Periódico publicado en su blog cada fin de mes por María Jesús Sánchez Oliva “Premio Tiflos 1996 y 2013”. Secciones: Portada. La Vitrina (libros). Mesa camilla (opinión). Cajón de Sastre El Álbum de la Lengua La Butaca (noticias positivas). Carta a… Cosas de Garipil (espacio de María Jesús). Y ya que has venido, entra en mi mercadillo. http://palabrascatetas.blogspot.com/
domingo, 1 de noviembre de 2026
PORTADA
Queridos lectores: Acaba de salir el número 138 de 30 días, mi periódico, tu periódico, el periódico de cuantos quieran leerlo.
Aviso: Como cada mes de diciembre el próximo número saldrá a mediados.
NOTA IMPORTANTE
A partir de esta fecha (30-Y-2026) y a sugerencia de algunos lectores se agregan dos entradas al periódico: El juego de las preguntas. Consiste en hacer una pregunta (relacionada con la cultura generalmente) que los lectores pueden responder. Las respuestas y el número y nombre (pueden ser seudónimos) de los acertantes se comunicarán en el número siguiente, y a final de año, la persona que más aciertos haya tenido, podrá figurar como seguidora de honor en la portada. Y El mirador de la poesía. Consiste en publicar poemas de poetas consagrados, desconocidos o aficionados, que se consideren, claro está, aceptables. Las respuestas a las preguntas para concursar y el envío de poemas para ser publicados solo se recibirán en el correo electrónico de Garipil que figura al final de su sección “Cosas de Garipil”.
LO MÁS DESTACADO ENTRE AGOSTO Y OCTUBRE
LA VITRINA: Luis Zueco es el autor que hoy nos invita a leer su último libro: El juicio.
MESA CAMILLA: El abrazo de la ignorancia (Última entrada de octubre en Salamanca RTV Al Día).
EL JUEGO DE LAS PREGUNTAS: Respuesta a la pregunta del número de julio.
CAJÓN DE SASTRE: Entrevista a Laura García- Lorca de los Ríos.
EL ÁLBUM DE LA Lengua: Mayúsculas y minúsculas de san.
LA BUTACA: ¿Sabes por qué el anillo de compromiso se lleva en el cuarto dedo? He aquí la respuesta según una leyenda china.
EL MIRADOR DE LA POESÍA: Enfrentamiento (María Jesús Sánchez Oliva).
CARTA a… todos los ferroviarios.
COSAS DE GARIPIL: La trampa doble (X relato de Letanías).
Si has visitado cualquiera de las secciones, mil gracias; si las has visitado todas, un millón.
Volveremos a encontrarnos en el próximo número.
María Jesús Sánchez Oliva.
Seguidores de Honor:
Mónica Nuevo Vialás. Nacionalidad: española. 23-IV-2012.
Arturo Arias Terceiro. Nacionalidad: argentina. 12-VI-2012.
María del Mar Nuevo Vialás. Nacionalidad: española. 29-VI-2013.
Concepción Martín Martín (Conchi). Nacionalidad: española. 19-IV-2015.
Claudio Hernández Díaz (pintor). Nacionalidad: española. 30-VI-2020.
LA VITRINA
Queridos lectores: En este número soy yo el elegido para invitaros a leerme. Por si decidís aceptar mi invitación, me presento y os adelanto mi contenido.
Mi título: El juicio
Mi autor: Zueco, Luis
Esto me han dicho que os adelante:
La joven Angélica Díez llega junto a su padre a Madrid para empezar una nueva vida. La capital se ha convertido en un lugar de contrastes, donde convergen las ideas ilustradas que se propagan por Europa e instituciones como la Santa Inquisición, que se resiste a morir. Para darse a conocer en la sociedad madrileña, Angélica acude a Goya y le pide un retrato. Sin embargo, la joven ignora que este los unirá en una peligrosa trama relacionada con la Inquisición, los Caprichos y un rumor que podría acabar con el maestro: se dice que Goya ha pintado a una mujer al desnudo.
Si abres mis hojas, abriré tus ojos
MESA CAMILLA
El abrazo de la ignorancia
El Milei de la motosierra, llamarlo presidente de Argentina es ofender a un país muy querido por los españoles y a todos los argentinos de bien, se presentó hace unos días en España sin que nadie lo hubiera invitado, y haciendo uso de su nula educación, su excesiva maldad y todos sus fantasmas mentales, se ha dedicado a acusar al presidente del Gobierno de todos los abusos de poder y de todas las barbaridades que su vergonzosa motosierra comete en su propio país. Tampoco se ha marchado sin hacer buen uso de su lengua viperina para insultar a diestro y siniestro a los periodistas, a los medios de comunicación y a todos los españoles, dejando en vergüenza, incluso, a todos los argentinos que residen en España. El abrazo de bienvenida y de despedida con la Ayuso de los madrileños dejó a las claras otra de sus taras: la ignorancia. Esta nefasta política española no necesita sus instrucciones para utilizar con éxito la motosierra del poder que permite a los desequilibrados gobernantes acabar con los más elementales derechos de los ciudadanos, sabe manejarla, incluso, mejor que él, y solo resta, sobre todo por los argentinos que no lo votaron, tocar madera para que ni se le ocurra devolverle la visita, que ya tienen bastante.
EL JUEGO DE LAS PREGUNTAS
Pregunta y respuesta anterior:
El 23 de octubre de 1940 Hitler y Franco se reunieron en Hendaya para negociar la entrada de España en la II Guerra Mundial. ¿Cómo se llamaba el vagón del tren donde tuvo lugar la histórica entrevista?
Respuesta: Érika.
Jugadores: Ninguno.
Pregunta: ¿Qué sucedió el 10 de octubre de 1582?
Respuesta: Nada. Ese día no existió por coincidir con el cambio del calendario.
Jugadores: Ninguno.
En este número no hay pregunta.
CAJÓN DE SASTRE
Entrevista a Laura García Lorca
6 de junio de 2025
PARA LA NACION Laura Ventura
GRANADA.— Hace 35° a la sombra y aún faltan tres semanas para que arribe el verano. En el moderno edificio vidriado y de cemento no hay rastros de aquel calor. Desde los ventanales del Centro Federico García Lorca se ven rincones de la Catedral, la plaza de la Romanilla y las longevas palmeras. Las terrazas de los bares arrojan spray a los comensales para refrescar su permanencia debajo de las sombrillas ante un vermú o un gazpacho. Laura García-Lorca de los Ríos (Nueva York, 1954), hija de Francisco García Lorca, hermano del gran poeta andaluz, baja a la planta principal para recibir a LA NACION y después desandar aquel camino de ascensores y pasillos hasta su escritorio. En el trayecto presenta a su equipo de colaboradores a medida que recorre las instalaciones. Ingresa en su oficina, también vidriada, sin cortinas, y conduce a una mesita redonda donde hay un vaso de plástico con flores naturales que perfuman el encuentro. La mirada de la mujer es cautivadora: tiene los icónicos ojos de su tío.
“Ay, Argentina. Muchas gracias. El apoyo por vuestra parte ha sido siempre tan importante y tan fuerte, y la presencia de Buenos Aires, no solo durante la vida de Federico, sino después del asesinato, la labor que se ha hecho desde allá, editorial, en producciones teatrales, en tantas cosas, y durante todos los años de la dictadura española, ha sido, como sabe todo el mundo, importantísima. Nuestra gratitud siempre con Argentina”, comienza esta dama la conversación, graduada en Literatura Española en la Universidad de Cambridge, quien pide que no se la trate de usted.
Lleva en su sangre dos estirpes de intelectuales, no solo la de su tío y la de sus padres, profesores en la Universidad de Columbia. En la rama materna se encuentra Fernando de los Ríos, su abuelo, escritor, uno de los impulsores del socialismo en España y además sobrino del gran pedagogo Francisco Giner de los Ríos —creador de la Escuela Libre de Enseñanza y profesor de Lorca—. Federico García Lorca tuvo tres hermanos: Isabel, Concepción y Francisco. Los dos últimos, tres hijos cada uno, herederos naturales del legado de su tío. Los de Concepción murieron; mientras que las hermanas García-Lorca de los Ríos, Gloria, Isabel y Laura, participan hoy del Patronato de la Fundación García Lorca, aunque la que lleva las riendas de esta maquinaria tan poderosa es la más joven de ellas, Laura.
El Centro Federico García Lorca se inauguró en 2015, con muchas tribulaciones y sin los fondos con los que distintos gobiernos prometían brindarle. Además, como institución tuvo sus detractores. El objeto de polémica era dónde debía permanecer el archivo de Lorca. ¿Continuar en la Residencia de Estudiantes en Madrid o mudarse a Granada? “Me parecía que tenía sentido que su obra estuviera aquí. Y que fuera Granada el centro desde donde irradiar la maravilla de este archivo”, sostiene la Presidenta de la Fundación García Lorca y directora de este espacio interdisciplinario, donde se exhibe, por ejemplo, Federico García Lorca/Guillermo Kuitca. Vals en las ramas, una muestra del artista argentino, y donde a fin de mes Leila Guerriero se presentará en el marco del ciclo Palabras en la Alhambra.
-Imagino las complejidades que debe tener conducir e impulsar este centro. ¿Cuál es la parte más ardua de tu gestión?
-Crear este proyecto, que debiera haber sido muy fácil, ha sido dificilísimo. Desde el año 1995, que dirigí y abrí al público por primera vez la Huerta de San Vicente [donde veraneaba la familia García Lorca]. Hasta 2017, no ha habido un acuerdo ni un apoyo fuerte y explícito al proyecto, lo cual es difícil de entender, pero afortunadamente hemos entrado en una nueva fase en la que estamos recibiendo más apoyos y podemos empezar a hacer el programa internacional para el que se ha construido este centro, con fondos públicos de todas las instituciones españolas, nacionales y locales, y fundamentalmente con fondos europeos. Hay un consorcio que es público, donde participan el Ministerio de Cultura, la Junta de Andalucía, el Ayuntamiento de Granada y la Diputación de Granada. La Unión Europea aportó 14 millones para la construcción de este espacio, y en este sitio, en pleno centro, y ese fue el arranque.
-¿Cuál es tu misión en este centro, además de cuidar y velar por el legado, los objetos y la obra de Federico García Lorca?
-Aquí no hay que inventar nada, simplemente queremos reflejar una realidad, que es que la figura de Lorca está presente en el mundo entero, en la vida de no solo lectores, espectadores, sino intelectuales, investigadores y artistas. Es decir, hay una presencia muy viva que vemos, por ejemplo, en Guillermo Kuitca, entre otros.
-Sobre el archivo, en una muestra reciente decías que en el Centro había “posibilidades de futuro”. ¿Cuáles son tus planes?
-Los investigadores, los tres curadores de la exposición Lorca y el archivo Memoria en Movimiento, han encontrado, trabajando en este proyecto, documentación nueva, documentación que no se conocía. Y seguirán encontrando. Cosas gordas no creemos que haya. Hay un documento muy emocionante y maravilloso y terrible. En un papelito arrancado de una libreta, apuntó Lorca las obras que tenía en la cabeza, algunas empezadas y otras sin empezar. Y esa nota la escribió en el 1936. Pero siempre persiste un misterio.
-¿Cuál?
-El misterio de la voz de Federico…. Y si está en algún lado, está en Buenos Aires. Apareció con frecuencia en varias entrevistas. Creo que más de una vez en Radio Stentor, que es donde están esas imágenes conocidas de él hablando por el micrófono de la radio. Encontrar aquel archivo es muy complicado, además en esa época se reutilizaban las cintas, con lo cual se puede haber grabado encima. Aunque no sé, ya era tan conocido, que a lo mejor alguien tuvo la precaución de no reutilizar la suya.
-¿Tenés alguna pista? ¿Hay archivos privados quizá de personas que no quieran ceder esos bienes?
-Ojalá fuera eso. Ojalá lo tuviera alguien, aunque sea escondido y algún día salga.
-Hay un archivo en Londres, que perteneció al crítico literario Rafael Martínez Nadal, ¿quizá esté allí? ¿Hay planes o existe la posibilidad de que regrese aquel archivo a España?
-Ese archivo va a seguir estando allá. Ojalá acabe en la Fundación García Lorca, porque realmente es donde mejor está todo. Es poco lo que está disperso.
-Tu familia tuvo un rol fundamental para construir y conservar el archivo de tu tío.
-Sí, sobre todo mi padre y mis tías. Fue impresionante lo que hicieron, porque el día que fusilan a su hermano son conscientes de que su vida cambia para siempre y que se tienen que dedicar a la preservación, a la conservación y difusión de la obra. Fue una gran responsabilidad.
-¿Cómo se fue conformando el archivo de Federico García Lorca en épocas de peligro?
-Desde esconder el original de La casa de Bernarda Alba en un depósito de trigo a sacar, mi abuela, manuscritos a Francia. En fin, una entrega de la familia y de los amigos enorme. Durante la guerra mi tía Isabel le escribe a un íntimo amigo de la familia, Antonio Rodríguez Espinosa, que estaba en Madrid, y le pide, por favor, que vaya al piso de la calle Alcalá donde había vivido Lorca a sacar todo lo que hubiera de manuscritos. Y fue. Se encontró con una nota pinchada en la puerta que decía: “Milicianos: esta es la casa del poeta, respetadla”. Y ahí estaban las cosas y se las pudo llevar. También está el caso de mi tía materna, Rita María Troyano de los Ríos, quien tomó un camión y fue por las casas de los amigos recogiendo cosas de la familia García Lorca, enseres, cosas de plata, manteles, libros, lo que le parecía más importante. Y en un barco nos trajo a Nueva York lo que había salvado.
-El fantasma de tu tío te ronda desde niña. ¿Imaginás cómo sería si hubieses nacido en otra familia?
-Claro. Seguramente me hubiese dedicado a la edición. Por un tiempo creí que quería ser actriz y trabajé como actriz, pero no era muy buena, ni tenía una vocación suficientemente fuerte.
-¿Interpretaste algún personaje de tu tío?
-Hice Doña Rosita, que es de mis obras favoritas, en Columbia, precisamente, cuando estaba estudiando teatro. Y la dirigió Margarita Ucelay, la hija de Pura Ucelay. En España hice una versión de La zapatera prodigiosa, dirigida por Alfredo Mañas.
-¿Cuándo decidiste dedicarte a velar por la obra de García Lorca?
-Vivía en Madrid, ya eran los ochenta. Primero decidí dejar la actuación y empecé a ordenar el archivo familiar materno, los papeles de mi abuelo, Fernando de los Ríos, que fue tan importante en la vida de los García Lorca. Pensaba también en hacer una colección de literatura para jóvenes, porque observaba que los niños leían bastante, pero había un momento a partir de los 13 o 14, en que la tendencia era dejar. Era una colección pensada para esas edades, hasta la universidad, variada, con prólogos escritos por gente muy conocida. Y mientras estaba trabajando en esas dos cosas, mi tía Isabel me mandó a Granada: “Le he dicho al alcalde que vas a dirigir La Huerta de San Vicente”, me dijo. Yo estaba horrorizada, nunca había pensado en ocuparme de las cosas de mi tío. No fue buscado, ni mucho menos. Vine asustada y sin ganas. Pero al final para mí también ha sido una cosa estupenda.
Una familia atravesada por la tragedia?
Primero fue Manuel Fernández Montesinos, el alcalde de Granada, socialista, y esposo de Concha García Lorca, la hermana del poeta. Los militares que se hicieron con el control de la ciudad en julio de 1936 lo detuvieron en el Ayuntamiento y lo fusilaron. La familia sufriría quince días después otra tragedia: la de Federico García Lorca.
En Manhattan, en la calle 116 y Riverside, a metros de la Universidad de Columbia, se creó un hogar con acento español que Laura García-Lorca de los Ríos llama “la casa del exilio”. Allí llegaron a convivir varias generaciones de su familia: sus bisabuelas maternas, la madre de su abuelo Fernando de los Ríos y su abuela Gloria Giner. Fue su abuelo quien logró comunicarse con la familia García Lorca desde Washington cuando estalló la Guerra Civil: “Nos encontramos en Nueva York y allí rehacemos nuestras vidas”.
Los hermanos García Lorca quedaron separados por la guerra. “Mi padre, Francisco, estaba en Bruselas, porque era diplomático. Estaba junto con su hermana Isabel y pudieron salir hacia Nueva York y reencontrarse con parte de la familia. Mi tía Concha y mis abuelos pudieron salir cuando terminó la Guerra Civil”, explica. Los padres de Laura García Lorca se dedicaron a la docencia: trabajaron en la Universidad de Columbia y tuvieron a sus hijos allí; su abuelo, en la New School for Social Research; su abuela Gloria, en la Columbia Teachers College. En aquella casa se reunían también otras personalidades en el exilio, como Jorge Guillén, miembro de la Generación del 27, con sus hijos Teresa y Claudio [académico que introdujo en España la Literatura Comparada].
-¿Cómo vivía tu familia el crimen de tu tío desde el exilio? ¿De qué modo estaba presente él en ustedes?
-Era una mezcla. Mi padre estuvo muy deprimido prácticamente toda su vida a partir de la guerra. En cambio, el carácter de mi abuela Gloria y de mi madre era muy alegre y muy fuerte.
-¿En algún momento tu papá, tus tías o tus abuelos tuvieron la esperanza de que Federico estuviese vivo o siempre supieron que lo habían matado?
-Supieron que lo habían matado. Y entonces en la casa había esa mezcla, era una casa por un lado alegre, donde se cantaba mucho, donde se recibían muchísimos amigos, la casa estaba muy viva, pero de repente entraba esa pena y ese silencio y ese horror. Pero hacían todo por transmitirnos lo menos posible esa pena, por lo que mi padre hablaba poco de Federico.
-Eran muy cercanos.
-Estaban unidísimos. Federico, sobre todo, confiaba muchísimo en su criterio. Mi papá era siempre su primer lector.
-¿Cuánto tiempo después de la muerte de Lorca pudo marcharse del país el resto de la familia que permanecía en España?
-Mis abuelos y mi tía Concha, con sus tres hijos, tuvieron que esperar hasta el final de la guerra, en Granada. Cuando terminó la guerra lograron tener un permiso para ir a Madrid. Y en Madrid tuvieron que esperar otro tiempo para obtener el permiso para salir de España. No quiero pensar lo que fueron esos días para ellos.
-¿Por qué pensás que mataron a Federico García Lorca? ¿Fueron por él? Hay varias teorías: una sostiene que se trataba de una rencilla familiar y que quisieron vengarse del padre del poeta. ¿O se trató de una cuestión ideológica?
-Definitivamente no era una cuestión personal; era lo que él representaba. Sus ideas políticas fundamentalmente, su apoyo al proyecto de la República, su cercanía con Fernando de los Ríos, su apoyo a un programa progresista para una España más libre y más moderna. Y también su homosexualidad, la envidia de su éxito, ese conjunto de cosas. Y no una rencilla personal ni muchísimo menos.
-Había iniciado un proyecto para llevar teatro por todo el país con su compañía La Barraca.
-Sí, él tenía esa convicción de la importancia de una cultura popular.
-Te quiero hacer una pregunta compleja…
-No me importa. Pregúntame lo que quieras.
-¿Dónde pensás que está el cuerpo de Lorca? ¿En una fosa común? ¿Por qué tu familia no ha llevado a cabo una búsqueda activa por encontrar sus restos?
-Bueno, hay algo que se sabe, ¿no? Que fue fusilado con otras tres personas [el maestro de escuela Dióscoro Galindo y los banderilleros Francisco Galadí y Joaquín Arcollas]. Nosotros, como hemos dicho siempre, no estamos buscando sus restos. Pensamos que es simbólicamente mucho más fuerte que sus restos estén mezclados con los de otras víctimas. Y que su nombre ahí debe aparecer en orden alfabético. En la G de García, junto con todos los demás. No queremos diferenciarle ahí. Consideramos que ese es un espacio de memoria. Y que él es tan víctima como los demás fusilados. No es ahí donde queremos destacarlo. Él está recordado a diario, desde aquí hasta el otro lado del mundo. Recordado, celebrado, representado, querido. Creo que es importante ponerse en la realidad de esa búsqueda. ¿Qué significa? Que hay que excavar. Que hay que revolver entre restos de otros. Seleccionar. Comprobar si este es el ADN del famoso o no. El que no es, otra vez se echa el hoyo. El que es, se destaca. Iremos a Víznar a llorar a todas las víctimas. Y la de Lorca.
-Otra teoría sobre su muerte es que Lorca fue asesinado la madrugada tras su detención, que no estuvo detenido algunos días.
-Sabemos que estuvo detenido en Granada… no sé si fueron tres días. Tuvo que estar en el Gobierno Civil. Y fue Manuel de Falla a rogar que lo salvaran. Y fue la criada a llevarle comida, aunque no lo vio.
-¿Tenían la intención de matarlo o lo querían asustar?
-Me temo que tenían la intención clara.
-Lorca murió tan joven, con tantos proyectos. ¿De cuál tenés más certeza?
-Una obra que quería escribir, La bola negra, en la que está inspirada La piedra oscura, de Alberto Conejero, que dirigió Pablo Messiez.
-Hay una foto icónica de Lorca en Columbia, con una bola negra que, lamentablemente, no existe más.
-Sí, qué pena que no la hayan repuesto. Mira, ahora que lo pienso, hay una iniciativa de hacer un monumento a Lorca en Nueva York, y debería ser ese: reponer la bola.
-Las obras de Lorca se representan en todo el mundo y desde el año 2017 quedaron libres de derechos. Hay una proliferación de representaciones y de publicaciones. ¿Eso te preocupa?
-Eso es inevitable. Lo que más me preocupa es que hay, por ejemplo, muchas ediciones que no nos llegan. Porque cuando los derechos estaban en vigor, tenían que pedir autorización y pedíamos que nos mandaran las publicaciones, que nos tuvieran al tanto de las representaciones. Eso, para el archivo, no es bueno. En cuanto a lo demás, cosas malas sobre Federico se han hecho siempre y se seguirán haciendo, por ejemplo, ediciones que no son muy cuidadas. Pero creo que su obra resiste todos los desmanes.
-¿Qué te gustaría lograr? ¿Qué te falta? ¿En qué estás trabajando?
-Falta dinero. Con más dinero me daría por contenta.
-¿Para hacer un festival, más exposiciones?
-Para hacer más de todo. Es lo único que falta. Porque proyectos, ideas, siempre hay cosas estupendas. Pero hay que poder financiarlas.
-¿Cómo ha respondido la gente a la existencia de este Centro?
-Bien, pero me gustaría que viniese más público. Como llevamos tantos años con esa incertidumbre, con tan pocos apoyos, el centro con actividad no suficiente. Ahora empezamos a darnos cuenta de que el centro empieza a conocerse y a tener una programación estable.
-Tenés un trabajo que vuelve constantemente al recuerdo familiar, al dolor.
-Es difícil separarse emocionalmente. Es pesado, pero tiene tantísimas gratificaciones que compensa de sobra.
EL ÁLBUM DE LA LENGUA
Mayúsculas y minúsculas de san, santo y santa
Los tratamientos san, santo y santa, cuando no forman parte de un nombre propio, se escriben con minúscula.
Uso inadecuado
* El papa León XIV visita Asís, la tierra de San Francisco.
* Así era el verdadero rostro de Santa Teresa de Jesús.
* La vida de Santa Laura Montoya llega a las librerías con la novela La mujer que abrazó la selva.
Uso adecuado
* El papa León XIV visita Asís, la tierra de san Francisco.
* Así era el verdadero rostro de santa Teresa de Jesús.
* La vida de santa Laura Montoya llega a las librerías con la novela La mujer que abrazó la selva.
La Ortografía de la lengua española indica que los tratamientos que son apelativos que se usan para dirigirse o para aludir a una persona, se escriben con minúscula inicial, ya que son adjetivos o nombres comunes. Así, no es apropiado escribir los antenombres (es decir, aquellos tratamientos que siempre se anteponen al nombre propio), como san, santo/a, don, doña con mayúscula.
En cambio, la obra mencionada señala que estos términos sí se escriben con mayúscula cuando no funcionan como tratamientos, sino que forman parte de un nombre propio, como puede ser un topónimo, el nombre de un monumento o de una festividad; por ejemplo: «Vivió dos años en San Francisco», «Nos vemos en la plaza de Santa Catalina» o «Empieza el veranillo de San Miguel».
Por último, se recuerda que el tratamiento san se escribe sin tilde, pues los monosílabos no se acentúan, salvo aquellos a los que les corresponde la tilde diacrítica.
Recomendación de la FUNDÉU
LA BUTACA
Curiosidades
¿Sabes por qué el anillo de compromiso se usa en el cuarto dedo?
Existe una leyenda china que lo puede explicar de manera bonita y muy convincente...
Los pulgares representan a los padres.
Los índices representan a tus hermanos y a tus amigos.
El dedo medio o corazón te representa a ti mismo.
El dedo anular (cuarto dedo) representa a tu pareja.
El dedo meñique representa a los hijos.
Leyenda enviada por Amparo desde Cantabria.
EL MIRADOR DE LA POESÍA
Enfrentamiento
Por un toro de la dehesa
dos toreros se enfrentaron,
el uno dijo es mi fiera,
el otro no es de cristianos.
La cuadrilla en la barrera
oye la voz de ambos bandos,
si este toro no se entrega,
al alimón lo lidiamos.
Del reloj las trece y media,
del año un enero opaco,
la afición no quiere fiesta
pero el capote está echado.
-Tengo espadas de centellas.
-Yo banderillas de rayos.
-Soy el as de las faenas.
-Yo el rey de los muletazos.
-Esta capa rinde bestias.
-Pueden más mis mil caballos.
-Cortaré las dos orejas.
-Yo cuatro patas y un rabo.
El toro brama en la arena,
los toreros se asustaron,
Salga la cuadrilla fuera
que nuestro sitio es el palco.
Entre el pelo de la dehesa
lloran la luna y el árbol,
amapolas en la tierra,
soledad entre los arcos,
puntillas a las estrellas,
lirio en las astas colgando,
embestidas a la siesta,
cornada al nardo más blanco
y lágrimas de mis saetas
preguntando al toro bravo
por qué no baja a la arena
quien al ruedo te ha sacado.
María Jesús Sánchez Oliva
Poesía es sentir hondo, pensar derecho y hablar cantando
Enfrentamiento
Por un toro de la dehesa
dos toreros se enfrentaron,
el uno dijo es mi fiera,
el otro no es de cristianos.
La cuadrilla en la barrera
oye la voz de ambos bandos,
si este toro no se entrega,
al alimón lo lidiamos.
Del reloj las trece y media,
del año un enero opaco,
la afición no quiere fiesta
pero el capote está echado.
-Tengo espadas de centellas.
-Yo banderillas de rayos.
-Soy el as de las faenas.
-Yo el rey de los muletazos.
-Esta capa rinde bestias.
-Pueden más mis mil caballos.
-Cortaré las dos orejas.
-Yo cuatro patas y un rabo.
El toro brama en la arena,
los toreros se asustaron,
Salga la cuadrilla fuera
que nuestro sitio es el palco.
Entre el pelo de la dehesa
lloran la luna y el árbol,
amapolas en la tierra,
soledad entre los arcos,
puntillas a las estrellas,
lirio en las astas colgando,
embestidas a la siesta,
cornada al nardo más blanco
y lágrimas de mis saetas
preguntando al toro bravo
por qué no baja a la arena
quien al ruedo te ha sacado.
María Jesús Sánchez Oliva
Poesía es sentir hondo, pensar derecho y hablar cantando
CARTA A...
31-X-2026
Queridos ferroviarios: España está de luto y triste, muy triste cuando debería estar disfrutando del puente de Todos los Santos. No habíamos superado la tragedia del accidente de trenes en Adamuz (Córdoba) cuando de nuevo 2 trenes volvieron a chocar en Urda (Toledo) y nos dejaron peores consecuencias. Por esto mis líneas de este número son de recuerdo para las víctimas mortales, de deseos de recuperación para los heridos, de consuelo para sus familiares y amigos, de gratitud para todos y cada uno de los que siguen trabajando en las labores de rescate y de cariño para vosotros. El tren fue siempre mi medio de transporte favorito. Solo tengo buenos recuerdos de los ferroviarios. Dejé de viajar en tren cuando en los años 80 nos quitaron los trenes para rehabilitar las vías y ponernos trenes más rápidos, más cómodos, más puntuales. Los trenes de los que yo dependía todavía no han llegado y han pasado muchos años. Pero hoy no es día de reproches a los políticos, ni de quejas por seguir incomunicados con otras provincias, es día de pediros perdón en nombre de los que os acusen de los terribles fallos de los trenes de alta velocidad y de daros las gracias, pues, si hay un colectivo de trabajadores que amen su trabajo, ese es el de los ferroviarios. He conocido a muchos y todos hablaban con cariño de sus trenes.
Suerte.
María Jesús.
COSAS DE GARIPIL
¡Hola!: Desconecta el televisor, deja el móvil donde ni lo veas ni lo oigas, siéntate en tu sillón favorito, cierra los ojos y permíteme que te lea el décimo relato de Letanías en lo que el sueño te manda a la cama para recuperar las fuerzas perdidas.
La trampa doble
Cuando aquella tarde de finales de curso, después de corregir los últimos exámenes de mis alumnos, dejé el Cervantes, mi instituto, y camino de casa, al volante de mi traumático coche de segunda mano, descubrí, entre un variopinto re¬baño de yentes, inmóviles y vinientes, a doña Ánge¬les, mi antigua profesora de alemán, se me paró el corazón. Iba pálida, triste... y tan vacilante como si el cielo se le hubiera encasquetado súbitamente en la cabeza, y sus pies, sorprendidos, no pudieran con las alas de tan pesado sombrero. Para mayor freno de mi corazón, a sus espaldas quedaba uno de los complejos hospitalarios. Inquieta por su salud aparqué cómo y dónde pude y corrí tras ella gritando con la misma libertad que por las calles de mi pueblo. "¡Doña Ángeles! ¡Doña Ángeles!..." La gente se apartaba molesta por mis empellones y con la mirada me seguía murmurando que estaba loca. "¡Doña Ángeles! ¡Doña Ángeles!..." ¿Qué demonios me importaba la gente? "Doña Án..." balbuceé recuperando por fin el civismo perdido, ya con las manos sobre sus asustados hombros.
—Se encuentra mal ¿verdad? —yo tuteaba a todos los profesores menos a ella, ella hablaba de usted a todos los alumnos menos a mí— ¿Qué le ocurre?
—Nada, nada nuevo, que estoy cansada, muy cansada. Con este tiempo...
Sonreí. Yo sabía que el tiempo no tenía tantas culpas como se le imputaban. Mis abuelos fumaban de tres a cuatro cajetillas de tabaco diarias y cuando desesperaban a mis abuelas con sus conciertos de toses y resoplidos le echaban la culpa al tiempo; a mis vecinos del quinto les salió rana el tercer hijo y le echaban la culpa al tiempo; el director del instituto tenía más días malos que buenos y los compañeros le echaban la culpa al tiempo... y hasta yo misma libré muchas veces a mis problemas de los ojos ajenos escondiéndolos majestuosamente entre los pliegues de tan socorrida capa.
—¿Le importa acompañarme a tomar algo fresco? Con este calor apetece, y por no entrar sola...
Sonrió. Ella sabía que la soledad era mi mejor compañía. En las clases mi mesa era la más aislada; en las manifestaciones, mi lugar el más discreto; en las fiestas no era fácil encontrarme; a la biblioteca iba siempre sola y a la hora menos concurrida... y cuando la campana de alumnos me atrapaba bajo su mágico círculo, me libraba de los repiques asiéndome con fuerza al badajo y echando a volar hacia las más alejadas regiones de la fantasía.
Entramos juntas en la cafetería Bonita. No se llamaba así, pero así la llamaba yo porque era de las pocas sin música estridente, con clientes solitarios... desde cuyo ventanal podía observarse la calle sin que la calle pudiera observarte. Optamos por la mesa más alejada de la puerta. Nos sentamos, una frente a otra. Llegó el camarero con sendas horchatas: la de sin hielo para ella, la de con hielo para mí. Leí la factura y la aboné con esa amable importancia que da el poder invitar con tu dinero a alguien que aprecias, que llevas mucho tiempo sin ver, que tantas atenciones le debes... y agitando entre las horas la mano de la charla logré descorrer las cortinas de su corazón.
Doña Ángeles compartía con Nélida el piso que compró a plazos cuando empezó a trabajar para traerse a sus padres del pueblo. Nélida era su amiga, su mejor amiga. Había entrado en su vida veinte años atrás, muy bien recomendada por la directora del Cervantes.
—Dice doña Auria que usted necesita una asistenta por horas. A mí me interesa quedarme fija: no tengo padre, mi único hermano ya ha formado su propia familia... y cada día se me hace más cuesta arriba trabajar de casa en casa y vivir en una habitación con derecho a cocina.
Doña Ángeles puso en la romana de la reflexión las distintas frutas del tiempo: sus clases en el instituto la obligaban a permanecer muchas horas fuera de casa, su salud nunca mereció demasiados aplausos, sus padres estaban tan castigados por la vida que cada año se rendían a sus chantajes más aprisa... y leyó en la barra de los números que, aunque a finales de mes tuviera que apretarse algo más el cinturón, no debía deshacerse de aquellas muletas que le ayudarían a recorrer los distintos senderos del futuro con mayor seguridad.
—¡Quédese, quédese! El piso no es muy grande que digamos pero una habitación para cada una sí que hay. Y si con el tiempo encuentra quien le pague mejor...
—¡Oh, no! El dinero es lo de menos, lo importante es estar a gusto.
Y doña Ángeles le entregó confiada un juego de llaves, y ella lo aceptó con infinita gratitud, y a los pocos días la afilada tijera de la mutua simpatía les hizo jirones las amarras del usted y los lazos del tuteo empezaron a estrecharlas con tanta fuerza que parecía que sólo los dedos de la muerte podían deshacer el nudo de aquella amistad. Doña Ángeles fue para Nélida el pararrayos de sus distancias familiares, de sus zozobras económicas, de todas sus soledades. Nélida fue para doña Ánge¬les la aspirina de todas sus fatigas, de todos sus achaques,
el resumen de sus compañías. Y redoblando el tambor de su impecable amistad procesionaron juntas por los mismos círculos, por los mismos ambientes, por los mismos horizontes.
Pasaron los años, y tras ellos se fueron los padres: los padres de doña Ángeles, los padres de Nélida. Y ella se jubiló por enfermedad, y al jubilarse, siempre tan previsora, decidió atarle las trenzas al futuro.
—Si de repente me ocurriera algo, nada me molestaría más que dejarte en la calle —le confesó a su amiga, a su amiga del alma—. He pensado poner el piso a nombre de las dos, al tuyo y al mío.
Y estamparon sus firmas en la escritura sin saber que aquellas firmas serían las manos que le quitarían el nudo al lazo de su amistad.
La cruz de pesares que tanto le inclinaba el ánimo aquella tarde se la echaron a los hombros el verano anterior. A principios de julio llegó a casa un telegrama a nombre de Nélida. "Ha muerto tu hermano. El entierro es mañana. Abrazos". A Nélida le tembló la voz.
—¿Qué hago? —le consultó a su amiga, a su amiga del alma—. ¿Qué hago?
—Irte al pueblo inmediatamente. ¿Qué otra cosa puedes hacer? Irte a enterrarlo, a acompañar a tu cuñada, a tus sobrinos: a todos. Me duele la voz de decirte todas las navidades que los felicites, de decirte que vayas a las comuniones de los chicos y a la boda cuando se casó el mayor, y los oídos de oírte repetir que me feliciten ellos a mí, que me inviten a la fiesta, a la matanza, que no hay que espigar. Por más vueltas que le doy no entiendo cómo una familia puede estar tantos años sin hablarse sin que haya ocurrido nada, porque, a fin de cuentas, ¿qué ha pasado entre vosotros, qué ha pasado?
—Nada, nada... yo me vine, ellos se quedaron... y ellos por mí y yo por ellos...
—Pues por eso mismo, por eso mismo tienes que ir. Y pedirles perdón, y reconciliarte con ellos, y hacerles ver que aquí tienen su casa, porque no lo olvides, mi casa es tuya también. ¡Dios mío, qué necios somos! Sabemos que antes o después la muerte se encarga de unirnos para llorar y nos pasamos la vida separándonos para disfrutar.
—Pero si... ya no los quiero, no los quiero ya.
—Claro que los quieres. A la familia se la quiere siempre, hasta cuando no se la quiere; además, aunque sólo sea por mí, debes quererlos, mis riñones cada día andan más perezosos, dice el doctor que al final tendré que depender de una máquina, y si a la máquina le da por darme plantón... ¿quién va a echarte una mano?
Luchando con el orgullo de humillarse ante su cuñada y la vergüenza de haber ignorado a su hermano durante tantos años, Nélida preparó un neceser de urgencia, de lo justo para unas horas. Doña Ángeles telefoneó mientras para conocer el horario de autocares y a la hora informada la acompañó a la estación.
—Me llamas para que sepa que has llegado bien.
—Te llamaré para decirte que ya vuelvo.
Y se besaron en la mejilla. Era la primera vez que se besaban: nunca se habían tenido que despedir, siempre habían viajado juntas. Lo que no sabían era que aquel beso era el último también.
Nélida telefoneó aquella misma noche.
—¿Y tu hermano? ¿Qué le pasó, de qué ha muerto?
—De nada, no ha muerto. Todo ha sido una broma, una broma de la gente. Me quedaré unos días para averiguar quién ha sido el sinvergüenza y en cuanto le parta la cara me largo de aquí.
—¡Pero..!
Pero era tan miope ante el egoísmo humano que no vio en aquella broma la trampa que alguien le había puesto para que cayeran las dos.
Nélida hizo el viaje llorando por el dolor de no poder llorar por su hermano. Cuando se apeó del taxi que la llevó a su casa: a la casa de sus padres, a la que habitaba su hermano desde que se casó, esperaba ver las ventanas iluminadas por los cirios, los vecinos entrando y saliendo en silencio... pero sólo vio a Tita, su cuñada, que salió a recibirla con las prisas de quien la estaba esperando.
—¡Pero Neli, qué sorpresa!
—¿Y mi hermano, dónde está mi hermano?
—¿Tu hermano? A trabajar. ¿Dónde va a estar a estas horas?
—¿A trabajar?
—¡Claro!
—¿Y esto, quién me ha mandado esto?
Tita se adueñó del telegrama y fingió leerlo.
—¡Santo Dios, qué mala es la gente! Este pueblo es un infierno, y en el infierno sólo hay diablos, y los diablos sólo piensan en deshacer familias... pero en esta ocasión les va a salir el tiro por la culata, sólo han conseguido que vengas, que te veamos... que hagamos las paces, que nos reconciliemos. ¡Pasa, pasa! Ya verás cuántas bocas se van a cerrar.
Mientras Nélida tranquilizaba a doña Ángeles por teléfono, Tita preparaba una tila para tranquilizarla a ella. Y llegó su hermano, y llegaron sus sobrinos... y le sonrieron con una alegría triste, y la besaron con una frialdad que abrasaba... pero cenaron juntos, y hablaron de todos menos de ellos, y cuando se acostó en su cuarto de niña recordó las palabras de doña Ángeles: "A la familia se la quiere siempre, hasta cuando no se la quiere".
—Voy a correos —dijo Nélida en cuanto apareció en la cocina a la mañana siguiente—. Tengo que saber quién...
—Ya he ido yo y no hay nada que hacer —la interrumpió Tita mientras le servía el desayuno—. Lo puso alguien de fuera. No iban a ir en persona. Y como no lo
firmó... Pero deja el asunto en paz, quien haya sido ya lo pagará, la mejor venganza es que nos vean juntas por el mercado, por los bares, en la iglesia... para que hasta las moscas se enteren que no has venido a matarnos, que has venido a resucitarnos.
Y se las ingenió para iniciar juntas un rosario de días en el que ella musitaba las oraciones y su cuñada decía amén. Durante la cena del quinto misterio le espetó a su marido:
—Antes de que se vaya tu hermana deberíamos de ha¬blar lo de la casa.
Lorenzo guardó silencio.
—¿Qué le pasa a la casa? —preguntó Nélida.
—Que está en ruinas, que se cae a pedazos, que o la hacemos nueva, o cualquier día nos deja entre cielo y tie¬rra. Y como es de los dos...
—respondió Tita.
—Si tuviera el dinero, yo lo ponía todo, —añadió Lorenzo— pero con lo que tengo no llego ni a la mitad. Lorenzo se casó sin traer un duro a casa, Miguel estudia fuera y Carlos no tardará en irse. Y por más que la ordeño, ya ves, la burra no da más leche.
—Y... ¿para qué quiero yo una casa?
—preguntó Nélida.
—Pues para vivir —la hizo reflexionar Tita—. ¿Para qué se quieren las casas? Pronto te jubilarás, y cuando te jubiles, ¿dónde vas a ir mejor que aquí, con nosotros?
—Jubilada y todo puedo quedarme con Ángeles. El piso es tan suyo como mío, está a nombre de las dos.
El matrimonio recordó el mensaje de Flores, el cartero. "He visto a Neli en el notario. Iba con ella, la jefa, a ponerla en la escritura del piso. Necesitaban un testigo y yo firmé. Por una paisana..."
—Pues mejor que mejor, le pides tu parte y te haces el nido aquí —se apresuró a aclararle Tita—. Será la única forma de que cojas el trigo sin paja, porque si le da por morirse...
—Y se morirá aunque no le dé, —la interrumpió Lorenzo— porque si anda así del riñón...
—Y aparecen a reclamarte los primos, reprimos y requeteprimos, que nunca faltan, —prosiguió ella— te que¬das sin collar y sin galgo, que como decimos por aquí: "El que con lo ajeno se viste…"
—"En la calle lo desnudan" —concluyó Nélida.
Y en su cuarto de jovencita recordó las palabras de doña Ángeles: "Además, aunque sólo sea por mí, debes quererlos, mis riñones cada día andan más perezosos. Dice el doctor que al final tendré que depender de una máquina, y si a la máquina le da por darme plantón... ¿quién va a echarte una mano?"
Doña Ángeles llenó la ausencia de Nélida organizando unas vacaciones en Venecia. La recibiría con esa sorpresa. Pero la sorpresa se la mandó ella una mañana de finales de julio en forma de abogado.
—Nélida le reclama el cincuenta por ciento del piso.
—¡Pero... si el piso es mío!
—Y suyo. Figura a nombre de las dos. Puede disponer de su parte.
—¡Sí, sí... claro, pero eso será cuando yo muera!
—Y ahora. ¿Quiere que lo arreglemos por las buenas?
—Ni quiero ni puedo, le repito que el piso es mío y no
dispongo de ese dinero.
—Pues ella le compra su parte y después lo vende.
—¿Se está burlando de mí?
—No, señora, cumplo con mi deber.
—¡Pues deje su deber en mis manos que yo lo litigaré con ella!
Pero ella huyó de sus llamadas y de sus visitas, y llegó la denuncia, y tuvo que buscarse un abogado, y se celebró el juicio.
"Fue a trabajar de asistenta y la convirtió en su criada, en su dama de compañía, en su enfermera... por un
ridículo sueldo que lleva sin subírselo más de diez años. La secuestró en nombre de la amistad y manipuló su personalidad con tal astucia que rompió todos los vínculos familiares", dijo el abogado, en defensa de Nélida.
"Necesitaba una empleada por horas y le entregó su casa, su familia, su amistad… lo que no tenía, lo que necesitaba. Y además del sueldo y los seguros sociales, la vistió, la calzó, le costeó los viajes, los caprichos... Y fue tan generosa con ella, y le estaba tan agradecida, y tenía tanta fe en su amistad... que decidió asegurarle el futuro en su propia soga sin sospechar siquiera que al compartirla tiraría de la punta para deshacerle el presente", dijo el abogado, en defensa de doña Ángeles.
Pero el juez dictó la sentencia con la ley en la mano. Doña Ángeles tenía preferencia, pero si en cuarenta y ocho horas no le pagaba su parte, Nélida podía comprarlo. Y para que no dudara de que lo haría, ya había depositado el dinero en una entidad bancaria.
Cuando la encontré aquella tarde venía del bufete de su abogado, de que le confirmara lo que ya se temía.
—¿Y... y qué va a hacer?, —le pregunté a medio tono, mientras el camarero nos echaba apagando y encendiendo luces.
—De momento esperar a que la policía me saque de mi casa para meterla a ella y después cualquier cosa menos volver a mirar a alguien.
Recogimos el coche y la acompañé a su casa, a aquella casa que había pagado en veinte años y se la quitarían en dos días. De regreso a la mía recordé mis recreos en el Cervantes. Alumnos y profesores corríamos en tropel a la cafetería. Unos y otros se apresuraban a recoger sus desayunos en la barra y a ocupar las mesas para desayunar en corrillos. Yo solía perderme en el baño y en cuanto alguna de las mesas quedaba libre me sentaba ante los restos de un café y una ensaimada para evitar que el camarero
me preguntara qué iba a tomar, para que nadie se diera cuenta de que entre tantos hijos de papá yo era la única que estudiaba gracias a las becas. Siempre que doña Ánge¬les estaba en el bar, me sorprendía el empleado con un café y una ensaimada."Tu desayuno ya está pagado". Y pensé que los pequeños detalles sólo podían salir de los corazones grandes, y pensé que la gratitud era la única doctora que podía devolverle la vista a un corazón que estaba a punto de quedarse ciego por un desengaño, por una traición, y a la mañana siguiente, consulté mi cuenta en el banco. Tenía el dinero, el dinero que llevaba tiempo ahorrando para dar la entrada de un piso. Y concluí que había cosas que podían esperar y otras que no. Y dos horas después, mi antecesora en el puesto de profesora de Alemán del Cervantes, recibía en su casa un cestillo de violetas con un cheque firmado que decía: "Devuélvamelo cómo y cuándo pueda". Y cuando me telefoneó llorando comprendí que no cerraría los ojos ante los seres humanos, por¬que había descubierto que entre la paja también se en¬contraba el trigo y había que salvarlo. Y sentí que de todos los sobresalientes que me había puesto, aquel diez era el único del que verdaderamente podía sentirme orgullosa.
María Jesús Sánchez Oliva
Relación de libros publicados por mi autora: María Jesús Sánchez Oliva. Pero antes quiero recordarte que por ser el primero de sus libros publicado me ha distinguido con este espacio en su blog del que me siento tan orgulloso como responsable.
“Garipil (1995)”.
Reseña: Garipil es un semáforo. Nace con una idea en la cabeza: decir a la sociedad que las máquinas como él nacen para estar al servicio del hombre, para ayudarle en todas las tareas que tiene que realizar, para hacerle la vida más cómoda, pero en ningún caso para suplirlo. Su mensaje es tan aconsejable para niños como para mayores.
“Letanías (1999)”.
Reseña: Letanías es una colección de historias breves pero completas. El libro ideal para los que quieren leer pero les falta paciencia para enfrentarse a libros con muchas páginas. Algunos de los relatos han sido premiados en distintos certámenes literarios.
“El rosario de los cuentos (2003)”.
Reseña: En los primeros años de la posguerra española, en un pueblo de Castilla, un cura de la época es incapaz de encauzar a sus feligreses por el camino recto a través del Santo Rosario, como era costumbre. Ante su fracaso decide transformar cada misterio en un cuento. El resultado son quince cuentos para niños de distintas edades. Cada cuento está ilustrado con una viñeta alusiva a la época. Este libro obtuvo el tercer premio en el Concurso de Cuentos Tiflos en su edición de 1996.
“Cartas de la Radio (2007)”.
Reseña: Cartas de la Radio es una colección de cartas o artículos de opinión escritas y leídas semanalmente en Onda Cero por María Jesús Sánchez Oliva durante cuatro años. Las cartas van dirigidas a políticos, ciudadanos de a pie, víctimas del terrorismo, instituciones, asociaciones, etc., y no pocas nos llevan a acontecimientos que siguen vivos en nuestra memoria.
“Cuentos de la Cigüeña (Soles y Lunas) (2014)”.
Reseña: Son doce cuentos escritos en verso con los que las mamás y los papás disfrutarán leyéndoselos a sus hijos y los niños aprenderán a amar la poesía a la vez que los cuentos.
“Los días perdidos (2018)”.
Reseña: En esta novela se narra la historia de Ara, una mujer que de forma inesperada tiene que enfrentarse a una ruptura matrimonial. El impacto la lleva a recluirse en su ático de soltera. Tras varios años de aislamiento, al salir de casa una mañana, la avería del ascensor la obliga a bajar andando todas las plantas del edificio. En cada planta se encuentra con una mujer que le cuenta su historia. Son mujeres muy distintas unas de otras, pero todas, por distintas razones, han perdido muchos días de su vida. Ya en la planta baja se encuentra con Daniel, el único vecino del edificio que también ha perdido muchos días inútilmente, y de forma espontánea los dos deciden no perder ni uno más. “Primer Premio Tiflos 2013”.
Para más información sobre los libros, hacer un comentario o simplemente saludarme, solo tienes que contactar conmigo a través de mi dirección de correo electrónico:
Garipil1995@gmail.com
Estaré encantado de responderte.
Gracias por tu visita y hasta el próximo número.
Firmado: Garipil.
jueves, 30 de julio de 2026
PORTADA
Queridos lectores: Acaba de salir el número 137 de 30 días, mi periódico, tu periódico, el periódico de cuantos quieran leerlo.
NOTA IMPORTANTE
A partir de esta fecha (30-Y-2026) y a sugerencia de algunos lectores se agregan dos entradas al periódico: El juego de las preguntas. Consiste en hacer una pregunta (relacionada con la cultura generalmente) que los lectores pueden responder. Las respuestas y el número y nombre (pueden ser seudónimos) de los acertantes se comunicarán en el número siguiente, y a final de año, la persona que más aciertos haya tenido, podrá figurar como seguidora de honor en la portada. Y El mirador de la poesía. Consiste en publicar poemas de poetas consagrados, desconocidos o aficionados, que se consideren, claro está, aceptables. Las respuestas a las preguntas para concursar y el envío de poemas para ser publicados solo se recibirán en el correo electrónico de Garipil que figura al final de su sección “Cosas de Garipil”.
LO MÁS DESTACADO DE JULIO
LA VITRINA: El autor del libro que hoy se presenta para invitarnos a la lectura es Ousman, Umar.
EL JUEGO DE LAS PREGUNTAS: Respuesta a la pregunta anterior y pregunta siguiente.
MESA CAMILLA: Mal que no es de ahora, no mejora (Última entrada de julio en Salamanca RTV Al Día).
CAJÓN DE SASTRE: Infierno en Caracas.
EL ÁLBUM DE LA Lengua: La ese que siempre sobra.
LA BUTACA: Respuesta de la RAE (Información de la ONCE).
EL MIRADOR DE LA POESÍA: Me parecía mentira (María Jesús Sánchez Oliva).
CARTA a… a Adrián (niño salmantino fallecido durante la celebración del triunfo del Mundial 2026).
COSAS DE GARIPIL: Huelga de vino y baile (IX relato de Letanías).
Si has visitado cualquiera de las secciones, mil gracias; si las has visitado todas, un millón.
Volveremos a encontrarnos en el próximo número.
María Jesús Sánchez Oliva.
Seguidores de Honor:
Mónica Nuevo Vialás. Nacionalidad: española. 23-IV-2012.
Arturo Arias Terceiro. Nacionalidad: argentina. 12-VI-2012.
María del Mar Nuevo Vialás. Nacionalidad: española. 29-VI-2013.
Concepción Martín Martín (Conchi). Nacionalidad: española. 19-IV-2015.
Claudio Hernández Díaz (pintor). Nacionalidad: española. 30-VI-2020.
MESA CAMILLA
Mal que no es de ahora, no mejora
En tan sólo unas horas los españoles hemos pasado de la risa al llanto como por arte de magia. Ya nadie piensa en el triunfo del Mundial 2026 que tan feliz nos hizo a todos, incluso a los que el fútbol es algo que ni nos va ni nos viene, ahora sólo podemos pensar en el pavoroso incendio que ha unido a tres provincias (Madrid, Ávila y Toledo) y ha convertido el centro de España en un auténtico infierno. Basta ponernos en el lugar de los miles de familias que han tenido que dejar sus casas, sus negocios, sus animales y no saben qué se encontrarán al volver, en los profesionales, vecinos y voluntarios que se están jugando la vida para evitar que la pierdan los afectados, en las autoridades, sobre todo en los alcaldes y las alcaldesas de los pequeños municipios, que siguen luchando por controlar la difícil situación, para echarnos a temblar. La que no parece en absoluto preocupada es la presidenta madrileña: haciendo gala de su lenguaje de bar de pueblo ha calificado de mamarracho a öscar Puente, ministro de Transporte. Fue su respuesta al ministro que, en un tuit, después de la declaración de emergencia nacional por los incendios, aún activos y con más ganas de crecer que de menguar, escribió: “Tenemos todos claro que la UME (Unidad Militar de Emergencia) es ya el nuevo servicio de extinción de incendios de las comunidades autónomas
gobernadas por el PP. Ellos reducen impuestos a los ricos, jibarizan los servicios públicos y luego le piden al Gobierno que les resuelva la papeleta”. Es evidente que el Gobierno no ha puesto pegas para ponerse al frente, ni ha escatimado medios materiales, ni ha escatimado medios personales, y gracias a esto y no a un milagro de momento el incendio no se ha cobrado ninguna vida, pero le guste o no le guste a la presidenta el ministro tiene razón: las comunidades autónomas gobernadas por el PP luchan por conseguir competencias, pero una vez que las asumen se olvidan de la sanidad, de la educación, de la justicia, de los servicios esenciales y sólo tienen dinero para multiplicar las fiestas, pagarnos el autobús a todos para ir de compras y subvencionarles a los jóvenes historias que llaman cultura. ¿Habrían sido tan trágicas como fueron las consecuencias de la DANA de Valencia, del abandono de los mayores en las residencias de Madrid cuando la pandemia y de los incendios de la Culebra en Zamora del verano pasado si el PP hubiera apoyado el pacto de Estado que Pedro Sánchez lleva tiempo reclamando para estos casos? Pues si nos remitimos a las pruebas está claro que no, y si ahora, tanto Feijóo como Mañueco, no aprovechan esta tragedia, como la ha aprovechado la Ayuso, para desgastar al Gobierno a golpe de insultos y de reproches de cosas que ellos tienen de sobra para avergonzarse, no es porque hayan cambiado, que mal que no es de ahora, no mejora, es porque las llamas impedirían que pudiéramos oírlos. Por lo tanto, si de verdad los ciudadanos queremos defender los derechos que tanto nos ha costado ganar, tendríamos que empezar por pensar en la mayoría a la hora de votar, no en nosotros mismos, y elegir a nuestros gobernantes, sean del color que sean, por lo que han hecho, no por lo que nos cuentan que van a hacer.
María Jesús
27-VII-2026
EL JUEGO DE LAS PREGUNTAS
Pregunta y respuesta anterior:
El 23 de octubre de 1940 Hitler y Franco se reunieron en Hendaya para negociar la entrada de España en la II Guerra Mundial. ¿Cómo se llamaba el vagón del tren donde tuvo lugar la histórica entrevista?
Respuesta: Érika.
Jugadores: Ninguno.
Pregunta siguiente: ¿Qué sucedió el 10 de octubre de 1582?
Las respuestas a:
garipil1995@gmail.com
CAJÓN DE SASTRE
Infierno en Caracas: la historia de José Breijo, el único preso político uruguayo en Venezuela
Es del Cerro, viajó a dedo a Venezuela en 1979 y trabajó como gerente hotelero. Más de cuatro décadas después, tomó una foto que lo llevó a la cárcel: lo acusan de terrorismo y “traición de la patria”. Le ocuparon su apartamento y vivió en un pasillo.
De pronto un temblor. Se movía todo: paredes, piso, techo, ventanas, los pocos muebles que había en la sala. José Ricardo Breijo Fedorchenko estaba sentado en la cama, hablando por teléfono con un amigo de Massachusetts, Estados Unidos, cuando el terremoto del 24 de junio lo sorprendió.
—Polo, está temblando... ¡está temblando! —gritó, mientras el polvo caía. Y ahí vio cómo se rajaban las paredes.
Breijo no sabía si quedarse quieto cruzando los dedos para que el techo no se viniera abajo o si apurarse a evacuar el viejo edificio, como estaban haciendo muchos de sus vecinos. ¿Pero realmente podía salir? A sus 72 años recién cumplidos y con varios problemas de salud arriba, le cuesta moverse. Claro, ese no era el tema principal, sino otro: ¿lo volverían a llevar preso?
Él no puede moverse de su apartamento sin una autorización judicial. Un mes antes había salido de la cárcel de Tocuyito, donde se calcula que están hacinados unos 2.000 venezolanos, muchos presos políticos
Breijo venía de pasar los dos peores años de su vida. El mismísimo infierno.
—Acá los vecinos se pasaron afuera esas primeras horas, en la puerta del edificio, y yo decía “si se va a caer, es lo mismo afuera o adentro” —recuerda en su apartamento del barrio Bello Monte, de clase media—. Me meto y duermo bajo techo. Recién en la noche volvió la luz y al otro día me enteré bien de todo lo que había pasado.
Vista aérea de edificios derrumbados en Caraballeda, estado de La Guaira, Venezuela, el 30 de junio de 2026, tras los terremotos.
Vista aérea de edificios derrumbados en Caraballeda, estado de La Guaira, Venezuela, el 30 de junio de 2026, tras los terremotos.
Foto: AFP.
En el apartamento ahora hay una cama, unos gastados sillones estilo Luis XV, una mesa ratona y otra un poco más alta. También una heladera. Algunas cosas se las prestaron, otras quedaron de quienes ocuparon su casa mientras él estaba tras las rejas.
Breijo es el único uruguayo preso por razones políticas en Venezuela, al menos por lo que saben las organizaciones de derechos humanos y la Cancillería uruguaya. Porque todavía está preso, en su apartamento, con domiciliaria: casa por cárcel le llaman en Venezuela.
A la decadencia general del apartamento —cortinas sucias, paredes descascaradas, por lo que se ve en las imágenes enviadas por las agencias de noticias— ahora se le suman las fisuras. Aunque Breijo tuvo algo de suerte esta vez: el edificio, antiguo, no fue de los que sufrió mayores daños por los temblores.
—El edificio es del año 46. Pasó el terremoto del 67, que fue igual a este último, donde se cayeron un montón de edificios. Y ahora aguantó este —cuenta Breijo—. Pero ya con las paredes rajadas de los 14 apartamentos. Ayer estuvimos chequeando. Estamos esperando la inspección de los bomberos, que nos dirá si podemos seguir habitando el edificio. Pero si me dicen que no me puedo quedar, ¿dónde voy? ¿Abajo de un puente?
Pared de la casa de José Breijo
Pared de la casa de José Breijo, tras el terremoto.
Del Cerro al negocio hotelero en Venezuela, la vida de José Breijo
Para contar la historia completa de José Ricardo Breijo Fedorchenko hay que remontarse a 1979, cuando emigró a Venezuela. Era un muchacho del “glorioso Cerro” que quería respirar aires de libertad. Se fue joven, con 24 años, pero antes llegó a trabajar como guarda de Cutcsa en el 185 que unía el Frigorífico Nacional con Pocitos. También hacía changas en Punta del Este, donde pintaba apartamentos. Un verano conoció a una argentina, se enamoraron y decidieron irse a Venezuela. Atravesaron a dedo todo el continente.
—Hicimos autostop y toda esa vaina, viajamos tres meses.
—¿Emigró por razones políticas o económicas?
—Ambas dos. En el 73, cuando cumplí 18, me detuvieron por las revueltas estudiantiles y estuve preso un par de meses. Me llevaron al Departamento de Investigaciones e Inteligencia número 5. Nos agarraron a 12 o 13 muchachos del Cerro. Y quedás marcado. Me tenía que presentar a firmar... Le agarrás cierta bronca al país. Bueno, yo me fui y nunca volví.
—¿Nunca?
—No podía escuchar la palabra Uruguay. Muy mal, muy mal —dice con un acento bien uruguayo que parece que hubiera emigrado ayer.
Entonces aclara:
—El acento no lo perdés... Pero si estoy entre venezolanos hablo con acento venezolano.
Dos personas ayudan a José Ricardo Breijo a subir una escalera, en el edificio donde vive en el barrio caraqueño Bello Monte.
Dos personas ayudan a José Ricardo Breijo a subir una escalera, en el edificio donde vive en Caracas.
Foto: AFP.
Su pareja era psicopedagoga y consiguió trabajo rápido en la Universidad de los Andes en Mérida, una ciudad universitaria en el medio de las montañas. Tuvieron un hijo pero tiempo después se separaron. Hoy su hijo no vive en Venezuela.
Breijo había empezado a trabajar como cocinero en la cadena hotelera Hilton. Un jefe de cocina le dijo: “mira, si quieres seguir ascendiendo, vas a tener que presentar papeles, vas a tener que estudiar”. Le hizo caso, viajó a Medellín a estudiar hotelería en la Universidad Externado de Colombia. Y ese fue el trampolín a una vida laboral en hoteles. Ocupó cargos de gerente en República Dominicana, Isla Margarita, el Amazonas, Mérida y Caracas.
—Me pasé toda la vida en la hotelería, de arriba para abajo, más que nada administrando alimentos y bebidas.
Pero a inicios de este siglo el negocio de los hoteles se entró a complicar en Venezuela:
—Yo estaba en Margarita en el 2002, creo que fue, cuando se cayó la oferta hotelera. Nadie quería venir a Venezuela —dice, en referencia al impacto por la crisis política, social y económica que atravesaba el país, incluyendo un intento de golpe de Estado.
Dejó el hotel y se fue a Caracas, de donde no se ha movido y ha vivido una verdadera montaña rusa. Primero compró una “fabriquita de chocolates” con sus ahorros, pero después vino una crisis de insumos, tuvo que despedir a los seis empleados y cerrar. Entonces instaló una deshidratadora de frutas y verduras. Por unos años se dedicó a eso, hasta que también la cerró y empezó a vivir del alquiler del local más la jubilación. Y cada mes recibe una bolsa con alimentos que envía el gobierno: cuatro kilos de arroz y de pastas, un litro de aceite, un kilo de azúcar, cuarto kilo de café, a veces manteca, ketchup, mayonesa. Dice que le sobra y una parte la regala a vecinos con familias numerosas. A fin de año el gobierno manda un trozo de “cochino”; nunca se sabe qué parte es porque “parece que la pica un carpintero”, dice a las risas.
—Usted vivió el auge y la decadencia del chavismo.
—Sí, sí, sí. Al principio (Hugo) Chávez prometió mucho, tenía un gran equipo. Los mejores profesores de las mejores universidades, los mejores científicos. Había unos proyectos fabulosos. Nos enamoró. Pero luego vino (Nicolás) Maduro y quitó a todos los que servían. Todo se vino abajo... hasta llegar al punto donde estamos ahora; la represión es impresionante, no podemos ni hablar. Hizo un sistema de denuncias: cualquiera puede denunciar a su vecino. Y después creó las fuerzas bolivarianas, donde hay muchos malandros que están haciendo desastres. Cuando a mí me pusieron preso en el 2023, lo primero que hicieron fue meter gente en mi apartamento. Como yo vivo solo, entraron. A miles le han quitado las casas, los autos... Y tuvieron que venir los gringos, algo que uno nunca quiso. Yo me quejo de la lentitud con la que Marco Rubio y Donald Trump hacen las cosas. Todavía hay muchos presos políticos. Nosotros necesitamos el cambio urgente. ¿Por qué no hay elecciones? El presidente falta desde el 3 de enero.
—Pero la cosa está mejor que antes del 3 de enero…
—No, esto está cada vez peor.
¿Cómo cayó preso José Breijo?
El 7 de octubre de 2023 Hamás llevó adelante una incursión desde la Franja de Gaza hacia el sur de Israel. Murieron 1.219 personas, tomaron 251 rehenes y empezó una guerra.
Breijo conocía un lugar en Caracas donde entraba gente que él pensaba estaba vinculada a organizaciones terroristas de origen islámico.
—La Unión Europea había acusado a Maduro de proteger a los terroristas. Y Maduro lo negaba. Entonces fui a ese lugar y saqué una foto en una oficina vacía, no había nadie, pero encontré una bandera en la pared.
—¿Una bandera de quién?
—Una bandera no sé de quién carajo. No era de un país, era de un movimiento. Tenía fondo verde con una inscripción árabe en rojo; nunca supe qué decía.
—¿La oficina dónde estaba?
—Una oficina que yo conocía, donde se reunían ellos —dice Breijo, quien evidentemente no quiere proporcionar información demasiado concreta—. El runrún de las demás oficinas cercanas era que ahí se reunía Hamás, Hezbolah y todo eso. Saqué una foto y más nada.
El relato sigue así:
—Quise mostrar la foto a un rabino para que viera que era mentira lo que decía Maduro. Esta es la prueba, pensé. No logré hablar con el rabino, sino que un (supuesto) vigilante privado que estaba en la sinagoga me dio el número de teléfono. Llamé. Me citaron en una panadería a tomar un café. Fui y cuando mostré la foto, me pusieron las esposas y me llevaron preso. No era el rabino, me habían pasado el teléfono de un policía.
La policía se quedó con el celular de Breijo, donde estaba la foto. En una entrevista con la agencia AFP, Breijo relató que necesitaba 1.500 dólares para un cateterismo y pensó que podía vender la imagen para pagar la cirugía.
José Breijo en su apartamento en Caracas
José Breijo en su apartamento en Caracas.
Foto: AFP.
¿En qué lugar tomó esa foto? “No sé si era una oficina, nunca nos especificó qué era”, dice la activista uruguaya Giuliana Brandi, quien ha seguido de cerca el caso de Breijo ya que es coordinadora desde Uruguay de la fundación Familia SOS Libertad formada por familiares de presos políticos, y también colabora con la ONG Justicia, Encuentro y Perdón, que difunde violaciones a los derechos humanos en Venezuela. ¿Y la bandera? “Nos dijo que tenía inscripciones árabes, pero no sabemos si de Al Qaeda o algo así”.
Al principio lo imputaron por los delitos de terrorismo, asociación para delinquir y traición a la patria.
—Pero luego me retiraron terrorismo, porque yo no actué con armas ni a la fuerza. Asociación para delinquir también me lo quitaron, porque nunca me asocié con nadie, trabajé solo —relata Breijo—. Y quedó traición a la patria.
Hay poca información y, aunque parezca raro, los abogados aún no han podido acceder al expediente. Por eso mismo, la versión que da uno de sus abogados es algo diferente.
Erik Camargo trabaja desde hace varias semanas en el caso junto al abogado Eduardo Torres, a pedido de la ONG Frente de Defensa Norte de Caracas, liderada por el activista y periodista Carlos Julio Rojas. Dice que a Breijo se lo acusa de “terrorismo y conspiración para cometer actos de terrorismo”: la propia boleta de excarcelación incluye la mención a ese delito. Pero “no se han presentado evidencias de acto terrorista ni con quiénes estaba coaligado, no hay otros imputados en el caso”; él “es inocente y esto es todo un absurdo”. “Aquí te pueden meter preso por cualquier cosa”, admite.
José Breijo en el pasillo de su edificio.
José Breijo en el pasillo de su edificio.
Foto: AFP.
Breijo estuvo un año y poco en un retén carcelario en la zona de San Agustín en Caracas y luego en Tocuyito, a dos horas de la capital. Hay denuncias sobre fuertes violaciones a los derechos humanos en esa cárcel.
—Yo estaba en una celda pensada para 60 personas. Éramos 216. Imagínate: para sentarme, otro se tenía que parar. Para acostarme, se tenían que mover dos. Si me paraba contra la pared, molestaba. Era una tortura
—¿Qué fue lo peor de la cárcel?
—Las noches, primero porque me costaba dormir y segundo porque entrabas en un ambiente rarísimo, por ejemplo te daban clases de cómo matar y luego desmembrar a alguien. Porque en la cárcel hay un cochino, un cerdo enorme que parece una vaca, que es el que se come a los muertos. Tú tienes un problema con alguien, vas a un duelo o lo cagas a piñazos y lo matas, lo picas en pedacitos y se lo das al cochino. Y el cochino lo come todo.
En la celda se encontró con “un viejito” al que le decían “el presidente”, preso desde hace ocho años. Se perdió el expediente y nadie sabe por que está:
—Él dice que lo denunció el hermano para quitarle la casa, porque la querían vender. Tú le das unos pesos a un policía y te mete preso, y te pudrís. Estuve con un muchacho de 21 años, que lo agarraron a él y a la madre en un supermercado porque la madre se quejó de los precios que estaban aumentando.
José Breijo en el pasillo de su edificio.
José Breijo en el pasillo de su edificio.
Foto: AFP.
¿Breijo es preso político? En un parate en una larga jornada de ayuda a ciudadanos afectados por el terremoto, el abogado Camargo dice que sí porque ser preso político “no necesariamente implica que sea activista social o político, sino simplemente son personas que hacen cosas que a los funcionarios les parecen sospechosas o las consideran prohibidas” como tomar una foto a una bandera. Dice que “no hay ningún artículo del Código Penal que establezca que tomar una fotografía se pueda imputar como delito” y que se trata de un caso más de detención arbitraria. Algo parecido piensa Carlos Julio Rojas (“meten preso a un abuelo, acusado de terrorismo por tomar una foto de una bandera con inscripciones árabes, lo están metiendo preso por razones políticas; él no cometió ningún delito) y la activista Brandi, aunque en este caso ella dice que la organización que coordina prefiere hablar de una “detención arbitraria” porque no se le siguió el “debido proceso”. “No sabemos bien qué foto sacó, no sabemos si es preso político”, matiza.
Breijo se enfermó en Tocuyito. Sufrió un edema pulmonar y ulceras en las piernas, por lo que fue trasladado a la enfermería.
—Por eso soporté. Yo venía de pasarlas verde. Ahí en la enfermería estaba en una salita con tres camas. Pedía agua y me llevaban. Me trataban muy bien. ¿Cuál era el problema? Los médicos estaban de brazos cruzados porque no tienen ni una aspirina. Por eso yo debía comprar todo para las curas, igual que mis medicinas. Pero los medicamentos solo entran los jueves y los viernes: si necesitas algo el martes tenés que esperar.
Breijo cuenta que “estuvo muy mal” de salud y que le dieron la libertad el 24 de mayo, tras más de dos años preso, por miedo a que se muriera en el penal. Eso sucedió en medio de la amnistía impulsada por la presidenta encargada Delcy Rodríguez, bajo presión de Washington tras la captura de Nicolás Maduro. Breijo al principio pensó que quedaba libre sin cargos pero no: era prisión domiciliaria.
ANTECEDENTE
El caso de Fabián Buglione
El 18 de julio de 2025 el uruguayo Fabián Buglione fue liberado tras permanecer nueve meses detenido en Venezuela y pudo retornar a Estados Unidos, donde vive. Buglione había ingresado a Venezuela el 19 de octubre de 2024 para visitar a su pareja: le envió un mensaje por WhatsApp diciéndole que lo habían detenido “en el puente”, el Atanasio Girardot en la frontera entre Colombia y Venezuela. Poco después hubo otro mensaje en el que le adelantaba a su novia que los uniformados le dirían cómo seguiría su situación, y a partir de allí su celular se apagó, según reconstruyó El País en aquel momento.
Cuando José Breijo volvió a su casa
La Policía lo dejó en la vereda en la puerta del edificio. Con la ayuda de vecinos, ya que le costaba moverse, entró y se encontró con algo inesperado: el apartamento estaba ocupado.
—El policía que me metió preso puso acá a una familia. Es una práctica policial muy común: te agarran por la calle, te hacen un montón de preguntas y, si se dan cuenta que vives solo, te mandan a la cárcel y te quitan la casa.
Breijo quedó en un pasillo en la puerta de su apartamento y, pensó, “si viene el tribunal y yo estoy acá, voy preso otra vez”. El cónsul uruguayo en Caracas, Fernando Sotelo, concurrió al edificio y mantuvo una conversación con Breijo, dicen fuentes de Cancillería a El País.
El caso se mediatizó gracias al trabajo de activistas y organizaciones de derechos humanos: se viralizó su foto con una cama en el pasillo del edificio.
—Las organizaciones denunciaron al policía y al final me devolvieron el apartamento. Dormí tres días en el pasillo.
José Breijo en su apartamento en Caracas
José Breijo en su apartamento en Caracas.
Foto: AFP.
En la madrugada del 27 de mayo un grupo de personas que se identificaron como personal de Presidencia de la República y de la Defensoría del Pueblo, según el relato de Cancillería, se presentaron en el domicilio de Breijo, abrieron la puerta del apartamento, “el cual se encontraba prácticamente vacío”, y le entregaron la llave. Estos hombres llegaron armados en camionetas de alta gama, “entraron, sacaron algunas cosas del invasor, metieron al señor José y se fueron”, cuentan los activistas que asesoran a Breijo.
Él volvió a un apartamento “totalmente desvalijado y destruido”, dice Rojas, ya que el policía del Grupo de Operaciones Estratégicas (GOES).
Breijo tiene prohibido salir del apartamento pero no le pusieron tobillera ni hay custodia policial. Se supone que al menos deberían pasar policías a constatar que él está en su casa; eso nunca ha sucedido. El cónsul le entregó un paquete con artículos de uso personal, como toallas, sabanas, almohadas y artículos sanitarios y coordinó con el entorno de Breijo respecto a las revisiones médicas.
Cancillería dice que el cónsul sigue en contacto hasta el día de hoy. Breijo, en tanto, cuenta que hace una semana que no ve al cónsul, que está atareado con la asistencia a compatriotas afectados por el terremoto.
—Yo le pedí al cónsul que me echara una manito para pagar un abogado, pero me dijeron que ellos no se metían en nada. Lo mismo me dijeron en Cancillería: son problemas de Venezuela.
Breijo estaba muy débil. Había pasado de pesar 120 a 62 kilos, con desnutrición severa, y estuvo hospitalizado casi tres semanas:
—Llamaron a una ambulancia y me mandaron a una clínica privada pagada por el Estado. Hubo un momento en el que yo no hablaba y casi no comía. Caí en un sopor y me debilité mucho. Estaba entre algodones, creo que iba camino a esa luz blanca al final del túnel. Pero en la clínica me rescataron, me revivieron
El 16 de junio recibió el alta médica y volvió su casa.
La causa judicial contra José Breijo en Venezuela
El tribunal 13 contra el terrorismo llevaba la causa contra Breijo. Pero cuando los abogados tomaron el caso a mediados de junio se enteraron que estaba siendo cambiada a otro tribunal. “El viernes 19 la causa cae en el tribunal tercero de ejecución”, relata Camargo, “lo que implica que ya hubo una sentencia. Pero el señor Breijo ni siquiera ha tenido audiencia judicial. ¿Cómo sin seguir el debido proceso se ha llegado a una sentencia?”. El tribunal ha negado la información a los abogados y tampoco han podido acceder al expediente.
Ante esta novedad, el abogado le preguntó a Breijo cómo habían sido las condiciones de excarcelación, donde estuvo solo con los funcionarios policiales y del tribunal. “Y él nos dijo que firmó varios documentos. Yo le pregunté si los leyó y él me aseguró que no leyó nada porque quería salir y pensaba que le estaban dando la libertad. Pero resulta que no; era casa por cárcel”, dice Camargo. “Pareciese que a Breijo le hicieron firmar la admisión de culpabilidad de los hechos. Y entonces por eso se pude inferir por qué la causa ha sido trasladada a un tribunal de ejecución de sentencia. De ser así, deberíamos apelar por la violación del debido proceso desde el principio”.
Esto implicaría que no habría juicio y que se saltarían las audiencias, lo cual es ilegal. Breijo, mientras tanto, aguarda la citación para ir al tribunal.
—Por ahora usted no es libre. ¿Espera que lo absuelvan?
—Yo creo que sí. El caso les está quemando un poquito. Soy una piedra en el zapato. Si no me liberan, estaré cumpliendo la pena hasta que caiga el gobierno. Ahí soltarán a todos los presos, entre ellos yo.
—O sea que está esperando.
—Sí pero ningún tribunal me comunicó nada. Es como que no existo.
Las cifras actualizadas de presos políticos en Venezuela
El último informe de la ONG Foro Penal registra 404 presos políticos en Venezuela, 39 de ellos con nacionalidad extranjera o doble nacionalidad. De los 404, 369 son hombres y 35 mujeres. En cambio, la asociación civil Justicia, Encuentro y Perdón registra 676 presos, entre ellos 34 extranjeros.
Hasta ahora 8.616 presos se han beneficiado de la amnistía decretada por el gobierno de Delcy Rodríguez, según el chavismo, una cifra difícil de verificar. La inmensa mayoría eran personas que estaban en libertad pero sometidas a medidas cautelares restrictivas, según informó El País de España. Solo 314 personas salieron efectivamente de la cárcel, según el oficialismo. Organizaciones independientes reducen esa cifra a 110.
¿Cómo ha sido el proceso de liberación de presos? “Lo digo directamente como expreso político: nos ven como fichas de cambio, de canje”, dice a El País el activista y periodista Carlos Julio Rojas de la ONG Frente de Defensa Norte de Caracas. “Hay muchos presos políticos invisibilizados. Casos como el del señor José Breijo”, dice Rojas.
Y agrega que el caso de Breijo no es aislado en Venezuela, “es una política de estado de violación a la propiedad privada, de hostigamiento y represión contra los presos políticos; les vacían las cuentas bancarias, les quitan las propiedades y además hay otros fenómenos como policías que terminan invadiendo propiedades a abuelos”.
EL ÁLBUM DE LA LENGUA
La "s" que siempre sobra...
Si eres de los que dicen: "¿Comistes paella?" o entonan la canción de Gilda así:
"Fuistes mi vida, fuistes mi pasión; Fuistes mi sueño, mi mejor canción; Todo eso, fuistes, pero perdistes", que sepas que andas metiendo una "s" de más.
Y es un error muy común.
La segunda persona del singular (tú) del pretérito perfecto simple del indicativo (fuiste, hiciste, comiste, perdiste, caíste, viste, metiste, etc.) nunca termina en -s.
El problema es que suele confundirse porque en casi todas conjugaciones y tiempos verbales, la segunda persona del singular sí termina en s, como en comes, comías, comerás, comerías, comieras.
LA BUTACA
El 6/7/2026 a las 18:47, la ONCE informó:
> La RAE modificará la acepción de 'leer' en el Diccionario para incluir la lectura del sistema Braille
> MADRID 3 Jul. (EUROPA PRESS) -
> La Real Academia Española (RAE) adecuará la definición del término 'leer' en el Diccionario de la Lengua Española (DLE) de forma que tenga en cuenta a las personas con ceguera o discapacidad visual que utilizan el sistema Braille.
> Según un documento al que ha tenido acceso Europa Press, la RAE tiene programado incluir esta nueva acepción en la próxima actualización del Diccionario.
> Actualmente, el término 'leer' se define en el DLE como "pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados", y con la próxima actualización, se definirá como "interpretar, utilizando para ello la vista, el tacto u otros medios, los signos empleados en un texto escrito".
> De esta forma, la RAE responde positivamente a una propuesta que hizo la ONCE a comienzos de año, con motivo de los 200 años del braille, y coincidiendo con la próxima declaración del Braille como patrimonio cultural inmaterial de la Unesco.
> El pasado mes de enero, fuentes de la RAE señalaron a Europa Press que la petición había "llegado" y estaba siendo "estudiada por el Instituto de Lexicografía (ILEX) de la RAE".
> La ONCE explicó entonces a Europa Press que realizaban esta petición al considerar que la definición actual es "excluyente" y que "deja fuera a quienes leen con el tacto y caracteres braille".
> Según la ONCE, está "ampliamente demostrado" que, tanto por medio de la vista como por medio del tacto se realiza la misma acción y se consiguen los mismos efectos: "comprender la significación de los caracteres empleados". Además, añade que estudios neurocientíficos han corroborado que ambos tipos de lectura activan los mismos mecanismos cerebrales.
> Según el último Informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en el mundo, al menos 2.200 millones de personas tienen ceguera o discapacidad visual. Además, según la ONCE, actualmente, más de 285 millones de personas ciegas en todo el mundo utilizan el sistema de lectoescritura braille para acceder a la educación y la cultura de forma autónoma.
> El sistema braille está compuesto por seis puntos con 64 combinaciones que se usan para componer letras y números, escribir en cualquier idioma, leer partituras o anotar partidas de ajedrez. En 2018, la ONU proclamó Día Mundial del Braille el 4 de enero, fecha del nacimiento de su creador, Louis Braille (1809-1852).
EL MIRADOR DE LA POESÍA
Me parecía mentira
Me parecía mentira
que a galope sobre mayo
se fatigara la Vida
y abandonando el caballo
se sentara en otra silla.
Me parecía mentira,
y ayer, en tu corazón,
la vi sentarse abatida,
cansada, rota, vencida,
enervada de calor.
Se cansó de dar sus pasos
por el campo de tu frente
y de recorrer tus senos
a través del tierno puente
con barandas de luceros;
de juguetear a perderse
por el bosque de tus dientes
y de atrapar caracoles
en los mares de tu vientre
sin importarle las rocas;
de navegar por tus ríos
con su bandada de barcos
sin anclar en ningún sitio
y de darte el dulce vino
hasta emborracharte de años.
Me parecía mentira,
siendo tú casi una niña
y ella tan viva y valiente,
que los chorros de tus risas
no surcaran más sus fuentes;
mas, ayer, ¡qué desengaño!,
a galope sobre mayo
también se cansa la vida
y busca cualquier regazo
para quedarse dormida.
María Jesús Sánchez Oliva.
Poesía es sentir hondo, pensar derecho y hablar cantando
CARTA A...
20-VII-2026.
Querido Adrián: Ayer España y Argentina se disputaban el título de campeón del Mundial 2016 en Nueva York y como todos los niños, disfrazado con la camiseta del mundial, trompeta en mano y bandera de España en alto, te fuiste con tus amigos a la plaza para seguir el partido en la pantalla que, como todos los ayuntamientos de España, el de tu pueblo había instalado y disfrutaste de lo lindo cuando un gol a última hora hizo que España se alzara con la copa de campeona, pero poco duró tu alegría porque ya en la fuente donde se celebran estas victorias, parte de uno de los muros se te cayó encima y ahogó los aplausos, los brindis, los gritos de vivas y olés y las sirenas de las ambulancias y servicios de emergencia se impusieron a los cláxones de los coches para firmar tu muerte.
Hoy, mientras que España celebra el triunfo por todo lo alto, tu pueblo es un valle de lágrimas, de minutos de silencio, de banderas a media asta y de flores para decirte adiós.
No sé si España volverá a ganar más mundiales, pero sí sé que en Ciudad Rodrigo, tu pueblo, jamás volverán a jugarse sin echarte de menos.
Lo siento, Adrián, lo siento como lo siente tu familia, como lo sienten tus amigos, como lo sienten tus vecinos, porque cuando muere un niño todos perdemos algo muy importante.
María Jesús.
COSAS DE GARIPIL
¡Hola!: Desconecta el televisor, deja el móvil donde ni lo veas ni lo oigas, siéntate en tu sillón favorito, cierra los ojos y permíteme que te lea el noveno relato de Letanías en lo que el sueño te manda a la cama para recuperar las fuerzas perdidas durante el día.
uelga de vino y baile
Era una brumosa mañana de febrero. Al filo de las seis, sin órdenes del despertador, sin urgencias del deber, Collantes saltó de la cama. Collantes madrugaba desde niño, desde niño le rozaban las sábanas en cuanto los primeros resplandores del día se filtraban por las rejillas de las persianas. Ni siquiera cuando la gripe molía sus huesos podía evitar que aquella escoba de luz barriendo las sombras lo echara a la calle como a escobazos. Se aseó, desayunó, y media hora después salió de casa. Su casa era una planta baja de noventa metros cuadrados, con un porche y un desván. Cuando se construyó, en aquella ciudad que durante la dictadura fue cabeza de partido, se construyó en las afueras, pero la rápida y desorganizada proliferación de bloques de pisos, de locales comerciales y de centros autonómicos de los últimos años, la ha¬bían situado prácticamente en el centro. La ocupaba con su mujer, con sus suegros y con sus tres hijos. Llevaba en la mano una carta con membrete oficial que había llegado a su nombre y por correo unos días antes. Se detuvo en el porche y auxiliado por los guiños anaranjados de la farola de enfrente la leyó. Hasta entonces no había tenido valor para abrir aquel sobre blanco y rectangular que olía a resolución ministerial. Sospechaba su contenido y la sola
idea de confirmarlo le producía una especie de alergia que le engarabitaba los dedos. En efecto, era lo que temía. Aquel día, a las once en punto, debería presentarse, pro¬visto del carné, en la oficina del paro para cobrar su primera prestación, su primera nómina de desempleo. Rasgó el sobre furioso y lo tiró al suelo, lo pisó, lo arrastró con el pie y lo persiguió hasta hundirlo en una cloaca; después ovilló la carta y se la guardó con rabia en el bolsillo interior de la cazadora. En cinco minutos hizo y deshizo mil veces la distancia que se abría entre la puerta y la acera. La cabeza le decía que fuera; el corazón, que no. Por fin en¬filó la calle, titubeando en zigzag, sin alzar los ojos del suelo, como huyendo por igual de sí mismo que de los demás, como esquivando unos charcos que, obviamente, no existían más que en su imaginación. Se cruzó con algunos trabajadores que en coche o a pie se dirigían a sus puestos, seres privilegiados, personas con habilidad para pasarle factura al partido político en boga por una simple pegada de carteles en una ajetreada noche de campaña electoral, hombres y mujeres que aún no sufrían en sus carnes los estragos de aquel virus llamado Paro, y por primera vez en sus cuarenta y cinco años de vida miró a sus con¬vecinos, a sus semejantes, con infinita envidia.
Collantes aprendió antes a trabajar que a jugar, si es que alguna vez aprendió a esto último, pues entre los recuerdos de su infancia no se encontraba éste. Sólo fue dos años a la escuela: uno para aprender a leer y a escribir y otro para aprender a contar sin bailar los dedos. Fue vaquero, segador, albañil, tabernero... y en la mili, cocinero. Al licenciarse se colocó en una fábrica de pantys, de medias que decía él. Echaba muchas horas y los precios no crecían al compás del sueldo, pero en su casa se vivía con decencia, y si para conseguirlo tenía que hacer "chapuzas" los días libres, las hacía sin caérsele los anillos
por ello. Lo importante era vivir de su trabajo, como le habían enseñado sus mayores.
Murió el viejo dictador y como tantos otros recibió con una encendida ovación la arrolladora llegada de los demócratas que juraban y rejuraban cambiar de camisa al país. No sería imprescindible atentar contra la salud para ganarse el pan, se nivelaría la balanza de los sueldos y los precios, los trabajadores serían considerados y tratados como los pilares básicos para sostener el edificio de una sociedad moderna, justa, humana y digna. Pero tantos aplausos les trastornaron los ideales y también salieron rana. Para colmarse los bolsillos, convirtieron en oro el sudor del pueblo; para vestir mejor a sus amigos, desvistieron a los anónimos. Volvieron en sí las viejas mañas, los autóctonos vicios, las innatas picardías que la dictadura tenía sedadas para conservar aquellos sillones donde tan plácidamente se balanceaban, y las rosas de sus sueños se deshojaron en pocos otoños, pues del vago hicieron un señor y del currante un maldito, un apestado, una carga, un ser indigno que había que perseguir hasta exterminarlo.
Una mañana llegó a la fábrica de medias puntual y dispuesto como desde hacía más de veinte años.
—El vertiginoso descenso de las ventas de pantys de los últimos meses me ha tapado los ojos de trampas. Lo siento, pero no veo solución. Ayer presenté la quiebra en la delegación del ministerio correspondiente, y, si hoy me la aceptan, que, según todas las fuentes me la aceptarán, mañana cierro. Os indemnizo con un millón de pesetas contante y sonante y podréis cobrar el paro durante año y medio —dijo el dueño después de reunirlos en la sala de contrataciones, intentando convencer sin hacerles perder la compostura.
Sus compañeros acogieron la negra noticia con más gloria que pena. Uno se compraría un coche a tocateja, otro
quitaría la hipoteca del piso de un plumazo, otro se iría de luna de miel al Quinto Pino… todos vivirían del cuento dieciocho meses, y después, Dios diría.
Él, sin embargo, dudó de que algún día Dios hablara por y para ellos, como dudó de las razones del jefe.
—Usted miente, miente como un auténtico bellaco. La fábrica vende hoy más medias que nunca y está preparada para competir en cualquier mercado. Por un lado, las confeccionamos más bellas y mejores que nadie; por otro, no hay mujer que no las conozca y son las primeras en aconsejárselas a sus hijas en cuanto empiezan a usar¬las. Y no hablo por hablar, en el sótano he visto miles de pares almacenados, y en el archivo, cientos de reclamaciones de pedidos que no se han enviado. ¿Por qué se han fabricado tantas medias si no se pensaban servir? Aquí hay gato encerrado, y antes de verme en la calle sin razón por sus chanchullos, le juro por mis hijos que se lo saco en procesión por todo el país —dijo paseando nervioso por aquella sala que, paradójicamente, había sido creada para todo lo contrario, negándose en redondo a firmar la carta de despido.
Al día siguiente los periódicos publicaron la noticia con grandes titulares, como si se tratara de un triunfo del bien sobre el mal, de una hazaña digna de encomio.
"La fábrica de pantys Marilés cierra sus puertas por quiebra del negocio. Según su propietario no hubo problema con los empleados. Él pagará sus deudas con la subvención, también con ésta ellos serán bien indemnizados, y todos saldrán ganando. Con este cierre el gobierno da un paso más en su ambicioso proyecto de sanear las pequeñas y medianas empresas del país".
Collantes se apresuró a desmentir la noticia, a desenmascarar los hechos en las emisoras de radio. "Hoy se han vendido tres camiones de medias Marilés que saldrán al mercado con el nombre de la firma compradora, y para
ocultar la verdadera razón de su estancamiento, se han quemado todas las reclamaciones de los pedidos pendientes. De las ganancias cobrarán mis compañeros sus míseras indemnizaciones", decía un día. "Hoy se ha hecho efectiva la subvención oficial de la quiebra de Marilés, y con el importe, mi exjefe ha comprado la finca de «Vuelasalto» y la ha registrado a nombre del yerno de su mujer", decía otro. "Hoy, el dueño de Marilés, ha vendido la fábrica a una constructora, y aunque en la escritura reza que se la ha pagado a precio de hojalata, el encargado, los camareros y la clientela del Círculo Mercantil saben que la ha cobrado a precio de oro", llegó a denunciar incluso. Pero su voz no puso a nadie en pie, todo era amañosamente legal. Y rezumando cólera por todos los poros se fue a su casa como el gallo de Morón.
Su suegro lo recibió con un sermón de padre y muy señor mío.
—Nademos en aguas dulces, nademos en aguas saladas, los peces grandes siempre se comen a los chicos, y no será porque no me has oído decir mil veces que por de¬fender la verdad muchos perdieron la cabeza en la horca.
Su suegra, con una regañina de tres pares de narices.
—Has hecho el canelo, te has lucido por partida doble: por dar la cara y por no firmar, y no será porque no te tengo dicho que vale más un pájaro en la mano que ciento volando.
Su mujer, con los ojos húmedos y la voz quebrada.
—Pero ¿y ahora, de dónde saco yo ahora para dar de comer a mis hijos?
—De donde siempre, —respondió Collantes— del trabajo de su padre. En lo que yo me vista por los pies y tenga cinco dedos en cada mano mis hijos ni se morirán de hambre ni tendrán que comer de blancas limosnas oficiales.
Y dando media vuelta se fue a buscar trabajo.
Sus pies no se detuvieron hasta que sus manos no alcanzaron la puerta de la casa del ganadero para quien trabajó de niño, y tamborileó en ella con los nudillos.
—Vengo a pedirle trabajo, quiero cuidar sus vacas de nuevo —dijo con entusiasmo en cuanto el hombre apareció en el dintel—. Todavía sé ordeñarlas y aún no he olvidado cuáles son los mejores pastizales ni he perdido la facilidad de dormir sin perder de oído el "tolón—tolón" de los cencerros.
—Pues piérdela que ni para mí ni para otros volverás a ser vaquero —respondió el hombre asiendo la puerta en ademán de despedida—. Nos sacrificaron las vacas a cambio de mil duros por cabeza, dicen que producíamos más leche de la debida, que la leche tenía demasiada grasa, que la grasa es veneno para la salud... y aunque ninguno de nosotros comulgamos con esto, vivimos todos tan ricamente con el subsidio que además nos pasan hasta la jubilación.
Sin perder la esperanza se encaminó hacia la casa del labrador para quien trabajó después y pulsó el timbre con prisa.
—Vengo a pedirle trabajo, quiero segar sus trigales de nuevo —dijo con ilusión en cuanto el hombre abrió la puerta—. Todavía sé manejar la hoz con habilidad, hacer y atar los haces, llevarlos a la parva, trillarlos...
—Pues olvídalo que ni para mí ni para otros volverás a ser segador —respondió el hombre sacando tabaco—. Ya no sembramos trigo, segamos girasoles. Para nada sirven sus pipas, en balde giran sus hojas buscando el sol, solos nacen y solos mueren, pues son simplemente un pretexto legal para cobrar las subvenciones oficiales que nos permiten vivir sin dar golpe hasta la jubilación.
Sin perder tiempo en ninguna, recorrió todas las empresas de construcción.
—Quiero trabajar. Sé picar, encofrar, ensolar… todo cuanto debe saber un peón, todo cuanto debe saber un albañil, —repitió como un loro de una en una.
Pero de todos los encargados recibió la misma respuesta:
—Para aceptarle la solicitud, debe adjuntar todos los títulos.
Y él era maestro de todo y diplomado en nada.
Desesperado de tocar sin éxito tantos palillos hizo números para instalar un bar por su cuenta: veinte para género, quince de ganancias, treinta para alquiler, treinta y cinco de impuestos... y, ante tan evidente desequilibrio, tuvo que abandonar la idea.
Quemando los últimos cartuchos se presentó en los restaurantes de todos los centros oficiales.
—Quiero trabajar de camarero, de pinche, de cocinero, de fregón… de lo que sea y donde haga falta —decía angustiado, casi suplicando.
Y en todos le respondieron con la misma pregunta:
—¿Por quién viene usted recomendado?
—Por mi responsabilidad —respondía él.
Pero la responsabilidad sin un "enchufe" para conectarla no producía la suficiente energía como para funcionar.
Y haciendo de tripas corazón, hizo lo único que podía hacer: echar los papeles al paro.
Por fin llegó a la oficina del paro. El reloj de la plaza donde estaba ubicada desgranaba indolente las doce campanadas del mediodía. Por primera vez en su vida había sido impuntual. En lo alto de un edificio nuevo leyó: "Instituto Nacional de Empleo". Y sintió ganas de echar a volar para descolgar a mordiscos todas las letras, para tirarlas al suelo y escupir sobre ellas, para romperlas y pisotearlas hasta borrarlas del diccionario por embusteras, por insolentes, por traidoras. Se detuvo entre dos
interminables colas humanas, por calificarlas de alguna manera más o menos elegante: la de la izquierda avanzaba impaciente hacia la ventanilla; la de la derecha regresaba con alivio de ella. Racimos de hombres en paro, gajos de hombres triturados por hombres, semillas susceptibles de germinar en triquiñuelas ventajosas, zumo de ocio pro¬clive a nutrir el aire de traumas, de vicios, de dramas... De repente, sin darse cuenta, empezó a gritar:
—¡Devolved ese dinero, devolved ese dinero! —rogaba, imponía mirando a su derecha.
—¡No lo cobréis, vosotros, no lo cobréis! —rogaba, im-ponía mirando a su izquierda.
—¡Seguidme, seguidme! Vamos a exigir trabajo —ordenaba y volvía a ordenar con énfasis, con prisa, mirando alternativamente a un lado y a otro mientras rasgaba el sol con los brazos y con las manos ataba las cintas de sombra que sesgaban la claridad que a aquella hora había logrado vencer las brumas.
Pero nadie lo siguió, nadie le hizo caso; lo tomaron por loco y entre dientes murmuraron: "Para una vez que a cambio de nada nos dan algo..." Quiso huir de allí, intentó echar a correr. Le humillaba formar parte de aquella cola de vagos, de tramposos y de resignados. Pero la voz del empleado articulando su nombre y apellidos con autoridad lo acercó a la ventanilla sin contar con la cola.
—¡Tenga lo suyo, firme aquí y vuelva el próximo mes!
Nadie se molestó, nadie protestó; era un descanso quitarse de encima aquel palizas.
Ya en la plaza sacó del sobre los billetes y los contó: mil, dos mil, tres mil... treinta mil pesetas que le nublaron los ojos de lágrimas, que le encendieron las mejillas de vergüenza, que le quemaron las manos con tal virulencia que tuvo que soltarlas, y ante su dolor echaron a volar cual golondrinas ávidas de encontrar su verdadero nido. Una nube de niños con sus libros bajo el brazo se posó de
repente en el lugar. "¡Dinero, dinero!", gritaron alborozados, y cual lobos hambrientos cayeron sobre los billetes. Súbitamente pensó en sus hijos, también ellos tenían hambre de muchas cosas, también ellos necesitaban comer a diario. Enfurecido, se abalanzó sobre ellos, los dispersó a patadas, a puñetazos, a insultos... rescató sus billetes y echó a correr escondiéndolos, como si en lugar de querer robárselos, los hubiera robado él.
Entró en casa. Su familia lo esperaba impaciente, con la mesa puesta. Se sentó en silencio, en su sitio de siempre.
—Cuenta con mi pensión —le dijo su suegro.
—Para seguir adelante, me gasto la vista que me queda en hacer colchas de ganchillo —añadió su suegra.
—Me multiplico por mil y a fregar escaleras —terció su mujer.
—No hace falta que os sacrifiquéis tanto, no hace falta que os sacrifiquéis todos, —apostillaron sus hijos— invertimos nosotros los ahorros de la hucha en pañuelos de papel y nos vamos los domingos a venderlos al rastro. Con las ganancias volveremos a invertir, y a vender, y a comprar... Ahora se lleva mucho, muchos lo hacen. Y como nos pondremos pesados, negocio seguro.
Pero aquellos esquejes de ánimo no dieron en su espíritu ni una flor de tranquilidad. Al contrario. Intentaba comer para no preocuparlos, pero le fue imposible tragar bocado: los garbanzos se le quedaban en la garganta, la carne le amargaba, la fruta le daba náuseas... y para no vomitar allí, subió al desván.
Renegando de su suerte, maldiciendo a los artífices de su desgracia, se desplomó en el centro, sobre el suelo de tablas. Le dolía la cabeza de tanto pensar en el asunto. Su mentalidad no podía acomodarse en aquella situación. Él no sólo necesitaba trabajar para comer, también para sentirse útil, para no ser un parásito, una carga. En un arranque de ira, de desesperación, miró a su alrededor
como huyendo de la realidad, como buscando en algún punto solución, consuelo, fuerzas para seguir protestando, y sus ojos chocaron con un sinfín de objetos abandonados, cubiertos en su totalidad por un asfixiante manto de pátina.
Lo sabía de sobra, de sobra lo sabía. Sólo le quedaba un palillo que tocar: entrevistarse con el alcalde. Él era el representante de todos los estamentos oficiales, el de¬fensor más a mano de todos los vecinos, el responsable de impedir en la ciudad aquellos desmanes, aquellos atropellos, aquellas trampas. Pero las mil veces que había llamado a la puerta del ayuntamiento, las mil veces le ha¬bían dado con ella en las narices. Y sin una buena aldaba a la que agarrarse, ¿qué podía hacer él para exigirle su derecho?, se preguntó entre lágrimas, como intentando extraer la respuesta de los herméticos labios de las nubes de polvo.
Ante su infinita impotencia un ejército de soldados de plomo abandonó su cuartel de cartón.
—¡Ten, ten! Vete al ayuntamiento y exígeselo a punta de pistola —le dijeron con energía, ofreciéndole cada cual su metralleta.
Pero él era un hombre pacífico, enemigo de la violencia, y tanto se asustó que les dio orden de volver a acuartelarse.
No se había repuesto del susto cuando se le acercó burlona una máscara de carnaval.
—Ponte en huelga de hambre —le dijo—. No sé si será eficaz, pero está en boga y es legal.
Y de un soberano remeneo la volvió a colgar de su pivote oxidado.
—¡No, no! Esa forma de protestar, de rebelarme, de pedir, por muy lícita, por muy de ley que sea, no me con¬vence, no la entiendo, nunca la he entendido —mascu¬lló—. Te ponen al borde del hambre quitándote el trabajo,
y para hacer valer tus derechos, para exigirles que te permitan comer, dejas de hacerlo antes de que se te acabe el pan, antes de que se te vacíe la despensa. ¡Valiente majadería! Si me ciño a sus leyes, sólo lograré dos cosas: que¬darme sin salud y darles el gusto de librarse de mí antes de lo previsto. No. En esa trampa no cae este ratón. ¡Faltaría más! Prefiero comerme al alcalde vivo, a bocados si es preciso. Y que vayan tomando nota todos los cargos...
Y huyendo de tan absurdas soluciones se incorporó y cogió una bota de vino y su viejo acordeón, aquel acordeón que aprendió a tocar en la soledad de los campos, de niño, y a cuyos sones bailaban el burro con el sol, las vacas con las encinas, el perro con el aire y los pájaros con las flores. Le quitó con paciencia el grueso manto de telarañas, le afinó con dulzura todas las notas, lo cogió con cariño en brazos y bajó con él.
En cuanto dejó atrás la escalera de caracol los suyos le abordaron alarmados.
—No pensarás salir a pedir limosna, ¿verdad?
—¡Ni mucho menos! —les tranquilizó él— De salir, saldré a dar.
—¿A dar qué?
—La vara. ¿Qué otra cosa puede dar un parado?
Y empezó a preparar su huelga, su huelga de vino y baile.
Al día siguiente, en cuanto el sol puso los rayos en el horizonte, Collantes, con la bota de vino al hombro y el acordeón en brazos, se plantó en la calle. Antes de salir del porche echó un trago de tinto y empezó a tocar con más garbo que nunca. Lo que sus dedos extraían de aquellas lengüetas de metal, de aquel fuelle y de aquel teclado, no era una simple música para escuchar, eran canciones tan alegres, tan sonoras, tan pegadizas... que cabe decir que hasta los muertos se levantaban de las tumbas para bailarlas. Los primeros en oír la fantástica llamada fueron los
suyos, y sorprendidos, con los ojos hinchados, dando tumbos entre dormidos y despiertos se tiraron de la cama, se vistieron sin quitarse los pijamas, se atusaron las greñas con los dedos, y en ayunas y en zapatillas salieron de casa. Cuando Collantes los tuvo tras él dijo con energía: "¡Seguidme!". Y echó a andar sin dejar de tocar.
—¡Vuelve a casa, por favor, vuelve! ¿No ves que esto es hacer el carnaval en agosto? —le suplicaban, le hacían reflexionar y le ordenaban a la vez, abochornados de ir con aquellas pintas, montando aquel número, a aquellas horas y en aquel escenario.
Pero Collantes ni quería ni podía oírlos, siguió en sus trece y fue la curiosidad de los demás la que los hizo sentirse héroes en lugar de payasos, pues, a medida que avanzaban, el cortejo se multiplicaba. Los automovilistas, al verlos, aparcaban los coches y se volvían para seguirlos a pie; las amas de casa, que iban o venían de los supermercados, cambiaban de ruta para seguirlos con los carritos de la compra llenos o vacíos; los albañiles se bajaban de los andamios y con la paleta en la mano se iban tras ellos; los barrenderos dejaban de barrer y sin soltar la escoba tras ellos se iban. Hasta los guardias dejaban las esquinas y redoblando el volumen y las pitadas de los silbatos corrían para seguirlos, y tanto y tanto animaron al músico con su presencia, que, puerta pública que vio, puerta que abrió a pasodoble torero. De las iglesias salieron las beatas santiguándose, los monaguillos y los curas con los cálices en alto; de las peluquerías y de las barberías, las peluqueras y los barberos, las señoras con los rulos puestos y los señores con las barbas enjabonadas; de las tiendas, los dependientes, las cajeras con las calculadoras en ristre y los clientes con las bolsas a cuestas; de los bares, los camareros, los repartidores con las cajas de bebidas al hombro y la parroquia con las tazas de café en la mano; de los colegios, los conserjes, los
alumnos con los libros bajo el brazo y los maestros regañando; de los hospitales, los enfermos cuyo mal les dio permiso, las enfermeras con sus cofias y los médicos suplicando; del paro, los empleados, el director y los parados; de los lupanares, el alcohol, el humo y el amor humillado entre sus hombres y mujeres; de los parques, los ancianos con su soledad en brazos, los vagabundos arrastrando sus miserias, los turistas disparando sus cámaras fotográficas, los jóvenes derramando alegría, la pasión avivando brasas, la prudencia sofocando llamas... y con todo el vecindario apoyándole inconscientemente a la zaga, se plantó como un pino a la puerta del ayun¬tamiento.
"¡Tatararááá..!" siguió tocando con entusiasmo después de empinar la bota, y acabó de armarla: se rompieron las colas de ciudadanos que en el interior esperaban resolver algo, desaparecieron los empleados de las ventanillas municipales, y puestos todos en la calle, se unieron a los recién llegados y convirtieron la plaza en el más animado salón de baile.
—¿Qué santo festeja hoy la plebe? —preguntó el al¬calde asombrado, conteniendo las ganas de levantar anclas también.
—No es una fiesta, señor, es una huelga —respondieron los guardias que custodiaban la entrada—. El ciudadano Collantes le pide, le exige, que deshaga el entuerto de su fábrica, o lo que es igual, trabajo.
—Pues salgan inmediatamente y disuelvan la huelga.
—¿Cómo?
—A mordiscos si hace falta.
Pero cuando la voz de los guardias estaba a punto de entrar en uno de los oídos del músico para recomendarle que depusiera su actitud, los pies se les cambiaron de dirección y sin pretenderlo ¡plas!, se les mezclaron con los de los bailarines.
Avanzaba la mañana y el músico seguía echando pasodobles al baile sin más pausas que las precisas para aliviar la bota mientras los bailarines cambiaban de pareja. Molesto, el alcalde decidió marcharse. Ausente yo, se ausentará él, pensó, pero pensó mal. Lo que entró por sus ojos al salir le espantó la idea de coger el coche. Era imposible romper el cordón humano que se estiraba y se encogía delante de la cochera. Y en cuanto dobló la esquina a pie, Collantes, sin dejar de tocar, se fue tras él, y con la ristra de vecinos cantando y jaleándole detrás lo siguió por calles, callejas y callejones. Si se metía en una cafetería para despistarse, en la cafetería se metía él, bebían y bailaban los acompañantes, servían y aplaudían los empleados, y sólo cuando lograba huir por la puerta del almacén, el son del acordeón dejaba el local en paz; si se ocultaba en la nave de algún industrial, de la nave lo sacaba a acordeonazo limpio; si se escondía en el jardín de algún chalé, el imparable y alegre bochinche le hacía saltar la tapia... Después del mediodía consiguió entrar en su casa. Si yo vengo a comer, a comer se irá él, pensó, pero pensó mal. De codos ante la mesa vio los platos, los cubiertos, los vasos.., pero todo vacío. Pulsó el timbre y acudieron las domésticas con la sopa, la fuente de la carne, el cesto de la fruta y la jarra del agua, pero la música reclamó su presencia y lo dejaron a dos velas: repartieron la comida entre los huelguistas; el cabecilla puso el vino. Y sin preocuparse del estómago del señor, con delantal y todo se que¬daron al baile. Con las tripas en las rodillas se metió en la alcoba. Si yo me echo la siesta, la siesta se echará él, pensó, pero pensó mal. La música le abría los ojos, los cánticos le despegaban los huesos del colchón, el balcón era un colador de gritos, de carcajadas, de palmas... y aguan¬tándose las ganas de espantarlos a baldes de agua, se fue a cumplir con su agenda. Salió por la puerta de servicio para no ser ni olido ni visto, cuidando sus movimientos
cual ladrón que huye con el botín. Y en cuanto tocó calle echó a correr. Ante el menor ruido se paraba bruscamente, con un pie en el aire volvía la cabeza temblando, se tranquilizaba en parte, respiraba más o menos a gusto... bajaba el pie y seguía corriendo. A mitad de camino se en¬contró con una ambulancia.
—¡Lléveme al parque con urgencia! —ordenó al con¬ductor— ¿Acaso hay enfermo más grave que un alcalde que tiene que ir a pata y sin escolta a inaugurar una fuen¬te pública?
Pero el chófer se encogió de hombros.
—Lo siento, —le dijo— pero no puedo. Tengo que llevar en un par de minutos un botiquín de primeros auxilios a la verbena. Y como trabajo con un contrato a extinguir...
Y temeroso de que alertado el músico cambiara de pista, reanudó la carrera con más bríos, a más velocidad, con más miedo.
Llegó al parque y se vio solo, muy solo, ni el pueblo aplaudiendo, ni los de mantenimiento apagando y encendiendo luces, sólo los pájaros columpiándose de las ramas de los árboles. Llegaron las autoridades provinciales en sus coches oficiales y con sus respectivas esposas. Lo saludaron entre guiños y parajismos de sorpresa. Se hizo el tonto y subió al templete.
—La falta de tolerancia y la sobra de insolidaridad del más fanático de mis vecinos
—dijo como para disculpar¬se, esquivando sus miradas— me ha impedido recibirles como merecen Sus Excelencias...
Pero el eco de un acordeón quebró su voz y entre lágrimas vio lo que no podía creer. Llegó Collantes, lo desplazó a acordeonazos, hizo una pausa para empinar la bota, volvió a colocar los dedos en el teclado del acor¬deón y ¡tátararaaa!, las autoridades se unieron al pueblo para bailar y bailar hasta la medianoche, hasta la hora en que en¬traba en vigor la Ley Municipal del Silencio Nocturno.
Ya en casa, el alcalde cenó y durmió a sus anchas. Vistos los resultados de hoy, mañana ni pondrá los pies en la calle, pensó, pero pensó mal.
Al día siguiente, en cuanto el sol abrió los ojos, Collantes, con la bota y el acordeón a cuestas, abrió la puerta de su casa, y armó la de la víspera. Si entraba en un restaurante para comer a gusto, en el restaurante entraba él y adelantaba el baile a la comida; si salía de visitar a sus ancianos padres, tras él se iba con el cortejo a cuestas... y hasta las doce de la noche no se vio libre de aquel fantasma visible, de aquel estridente acompañamiento.
Y al día siguiente volvió a las andadas, y al otro, y al otro, y al otro... Y al séptimo, por fin, el alcalde puso una denuncia en el juzgado, y Collantes tuvo que comparecer ante el juez.
—Se le acusa de estar haciendo una huelga ilegal.
—Yo no hago huelga, hago fiesta.
—Se le acusa de manipular, de influir en los vecinos
para que le apoyen.
—Yo no llamo a nadie, a nadie invito; vienen ellos solos, ellos solos se apuntan. Y mi dinero me cuesta, que por cada taberna que paso, tengo que entrar y llenar la bota.
—Se le acusa de molestar intencionadamente al señor alcalde, de intentar romperle los nervios.
—Nada más lejos de mi ánimo, sólo pretendo que no se rompan los míos, para eso toco, para eso bebo... ¿Y acaso no es mejor distraerme así que sentarme a escuchar los malos consejos que el ocio me sopla al oído en cuanto me ve parado?
—Se le acusa de paralizar el municipio, de no dejar trabajar a los vecinos.
—Debe de haber algún error, son algunos vecinos los que no me dejan trabajar a mí. Y si quiere Su Señoría que aquí mismo le demuestre cómo se mueve el pueblo en cuanto yo toco el acordeón...
—¡No, no! ¡Déjelo! ¡No se moleste, no hace falta!
—dictaminó el juez.
Y ante la total ausencia de delito tuvo que dejarlo en libertad sin cargos.
Collantes reanudó la huelga, y como al grito de juerga se despiertan los dormidos, los vagos se desperezan, oyen los sordos y hasta los enemigos como amigos regresan, los huelguistas se multiplicaban como moscas, y como moscas a la miel se le pegaban.
Tal era el éxito de la hazaña, el apoyo que recibía de los demás, que, día tras día, de la mañana a la noche, siguieron, persiguieron al alcalde, él tocando, ellos bailando, todos cantando, aplaudiendo, bebiendo... hasta que a las siete semanas justas, harto el hombre de divertir sin divertirse, se lió la manta a la cabeza y cortó por lo sano.
Aquella mañana, el músico, con su bota, con su acordeón y con su propósito a cuestas, se plantó en la calle más temprano que nunca, pero a medida que avanzaba, más perplejo se quedaba. Ante la escasa algarabía volvía los ojos y sólo veía parientes, extranjeros, inocentes, furcias, borrachos, mendigos… seres sin oficio ni beneficio, ciudadanos libres. Y movido por una corazonada redobló el paso para indagar. Tocó una rumba a la puerta de un colegio, pero nadie salió a bailarla: los profesores habían encadenado las piernas de los alumnos a las patas de las mesas; tocó un vals a la puerta de una residencia de mayores, pero nadie salió a bailarlo: el personal había ensogado los brazos de los ancianos a los brazos de los sillones; tocó una jota a la puerta de un teatro, pero nadie salió a bailarla: el acomodador había pegado las ropas de los espectadores a los asientos de las butacas; tocó de todo en los vestíbulos de todos los centros, pero nadie salió a bailar nada de nada: el notario había precintado las puertas de todos los edificios, tanto públicos como privados. Recorrió las calles
desgranando pasodobles, pero ni el gato se movió para bailarlos: los guardias estaban entablillados a los semáforos, los guías de turismo a las columnas de la catedral, los barrenderos a los contenedores de basura... y ni corto ni perezoso se fue al juzgado, puso una denuncia y el alcal¬de tuvo que comparecer ante el juez.
—Se le acusa de obligar a los superiores, con amenazas de graves represalias, a reducir violentamente a los subordinados.
—Yo no he amenazado a ningún superior de nada prohibido, simplemente les he advertido que cumpliría la ley. Sus subordinados cobran por trabajar, no por andar de fiesta. Y ante tanta irresponsabilidad no he tenido más remedio que ponerme en mi sitio.
—Se le acusa de torturar a los ciudadanos, tanto físi¬ca como moralmente.
—Yo no he mandado matar a nadie y nadie ha muerto, simplemente he tomado medidas para evitar males mayores.
—Se le acusa de haber abusado de su autoridad tomándose la justicia por su mano.
—En mi nombre acudí a la Justicia, y la Justicia me desamparó ¿Qué otra cosa podía hacer, pues, para normalizar mi ciudad, que hacer uso de mi cargo?
Y ante la falta de argumentos y la sobra de evidencia, no tuvo más remedio que meterlo en la cárcel.
A poco de quedarse el sillón municipal sin alcalde electo se convocaron las terceras elecciones. Collantes, sin la despampanante bandera de ningún partido, sin el pom¬poso himno de ninguna ideología, haciendo valer simple¬mente sus derechos de ciudadano libre, se presentó a ellas con dos nítidas promesas en su programa: conseguir un empleo para él, e impedir que los demás perdieran el suyo. Y aunque los políticos se limitaron a reírse de la ocurrencia, las ganó por absoluta mayoría.
Y aunque nunca echa discursos en el balcón del ayuntamiento, y aunque jamás se deja fotografiar para salir en los periódicos, y aunque por nada del mundo organiza una cena oficial... los vecinos le pagan el sueldo en¬cantados, pues, por miedo a sus huelgas de vino y baile, nadie, nadie en el municipio ha vuelto a jugar con el pan de alguien.
María Jesús Sánchez Oliva
Relación de libros publicados por mi autora: María Jesús Sánchez Oliva. Pero antes quiero recordarte que por ser el primero de sus libros publicado me ha distinguido con este espacio en su blog del que me siento tan orgulloso como responsable.
“Garipil (1995)”.
Reseña: Garipil es un semáforo. Nace con una idea en la cabeza: decir a la sociedad que las máquinas como él nacen para estar al servicio del hombre, para ayudarle en todas las tareas que tiene que realizar, para hacerle la vida más cómoda, pero en ningún caso para suplirlo. Su mensaje es tan aconsejable para niños como para mayores.
“Letanías (1999)”.
Reseña: Letanías es una colección de historias breves pero completas. El libro ideal para los que quieren leer pero les falta paciencia para enfrentarse a libros con muchas páginas. Algunos de los relatos han sido premiados en distintos certámenes literarios.
“El rosario de los cuentos (2003)”.
Reseña: En los primeros años de la posguerra española, en un pueblo de Castilla, un cura de la época es incapaz de encauzar a sus feligreses por el camino recto a través del Santo Rosario, como era costumbre. Ante su fracaso decide transformar cada misterio en un cuento. El resultado son quince cuentos para niños de distintas edades. Cada cuento está ilustrado con una viñeta alusiva a la época. Este libro obtuvo el tercer premio en el Concurso de Cuentos Tiflos en su edición de 1996.
“Cartas de la Radio (2007)”.
Reseña: Cartas de la Radio es una colección de cartas o artículos de opinión escritas y leídas semanalmente en Onda Cero por María Jesús Sánchez Oliva durante cuatro años. Las cartas van dirigidas a políticos, ciudadanos de a pie, víctimas del terrorismo, instituciones, asociaciones, etc., y no pocas nos llevan a acontecimientos que siguen vivos en nuestra memoria.
“Cuentos de la Cigüeña (Soles y Lunas) (2014)”.
Reseña: Son doce cuentos escritos en verso con los que las mamás y los papás disfrutarán leyéndoselos a sus hijos y los niños aprenderán a amar la poesía a la vez que los cuentos.
“Los días perdidos (2018)”.
Reseña: En esta novela se narra la historia de Ara, una mujer que de forma inesperada tiene que enfrentarse a una ruptura matrimonial. El impacto la lleva a recluirse en su ático de soltera. Tras varios años de aislamiento, al salir de casa una mañana, la avería del ascensor la obliga a bajar andando todas las plantas del edificio. En cada planta se encuentra con una mujer que le cuenta su historia. Son mujeres muy distintas unas de otras, pero todas, por distintas razones, han perdido muchos días de su vida. Ya en la planta baja se encuentra con Daniel, el único vecino del edificio que también ha perdido muchos días inútilmente, y de forma espontánea los dos deciden no perder ni uno más. “Primer Premio Tiflos 2013”.
Para más información sobre los libros, hacer un comentario o simplemente saludarme, solo tienes que contactar conmigo a través de mi dirección de correo electrónico:
Garipil1995@gmail.com
Estaré encantado de responderte.
Gracias por tu visita y hasta el próximo número.
Firmado: Garipil.
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