
GINEBRA-. Cuarenta rosas amarillas para Jorge Luis Borges, “una por cada año de eternidad”: con una emotiva ofrenda simbólica se rindió homenaje este domingo al escritor argentino en el cementerio de Plainpalais, en Ginebra, a cuarenta años exactos de su muerte.
El color elegido no fue casual: las rosas amarillas ocupan un lugar privilegiado en el imaginario borgeano y remiten a uno de los símbolos más persistentes de su obra. En su universo literario, la rosa amarilla representa el misterio del lenguaje y la revelación poética. Está en el título de su cuento “Una rosa amarilla” (de El hacedor, 1960) y en la frase “Te ofrezco la memoria de una rosa amarilla vista al crepúsculo, años antes de tu nacimiento”, de “Two English Poems” (El otro, el mismo, de 1964). Pero, además, Borges dijo varias veces que el amarillo era el color de su ceguera, ya que, al perder la vista, fue el único que lo acompañó hasta el final.
Organizado por la asociación Los conjurados, fundada por el argentino Marcos Liyo, que impulsó las jornadas de homenaje a Borges y ofrece tours borgeanos por la ciudad, el acto se realizó para unos pocos privilegiados que pudieron ingresar gracias a un permiso especial: el cementerio cerró sus puertas este fin de semana debido al fuerte operativo de seguridad por la masiva concentración contra el G7 que dejó la ciudad suiza vacía y repleta de policías en una escena inusual para Ginebra.
Con la presencia del escritor Alberto Manguel, que viajó desde Portugal; la especialista argentina residente en Francia Annick Louis; Raúl Tola, Director de la Cátedra Vargas Llosa; Roberto Alifano, secretario de Borges; y el escritor y coleccionista Alejandro Vaccaro, entre otros pocos invitados, el acto fue breve y sencillo, al estilo de Borges.
Al lado de la tumba número 735, donde descansan sus restos desde el 18 de junio de 1986, Liyo anunció que se leerían poemas “de Borges y para Borges”. Alifano, con su inseparable bastón heredado de su gran amigo, abrió el juego con un haiku dedicado al poeta; Annick Louis recitó en francés el borgeano “Ewigkeit”; Raúl Tola leyó “Cuarenta silencios”, de Alejandro Roemmers, una reversión de su poema “Veinte silencios”; en tanto, Vaccaro y Manguel compartieron los versos de “El remordimiento”, uno en castellano y el otro en francés.
A continuación, los asistentes fueron invitados a arrojar una rosa amarilla sobre la tumba más visitada del cementerio de Plainpalai o de los Reyes, en la que se veían algunos lápices y lapiceras a modo de ofrendas. Había solo dos coronas florales: una de la Embajada argentina en Suiza y otra de la ciudad de Ginebra, donde vivió entre 1914 y 1918 y donde murió el 14 de junio de 1986.
Una tumba, un enigma literario
Como ocurre con tantos aspectos de la obra de Borges, su tumba es también una obra con símbolos a descifrar. La lápida fue diseñada por María Kodama siguiendo referencias literarias, históricas y mitológicas que reflejan algunas de las grandes pasiones del escritor. Se colocó en octubre de 1987, un año y meses después de su muerte. Es de piedra tallada y tiene dos caras: en el frente hay una imagen con siete guerreros en relieve que sostienen sus escudos y espadas en alto, en plena batalla. Las armas están rotas o caídas, símbolo de una derrota. Debajo puede leerse una frase en inglés antiguo: “And ne forhtedon na”, que puede traducirse como “Y que no temieran”.
La expresión, que remite a la épica anglosajona que Borges estudió durante décadas, pertenece a “La batalla de Maldon”, un poema épico anglosajón del siglo X que narra la resistencia de un grupo de guerreros frente a la invasión vikinga. La escena representa a guerreros que avanzan “sin temer” hacia una muerte segura: el coraje ante el destino inevitable.
El reverso de la lápida ofrece otro enigma. Allí figura una nave vikinga, símbolo del viaje hacia la eternidad, acompañada por una inscripción en nórdico antiguo tomada de la “Saga de los volsungos”. La frase fue citada por Borges en su célebre cuento “Ulrica” y alude a la espada Gram, uno de los objetos legendarios de la tradición escandinava. Abajo hay una frase que parece una dedicatoria de Kodama: “De Ulrica a Javier Otárola”, protagonistas de su cuento de amor “Ulrica”.
Como señaló Liyo durante la caminata borgeana por Ginebra realizada este sábado, investigadores como Martín Hadis han señalado que estos símbolos condensan varias de las obsesiones intelectuales del escritor: el coraje, las lenguas antiguas, la memoria de los héroes, los laberintos del tiempo y la idea de una literatura universal capaz de unir Buenos Aires con Islandia y las sagas nórdicas con los compadritos porteños. En la base de la lápida se inscribieron los años de su nacimiento y fallecimiento: 1899-1986, acompañados por una pequeña cruz de estilo celta.
Marcos Liyo, fundador de la asociación Los conjurados, invitó a los invitados a ofrendar una rosa amarilla.
Un autor universal y un lector fervoroso
Después del acto en el cementerio, la comitiva se trasladó a la maison Rousseau, sobre la Grand Rue, en la zona antigua, donde este sábado Borges había interactuado con los asistentes durante la primera jornada de homenaje. La tarde comenzó con un concierto del grupo “Y su orquesta Quartette”, en el que sonaron tangos y milongas que Borges concibió junto a Astor Piazzolla y Edmundo Rivero.
Luego, la ensayista Annick Louis dictó en francés la conferencia “Borges universal”, donde repasó con imágenes el impacto del autor en el mundo, sus apariciones en los medios de comunicación argentinos e internacionales, su relación con la política y algunas de las polémicas alrededor de sus declaraciones públicas, especialmente en su país.
El cierre estuvo a cargo de Manguel, con la charla “Borges, un destino literario”, también en francés con algunas intervenciones en castellano, moderada por el escritor colombiano Camilo Bogoya. Manguel abordó la dimensión del “Borges Lector”, recordando aquella máxima borgeana de que uno es por lo que lee y no por lo que escribe.
Cuarenta rosas amarillas para Georgie
Cuarenta años después de su muerte, el laberinto de Borges sigue abriendo senderos universales. Este domingo, entre poemas pronunciados en dos idiomas y cuarenta rosas amarillas depositadas sobre la piedra, el homenaje en Ginebra confirmó que algunos grandes escritores ingresan en la eternidad que imaginaron en sus relatos y poemas.
EL MIRADOR DE LA POESÍA
Réquiem por una flor
Nació Violeta en enero
tras nueve lunas de espera,
anunciando primaveras
como la flor del almendro.
La madre se volvió fuente,
el padre ladrón de vientos,
crecería tan alegre
como el árbol del almendro.
Eran sus ojos de cielo,
blanca su tez con el alba,
al atardecer rosada
como la flor del almendro.
El sol le brindó sus bálsamos,
la luna salud de acero,
sumaría tantos años
como el árbol del almendro.
Contaba años sin miedo,
pisando firme la tierra,
en todo era una fiesta
como la flor del almendro.
Pasó de capullo a rosa
vestida de terciopelo,
delicada, pura y hermosa
como la flor del almendro.
Las dalias tenían celos,
los lirios la cortejaban,
su belleza cautivaba
como la flor del almendro.
La muerte le abrió la tumba
Con solo catorce inviernos,
hasta en esto fue prematura
como el árbol del almendro.
De luto se tiñó el pueblo,
se deshojaron los lirios
por el peso del rocío
como la flor del almendro.
Tañen tristes las campanas,
las dalias lanzan lamentos,
del frío son castigadas
como el árbol del almendro.
Camino del cementerio
lloran ladrones y fuentes,
¿por qué la vida no vuelve
como la flor del almendro?
La Vida con negro velo
reza su eterna plegaria:
“Soy bella, mas dulce y amarga
como el fruto del almendro”.
María Jesús Sánchez Oliva.
CARTA A...
29-VI-2026
Al pueblo Venezolano
Queridos venezolanos: Quisiera no tener que dedicaros las líneas de este mes, pero dos terremotos en unos segundos os han convertido en protagonistas de ellas, y aunque cuesta hilvanarlas y para poco o para nada van a servir, ni puedo ni debo dejar de hacerlo.
Horror es la primera palabra que se me ocurre deciros: horror ante tantas decenas de decenas de muertos; horror ante tantos centenares de centenares de heridos; horror ante tantos miles de miles de desaparecidos, horror ante tantas viviendas destruidas y horror ante tantas manos escarbando entre los escombros con la esperanza de sacar a alguien con vida.
La segunda es gracias: gracias a todos los equipos de rescate que se han desplazado a la zona; gracias a todos los gobiernos que han mandado ayuda internacional; gracias a los ciudadanos que se han movilizado para recoger y enviaros medicinas, ropa y alimentos de primeros auxilios; gracias por tantos minutos de silencio, mensajes de duelo y abrazos de cariño; gracias, sobre todo, a vosotros porque, a pesar de tanto miedo, tanta desesperación, tanta angustia y tantas dificultades fuisteis los primeros en ayudaros unos a otros.
Y por último rabia, mucha rabia: rabia porque si todos los gobernantes gastaran el dinero de los ciudadanos en construir casas, hoteles y edificios bien acondicionados en lugar de gastarlo en sus caprichos y armas para divertirse haciendo guerras, terremotos habría, son errores de la naturaleza, pero las consecuencias no serían las mismas, y las evidencias hablan por sí solas. ¿Cuántos muertos, heridos y desaparecidos hubiera habido si estos terremotos se hubieran producido en Japón?
Espero que al menos sean capaces de pediros perdón para reconocerse culpables en parte.
María Jesús.
COSAS DE GARIPIL
¡Hola!: Desconecta el televisor, deja el móvil donde ni lo veas ni lo oigas, siéntate en tu sillón favorito, cierra los ojos y permíteme que te lea el octavo relato de Letanías en lo que el sueño te manda a la cama para recuperar las fuerzas perdidas durante el día.
El balón de más aire
Al cabo de tres meses de jubilado, Melquiades, alias don Balón, hombre bien conservado, arrogante como pocos, manco de la mano derecha, exconserje de un banco donde entró de botones, ascendió a ordenanza y llegó a conserje, según él por cumplidor, según los empleados por pelota, según el director por compromiso... ya había perdido la esperanza de ser homenajeado como mandan los cánones. Que pasaran del tema los ordenanzas, lo entendía en parte. "Para mí no os molestéis en organizarme nada", les había dicho la víspera, cuando estos se lo propusieron sin otro deseo que el de quedar bien y gastar poco. "Esas cosas me saben a pan prestado. Si vosotros me rendís honores, yo os tengo que despedir con amores. Y lo más desengañado es que cada cual se quede con lo suyo. Pero si lo dice el mandamás... ya sabéis: las órdenes, son órdenes". Y los muy astutos se habían enojado con él, Le tenían tanta envidia por haber sido siempre su ojito derecho que a buen seguro habrían pasado todos por el despacho con el cuento. Que hicieran lo mismo los demás empleados, también podía aceptarlo. "Perdonad que no celebre la despedida", les había dicho el último día. "Quien da uno, tiene que recibir dos. Y yo no quiero poneros en el compromiso de tener que multiplicar por mí. Pero si el mandamás
dice de hacerme algo, estoy a vuestra disposición, esas... son ya cosas de fuerza mayor". Y los muy pu¬ñeteros se habrían vengado de él, le tenían tanta manía porque sus pies y su mano habían sido sólo para él que a buen seguro todos le habrían puesto pegas, disculpas, pretextos, para que a fuerza de darle largas al asunto, acabara por consumirse en el rescoldo del olvido. Pero el silencio de don Mariano, su querido director, le traía de cabeza. "Ya sabe que aunque me vaya puede contar conmigo", le había dicho entre servicial y compungido cuando fue a decirle adiós. "Y el día de... tendré mucho gusto en tomar una copa con usted". Pero don Mariano parecía no haberse enterado de que se refería al día del homenaje.
—¡Baja del burro, hombre de Dios! —le decía su es¬posa cuando le veía rumiar el asunto— Tu don Mariano del alma hace contigo lo que yo con los limones: los lavo, los seco, los enfrío... porque me vienen de perlas en la cocina, y cuando ya los he exprimido, ¡hale, al cubo de la basura!
Y Melquiades enrojecía de ira.
—¡Imposible, mujer, eso es imposible! Si don Mariano da órdenes para que se les organice el homenaje a todos los empleados, si es el único que no ha faltado jamás a ninguno, si es el primero en apuntarse a la cena y en dar para el regalo, ¿por qué no va a hacerlo conmigo? Precisamente conmigo, conmigo que he sido siempre el bailarín que bailaba al son de su flauta. "¡Vete al estanco, Melquiades, y tráeme tabaco para la pipa!", decía todas las mañanas, y Melquiades salía como una bala aunque la cola del público llegara a la calle. Conmigo que he sido su sol y su sombra, su mejor, su único mayordomo. Yo era quien le limpiaba el polvo del sillón todos los días para que no se le manchara el traje, quien le ventilaba el despacho cada media hora para que respirara bien, quien le ataba los cordones de los zapatos para que no se los pisara, quien le
enchufaba la estufa para que no se le enfriaran los pies, quien le retocaba el nudo de la corbata al entrar en las reuniones para que fuera el mejor compuesto, quien le colgaba el sombrero, quien le descolgaba el abrigo, quien le llevaba la prensa, quien le ponía al tanto de las idas y venidas del personal, quien le encendía la luz, quien le abría el retrete, el despacho, el coche... quien con ganas o sin ellas, por deber o por devoción, sin prisa o con ella, a todo le decía: "¡sí, señor!". Conmigo que, a fuerza de ver malas caras por luchar a brazo partido para que no me pillara en ningún renuncio, fui ante sus ojos el empleado ideal, el empleado perfecto… el que tuvo siempre la cautela de esconder el bocadillo y ponerse a meter cartas en sobres como una máquina en cuanto él asomaba las narices, el que jamás salía del banco antes que él aunque tuviera que hacer más horas que un reloj, el que esperaba todas las mañanas en el vestíbulo hasta que entraba él para que viera que habíalle¬gado de los primeros, el que sólo se escaqueaba para tomar café cuando él estaba ausente, el que todos los años cogía las vacaciones cuando él para no privarlo de su asistencia, el que cada navidad le felicitaba las fiestas con un pavo aunque tuviera que quitárselo a los suyos de la mesa, el que no permitía que ni su secretaria le tomara un recado, el que desoía los timbres de todos los departamentos por ha¬blar con sus visitas, el que por atenderlo a él no tenía tiempo ni para el subdirector... Fui, antes que nada, por encima de todo, la pelota, ¿qué digo la pelota?, el balón que rodó a gusto de sus puntapiés, y no merezco que me pague con semejante patada. ¡No, Pilar, no, claro que no! Espera y ya verás como más tarde o más temprano cumple conmigo don Mariano.
Pero Pilar sabía que las hojas de aquella esperanza se le habían desprendido ya del árbol de el almanaque, y lo que era más triste todavía: estaba segura de que cuando la esperanza se moría, lo cristiano era enterrar el deseo.
Pero una mañana de sábado, ¡qué sorpresa!, sonó por fin el teléfono.
—¡Hola, Melquiades!, ¿cómo está? —preguntó el subdirector la mar de cortés, como si sólo hubiera transcurrido un fin de semana— Le llamo para que esta noche vaya con su esposa al mesón de los Cencerros. Queremos darle... ya sabe, el homenaje.
Y a la vez que hablaba, pensaba con sorna: “La cencerrada, ¡pelota!, la cencerrada es lo que quiero darte”.
—¡Gracias, don Anselmo, gracias! —respondió el exconserje alborozado, intentando saber algo— Ya sabe que esas cosas me revientan, pero si es una orden de don Mariano, habrá que reventar. ¡Qué le vamos hacer! Quien manda... manda.
“¡Claro que vas a reventar, ¡pelota!, pero no de gusto, de disgusto!”, se dijo para sí el subdirector. “Tu querido don Mariano ni ha mentado el homenaje, se le ve andar tan feliz de no encontrarse tu mano parándole en seco para atarle los zapatos, tan a gusto de sentarse en el despacho sin miedo a las corrientes de tus ventilaciones, tan satisfecho de salir del retrete sin sacarte pegado al trasero... que todos hemos entendido que quedó de ti hasta más arriba del sombrero. Y si te lo he organizado yo es porque me consta que él no va a asomar las narices por los Cencerros. Pero no me metas los dedos en la boca, ¡pajarraco!, que no pienso vomitarte nada”.
Y en voz alta, le espetó:
—No importa de donde venga el aire, queridísimo Melquiades, lo que importa es que el agua que trae riegue por igual a zarzas y a robles. Ya sabe: en el campo todos son árboles.
“Pero no todos dan la misma sombra”, pensó el excon¬serje antes de replicar con tan mal disimulada hipocresía que se le vio el plumero.
¡Sí, don Anselmo, sí! Ya sé que todos son compañeros, y como compañero se lo agradezco a todos, pero... ¡dígame!, ¿a qué hora llegará don Mariano? Ya sabe usted que los ordenanzas nunca tienen el detalle de adelantarse para abrirle la puerta del coche, y si él va a cumplir conmigo, yo debo cumplir con él.
—Bueno, Melquiades, tengo prisa, —se disculpó el subdirector para esquivar la pregunta— Me está esperando en el recibidor un cliente para tomar café. Usted vaya a las diez, allí nos veremos. ¡Adiós, adiós! ¡Hasta luego!
Y cada cual colgó su teléfono. Don Anselmo orgulloso de haber dado en el clavo. “Por fin, esta noche, en tan sólo unas horas, voy a hacerle pagar a este pelota todas las puyas que le ha metido a mi cargo a lo largo y a lo ancho de tantos años”, pensó mientras encendía un puro de medio metro para celebrar el éxito de antemano. Melquiades a punto de estallar de satisfacción. “Está visto que don Mariano me está agradecido, que me echa de menos, pero como al cuero hay que seguir dándole vaselina para que no se aje, tendré que ir con un ramo de rosas para su señora”, pensó mientras reclamaba a su mujer para darle la gran noticia y hartarla de malpensada.
Una hora antes de la cita, Pilar y Melquiades, entraron en los Cencerros.
—Llegar los últimos será falta de respeto, —comentó ella al encontrarse el mesón vacío— pero llegar los primeros es sobra de jeta. ¡Qué bochorno, ¡¡por Dios!!, qué bochorno!
—Tú estás loca, completamente loca ¿Cómo se te ocurre llamar jeta a un cumplidor de pies a cabeza como yo? No sabes lo que dices. Quien viene a homenajearme no es un juanlanas, es un pez gordo. Y qué pensarán las sar¬das de mí si cuando llegue no estoy aquí para descamar¬lo de guantes y de bastón... —replicó él mientras se acomodaba junto a la chimenea con la clara intención de ver llegar el coche de don Mariano a través de la ventana que le quedaba enfrente.
“Pues que por muchas redes que tires”, pensó decir ella mientras dejaba las rosas en una silla alejada del fuego para que las llamas no les ajaran los pétalos, “el pez gordo jamás pica el anzuelo”. Pero el mesonero le impidió transformar el pensamiento en palabras.
—¡Buenas noches!, ¿qué desean tomar los señores?
, —preguntó con la cortesía de quien estrena clientes.
—Yo un zumo, un zumo de naranja. —pidió ella— ¬Hace tanto calor...
—Yo nada, nada absolutamente. —añadió él— Soy el homenajeado de esta noche y don Mariano habrá encargado en mi honor una cena tan opípara que no debo llenar el estómago antes de tiempo. ¿Me entiende? No es por no gastar, es por no hacerle el desprecio. Y si empiezo a picar...
Y el mesonero ahuecó el ala despavorido.
—Disculpe, don Anselmo, disculpe, creo que he metido la pata. —dijo a través del teléfono— Usted ¿qué me ha encargado, un vino o un banquete? Tengo aquí al homenajeado y el hombre piensa ponerse las botas a costa de un tal don Mariano.
—Ni caso, Pascual, no le haga ni caso. —dijo don Anselmo después de desgranar una piña de carcajadas—. Ese homenajeado ha sido el balón de más aire que ha rodado por el banco y el homenaje no es otra cosa que un pin¬chazo para que se desinfle de una vez. ¡Por cierto!, cuando yo llegue le daré un sobre a escondidas, cuando él salga, se lo da, pero dígale que llegó en el correo. Y si puede usted, para que la explosión sea más sonora, ya sabe: dele más aire.
El mesonero, hombre tan flemático como guasón, dispuso la bandeja y les llevó el servicio.
—Su zumo, señora; la tila es para usted, señor. ¡Tómesela a mi salud! Es una vieja costumbre de la casa para templar los nervios de los homenajeados.
Avanzaban las agujas del reloj y seguían solos en el mesón. Éste no es el pomposo hotel donde hacen todos los homenajes, ni hay músicos para el baile, ni huele a cochinillo, ni se ve ni se oye trajín de manteles, de platos, de velas... pensaba Pilar a la vez que imploraba.
—¡Vámonos, Melquiades, vámonos de aquí! Todo esto me huele a chamusquina. ¿No te das cuenta qué...?
Pero Melquiades le achacaba el olor a la lumbre y si alzaba las posaderas del asiento era para pegar la nariz al cristal de la ventana.
—¿De qué nube te has caído esta noche para abrir el mesón en tu día libre? —preguntó al mesonero un clien¬te de poca monta que entró derecho al mostrador.
—De una que zascandilea por el cielo de don Anselmo, tu vecinito de antes y mi vecino de ahora, —respondió el mesonero por lo bajo—. pero quédate y bebe gratis que hoy paga la banca. Ya verás qué calada le va a propinar a ese par de infelices...
Y fueron los únicos testigos del homenaje de don Balón.
—¡Malditas chispas! —profería Pilar entre dientes cada vez que el fuego crepitaba, y de un respingo cruzaba las piernas bajo la silla para no terminar con sus medias de seda agujereadas.
—¡Rasa la jarra! —ordenaba el cliente con desparpajo cada vez que echaba un trago, y el mesonero cumplía generosamente.
—¿Qué me habrá dado este tío, un sedante o una purga?
—mascullaba Melquiades cada vez que entraba y salía del retrete poniendo de manifiesto que la tisana le había producido el efecto contrario.
Y los del homenaje no llegaban ni con sillas ni con albardas.
Por fin, cuando las lentas agujas del reloj de cerámica que presidía la chimenea rondaban las once, se abrió la puerta. Un pequeño racimo de caras conocidas se desgajó
por¬el local. Ni las damas llevaban galanes, ni los galanes llevaban damas, todos iban desemparejados, como para salir del paso. Pero Melquiades ni reparó en ellos ni respondió a sus saludos. Brincó de silla en silla para atrochar y alcanzó la puerta. Seguro que don Mariano venía en el coche que estaba aparcando, y tras él llegaría el banco en pleno. ¿Qué menos?
—¡Ole, ole! —vitoreó el cliente para premiar la agilidad de Melquiades mientras bailaba al son de sus propias palmas.
En los labios de cuantos acababan de llegar apareció una sonrisa con reaños de carcajada. Pilar, invisiblemente molesta, se ordenó el pelo con la mano, recogió las rosas y se acercó a ellos. Les preguntaría por la salud, por los niños, por el tiempo... en lo que entraba el jefe para darle el ramo a la señora.
—Buenas... buenas noches. —musitó don Balón de pie ante el lujoso automóvil, empezando lentamente a desinflarse.
—¡Buenas, muy buenas! —respondió don Anselmo feliz de verlo arrugarse— Disculpe el retraso. Hay tanto tráfico...
Y se metió a saludar a Pilar con sospechosa cortesía.
Melquiades, resistiéndose a guardarse la mano en el bolsillo, recorrió la calle de arriba abajo, miró tras una esquina, miró tras otra... y sólo cuando el alegre cliente empezó a gritarle desde la puerta "¡vamos, amigo, vamos que te dejan debajo de la mesa!" optó por entrar.
Al descubrir el comedor volvió a perder aire. Aquella sala nada tenía que ver con lo que él esperaba, con lo que era de razón, de costumbre en aquellos casos, según comentaban siempre los compañeros, por¬que lo que era él, como ninguno que se jubiló había sido director, nunca tuvo ocasión de asistir. Desde el centro parecía insultarle la única mesa que había, vestida con un simple mantel de papel, sin una triste
Silla, sin una alegre vela... Los camareros con pajarita ni se veían ni se echaban en falta. Sobre la mesa yacían descorchadas unas botellas de vino, y servidas unas bandejas de avellanas, de cacahuetes, de almendras: de frutos secos. El pequeño grupo se apiñaba alrededor. Todos, incluyendo a Pilar, parecían tener más ganas de acabar que de empezar. Pero él no tenía hambre, ni aunque la tuviera, lo suyo, lo cortés era esperar al mandamás. Y dando media vuelta se plantó en la puerta interior sin quitar los ojos de la exterior.
—¿Empezamos, Melquiades? —preguntó don Anselmo cogiendo una botella con ademán de llenar las copas— Estas delicias están diciendo "¡comedme!", y quien más y quien menos quiere meterles el diente.
—¡Un momento, por favor, disculpen un momento!
—suplicó, imploró Melquiades— A ver si viene don Mariano, su señora, los demás compañeros...
“Ya no vendrá nadie más, pensó replicar don Anselmo para que reventara de una vez. Los compañeros han dicho que venga el mandamás, y el mandamás se ha hecho el tonto, ¿qué digo el tonto?, el sordo, que es lo más elegante en estos casos”. Pero optó por seguir pinchándole poco a poco, y para que todos le vieran perder aire mientras esperaba inútilmente la llegada de su queridísimo don Mariano, se interesó por el precio del florín holandés a través de la jefa del departamento de moneda extranjera pensando en sus próximas vacaciones.
—¡Ya decía yo que por donde tú pasas huele a dinero fresco!, —bromeó el jefe del departamento de préstamos hipotecarios.
Y roto el hielo, todos lo imitaron con bromas del mismo jaez.
—Pero abrid bien las napias, que cuando venga, ven¬dré oliendo a diamantes. Voy por rebozarme en ellos de píes a cabeza, —añadió para darles coba don Anselmo. A
Fin de cuentas estaban allí por él, no por Melquiades. Y tenía el deber de divertirlos.
—¡Oh, qué maravilla! —exclamaron las damas a coro, rezumando admiración— Lo que abriremos serán los dedos a ver si nos quedamos con el rebozado entre las uñas...
Pilar observaba en silencio. Las rosas le servían de visillos para ocultar la violencia que flameaba en sus mejillas. Aprovechando la algarabía de los demás, se retiró de la mesa, giró unos pasos en diagonal, y con total disimulo se acercó a su marido.
—¡Vamos!, ¿a qué esperas? —le preguntó, más con gestos que con palabras— Ya te he dicho que tu don Mariano del alma hace contigo lo que yo con los limones.
—Los lavas, los secas, los enfrías... —masculló don Balón desinflándose— porque te vienen de perlas en la cocina, y cuando ya los has exprimido, ¡hale, al cubo de la basura!
Y maltrecho, con la mitad de aire en su interior, regresó con ella.
—Si ustedes quieren, empezamos a cenar. Todo será que cuando llegue don Mariano tenga que pedirle...
—¡Queremos!, —le cortó don Anselmo, y sirvió el vino.
Más que la cena de un homenaje, aquello parecía el ten¬tempié de un funeral. El homenajeado, con la copa de vino en la mano, iba y venía de la mesa a la puerta, tris¬te, nervioso, pensativo... a todas luces más pendiente de los ausentes que de los presentes. Cuando llegaba a la mesa los miraba a todos de reojo; cuando llegaba a la puerta mojaba los labios para hacer tiempo. Las bandejas desplegaban ágiles las alas para volar de mano en mano hasta que, libres de los "manjares", volvían a posarse sobre la mesa. Pilar, ocultando un gesto de desprecio, pillaba al vuelo un puñado de piñones y los engullía uno a uno, mas-ticándolos despacio, como con asco, como sin dientes...
En parte para evitarse el apuro de verse inactiva, en parte para no verse en el compromiso de tener que volver a coger algo. El organizador, ora tras un puñado de pistachos, ora tras uno de nueces, ocultaba su sonrisa. Sólo el clien¬te entraba de vez en cuando y danzaba por doquier.
—¡Miren los pi, miren los pi, miren los piii... pies de ese hommm... hombre! —decía trabajosamente aludien¬do al subdirector, que calzaba un cuarenta y ocho— ¬¡Miren, miren! Necesita intermitencias para doblar las esquinas. ¿Quieren que se las ponga? ¡Vamos, vamos! ¡Quítese los zapatos!
Y mientras que los demás explotaban en sonoras carcajadas, Melquiades bufaba, Pilar suspiraba, y don Anselmo se desvivía por quitar los pies de la vista de aquel moscardón cuya borrachera lo había elevado a la categoría de principal payaso del circo.
—Mesonero, por favor, ¿quiere traernos una botella de champán? —solicitó Melquiades en tono de desgana, a instancias de un guiño que inspiró el orgullo a Pilar.
—Sí... claro que quiero, —respondió el mesonero con toda su cachaza— Pero tienen que esperar a que se en¬fríe. Como don Anselmo me dijo que aperitizara tanto la cena...
—¡No, por Dios, no se moleste! —terció el subdirector— Ya es tarde, y todos tenemos prisa. ¿Verdad? —pre¬guntó al grupo, que asintió con la cabeza— Pero se lo agradecemos igual, Melquiades, como le agradecemos su trabajo en el banco. Y para que conste, aquí tiene: nuestro regalo, su regalo.
Al verse indultado de aquel gasto, don Balón recuperó unas partículas de aire. ¿Para qué diablos le servía a él invertir en champán sin estar don Mariano? Y con aquella mano que le servía por dos, abrió una sencilla caja cuadrada. Sus excompañeros desviaron los ojos. En el fondo les resultaba violento. Su esposa no se atrevió a mirar. Seguro que los muy estúpidos le habían puesto carbón, como los Reyes Magos a los niños malos. Sólo don Anselmo tuvo valor para ver cómo se le escapaba el aire recuperado y algo más al comprobar que el obsequio no era ni un trofeo de oro ni una medalla de plata, sino un corriente y moliente reloj de bolsillo.
—Gracias a todos, gracias, lo llevaré siempre de recuerdo. —balbuceó Melquiades. Y desinflándose, pensaba: seguro que don Mariano no es sabedor de la birria que me han comprado.
Los empleados fingían repentinos ataques de tos para salir del trance sin tener que hablar; la esposa necesitaba deshojar las rosas para no desgranar los improperios que se le venían a la boca; el subdirector era el único que no se cansaba de repetir: "De nada, de nada, de nada..." en nombre de todos. Y el alegre cliente, interpretando que el homenajeado lloraba de emoción, clausuró el homenaje con un aplauso tan efusivo, tan escandaloso y tan prolongado, que para evitar discordias con los vecinos, el mesonero tuvo que sacudirse la flema y empezar a apagar luces con toda destreza.
Ya en casa, Melquiades se desplomó entre los brazos del sillón, se cambió las gafas de lejos por las de cerca y empezó a abrir un sobre azul.
—Este mensaje es de don Mariano, Pilar, estoy seguro, ¿qué digo seguro? Segurísimo. Ya verás como me cita para rendirme un homenaje en su casa y condecorarme a solas con razón a mis méritos. ¡Sí, claro que sí! Por eso el mesonero me lo dio con tanto misterio.
—Puede ser, puede ser... Melquiades. Pero por nuestros hijos, no nos dejes más navidades sin pavo, que si no nos los colocó antes, ahora ya ni pensarlo. —suplicó ella mientras ponía en un jarrón rasado de agua las rosas que conservaban intactos todos sus pétalos.
—Tranquila, mujer, tranquila, se acabaron las navidades sin pavo. —aseguró él perdiendo de una sola explosión
el poco aire que le quedaba dentro— ¡Ten, ten, lee lo que pone aquí! Por lo visto nosotros nos los hemos estado quitando de la boca y a don Mariano le han estado haciendo daño.
Pilar se adueñó de la octavilla de papel, y acercándo¬se a la lámpara de mesa, leyó en silencio:
"Para el balón de más aire, en la fiesta de su jubilación, muchas, muchas patadas".
Y al igual que su marido, vio tras aquellas líneas anónimas la mano del director del banco. Indignada rasgó la nota. Ya decía yo que tu don Mariano del alma hacía contigo lo que yo con los limones: los lavo, los seco, los enfrío... iba a repetirle, a recordarle. Pero al verlo tan arrugado, tan agujereado, tan inmóvil... sintió lástima e intentó parchearlo y darle aire.
—Esta patada en activo habría sido para quedarte más cojo que manco, pero en pasivo es un pinchazo de risa; además, nuestras amistades no tienen por qué enterarse. Tú di en el bar que el reloj es de oro, yo diré en la peluquería que las rosas me las dio el director. Y ya verás como a todos se les cae la baba de envidia cuando sepan que por tu buen expediente te han hecho un homenaje por todo lo alto.
María Jesús Sánchez Oliva
Relación de libros publicados por mi autora: María Jesús Sánchez Oliva. Pero antes quiero recordarte que por ser el primero de sus libros publicado me ha distinguido con este espacio en su blog del que me siento tan orgulloso como responsable.
“Garipil (1995)”.
Reseña: Garipil es un semáforo. Nace con una idea en la cabeza: decir a la sociedad que las máquinas como él nacen para estar al servicio del hombre, para ayudarle en todas las tareas que tiene que realizar, para hacerle la vida más cómoda, pero en ningún caso para suplirlo. Su mensaje es tan aconsejable para niños como para mayores.
“Letanías (1999)”.
Reseña: Letanías es una colección de historias breves pero completas. El libro ideal para los que quieren leer pero les falta paciencia para enfrentarse a libros con muchas páginas. Algunos de los relatos han sido premiados en distintos certámenes literarios.
“El rosario de los cuentos (2003)”.
Reseña: En los primeros años de la posguerra española, en un pueblo de Castilla, un cura de la época es incapaz de encauzar a sus feligreses por el camino recto a través del Santo Rosario, como era costumbre. Ante su fracaso decide transformar cada misterio en un cuento. El resultado son quince cuentos para niños de distintas edades. Cada cuento está ilustrado con una viñeta alusiva a la época. Este libro obtuvo el tercer premio en el Concurso de Cuentos Tiflos en su edición de 1996.
“Cartas de la Radio (2007)”.
Reseña: Cartas de la Radio es una colección de cartas o artículos de opinión escritas y leídas semanalmente en Onda Cero por María Jesús Sánchez Oliva durante cuatro años. Las cartas van dirigidas a políticos, ciudadanos de a pie, víctimas del terrorismo, instituciones, asociaciones, etc., y no pocas nos llevan a acontecimientos que siguen vivos en nuestra memoria.
“Cuentos de la Cigüeña (Soles y Lunas) (2014)”.
Reseña: Son doce cuentos escritos en verso con los que las mamás y los papás disfrutarán leyéndoselos a sus hijos y los niños aprenderán a amar la poesía a la vez que los cuentos.
“Los días perdidos (2018)”.
Reseña: En esta novela se narra la historia de Ara, una mujer que de forma inesperada tiene que enfrentarse a una ruptura matrimonial. El impacto la lleva a recluirse en su ático de soltera. Tras varios años de aislamiento, al salir de casa una mañana, la avería del ascensor la obliga a bajar andando todas las plantas del edificio. En cada planta se encuentra con una mujer que le cuenta su historia. Son mujeres muy distintas unas de otras, pero todas, por distintas razones, han perdido muchos días de su vida. Ya en la planta baja se encuentra con Daniel, el único vecino del edificio que también ha perdido muchos días inútilmente, y de forma espontánea los dos deciden no perder ni uno más. “Primer Premio Tiflos 2013”.
Para más información sobre los libros, hacer un comentario o simplemente saludarme, solo tienes que contactar conmigo a través de mi dirección de correo electrónico:
Garipil1995@gmail.com
Estaré encantado de responderte.
Gracias por tu visita y hasta el próximo número.
Firmado: Garipil.
sábado, 2 de mayo de 2026
PORTADA
Queridos lectores: Acaba de salir el número 135 de 30 días, mi periódico, tu periódico, el periódico de cuantos quieran leerlo.
NOTA IMPORTANTE
A partir de esta fecha (30-Y-2026) y a sugerencia de algunos lectores se agregan dos entradas al periódico: El juego de las preguntas. Consiste en hacer una pregunta (relacionada con la cultura generalmente) que los lectores pueden responder. Las respuestas y el número y nombre (pueden ser seudónimos) de los acertantes se comunicarán en el número siguiente, y a final de año, la persona que más aciertos haya tenido, podrá figurar como seguidora de honor en la portada. Y El mirador de la poesía. Consiste en publicar poemas de poetas consagrados, desconocidos o aficionados, que se consideren, claro está, aceptables. Las respuestas a las preguntas para concursar y el envío de poemas para ser publicados solo se recibirán en el correo electrónico de Garipil que figura al final de su sección “Cosas de Garipil”.
LO MÁS DESTACADO DE ABRIL
LA VITRINA: Autor del libro que hoy se presenta para invitarnos a la lectura: Federico Bianchini.
EL JUEGO DE LAS PREGUNTAS: Solución a la pregunta de marzo, información de las respuestas y pregunta de abril.
MESA CAMILLA: Última entrada de abril en Salamanca RTV Al Día.
CAJÓN DE SASTRE: Testimonios que nunca deben olvidarse para no repetirse.
EL ÁLBUM DE LA Lengua: Algunos de los errores del verbo haber que con más frecuencia cometemos.
LA BUTACA: ¿Por qué la Semana Santa cambia de fecha cada año? Aquí la respuesta.
EL MIRADOR DE LA POESÍA: Soneto a Cristo crucificado (poema atribuido a Santa Teresa).
CARTA a… Esther Muñoz (portavoz en el Congreso del PP).
COSAS DE GARIPIL: VII relato del libro titulado Letanías.
Si has visitado cualquiera de las secciones, mil gracias; si las has visitado todas, un millón.
Volveremos a encontrarnos en el próximo número.
María Jesús Sánchez Oliva.
Seguidores de Honor:
Mónica Nuevo Vialás. Nacionalidad: española. 23-IV-2012.
Arturo Arias Terceiro. Nacionalidad: argentina. 12-VI-2012.
María del Mar Nuevo Vialás. Nacionalidad: española. 29-VI-2013.
Concepción Martín Martín (Conchi). Nacionalidad: española. 19-IV-2015.
Claudio Hernández Díaz (pintor). Nacionalidad: española. 30-VI-2020.
LA VITRINA
Queridos lectores: En este número soy yo el elegido para invitaros a leerme. Por si decidís aceptar mi invitación, me presento y os adelanto mi contenido.
Título: Tu nombre no es tu nombre
Autor: Bianchini, Federico
Reseña: En el año 2000, un juez citó a la protagonista de este libro para decirle que su nombre no era Mercedes Landa, como ella había creído siempre, sino Claudia Poblete Hlaczik. Y que las personas que la habían criado no eran sus padres, sino sus secuestradores. Sus verdaderos padres , dos jóvenes militantes de izquierdas, habían sido torturados y desaparecidos en 1978, durante la dictadura argentina. Y ella con solo ocho meses, fue entregada a una familia de militares para que la criase como a una hija propia.
Si abres mis hojas, abriré tus ojos
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