Periódico publicado en su blog cada fin de mes por María Jesús Sánchez Oliva “Premio Tiflos 1996 y 2013”. Secciones: Portada. La Vitrina (libros). Mesa camilla (opinión). Cajón de Sastre El Álbum de la Lengua La Butaca (noticias positivas). Carta a… Cosas de Garipil (espacio de María Jesús). Y ya que has venido, entra en mi mercadillo. http://palabrascatetas.blogspot.com/
jueves, 30 de julio de 2026
PORTADA
Queridos lectores: Acaba de salir el número 137 de 30 días, mi periódico, tu periódico, el periódico de cuantos quieran leerlo.
NOTA IMPORTANTE
A partir de esta fecha (30-Y-2026) y a sugerencia de algunos lectores se agregan dos entradas al periódico: El juego de las preguntas. Consiste en hacer una pregunta (relacionada con la cultura generalmente) que los lectores pueden responder. Las respuestas y el número y nombre (pueden ser seudónimos) de los acertantes se comunicarán en el número siguiente, y a final de año, la persona que más aciertos haya tenido, podrá figurar como seguidora de honor en la portada. Y El mirador de la poesía. Consiste en publicar poemas de poetas consagrados, desconocidos o aficionados, que se consideren, claro está, aceptables. Las respuestas a las preguntas para concursar y el envío de poemas para ser publicados solo se recibirán en el correo electrónico de Garipil que figura al final de su sección “Cosas de Garipil”.
LO MÁS DESTACADO DE JULIO
LA VITRINA: El autor del libro que hoy se presenta para invitarnos a la lectura es Ousman, Umar.
EL JUEGO DE LAS PREGUNTAS: Respuesta a la pregunta anterior y pregunta siguiente.
MESA CAMILLA: Mal que no es de ahora, no mejora (Última entrada de julio en Salamanca RTV Al Día).
CAJÓN DE SASTRE: Infierno en Caracas.
EL ÁLBUM DE LA Lengua: La ese que siempre sobra.
LA BUTACA: Respuesta de la RAE (Información de la ONCE).
EL MIRADOR DE LA POESÍA: Me parecía mentira (María Jesús Sánchez Oliva).
CARTA a… a Adrián (niño salmantino fallecido durante la celebración del triunfo del Mundial 2026).
COSAS DE GARIPIL: Huelga de vino y baile (IX relato de Letanías).
Si has visitado cualquiera de las secciones, mil gracias; si las has visitado todas, un millón.
Volveremos a encontrarnos en el próximo número.
María Jesús Sánchez Oliva.
Seguidores de Honor:
Mónica Nuevo Vialás. Nacionalidad: española. 23-IV-2012.
Arturo Arias Terceiro. Nacionalidad: argentina. 12-VI-2012.
María del Mar Nuevo Vialás. Nacionalidad: española. 29-VI-2013.
Concepción Martín Martín (Conchi). Nacionalidad: española. 19-IV-2015.
Claudio Hernández Díaz (pintor). Nacionalidad: española. 30-VI-2020.
LA VITRINA
Queridos lectores: En este número soy yo el elegido para invitaros a leerme. Por si decidís aceptar mi invitación, me presento y os adelanto mi contenido.
Título: Viaje al país de los blancos
Autor: Ousman, Umar
Reseña: Mi nombre es Ousman Umar. Sé que nací un martes, no sé de qué mes ni de qué año porque en mi tribu eso no importa. Crecí en la sabana africana. Mi vida era feliz y sencilla, hasta que un día, entre juegos, vi un avión volar. Desde ese momento quise ser piloto, ingeniero, todo, menos negro.
María Jesús
Si abres mis hojas, abriré tus ojos.
MESA CAMILLA
Mal que no es de ahora, no mejora
En tan sólo unas horas los españoles hemos pasado de la risa al llanto como por arte de magia. Ya nadie piensa en el triunfo del Mundial 2026 que tan feliz nos hizo a todos, incluso a los que el fútbol es algo que ni nos va ni nos viene, ahora sólo podemos pensar en el pavoroso incendio que ha unido a tres provincias (Madrid, Ávila y Toledo) y ha convertido el centro de España en un auténtico infierno. Basta ponernos en el lugar de los miles de familias que han tenido que dejar sus casas, sus negocios, sus animales y no saben qué se encontrarán al volver, en los profesionales, vecinos y voluntarios que se están jugando la vida para evitar que la pierdan los afectados, en las autoridades, sobre todo en los alcaldes y las alcaldesas de los pequeños municipios, que siguen luchando por controlar la difícil situación, para echarnos a temblar. La que no parece en absoluto preocupada es la presidenta madrileña: haciendo gala de su lenguaje de bar de pueblo ha calificado de mamarracho a öscar Puente, ministro de Transporte. Fue su respuesta al ministro que, en un tuit, después de la declaración de emergencia nacional por los incendios, aún activos y con más ganas de crecer que de menguar, escribió: “Tenemos todos claro que la UME (Unidad Militar de Emergencia) es ya el nuevo servicio de extinción de incendios de las comunidades autónomas
gobernadas por el PP. Ellos reducen impuestos a los ricos, jibarizan los servicios públicos y luego le piden al Gobierno que les resuelva la papeleta”. Es evidente que el Gobierno no ha puesto pegas para ponerse al frente, ni ha escatimado medios materiales, ni ha escatimado medios personales, y gracias a esto y no a un milagro de momento el incendio no se ha cobrado ninguna vida, pero le guste o no le guste a la presidenta el ministro tiene razón: las comunidades autónomas gobernadas por el PP luchan por conseguir competencias, pero una vez que las asumen se olvidan de la sanidad, de la educación, de la justicia, de los servicios esenciales y sólo tienen dinero para multiplicar las fiestas, pagarnos el autobús a todos para ir de compras y subvencionarles a los jóvenes historias que llaman cultura. ¿Habrían sido tan trágicas como fueron las consecuencias de la DANA de Valencia, del abandono de los mayores en las residencias de Madrid cuando la pandemia y de los incendios de la Culebra en Zamora del verano pasado si el PP hubiera apoyado el pacto de Estado que Pedro Sánchez lleva tiempo reclamando para estos casos? Pues si nos remitimos a las pruebas está claro que no, y si ahora, tanto Feijóo como Mañueco, no aprovechan esta tragedia, como la ha aprovechado la Ayuso, para desgastar al Gobierno a golpe de insultos y de reproches de cosas que ellos tienen de sobra para avergonzarse, no es porque hayan cambiado, que mal que no es de ahora, no mejora, es porque las llamas impedirían que pudiéramos oírlos. Por lo tanto, si de verdad los ciudadanos queremos defender los derechos que tanto nos ha costado ganar, tendríamos que empezar por pensar en la mayoría a la hora de votar, no en nosotros mismos, y elegir a nuestros gobernantes, sean del color que sean, por lo que han hecho, no por lo que nos cuentan que van a hacer.
María Jesús
27-VII-2026
EL JUEGO DE LAS PREGUNTAS
Pregunta y respuesta anterior:
El 23 de octubre de 1940 Hitler y Franco se reunieron en Hendaya para negociar la entrada de España en la II Guerra Mundial. ¿Cómo se llamaba el vagón del tren donde tuvo lugar la histórica entrevista?
Respuesta: Érika.
Jugadores: Ninguno.
Pregunta siguiente: ¿Qué sucedió el 10 de octubre de 1582?
Las respuestas a:
garipil1995@gmail.com
CAJÓN DE SASTRE
Infierno en Caracas: la historia de José Breijo, el único preso político uruguayo en Venezuela
Es del Cerro, viajó a dedo a Venezuela en 1979 y trabajó como gerente hotelero. Más de cuatro décadas después, tomó una foto que lo llevó a la cárcel: lo acusan de terrorismo y “traición de la patria”. Le ocuparon su apartamento y vivió en un pasillo.
De pronto un temblor. Se movía todo: paredes, piso, techo, ventanas, los pocos muebles que había en la sala. José Ricardo Breijo Fedorchenko estaba sentado en la cama, hablando por teléfono con un amigo de Massachusetts, Estados Unidos, cuando el terremoto del 24 de junio lo sorprendió.
—Polo, está temblando... ¡está temblando! —gritó, mientras el polvo caía. Y ahí vio cómo se rajaban las paredes.
Breijo no sabía si quedarse quieto cruzando los dedos para que el techo no se viniera abajo o si apurarse a evacuar el viejo edificio, como estaban haciendo muchos de sus vecinos. ¿Pero realmente podía salir? A sus 72 años recién cumplidos y con varios problemas de salud arriba, le cuesta moverse. Claro, ese no era el tema principal, sino otro: ¿lo volverían a llevar preso?
Él no puede moverse de su apartamento sin una autorización judicial. Un mes antes había salido de la cárcel de Tocuyito, donde se calcula que están hacinados unos 2.000 venezolanos, muchos presos políticos
Breijo venía de pasar los dos peores años de su vida. El mismísimo infierno.
—Acá los vecinos se pasaron afuera esas primeras horas, en la puerta del edificio, y yo decía “si se va a caer, es lo mismo afuera o adentro” —recuerda en su apartamento del barrio Bello Monte, de clase media—. Me meto y duermo bajo techo. Recién en la noche volvió la luz y al otro día me enteré bien de todo lo que había pasado.
Vista aérea de edificios derrumbados en Caraballeda, estado de La Guaira, Venezuela, el 30 de junio de 2026, tras los terremotos.
Vista aérea de edificios derrumbados en Caraballeda, estado de La Guaira, Venezuela, el 30 de junio de 2026, tras los terremotos.
Foto: AFP.
En el apartamento ahora hay una cama, unos gastados sillones estilo Luis XV, una mesa ratona y otra un poco más alta. También una heladera. Algunas cosas se las prestaron, otras quedaron de quienes ocuparon su casa mientras él estaba tras las rejas.
Breijo es el único uruguayo preso por razones políticas en Venezuela, al menos por lo que saben las organizaciones de derechos humanos y la Cancillería uruguaya. Porque todavía está preso, en su apartamento, con domiciliaria: casa por cárcel le llaman en Venezuela.
A la decadencia general del apartamento —cortinas sucias, paredes descascaradas, por lo que se ve en las imágenes enviadas por las agencias de noticias— ahora se le suman las fisuras. Aunque Breijo tuvo algo de suerte esta vez: el edificio, antiguo, no fue de los que sufrió mayores daños por los temblores.
—El edificio es del año 46. Pasó el terremoto del 67, que fue igual a este último, donde se cayeron un montón de edificios. Y ahora aguantó este —cuenta Breijo—. Pero ya con las paredes rajadas de los 14 apartamentos. Ayer estuvimos chequeando. Estamos esperando la inspección de los bomberos, que nos dirá si podemos seguir habitando el edificio. Pero si me dicen que no me puedo quedar, ¿dónde voy? ¿Abajo de un puente?
Pared de la casa de José Breijo
Pared de la casa de José Breijo, tras el terremoto.
Del Cerro al negocio hotelero en Venezuela, la vida de José Breijo
Para contar la historia completa de José Ricardo Breijo Fedorchenko hay que remontarse a 1979, cuando emigró a Venezuela. Era un muchacho del “glorioso Cerro” que quería respirar aires de libertad. Se fue joven, con 24 años, pero antes llegó a trabajar como guarda de Cutcsa en el 185 que unía el Frigorífico Nacional con Pocitos. También hacía changas en Punta del Este, donde pintaba apartamentos. Un verano conoció a una argentina, se enamoraron y decidieron irse a Venezuela. Atravesaron a dedo todo el continente.
—Hicimos autostop y toda esa vaina, viajamos tres meses.
—¿Emigró por razones políticas o económicas?
—Ambas dos. En el 73, cuando cumplí 18, me detuvieron por las revueltas estudiantiles y estuve preso un par de meses. Me llevaron al Departamento de Investigaciones e Inteligencia número 5. Nos agarraron a 12 o 13 muchachos del Cerro. Y quedás marcado. Me tenía que presentar a firmar... Le agarrás cierta bronca al país. Bueno, yo me fui y nunca volví.
—¿Nunca?
—No podía escuchar la palabra Uruguay. Muy mal, muy mal —dice con un acento bien uruguayo que parece que hubiera emigrado ayer.
Entonces aclara:
—El acento no lo perdés... Pero si estoy entre venezolanos hablo con acento venezolano.
Dos personas ayudan a José Ricardo Breijo a subir una escalera, en el edificio donde vive en el barrio caraqueño Bello Monte.
Dos personas ayudan a José Ricardo Breijo a subir una escalera, en el edificio donde vive en Caracas.
Foto: AFP.
Su pareja era psicopedagoga y consiguió trabajo rápido en la Universidad de los Andes en Mérida, una ciudad universitaria en el medio de las montañas. Tuvieron un hijo pero tiempo después se separaron. Hoy su hijo no vive en Venezuela.
Breijo había empezado a trabajar como cocinero en la cadena hotelera Hilton. Un jefe de cocina le dijo: “mira, si quieres seguir ascendiendo, vas a tener que presentar papeles, vas a tener que estudiar”. Le hizo caso, viajó a Medellín a estudiar hotelería en la Universidad Externado de Colombia. Y ese fue el trampolín a una vida laboral en hoteles. Ocupó cargos de gerente en República Dominicana, Isla Margarita, el Amazonas, Mérida y Caracas.
—Me pasé toda la vida en la hotelería, de arriba para abajo, más que nada administrando alimentos y bebidas.
Pero a inicios de este siglo el negocio de los hoteles se entró a complicar en Venezuela:
—Yo estaba en Margarita en el 2002, creo que fue, cuando se cayó la oferta hotelera. Nadie quería venir a Venezuela —dice, en referencia al impacto por la crisis política, social y económica que atravesaba el país, incluyendo un intento de golpe de Estado.
Dejó el hotel y se fue a Caracas, de donde no se ha movido y ha vivido una verdadera montaña rusa. Primero compró una “fabriquita de chocolates” con sus ahorros, pero después vino una crisis de insumos, tuvo que despedir a los seis empleados y cerrar. Entonces instaló una deshidratadora de frutas y verduras. Por unos años se dedicó a eso, hasta que también la cerró y empezó a vivir del alquiler del local más la jubilación. Y cada mes recibe una bolsa con alimentos que envía el gobierno: cuatro kilos de arroz y de pastas, un litro de aceite, un kilo de azúcar, cuarto kilo de café, a veces manteca, ketchup, mayonesa. Dice que le sobra y una parte la regala a vecinos con familias numerosas. A fin de año el gobierno manda un trozo de “cochino”; nunca se sabe qué parte es porque “parece que la pica un carpintero”, dice a las risas.
—Usted vivió el auge y la decadencia del chavismo.
—Sí, sí, sí. Al principio (Hugo) Chávez prometió mucho, tenía un gran equipo. Los mejores profesores de las mejores universidades, los mejores científicos. Había unos proyectos fabulosos. Nos enamoró. Pero luego vino (Nicolás) Maduro y quitó a todos los que servían. Todo se vino abajo... hasta llegar al punto donde estamos ahora; la represión es impresionante, no podemos ni hablar. Hizo un sistema de denuncias: cualquiera puede denunciar a su vecino. Y después creó las fuerzas bolivarianas, donde hay muchos malandros que están haciendo desastres. Cuando a mí me pusieron preso en el 2023, lo primero que hicieron fue meter gente en mi apartamento. Como yo vivo solo, entraron. A miles le han quitado las casas, los autos... Y tuvieron que venir los gringos, algo que uno nunca quiso. Yo me quejo de la lentitud con la que Marco Rubio y Donald Trump hacen las cosas. Todavía hay muchos presos políticos. Nosotros necesitamos el cambio urgente. ¿Por qué no hay elecciones? El presidente falta desde el 3 de enero.
—Pero la cosa está mejor que antes del 3 de enero…
—No, esto está cada vez peor.
¿Cómo cayó preso José Breijo?
El 7 de octubre de 2023 Hamás llevó adelante una incursión desde la Franja de Gaza hacia el sur de Israel. Murieron 1.219 personas, tomaron 251 rehenes y empezó una guerra.
Breijo conocía un lugar en Caracas donde entraba gente que él pensaba estaba vinculada a organizaciones terroristas de origen islámico.
—La Unión Europea había acusado a Maduro de proteger a los terroristas. Y Maduro lo negaba. Entonces fui a ese lugar y saqué una foto en una oficina vacía, no había nadie, pero encontré una bandera en la pared.
—¿Una bandera de quién?
—Una bandera no sé de quién carajo. No era de un país, era de un movimiento. Tenía fondo verde con una inscripción árabe en rojo; nunca supe qué decía.
—¿La oficina dónde estaba?
—Una oficina que yo conocía, donde se reunían ellos —dice Breijo, quien evidentemente no quiere proporcionar información demasiado concreta—. El runrún de las demás oficinas cercanas era que ahí se reunía Hamás, Hezbolah y todo eso. Saqué una foto y más nada.
El relato sigue así:
—Quise mostrar la foto a un rabino para que viera que era mentira lo que decía Maduro. Esta es la prueba, pensé. No logré hablar con el rabino, sino que un (supuesto) vigilante privado que estaba en la sinagoga me dio el número de teléfono. Llamé. Me citaron en una panadería a tomar un café. Fui y cuando mostré la foto, me pusieron las esposas y me llevaron preso. No era el rabino, me habían pasado el teléfono de un policía.
La policía se quedó con el celular de Breijo, donde estaba la foto. En una entrevista con la agencia AFP, Breijo relató que necesitaba 1.500 dólares para un cateterismo y pensó que podía vender la imagen para pagar la cirugía.
José Breijo en su apartamento en Caracas
José Breijo en su apartamento en Caracas.
Foto: AFP.
¿En qué lugar tomó esa foto? “No sé si era una oficina, nunca nos especificó qué era”, dice la activista uruguaya Giuliana Brandi, quien ha seguido de cerca el caso de Breijo ya que es coordinadora desde Uruguay de la fundación Familia SOS Libertad formada por familiares de presos políticos, y también colabora con la ONG Justicia, Encuentro y Perdón, que difunde violaciones a los derechos humanos en Venezuela. ¿Y la bandera? “Nos dijo que tenía inscripciones árabes, pero no sabemos si de Al Qaeda o algo así”.
Al principio lo imputaron por los delitos de terrorismo, asociación para delinquir y traición a la patria.
—Pero luego me retiraron terrorismo, porque yo no actué con armas ni a la fuerza. Asociación para delinquir también me lo quitaron, porque nunca me asocié con nadie, trabajé solo —relata Breijo—. Y quedó traición a la patria.
Hay poca información y, aunque parezca raro, los abogados aún no han podido acceder al expediente. Por eso mismo, la versión que da uno de sus abogados es algo diferente.
Erik Camargo trabaja desde hace varias semanas en el caso junto al abogado Eduardo Torres, a pedido de la ONG Frente de Defensa Norte de Caracas, liderada por el activista y periodista Carlos Julio Rojas. Dice que a Breijo se lo acusa de “terrorismo y conspiración para cometer actos de terrorismo”: la propia boleta de excarcelación incluye la mención a ese delito. Pero “no se han presentado evidencias de acto terrorista ni con quiénes estaba coaligado, no hay otros imputados en el caso”; él “es inocente y esto es todo un absurdo”. “Aquí te pueden meter preso por cualquier cosa”, admite.
José Breijo en el pasillo de su edificio.
José Breijo en el pasillo de su edificio.
Foto: AFP.
Breijo estuvo un año y poco en un retén carcelario en la zona de San Agustín en Caracas y luego en Tocuyito, a dos horas de la capital. Hay denuncias sobre fuertes violaciones a los derechos humanos en esa cárcel.
—Yo estaba en una celda pensada para 60 personas. Éramos 216. Imagínate: para sentarme, otro se tenía que parar. Para acostarme, se tenían que mover dos. Si me paraba contra la pared, molestaba. Era una tortura
—¿Qué fue lo peor de la cárcel?
—Las noches, primero porque me costaba dormir y segundo porque entrabas en un ambiente rarísimo, por ejemplo te daban clases de cómo matar y luego desmembrar a alguien. Porque en la cárcel hay un cochino, un cerdo enorme que parece una vaca, que es el que se come a los muertos. Tú tienes un problema con alguien, vas a un duelo o lo cagas a piñazos y lo matas, lo picas en pedacitos y se lo das al cochino. Y el cochino lo come todo.
En la celda se encontró con “un viejito” al que le decían “el presidente”, preso desde hace ocho años. Se perdió el expediente y nadie sabe por que está:
—Él dice que lo denunció el hermano para quitarle la casa, porque la querían vender. Tú le das unos pesos a un policía y te mete preso, y te pudrís. Estuve con un muchacho de 21 años, que lo agarraron a él y a la madre en un supermercado porque la madre se quejó de los precios que estaban aumentando.
José Breijo en el pasillo de su edificio.
José Breijo en el pasillo de su edificio.
Foto: AFP.
¿Breijo es preso político? En un parate en una larga jornada de ayuda a ciudadanos afectados por el terremoto, el abogado Camargo dice que sí porque ser preso político “no necesariamente implica que sea activista social o político, sino simplemente son personas que hacen cosas que a los funcionarios les parecen sospechosas o las consideran prohibidas” como tomar una foto a una bandera. Dice que “no hay ningún artículo del Código Penal que establezca que tomar una fotografía se pueda imputar como delito” y que se trata de un caso más de detención arbitraria. Algo parecido piensa Carlos Julio Rojas (“meten preso a un abuelo, acusado de terrorismo por tomar una foto de una bandera con inscripciones árabes, lo están metiendo preso por razones políticas; él no cometió ningún delito) y la activista Brandi, aunque en este caso ella dice que la organización que coordina prefiere hablar de una “detención arbitraria” porque no se le siguió el “debido proceso”. “No sabemos bien qué foto sacó, no sabemos si es preso político”, matiza.
Breijo se enfermó en Tocuyito. Sufrió un edema pulmonar y ulceras en las piernas, por lo que fue trasladado a la enfermería.
—Por eso soporté. Yo venía de pasarlas verde. Ahí en la enfermería estaba en una salita con tres camas. Pedía agua y me llevaban. Me trataban muy bien. ¿Cuál era el problema? Los médicos estaban de brazos cruzados porque no tienen ni una aspirina. Por eso yo debía comprar todo para las curas, igual que mis medicinas. Pero los medicamentos solo entran los jueves y los viernes: si necesitas algo el martes tenés que esperar.
Breijo cuenta que “estuvo muy mal” de salud y que le dieron la libertad el 24 de mayo, tras más de dos años preso, por miedo a que se muriera en el penal. Eso sucedió en medio de la amnistía impulsada por la presidenta encargada Delcy Rodríguez, bajo presión de Washington tras la captura de Nicolás Maduro. Breijo al principio pensó que quedaba libre sin cargos pero no: era prisión domiciliaria.
ANTECEDENTE
El caso de Fabián Buglione
El 18 de julio de 2025 el uruguayo Fabián Buglione fue liberado tras permanecer nueve meses detenido en Venezuela y pudo retornar a Estados Unidos, donde vive. Buglione había ingresado a Venezuela el 19 de octubre de 2024 para visitar a su pareja: le envió un mensaje por WhatsApp diciéndole que lo habían detenido “en el puente”, el Atanasio Girardot en la frontera entre Colombia y Venezuela. Poco después hubo otro mensaje en el que le adelantaba a su novia que los uniformados le dirían cómo seguiría su situación, y a partir de allí su celular se apagó, según reconstruyó El País en aquel momento.
Cuando José Breijo volvió a su casa
La Policía lo dejó en la vereda en la puerta del edificio. Con la ayuda de vecinos, ya que le costaba moverse, entró y se encontró con algo inesperado: el apartamento estaba ocupado.
—El policía que me metió preso puso acá a una familia. Es una práctica policial muy común: te agarran por la calle, te hacen un montón de preguntas y, si se dan cuenta que vives solo, te mandan a la cárcel y te quitan la casa.
Breijo quedó en un pasillo en la puerta de su apartamento y, pensó, “si viene el tribunal y yo estoy acá, voy preso otra vez”. El cónsul uruguayo en Caracas, Fernando Sotelo, concurrió al edificio y mantuvo una conversación con Breijo, dicen fuentes de Cancillería a El País.
El caso se mediatizó gracias al trabajo de activistas y organizaciones de derechos humanos: se viralizó su foto con una cama en el pasillo del edificio.
—Las organizaciones denunciaron al policía y al final me devolvieron el apartamento. Dormí tres días en el pasillo.
José Breijo en su apartamento en Caracas
José Breijo en su apartamento en Caracas.
Foto: AFP.
En la madrugada del 27 de mayo un grupo de personas que se identificaron como personal de Presidencia de la República y de la Defensoría del Pueblo, según el relato de Cancillería, se presentaron en el domicilio de Breijo, abrieron la puerta del apartamento, “el cual se encontraba prácticamente vacío”, y le entregaron la llave. Estos hombres llegaron armados en camionetas de alta gama, “entraron, sacaron algunas cosas del invasor, metieron al señor José y se fueron”, cuentan los activistas que asesoran a Breijo.
Él volvió a un apartamento “totalmente desvalijado y destruido”, dice Rojas, ya que el policía del Grupo de Operaciones Estratégicas (GOES).
Breijo tiene prohibido salir del apartamento pero no le pusieron tobillera ni hay custodia policial. Se supone que al menos deberían pasar policías a constatar que él está en su casa; eso nunca ha sucedido. El cónsul le entregó un paquete con artículos de uso personal, como toallas, sabanas, almohadas y artículos sanitarios y coordinó con el entorno de Breijo respecto a las revisiones médicas.
Cancillería dice que el cónsul sigue en contacto hasta el día de hoy. Breijo, en tanto, cuenta que hace una semana que no ve al cónsul, que está atareado con la asistencia a compatriotas afectados por el terremoto.
—Yo le pedí al cónsul que me echara una manito para pagar un abogado, pero me dijeron que ellos no se metían en nada. Lo mismo me dijeron en Cancillería: son problemas de Venezuela.
Breijo estaba muy débil. Había pasado de pesar 120 a 62 kilos, con desnutrición severa, y estuvo hospitalizado casi tres semanas:
—Llamaron a una ambulancia y me mandaron a una clínica privada pagada por el Estado. Hubo un momento en el que yo no hablaba y casi no comía. Caí en un sopor y me debilité mucho. Estaba entre algodones, creo que iba camino a esa luz blanca al final del túnel. Pero en la clínica me rescataron, me revivieron
El 16 de junio recibió el alta médica y volvió su casa.
La causa judicial contra José Breijo en Venezuela
El tribunal 13 contra el terrorismo llevaba la causa contra Breijo. Pero cuando los abogados tomaron el caso a mediados de junio se enteraron que estaba siendo cambiada a otro tribunal. “El viernes 19 la causa cae en el tribunal tercero de ejecución”, relata Camargo, “lo que implica que ya hubo una sentencia. Pero el señor Breijo ni siquiera ha tenido audiencia judicial. ¿Cómo sin seguir el debido proceso se ha llegado a una sentencia?”. El tribunal ha negado la información a los abogados y tampoco han podido acceder al expediente.
Ante esta novedad, el abogado le preguntó a Breijo cómo habían sido las condiciones de excarcelación, donde estuvo solo con los funcionarios policiales y del tribunal. “Y él nos dijo que firmó varios documentos. Yo le pregunté si los leyó y él me aseguró que no leyó nada porque quería salir y pensaba que le estaban dando la libertad. Pero resulta que no; era casa por cárcel”, dice Camargo. “Pareciese que a Breijo le hicieron firmar la admisión de culpabilidad de los hechos. Y entonces por eso se pude inferir por qué la causa ha sido trasladada a un tribunal de ejecución de sentencia. De ser así, deberíamos apelar por la violación del debido proceso desde el principio”.
Esto implicaría que no habría juicio y que se saltarían las audiencias, lo cual es ilegal. Breijo, mientras tanto, aguarda la citación para ir al tribunal.
—Por ahora usted no es libre. ¿Espera que lo absuelvan?
—Yo creo que sí. El caso les está quemando un poquito. Soy una piedra en el zapato. Si no me liberan, estaré cumpliendo la pena hasta que caiga el gobierno. Ahí soltarán a todos los presos, entre ellos yo.
—O sea que está esperando.
—Sí pero ningún tribunal me comunicó nada. Es como que no existo.
Las cifras actualizadas de presos políticos en Venezuela
El último informe de la ONG Foro Penal registra 404 presos políticos en Venezuela, 39 de ellos con nacionalidad extranjera o doble nacionalidad. De los 404, 369 son hombres y 35 mujeres. En cambio, la asociación civil Justicia, Encuentro y Perdón registra 676 presos, entre ellos 34 extranjeros.
Hasta ahora 8.616 presos se han beneficiado de la amnistía decretada por el gobierno de Delcy Rodríguez, según el chavismo, una cifra difícil de verificar. La inmensa mayoría eran personas que estaban en libertad pero sometidas a medidas cautelares restrictivas, según informó El País de España. Solo 314 personas salieron efectivamente de la cárcel, según el oficialismo. Organizaciones independientes reducen esa cifra a 110.
¿Cómo ha sido el proceso de liberación de presos? “Lo digo directamente como expreso político: nos ven como fichas de cambio, de canje”, dice a El País el activista y periodista Carlos Julio Rojas de la ONG Frente de Defensa Norte de Caracas. “Hay muchos presos políticos invisibilizados. Casos como el del señor José Breijo”, dice Rojas.
Y agrega que el caso de Breijo no es aislado en Venezuela, “es una política de estado de violación a la propiedad privada, de hostigamiento y represión contra los presos políticos; les vacían las cuentas bancarias, les quitan las propiedades y además hay otros fenómenos como policías que terminan invadiendo propiedades a abuelos”.
EL ÁLBUM DE LA LENGUA
La "s" que siempre sobra...
Si eres de los que dicen: "¿Comistes paella?" o entonan la canción de Gilda así:
"Fuistes mi vida, fuistes mi pasión; Fuistes mi sueño, mi mejor canción; Todo eso, fuistes, pero perdistes", que sepas que andas metiendo una "s" de más.
Y es un error muy común.
La segunda persona del singular (tú) del pretérito perfecto simple del indicativo (fuiste, hiciste, comiste, perdiste, caíste, viste, metiste, etc.) nunca termina en -s.
El problema es que suele confundirse porque en casi todas conjugaciones y tiempos verbales, la segunda persona del singular sí termina en s, como en comes, comías, comerás, comerías, comieras.
LA BUTACA
El 6/7/2026 a las 18:47, la ONCE informó:
> La RAE modificará la acepción de 'leer' en el Diccionario para incluir la lectura del sistema Braille
> MADRID 3 Jul. (EUROPA PRESS) -
> La Real Academia Española (RAE) adecuará la definición del término 'leer' en el Diccionario de la Lengua Española (DLE) de forma que tenga en cuenta a las personas con ceguera o discapacidad visual que utilizan el sistema Braille.
> Según un documento al que ha tenido acceso Europa Press, la RAE tiene programado incluir esta nueva acepción en la próxima actualización del Diccionario.
> Actualmente, el término 'leer' se define en el DLE como "pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados", y con la próxima actualización, se definirá como "interpretar, utilizando para ello la vista, el tacto u otros medios, los signos empleados en un texto escrito".
> De esta forma, la RAE responde positivamente a una propuesta que hizo la ONCE a comienzos de año, con motivo de los 200 años del braille, y coincidiendo con la próxima declaración del Braille como patrimonio cultural inmaterial de la Unesco.
> El pasado mes de enero, fuentes de la RAE señalaron a Europa Press que la petición había "llegado" y estaba siendo "estudiada por el Instituto de Lexicografía (ILEX) de la RAE".
> La ONCE explicó entonces a Europa Press que realizaban esta petición al considerar que la definición actual es "excluyente" y que "deja fuera a quienes leen con el tacto y caracteres braille".
> Según la ONCE, está "ampliamente demostrado" que, tanto por medio de la vista como por medio del tacto se realiza la misma acción y se consiguen los mismos efectos: "comprender la significación de los caracteres empleados". Además, añade que estudios neurocientíficos han corroborado que ambos tipos de lectura activan los mismos mecanismos cerebrales.
> Según el último Informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en el mundo, al menos 2.200 millones de personas tienen ceguera o discapacidad visual. Además, según la ONCE, actualmente, más de 285 millones de personas ciegas en todo el mundo utilizan el sistema de lectoescritura braille para acceder a la educación y la cultura de forma autónoma.
> El sistema braille está compuesto por seis puntos con 64 combinaciones que se usan para componer letras y números, escribir en cualquier idioma, leer partituras o anotar partidas de ajedrez. En 2018, la ONU proclamó Día Mundial del Braille el 4 de enero, fecha del nacimiento de su creador, Louis Braille (1809-1852).
EL MIRADOR DE LA POESÍA
Me parecía mentira
Me parecía mentira
que a galope sobre mayo
se fatigara la Vida
y abandonando el caballo
se sentara en otra silla.
Me parecía mentira,
y ayer, en tu corazón,
la vi sentarse abatida,
cansada, rota, vencida,
enervada de calor.
Se cansó de dar sus pasos
por el campo de tu frente
y de recorrer tus senos
a través del tierno puente
con barandas de luceros;
de juguetear a perderse
por el bosque de tus dientes
y de atrapar caracoles
en los mares de tu vientre
sin importarle las rocas;
de navegar por tus ríos
con su bandada de barcos
sin anclar en ningún sitio
y de darte el dulce vino
hasta emborracharte de años.
Me parecía mentira,
siendo tú casi una niña
y ella tan viva y valiente,
que los chorros de tus risas
no surcaran más sus fuentes;
mas, ayer, ¡qué desengaño!,
a galope sobre mayo
también se cansa la vida
y busca cualquier regazo
para quedarse dormida.
María Jesús Sánchez Oliva.
Poesía es sentir hondo, pensar derecho y hablar cantando
CARTA A...
20-VII-2026.
Querido Adrián: Ayer España y Argentina se disputaban el título de campeón del Mundial 2016 en Nueva York y como todos los niños, disfrazado con la camiseta del mundial, trompeta en mano y bandera de España en alto, te fuiste con tus amigos a la plaza para seguir el partido en la pantalla que, como todos los ayuntamientos de España, el de tu pueblo había instalado y disfrutaste de lo lindo cuando un gol a última hora hizo que España se alzara con la copa de campeona, pero poco duró tu alegría porque ya en la fuente donde se celebran estas victorias, parte de uno de los muros se te cayó encima y ahogó los aplausos, los brindis, los gritos de vivas y olés y las sirenas de las ambulancias y servicios de emergencia se impusieron a los cláxones de los coches para firmar tu muerte.
Hoy, mientras que España celebra el triunfo por todo lo alto, tu pueblo es un valle de lágrimas, de minutos de silencio, de banderas a media asta y de flores para decirte adiós.
No sé si España volverá a ganar más mundiales, pero sí sé que en Ciudad Rodrigo, tu pueblo, jamás volverán a jugarse sin echarte de menos.
Lo siento, Adrián, lo siento como lo siente tu familia, como lo sienten tus amigos, como lo sienten tus vecinos, porque cuando muere un niño todos perdemos algo muy importante.
María Jesús.
COSAS DE GARIPIL
¡Hola!: Desconecta el televisor, deja el móvil donde ni lo veas ni lo oigas, siéntate en tu sillón favorito, cierra los ojos y permíteme que te lea el noveno relato de Letanías en lo que el sueño te manda a la cama para recuperar las fuerzas perdidas durante el día.
uelga de vino y baile
Era una brumosa mañana de febrero. Al filo de las seis, sin órdenes del despertador, sin urgencias del deber, Collantes saltó de la cama. Collantes madrugaba desde niño, desde niño le rozaban las sábanas en cuanto los primeros resplandores del día se filtraban por las rejillas de las persianas. Ni siquiera cuando la gripe molía sus huesos podía evitar que aquella escoba de luz barriendo las sombras lo echara a la calle como a escobazos. Se aseó, desayunó, y media hora después salió de casa. Su casa era una planta baja de noventa metros cuadrados, con un porche y un desván. Cuando se construyó, en aquella ciudad que durante la dictadura fue cabeza de partido, se construyó en las afueras, pero la rápida y desorganizada proliferación de bloques de pisos, de locales comerciales y de centros autonómicos de los últimos años, la ha¬bían situado prácticamente en el centro. La ocupaba con su mujer, con sus suegros y con sus tres hijos. Llevaba en la mano una carta con membrete oficial que había llegado a su nombre y por correo unos días antes. Se detuvo en el porche y auxiliado por los guiños anaranjados de la farola de enfrente la leyó. Hasta entonces no había tenido valor para abrir aquel sobre blanco y rectangular que olía a resolución ministerial. Sospechaba su contenido y la sola
idea de confirmarlo le producía una especie de alergia que le engarabitaba los dedos. En efecto, era lo que temía. Aquel día, a las once en punto, debería presentarse, pro¬visto del carné, en la oficina del paro para cobrar su primera prestación, su primera nómina de desempleo. Rasgó el sobre furioso y lo tiró al suelo, lo pisó, lo arrastró con el pie y lo persiguió hasta hundirlo en una cloaca; después ovilló la carta y se la guardó con rabia en el bolsillo interior de la cazadora. En cinco minutos hizo y deshizo mil veces la distancia que se abría entre la puerta y la acera. La cabeza le decía que fuera; el corazón, que no. Por fin en¬filó la calle, titubeando en zigzag, sin alzar los ojos del suelo, como huyendo por igual de sí mismo que de los demás, como esquivando unos charcos que, obviamente, no existían más que en su imaginación. Se cruzó con algunos trabajadores que en coche o a pie se dirigían a sus puestos, seres privilegiados, personas con habilidad para pasarle factura al partido político en boga por una simple pegada de carteles en una ajetreada noche de campaña electoral, hombres y mujeres que aún no sufrían en sus carnes los estragos de aquel virus llamado Paro, y por primera vez en sus cuarenta y cinco años de vida miró a sus con¬vecinos, a sus semejantes, con infinita envidia.
Collantes aprendió antes a trabajar que a jugar, si es que alguna vez aprendió a esto último, pues entre los recuerdos de su infancia no se encontraba éste. Sólo fue dos años a la escuela: uno para aprender a leer y a escribir y otro para aprender a contar sin bailar los dedos. Fue vaquero, segador, albañil, tabernero... y en la mili, cocinero. Al licenciarse se colocó en una fábrica de pantys, de medias que decía él. Echaba muchas horas y los precios no crecían al compás del sueldo, pero en su casa se vivía con decencia, y si para conseguirlo tenía que hacer "chapuzas" los días libres, las hacía sin caérsele los anillos
por ello. Lo importante era vivir de su trabajo, como le habían enseñado sus mayores.
Murió el viejo dictador y como tantos otros recibió con una encendida ovación la arrolladora llegada de los demócratas que juraban y rejuraban cambiar de camisa al país. No sería imprescindible atentar contra la salud para ganarse el pan, se nivelaría la balanza de los sueldos y los precios, los trabajadores serían considerados y tratados como los pilares básicos para sostener el edificio de una sociedad moderna, justa, humana y digna. Pero tantos aplausos les trastornaron los ideales y también salieron rana. Para colmarse los bolsillos, convirtieron en oro el sudor del pueblo; para vestir mejor a sus amigos, desvistieron a los anónimos. Volvieron en sí las viejas mañas, los autóctonos vicios, las innatas picardías que la dictadura tenía sedadas para conservar aquellos sillones donde tan plácidamente se balanceaban, y las rosas de sus sueños se deshojaron en pocos otoños, pues del vago hicieron un señor y del currante un maldito, un apestado, una carga, un ser indigno que había que perseguir hasta exterminarlo.
Una mañana llegó a la fábrica de medias puntual y dispuesto como desde hacía más de veinte años.
—El vertiginoso descenso de las ventas de pantys de los últimos meses me ha tapado los ojos de trampas. Lo siento, pero no veo solución. Ayer presenté la quiebra en la delegación del ministerio correspondiente, y, si hoy me la aceptan, que, según todas las fuentes me la aceptarán, mañana cierro. Os indemnizo con un millón de pesetas contante y sonante y podréis cobrar el paro durante año y medio —dijo el dueño después de reunirlos en la sala de contrataciones, intentando convencer sin hacerles perder la compostura.
Sus compañeros acogieron la negra noticia con más gloria que pena. Uno se compraría un coche a tocateja, otro
quitaría la hipoteca del piso de un plumazo, otro se iría de luna de miel al Quinto Pino… todos vivirían del cuento dieciocho meses, y después, Dios diría.
Él, sin embargo, dudó de que algún día Dios hablara por y para ellos, como dudó de las razones del jefe.
—Usted miente, miente como un auténtico bellaco. La fábrica vende hoy más medias que nunca y está preparada para competir en cualquier mercado. Por un lado, las confeccionamos más bellas y mejores que nadie; por otro, no hay mujer que no las conozca y son las primeras en aconsejárselas a sus hijas en cuanto empiezan a usar¬las. Y no hablo por hablar, en el sótano he visto miles de pares almacenados, y en el archivo, cientos de reclamaciones de pedidos que no se han enviado. ¿Por qué se han fabricado tantas medias si no se pensaban servir? Aquí hay gato encerrado, y antes de verme en la calle sin razón por sus chanchullos, le juro por mis hijos que se lo saco en procesión por todo el país —dijo paseando nervioso por aquella sala que, paradójicamente, había sido creada para todo lo contrario, negándose en redondo a firmar la carta de despido.
Al día siguiente los periódicos publicaron la noticia con grandes titulares, como si se tratara de un triunfo del bien sobre el mal, de una hazaña digna de encomio.
"La fábrica de pantys Marilés cierra sus puertas por quiebra del negocio. Según su propietario no hubo problema con los empleados. Él pagará sus deudas con la subvención, también con ésta ellos serán bien indemnizados, y todos saldrán ganando. Con este cierre el gobierno da un paso más en su ambicioso proyecto de sanear las pequeñas y medianas empresas del país".
Collantes se apresuró a desmentir la noticia, a desenmascarar los hechos en las emisoras de radio. "Hoy se han vendido tres camiones de medias Marilés que saldrán al mercado con el nombre de la firma compradora, y para
ocultar la verdadera razón de su estancamiento, se han quemado todas las reclamaciones de los pedidos pendientes. De las ganancias cobrarán mis compañeros sus míseras indemnizaciones", decía un día. "Hoy se ha hecho efectiva la subvención oficial de la quiebra de Marilés, y con el importe, mi exjefe ha comprado la finca de «Vuelasalto» y la ha registrado a nombre del yerno de su mujer", decía otro. "Hoy, el dueño de Marilés, ha vendido la fábrica a una constructora, y aunque en la escritura reza que se la ha pagado a precio de hojalata, el encargado, los camareros y la clientela del Círculo Mercantil saben que la ha cobrado a precio de oro", llegó a denunciar incluso. Pero su voz no puso a nadie en pie, todo era amañosamente legal. Y rezumando cólera por todos los poros se fue a su casa como el gallo de Morón.
Su suegro lo recibió con un sermón de padre y muy señor mío.
—Nademos en aguas dulces, nademos en aguas saladas, los peces grandes siempre se comen a los chicos, y no será porque no me has oído decir mil veces que por de¬fender la verdad muchos perdieron la cabeza en la horca.
Su suegra, con una regañina de tres pares de narices.
—Has hecho el canelo, te has lucido por partida doble: por dar la cara y por no firmar, y no será porque no te tengo dicho que vale más un pájaro en la mano que ciento volando.
Su mujer, con los ojos húmedos y la voz quebrada.
—Pero ¿y ahora, de dónde saco yo ahora para dar de comer a mis hijos?
—De donde siempre, —respondió Collantes— del trabajo de su padre. En lo que yo me vista por los pies y tenga cinco dedos en cada mano mis hijos ni se morirán de hambre ni tendrán que comer de blancas limosnas oficiales.
Y dando media vuelta se fue a buscar trabajo.
Sus pies no se detuvieron hasta que sus manos no alcanzaron la puerta de la casa del ganadero para quien trabajó de niño, y tamborileó en ella con los nudillos.
—Vengo a pedirle trabajo, quiero cuidar sus vacas de nuevo —dijo con entusiasmo en cuanto el hombre apareció en el dintel—. Todavía sé ordeñarlas y aún no he olvidado cuáles son los mejores pastizales ni he perdido la facilidad de dormir sin perder de oído el "tolón—tolón" de los cencerros.
—Pues piérdela que ni para mí ni para otros volverás a ser vaquero —respondió el hombre asiendo la puerta en ademán de despedida—. Nos sacrificaron las vacas a cambio de mil duros por cabeza, dicen que producíamos más leche de la debida, que la leche tenía demasiada grasa, que la grasa es veneno para la salud... y aunque ninguno de nosotros comulgamos con esto, vivimos todos tan ricamente con el subsidio que además nos pasan hasta la jubilación.
Sin perder la esperanza se encaminó hacia la casa del labrador para quien trabajó después y pulsó el timbre con prisa.
—Vengo a pedirle trabajo, quiero segar sus trigales de nuevo —dijo con ilusión en cuanto el hombre abrió la puerta—. Todavía sé manejar la hoz con habilidad, hacer y atar los haces, llevarlos a la parva, trillarlos...
—Pues olvídalo que ni para mí ni para otros volverás a ser segador —respondió el hombre sacando tabaco—. Ya no sembramos trigo, segamos girasoles. Para nada sirven sus pipas, en balde giran sus hojas buscando el sol, solos nacen y solos mueren, pues son simplemente un pretexto legal para cobrar las subvenciones oficiales que nos permiten vivir sin dar golpe hasta la jubilación.
Sin perder tiempo en ninguna, recorrió todas las empresas de construcción.
—Quiero trabajar. Sé picar, encofrar, ensolar… todo cuanto debe saber un peón, todo cuanto debe saber un albañil, —repitió como un loro de una en una.
Pero de todos los encargados recibió la misma respuesta:
—Para aceptarle la solicitud, debe adjuntar todos los títulos.
Y él era maestro de todo y diplomado en nada.
Desesperado de tocar sin éxito tantos palillos hizo números para instalar un bar por su cuenta: veinte para género, quince de ganancias, treinta para alquiler, treinta y cinco de impuestos... y, ante tan evidente desequilibrio, tuvo que abandonar la idea.
Quemando los últimos cartuchos se presentó en los restaurantes de todos los centros oficiales.
—Quiero trabajar de camarero, de pinche, de cocinero, de fregón… de lo que sea y donde haga falta —decía angustiado, casi suplicando.
Y en todos le respondieron con la misma pregunta:
—¿Por quién viene usted recomendado?
—Por mi responsabilidad —respondía él.
Pero la responsabilidad sin un "enchufe" para conectarla no producía la suficiente energía como para funcionar.
Y haciendo de tripas corazón, hizo lo único que podía hacer: echar los papeles al paro.
Por fin llegó a la oficina del paro. El reloj de la plaza donde estaba ubicada desgranaba indolente las doce campanadas del mediodía. Por primera vez en su vida había sido impuntual. En lo alto de un edificio nuevo leyó: "Instituto Nacional de Empleo". Y sintió ganas de echar a volar para descolgar a mordiscos todas las letras, para tirarlas al suelo y escupir sobre ellas, para romperlas y pisotearlas hasta borrarlas del diccionario por embusteras, por insolentes, por traidoras. Se detuvo entre dos
interminables colas humanas, por calificarlas de alguna manera más o menos elegante: la de la izquierda avanzaba impaciente hacia la ventanilla; la de la derecha regresaba con alivio de ella. Racimos de hombres en paro, gajos de hombres triturados por hombres, semillas susceptibles de germinar en triquiñuelas ventajosas, zumo de ocio pro¬clive a nutrir el aire de traumas, de vicios, de dramas... De repente, sin darse cuenta, empezó a gritar:
—¡Devolved ese dinero, devolved ese dinero! —rogaba, imponía mirando a su derecha.
—¡No lo cobréis, vosotros, no lo cobréis! —rogaba, im-ponía mirando a su izquierda.
—¡Seguidme, seguidme! Vamos a exigir trabajo —ordenaba y volvía a ordenar con énfasis, con prisa, mirando alternativamente a un lado y a otro mientras rasgaba el sol con los brazos y con las manos ataba las cintas de sombra que sesgaban la claridad que a aquella hora había logrado vencer las brumas.
Pero nadie lo siguió, nadie le hizo caso; lo tomaron por loco y entre dientes murmuraron: "Para una vez que a cambio de nada nos dan algo..." Quiso huir de allí, intentó echar a correr. Le humillaba formar parte de aquella cola de vagos, de tramposos y de resignados. Pero la voz del empleado articulando su nombre y apellidos con autoridad lo acercó a la ventanilla sin contar con la cola.
—¡Tenga lo suyo, firme aquí y vuelva el próximo mes!
Nadie se molestó, nadie protestó; era un descanso quitarse de encima aquel palizas.
Ya en la plaza sacó del sobre los billetes y los contó: mil, dos mil, tres mil... treinta mil pesetas que le nublaron los ojos de lágrimas, que le encendieron las mejillas de vergüenza, que le quemaron las manos con tal virulencia que tuvo que soltarlas, y ante su dolor echaron a volar cual golondrinas ávidas de encontrar su verdadero nido. Una nube de niños con sus libros bajo el brazo se posó de
repente en el lugar. "¡Dinero, dinero!", gritaron alborozados, y cual lobos hambrientos cayeron sobre los billetes. Súbitamente pensó en sus hijos, también ellos tenían hambre de muchas cosas, también ellos necesitaban comer a diario. Enfurecido, se abalanzó sobre ellos, los dispersó a patadas, a puñetazos, a insultos... rescató sus billetes y echó a correr escondiéndolos, como si en lugar de querer robárselos, los hubiera robado él.
Entró en casa. Su familia lo esperaba impaciente, con la mesa puesta. Se sentó en silencio, en su sitio de siempre.
—Cuenta con mi pensión —le dijo su suegro.
—Para seguir adelante, me gasto la vista que me queda en hacer colchas de ganchillo —añadió su suegra.
—Me multiplico por mil y a fregar escaleras —terció su mujer.
—No hace falta que os sacrifiquéis tanto, no hace falta que os sacrifiquéis todos, —apostillaron sus hijos— invertimos nosotros los ahorros de la hucha en pañuelos de papel y nos vamos los domingos a venderlos al rastro. Con las ganancias volveremos a invertir, y a vender, y a comprar... Ahora se lleva mucho, muchos lo hacen. Y como nos pondremos pesados, negocio seguro.
Pero aquellos esquejes de ánimo no dieron en su espíritu ni una flor de tranquilidad. Al contrario. Intentaba comer para no preocuparlos, pero le fue imposible tragar bocado: los garbanzos se le quedaban en la garganta, la carne le amargaba, la fruta le daba náuseas... y para no vomitar allí, subió al desván.
Renegando de su suerte, maldiciendo a los artífices de su desgracia, se desplomó en el centro, sobre el suelo de tablas. Le dolía la cabeza de tanto pensar en el asunto. Su mentalidad no podía acomodarse en aquella situación. Él no sólo necesitaba trabajar para comer, también para sentirse útil, para no ser un parásito, una carga. En un arranque de ira, de desesperación, miró a su alrededor
como huyendo de la realidad, como buscando en algún punto solución, consuelo, fuerzas para seguir protestando, y sus ojos chocaron con un sinfín de objetos abandonados, cubiertos en su totalidad por un asfixiante manto de pátina.
Lo sabía de sobra, de sobra lo sabía. Sólo le quedaba un palillo que tocar: entrevistarse con el alcalde. Él era el representante de todos los estamentos oficiales, el de¬fensor más a mano de todos los vecinos, el responsable de impedir en la ciudad aquellos desmanes, aquellos atropellos, aquellas trampas. Pero las mil veces que había llamado a la puerta del ayuntamiento, las mil veces le ha¬bían dado con ella en las narices. Y sin una buena aldaba a la que agarrarse, ¿qué podía hacer él para exigirle su derecho?, se preguntó entre lágrimas, como intentando extraer la respuesta de los herméticos labios de las nubes de polvo.
Ante su infinita impotencia un ejército de soldados de plomo abandonó su cuartel de cartón.
—¡Ten, ten! Vete al ayuntamiento y exígeselo a punta de pistola —le dijeron con energía, ofreciéndole cada cual su metralleta.
Pero él era un hombre pacífico, enemigo de la violencia, y tanto se asustó que les dio orden de volver a acuartelarse.
No se había repuesto del susto cuando se le acercó burlona una máscara de carnaval.
—Ponte en huelga de hambre —le dijo—. No sé si será eficaz, pero está en boga y es legal.
Y de un soberano remeneo la volvió a colgar de su pivote oxidado.
—¡No, no! Esa forma de protestar, de rebelarme, de pedir, por muy lícita, por muy de ley que sea, no me con¬vence, no la entiendo, nunca la he entendido —mascu¬lló—. Te ponen al borde del hambre quitándote el trabajo,
y para hacer valer tus derechos, para exigirles que te permitan comer, dejas de hacerlo antes de que se te acabe el pan, antes de que se te vacíe la despensa. ¡Valiente majadería! Si me ciño a sus leyes, sólo lograré dos cosas: que¬darme sin salud y darles el gusto de librarse de mí antes de lo previsto. No. En esa trampa no cae este ratón. ¡Faltaría más! Prefiero comerme al alcalde vivo, a bocados si es preciso. Y que vayan tomando nota todos los cargos...
Y huyendo de tan absurdas soluciones se incorporó y cogió una bota de vino y su viejo acordeón, aquel acordeón que aprendió a tocar en la soledad de los campos, de niño, y a cuyos sones bailaban el burro con el sol, las vacas con las encinas, el perro con el aire y los pájaros con las flores. Le quitó con paciencia el grueso manto de telarañas, le afinó con dulzura todas las notas, lo cogió con cariño en brazos y bajó con él.
En cuanto dejó atrás la escalera de caracol los suyos le abordaron alarmados.
—No pensarás salir a pedir limosna, ¿verdad?
—¡Ni mucho menos! —les tranquilizó él— De salir, saldré a dar.
—¿A dar qué?
—La vara. ¿Qué otra cosa puede dar un parado?
Y empezó a preparar su huelga, su huelga de vino y baile.
Al día siguiente, en cuanto el sol puso los rayos en el horizonte, Collantes, con la bota de vino al hombro y el acordeón en brazos, se plantó en la calle. Antes de salir del porche echó un trago de tinto y empezó a tocar con más garbo que nunca. Lo que sus dedos extraían de aquellas lengüetas de metal, de aquel fuelle y de aquel teclado, no era una simple música para escuchar, eran canciones tan alegres, tan sonoras, tan pegadizas... que cabe decir que hasta los muertos se levantaban de las tumbas para bailarlas. Los primeros en oír la fantástica llamada fueron los
suyos, y sorprendidos, con los ojos hinchados, dando tumbos entre dormidos y despiertos se tiraron de la cama, se vistieron sin quitarse los pijamas, se atusaron las greñas con los dedos, y en ayunas y en zapatillas salieron de casa. Cuando Collantes los tuvo tras él dijo con energía: "¡Seguidme!". Y echó a andar sin dejar de tocar.
—¡Vuelve a casa, por favor, vuelve! ¿No ves que esto es hacer el carnaval en agosto? —le suplicaban, le hacían reflexionar y le ordenaban a la vez, abochornados de ir con aquellas pintas, montando aquel número, a aquellas horas y en aquel escenario.
Pero Collantes ni quería ni podía oírlos, siguió en sus trece y fue la curiosidad de los demás la que los hizo sentirse héroes en lugar de payasos, pues, a medida que avanzaban, el cortejo se multiplicaba. Los automovilistas, al verlos, aparcaban los coches y se volvían para seguirlos a pie; las amas de casa, que iban o venían de los supermercados, cambiaban de ruta para seguirlos con los carritos de la compra llenos o vacíos; los albañiles se bajaban de los andamios y con la paleta en la mano se iban tras ellos; los barrenderos dejaban de barrer y sin soltar la escoba tras ellos se iban. Hasta los guardias dejaban las esquinas y redoblando el volumen y las pitadas de los silbatos corrían para seguirlos, y tanto y tanto animaron al músico con su presencia, que, puerta pública que vio, puerta que abrió a pasodoble torero. De las iglesias salieron las beatas santiguándose, los monaguillos y los curas con los cálices en alto; de las peluquerías y de las barberías, las peluqueras y los barberos, las señoras con los rulos puestos y los señores con las barbas enjabonadas; de las tiendas, los dependientes, las cajeras con las calculadoras en ristre y los clientes con las bolsas a cuestas; de los bares, los camareros, los repartidores con las cajas de bebidas al hombro y la parroquia con las tazas de café en la mano; de los colegios, los conserjes, los
alumnos con los libros bajo el brazo y los maestros regañando; de los hospitales, los enfermos cuyo mal les dio permiso, las enfermeras con sus cofias y los médicos suplicando; del paro, los empleados, el director y los parados; de los lupanares, el alcohol, el humo y el amor humillado entre sus hombres y mujeres; de los parques, los ancianos con su soledad en brazos, los vagabundos arrastrando sus miserias, los turistas disparando sus cámaras fotográficas, los jóvenes derramando alegría, la pasión avivando brasas, la prudencia sofocando llamas... y con todo el vecindario apoyándole inconscientemente a la zaga, se plantó como un pino a la puerta del ayun¬tamiento.
"¡Tatararááá..!" siguió tocando con entusiasmo después de empinar la bota, y acabó de armarla: se rompieron las colas de ciudadanos que en el interior esperaban resolver algo, desaparecieron los empleados de las ventanillas municipales, y puestos todos en la calle, se unieron a los recién llegados y convirtieron la plaza en el más animado salón de baile.
—¿Qué santo festeja hoy la plebe? —preguntó el al¬calde asombrado, conteniendo las ganas de levantar anclas también.
—No es una fiesta, señor, es una huelga —respondieron los guardias que custodiaban la entrada—. El ciudadano Collantes le pide, le exige, que deshaga el entuerto de su fábrica, o lo que es igual, trabajo.
—Pues salgan inmediatamente y disuelvan la huelga.
—¿Cómo?
—A mordiscos si hace falta.
Pero cuando la voz de los guardias estaba a punto de entrar en uno de los oídos del músico para recomendarle que depusiera su actitud, los pies se les cambiaron de dirección y sin pretenderlo ¡plas!, se les mezclaron con los de los bailarines.
Avanzaba la mañana y el músico seguía echando pasodobles al baile sin más pausas que las precisas para aliviar la bota mientras los bailarines cambiaban de pareja. Molesto, el alcalde decidió marcharse. Ausente yo, se ausentará él, pensó, pero pensó mal. Lo que entró por sus ojos al salir le espantó la idea de coger el coche. Era imposible romper el cordón humano que se estiraba y se encogía delante de la cochera. Y en cuanto dobló la esquina a pie, Collantes, sin dejar de tocar, se fue tras él, y con la ristra de vecinos cantando y jaleándole detrás lo siguió por calles, callejas y callejones. Si se metía en una cafetería para despistarse, en la cafetería se metía él, bebían y bailaban los acompañantes, servían y aplaudían los empleados, y sólo cuando lograba huir por la puerta del almacén, el son del acordeón dejaba el local en paz; si se ocultaba en la nave de algún industrial, de la nave lo sacaba a acordeonazo limpio; si se escondía en el jardín de algún chalé, el imparable y alegre bochinche le hacía saltar la tapia... Después del mediodía consiguió entrar en su casa. Si yo vengo a comer, a comer se irá él, pensó, pero pensó mal. De codos ante la mesa vio los platos, los cubiertos, los vasos.., pero todo vacío. Pulsó el timbre y acudieron las domésticas con la sopa, la fuente de la carne, el cesto de la fruta y la jarra del agua, pero la música reclamó su presencia y lo dejaron a dos velas: repartieron la comida entre los huelguistas; el cabecilla puso el vino. Y sin preocuparse del estómago del señor, con delantal y todo se que¬daron al baile. Con las tripas en las rodillas se metió en la alcoba. Si yo me echo la siesta, la siesta se echará él, pensó, pero pensó mal. La música le abría los ojos, los cánticos le despegaban los huesos del colchón, el balcón era un colador de gritos, de carcajadas, de palmas... y aguan¬tándose las ganas de espantarlos a baldes de agua, se fue a cumplir con su agenda. Salió por la puerta de servicio para no ser ni olido ni visto, cuidando sus movimientos
cual ladrón que huye con el botín. Y en cuanto tocó calle echó a correr. Ante el menor ruido se paraba bruscamente, con un pie en el aire volvía la cabeza temblando, se tranquilizaba en parte, respiraba más o menos a gusto... bajaba el pie y seguía corriendo. A mitad de camino se en¬contró con una ambulancia.
—¡Lléveme al parque con urgencia! —ordenó al con¬ductor— ¿Acaso hay enfermo más grave que un alcalde que tiene que ir a pata y sin escolta a inaugurar una fuen¬te pública?
Pero el chófer se encogió de hombros.
—Lo siento, —le dijo— pero no puedo. Tengo que llevar en un par de minutos un botiquín de primeros auxilios a la verbena. Y como trabajo con un contrato a extinguir...
Y temeroso de que alertado el músico cambiara de pista, reanudó la carrera con más bríos, a más velocidad, con más miedo.
Llegó al parque y se vio solo, muy solo, ni el pueblo aplaudiendo, ni los de mantenimiento apagando y encendiendo luces, sólo los pájaros columpiándose de las ramas de los árboles. Llegaron las autoridades provinciales en sus coches oficiales y con sus respectivas esposas. Lo saludaron entre guiños y parajismos de sorpresa. Se hizo el tonto y subió al templete.
—La falta de tolerancia y la sobra de insolidaridad del más fanático de mis vecinos
—dijo como para disculpar¬se, esquivando sus miradas— me ha impedido recibirles como merecen Sus Excelencias...
Pero el eco de un acordeón quebró su voz y entre lágrimas vio lo que no podía creer. Llegó Collantes, lo desplazó a acordeonazos, hizo una pausa para empinar la bota, volvió a colocar los dedos en el teclado del acor¬deón y ¡tátararaaa!, las autoridades se unieron al pueblo para bailar y bailar hasta la medianoche, hasta la hora en que en¬traba en vigor la Ley Municipal del Silencio Nocturno.
Ya en casa, el alcalde cenó y durmió a sus anchas. Vistos los resultados de hoy, mañana ni pondrá los pies en la calle, pensó, pero pensó mal.
Al día siguiente, en cuanto el sol abrió los ojos, Collantes, con la bota y el acordeón a cuestas, abrió la puerta de su casa, y armó la de la víspera. Si entraba en un restaurante para comer a gusto, en el restaurante entraba él y adelantaba el baile a la comida; si salía de visitar a sus ancianos padres, tras él se iba con el cortejo a cuestas... y hasta las doce de la noche no se vio libre de aquel fantasma visible, de aquel estridente acompañamiento.
Y al día siguiente volvió a las andadas, y al otro, y al otro, y al otro... Y al séptimo, por fin, el alcalde puso una denuncia en el juzgado, y Collantes tuvo que comparecer ante el juez.
—Se le acusa de estar haciendo una huelga ilegal.
—Yo no hago huelga, hago fiesta.
—Se le acusa de manipular, de influir en los vecinos
para que le apoyen.
—Yo no llamo a nadie, a nadie invito; vienen ellos solos, ellos solos se apuntan. Y mi dinero me cuesta, que por cada taberna que paso, tengo que entrar y llenar la bota.
—Se le acusa de molestar intencionadamente al señor alcalde, de intentar romperle los nervios.
—Nada más lejos de mi ánimo, sólo pretendo que no se rompan los míos, para eso toco, para eso bebo... ¿Y acaso no es mejor distraerme así que sentarme a escuchar los malos consejos que el ocio me sopla al oído en cuanto me ve parado?
—Se le acusa de paralizar el municipio, de no dejar trabajar a los vecinos.
—Debe de haber algún error, son algunos vecinos los que no me dejan trabajar a mí. Y si quiere Su Señoría que aquí mismo le demuestre cómo se mueve el pueblo en cuanto yo toco el acordeón...
—¡No, no! ¡Déjelo! ¡No se moleste, no hace falta!
—dictaminó el juez.
Y ante la total ausencia de delito tuvo que dejarlo en libertad sin cargos.
Collantes reanudó la huelga, y como al grito de juerga se despiertan los dormidos, los vagos se desperezan, oyen los sordos y hasta los enemigos como amigos regresan, los huelguistas se multiplicaban como moscas, y como moscas a la miel se le pegaban.
Tal era el éxito de la hazaña, el apoyo que recibía de los demás, que, día tras día, de la mañana a la noche, siguieron, persiguieron al alcalde, él tocando, ellos bailando, todos cantando, aplaudiendo, bebiendo... hasta que a las siete semanas justas, harto el hombre de divertir sin divertirse, se lió la manta a la cabeza y cortó por lo sano.
Aquella mañana, el músico, con su bota, con su acordeón y con su propósito a cuestas, se plantó en la calle más temprano que nunca, pero a medida que avanzaba, más perplejo se quedaba. Ante la escasa algarabía volvía los ojos y sólo veía parientes, extranjeros, inocentes, furcias, borrachos, mendigos… seres sin oficio ni beneficio, ciudadanos libres. Y movido por una corazonada redobló el paso para indagar. Tocó una rumba a la puerta de un colegio, pero nadie salió a bailarla: los profesores habían encadenado las piernas de los alumnos a las patas de las mesas; tocó un vals a la puerta de una residencia de mayores, pero nadie salió a bailarlo: el personal había ensogado los brazos de los ancianos a los brazos de los sillones; tocó una jota a la puerta de un teatro, pero nadie salió a bailarla: el acomodador había pegado las ropas de los espectadores a los asientos de las butacas; tocó de todo en los vestíbulos de todos los centros, pero nadie salió a bailar nada de nada: el notario había precintado las puertas de todos los edificios, tanto públicos como privados. Recorrió las calles
desgranando pasodobles, pero ni el gato se movió para bailarlos: los guardias estaban entablillados a los semáforos, los guías de turismo a las columnas de la catedral, los barrenderos a los contenedores de basura... y ni corto ni perezoso se fue al juzgado, puso una denuncia y el alcal¬de tuvo que comparecer ante el juez.
—Se le acusa de obligar a los superiores, con amenazas de graves represalias, a reducir violentamente a los subordinados.
—Yo no he amenazado a ningún superior de nada prohibido, simplemente les he advertido que cumpliría la ley. Sus subordinados cobran por trabajar, no por andar de fiesta. Y ante tanta irresponsabilidad no he tenido más remedio que ponerme en mi sitio.
—Se le acusa de torturar a los ciudadanos, tanto físi¬ca como moralmente.
—Yo no he mandado matar a nadie y nadie ha muerto, simplemente he tomado medidas para evitar males mayores.
—Se le acusa de haber abusado de su autoridad tomándose la justicia por su mano.
—En mi nombre acudí a la Justicia, y la Justicia me desamparó ¿Qué otra cosa podía hacer, pues, para normalizar mi ciudad, que hacer uso de mi cargo?
Y ante la falta de argumentos y la sobra de evidencia, no tuvo más remedio que meterlo en la cárcel.
A poco de quedarse el sillón municipal sin alcalde electo se convocaron las terceras elecciones. Collantes, sin la despampanante bandera de ningún partido, sin el pom¬poso himno de ninguna ideología, haciendo valer simple¬mente sus derechos de ciudadano libre, se presentó a ellas con dos nítidas promesas en su programa: conseguir un empleo para él, e impedir que los demás perdieran el suyo. Y aunque los políticos se limitaron a reírse de la ocurrencia, las ganó por absoluta mayoría.
Y aunque nunca echa discursos en el balcón del ayuntamiento, y aunque jamás se deja fotografiar para salir en los periódicos, y aunque por nada del mundo organiza una cena oficial... los vecinos le pagan el sueldo en¬cantados, pues, por miedo a sus huelgas de vino y baile, nadie, nadie en el municipio ha vuelto a jugar con el pan de alguien.
María Jesús Sánchez Oliva
Relación de libros publicados por mi autora: María Jesús Sánchez Oliva. Pero antes quiero recordarte que por ser el primero de sus libros publicado me ha distinguido con este espacio en su blog del que me siento tan orgulloso como responsable.
“Garipil (1995)”.
Reseña: Garipil es un semáforo. Nace con una idea en la cabeza: decir a la sociedad que las máquinas como él nacen para estar al servicio del hombre, para ayudarle en todas las tareas que tiene que realizar, para hacerle la vida más cómoda, pero en ningún caso para suplirlo. Su mensaje es tan aconsejable para niños como para mayores.
“Letanías (1999)”.
Reseña: Letanías es una colección de historias breves pero completas. El libro ideal para los que quieren leer pero les falta paciencia para enfrentarse a libros con muchas páginas. Algunos de los relatos han sido premiados en distintos certámenes literarios.
“El rosario de los cuentos (2003)”.
Reseña: En los primeros años de la posguerra española, en un pueblo de Castilla, un cura de la época es incapaz de encauzar a sus feligreses por el camino recto a través del Santo Rosario, como era costumbre. Ante su fracaso decide transformar cada misterio en un cuento. El resultado son quince cuentos para niños de distintas edades. Cada cuento está ilustrado con una viñeta alusiva a la época. Este libro obtuvo el tercer premio en el Concurso de Cuentos Tiflos en su edición de 1996.
“Cartas de la Radio (2007)”.
Reseña: Cartas de la Radio es una colección de cartas o artículos de opinión escritas y leídas semanalmente en Onda Cero por María Jesús Sánchez Oliva durante cuatro años. Las cartas van dirigidas a políticos, ciudadanos de a pie, víctimas del terrorismo, instituciones, asociaciones, etc., y no pocas nos llevan a acontecimientos que siguen vivos en nuestra memoria.
“Cuentos de la Cigüeña (Soles y Lunas) (2014)”.
Reseña: Son doce cuentos escritos en verso con los que las mamás y los papás disfrutarán leyéndoselos a sus hijos y los niños aprenderán a amar la poesía a la vez que los cuentos.
“Los días perdidos (2018)”.
Reseña: En esta novela se narra la historia de Ara, una mujer que de forma inesperada tiene que enfrentarse a una ruptura matrimonial. El impacto la lleva a recluirse en su ático de soltera. Tras varios años de aislamiento, al salir de casa una mañana, la avería del ascensor la obliga a bajar andando todas las plantas del edificio. En cada planta se encuentra con una mujer que le cuenta su historia. Son mujeres muy distintas unas de otras, pero todas, por distintas razones, han perdido muchos días de su vida. Ya en la planta baja se encuentra con Daniel, el único vecino del edificio que también ha perdido muchos días inútilmente, y de forma espontánea los dos deciden no perder ni uno más. “Primer Premio Tiflos 2013”.
Para más información sobre los libros, hacer un comentario o simplemente saludarme, solo tienes que contactar conmigo a través de mi dirección de correo electrónico:
Garipil1995@gmail.com
Estaré encantado de responderte.
Gracias por tu visita y hasta el próximo número.
Firmado: Garipil.
martes, 30 de junio de 2026
PORTADA
Queridos lectores: Acaba de salir el número 136 de 30 días, mi periódico, tu periódico, el periódico de cuantos quieran leerlo.
NOTA IMPORTANTE
A partir de esta fecha (30-Y-2026) y a sugerencia de algunos lectores se agregan dos entradas al periódico: El juego de las preguntas. Consiste en hacer una pregunta (relacionada con la cultura generalmente) que los lectores pueden responder. Las respuestas y el número y nombre (pueden ser seudónimos) de los acertantes se comunicarán en el número siguiente, y a final de año, la persona que más aciertos haya tenido, podrá figurar como seguidora de honor en la portada. Y El mirador de la poesía. Consiste en publicar poemas de poetas consagrados, desconocidos o aficionados, que se consideren, claro está, aceptables. Las respuestas a las preguntas para concursar y el envío de poemas para ser publicados solo se recibirán en el correo electrónico de Garipil que figura al final de su sección “Cosas de Garipil”.
LO MÁS DESTACADO DE MAYO Y JUNIO
LA VITRINA: Autor del libro que hoy se presenta para invitarnos a la lectura: Abraham Jiménez.
EL JUEGO DE LAS PREGUNTAS: Solución a la pregunta de abril, información de las respuestas y pregunta de mayo y junio.
MESA CAMILLA: Última entrada de junio en Salamanca RTV Al Día.
CAJÓN DE SASTRE: Las últimas balas del franquismo.
EL ÁLBUM DE LA Lengua: Palabras homófonas.
LA BUTACA: Flores amarillas para Borges (noticia).
EL MIRADOR DE LA POESÍA: Réquiem por una flor (María Jesús Sánchez Oliva).
CARTA a… Los venezolanos.
COSAS DE GARIPIL: El balón de más aire (VIII relato de Letanías).
Si has visitado cualquiera de las secciones, mil gracias; si las has visitado todas, un millón.
Volveremos a encontrarnos en el próximo número.
María Jesús Sánchez Oliva.
Seguidores de Honor:
Mónica Nuevo Vialás. Nacionalidad: española. 23-IV-2012.
Arturo Arias Terceiro. Nacionalidad: argentina. 12-VI-2012.
María del Mar Nuevo Vialás. Nacionalidad: española. 29-VI-2013.
Concepción Martín Martín (Conchi). Nacionalidad: española. 19-IV-2015.
Claudio Hernández Díaz (pintor). Nacionalidad: española. 30-VI-2020.
LA VITRINA
Queridos lectores: En este número soy yo el elegido para invitaros a leerme. Por si decidís aceptar mi invitación, me presento y os adelanto mi contenido.
Mi título: Aterrizar en el mundo
Mi autor: Abraham Jiménez
Esto puedo avanzaros para animaros a leerme:
"No es lo mismo salir de Cuba que salir de cualquier otro país por primera vez. Salir de Cuba es caer en el mundo". Esta frase resume la mezcla de estallido sensorial y derrumbe psicológico que desbordó al periodista Abraham Jiménez Enoa después de exiliarse en 2022 en Barcelona. Todo era confuso, acelerado, de una voluptuosidad material demente ("Bienvenido, aquí se satisface el síndrome de la compulsión", leyó a la entrada de una tienda) y, además, el racismo estructural que había conocido en la isla se transformaba ahora en una xenofobia explícita y hostil de miradas, insultos y desconfianzas. Jiménez Enoa alterna las impresiones de su llegada a Europa con los recuerdos de sus últimos años en Cuba. Evoca la magia de haber fundado con un grupo de amigos jóvenes una revista de periodismo independiente, El Estornudo, que se escribía en plazas al aire libre gracias a las tarifas de internet baratas ofrecidas por los camellos de bytes. El régimen aplastaría rápido ese intento de contar la realidad de Cuba al margen de los eslóganes castristas (un mundo subterráneo que Abraham describe con delicadeza y maestría narrativa en su primer libro, La isla oculta). Comenzaron los arrestos e interrogatorios, y las represalias laborales a familiares y amigos. Pasó a ser un apestado social, incluso para algunas de sus personas más queridas, como su abuela, que antepuso su fe en la Revolución al amor por su nieto. "Aterrizar en el mundo" no es amable ni previsible ni encaja cómodamente en ninguna trinchera ideológica.
Si abres mis hojas, abriré tus ojos.
MESA CAMILLA
Disparates
Acaban de cumplirse diez años de la salida del Reino Unido de la Unidad Europea. Como cabía esperar y advertían la experiencia y el buen criterio ha sido una década de caminar hacia atrás en lugar de hacia delante. Ni siquiera puede hablarse de estabilidad política. Pero los británicos, embaucados por los cantos de sirena que nunca faltan, se acogieron a la falsa creencia de que el buey solo bien se lame y a lamerse solitos se lanzaron de cabeza. Y hoy, ante los derechos que ven perderse y las ventajas que no han dejado de ser promesas, la mayoría lo tienen claro: si tuvieran que volver a votar, Votarían que no al Brexit.
Donald Trump terminó el primer mandato en contra de su voluntad y dejando tras de sí hechos que los estadounidenses no deberían olvidar nunca. Volvió a presentarse a elecciones y con la promesa de segar todas las malas hierbas del mundo volvieron a darle las llaves de la Casa Blanca. Y ahí sigue el hombre del diablo, tan ocupado con sus guerras y persecución a los ciudadanos que no tiene tiempo ni de ir a la boda de su hijo.
El Miley de la motosierra prometió a los argentinos no dejar títere con cabeza con ella, y los argentinos, ¿en qué demonios estarían pensando?, en lugar de impedírselo, le dieron permiso para utilizarla a su gusto y ahí sigue, descabezando títeres, es decir: trabajadores, pensionistas, jóvenes, discapacitados etc., etc., etc.
Ante estos disparates que tanto miedo me dan por si a los españoles nos da por hacer lo mismo y que tal como anda el patio todo puede esperarse, unos días pienso que yo soy la lista y los demás los tontos y otros que soy la tonta y los demás los listos, y como estoy segura de que ni una cosa ni la otra es posible, me voy al rincón de pensar a ver si consigo saber si los ciudadanos tenemos lo que merecemos o si es quemerecemos lo que tenemos.
María Jesús
29-VI-2026
EL JUEGO DE LAS PREGUNTAS
Pregunta de abril:
El día 23, como cada año en esta fecha, el nuevo Premio Cervantes, recogió su galardón en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares de mano de los reyes. ¿A quién podemos felicitar?
Respuesta: A Gonzalo Celorio.
Información: Ha habido varias respuestas acertadas pero se omiten los nombres porque ninguna ha llegado al correo habilitado para esto.
Pregunta de mayo y junio:
El 23 de octubre de 1940 Hitler y Franco se reunieron en Hendaya para negociar la entrada de España en la II Guerra Mundial. ¿Cómo se llamaba el vagón del tren donde tuvo lugar la histórica entrevista?
Las respuestas a:
garipil1995@gmail.com
CAJÓN DE SASTRE
Las últimas balas del franquismo: así funcionó el siniestro engranaje de
los fusilamientos finales de la dictadura
El 27 de septiembre de 1975, dos meses antes de la muerte de Franco, cinco
militantes del FRAP y de ETA fueron asesinados en cuatro fusilamientos
sincronizados en Madrid, Barcelona y Burgos. Esta es la reconstrucción de
esos días a través de testigos y el regreso a los escenarios de los juicios
y las ejecuciones. Y además, los expedientes completos de los cinco
fusilados
Casquillos de bala del fusilamiento del miembro de ETA Juan Paredes Manot,
'Txiki', el 27 de septiembre de 1975. La más pequeña es la del tiro de
gracia.
JESÚS RODRÍGUEZ
14 SEPT 2025
ELPAÍS
Desde el imponente Palacio de Capitanía General de Burgos hasta la iglesia
de San Lorenzo se tarda un minuto. Es el tiempo que empleó el solemne
cortejo nupcial el 26 de septiembre de 1975 entre la expectación popular.
El capitán general Mateo Prada Canillas, señor de la guerra, máxima
autoridad judicial y responsable último del orden público en la VI Región
Militar (que incluía el País Vasco, Navarra, La Rioja y Cantabria),
conducía a su hija al altar rodeados por toda la pompa y ceremonia del
franquismo crepuscular. Al dictador le quedaban menos de dos meses de vida.
Ante la portada barroca del templo se formaron corrillos de chaqués,
uniformes y camisas azules del Movimiento. Entre pamelas y condecoraciones
circulaban en voz baja los peores presagios de muerte. Eran las ocho de la
tarde.
Unas horas antes, mientras se vestía de gala para el enlace, Prada Canillas
había impartido órdenes confidenciales a su Estado Mayor y su Auditoría de
Guerra para fusilar de madrugada a Ángel Otaegui, de 33 años. Militante de
ETA, había sido condenado a muerte en un consejo de guerra compuesto por
cinco oficiales del Ejército por la coautoría del asesinato del guardia
civil Gregorio Posadas Zurrón. Franco (y por inducción su Gobierno) no
había hecho uso del derecho de gracia en el Consejo de Ministros de esa
misma mañana en el palacio de El Pardo, en Madrid. Duró apenas tres horas.
El dossier de las cinco ejecuciones se despachó en minutos y sin oposición
documentada. Todo estaba atado y bien atado, como le gustaba apostillar al
dictador.
Lugar exacto del fusilamiento de los miembros del FRAP, en la localidad
madrileña de Hoyo de Manzanares.
El Gobierno de Carlos Arias Navarro —un duro apodado Carnicerito de Málaga
por su ahínco como fiscal en la represión de esa provincia durante la
Guerra Civil— se había dado por “enterado” de la sentencia máxima. No había
marcha atrás. El “enterado” era el último peldaño administrativo hacia el
paredón, que en la cárcel madrileña de Carabanchel los otros condenados a
muerte en esos días denominaban con humor negro “el enterrao”. Según una
fuente de los servicios de inteligencia, fue la última decisión de Franco;
“Fue suya y solo suya. Se lo pensaba mucho pero, una vez tomada, nadie se
la iba a quitar de la cabeza, aunque lo llamara el Papa, como hizo esa
madrugada Pablo VI. Iba a morir matando”. “La relación de Franco con el
Ejército era directa”, describe el catedrático de Derecho Constitucional
Diego López Garrido, que ha estudiado la dinámica de los gobiernos
franquistas: “Franco era la autoridad suprema incontestable y por debajo de
él había una separación muy clara entre un Consejo de Ministros de
predominio civil, que se ocupaba de la gobernación diaria, y un Ejército,
en línea directa con el Jefe del Estado y con autonomía propia, que actuaba
aisladamente respecto al conjunto de la Administración. Los asuntos que se
consideraban militares estaban entregados a la relación de Franco con sus
generales”.
Fachada de la cárcel de Burgos que Otaegui cruzó a las ocho de la mañana
del día 27 de septiembre de 1975.
La última noche de Otaegui
En la prisión de Burgos, a seis kilómetros del enlace nupcial, un
comandante de Infantería notificaba a esa misma hora, las ocho de la tarde,
a Ángel Otaegui su sentencia de muerte y le ponía en capilla hasta el
momento de su ejecución, fijada legalmente para 12 horas después. Iba a
pasarlas en la desnuda oficina del administrador del centro penitenciario,
fuera de la zona de los reclusos, para evitar protestas. Cuando minutos
después el director del penal, Prudencio Lafuente, le preguntó al condenado
si deseaba algún privilegio en su última noche, Otaegui pidió que llamaran
a Carlos Salinas, un funcionario de prisiones que tenía 27 años y con el
que había congeniado desde que había llegado cuatro meses antes a la cárcel
de Burgos para ser juzgado en un consejo de guerra. Salinas, al que en la
cárcel apodaban El Niño, había sido el funcionario encargado de los presos
de ETA durante los últimos meses. “Yo quería hacer algo por los internos,
lo que hoy se define como tratamiento y entonces era palo, incomunicación y
disciplina”, explica mientras almorzamos en Alicante. “Con Ángel pasé
muchas horas sentados en la cama de su celda, fumando sin parar y hablando.
No le veía como un enemigo, y él era honesto conmigo. Yo no quería
convencerle ni él a mí. Esa noche se abrió en canal. Repetía que no había
matado a nadie. Que solo había buscado piso al comando de ETA. La de
Otaegui fue una pena de muerte de repuesto. Pero no se desmoronó. Y a cada
minuto, el capellán empeñado en que se confesara. Le dije que no le tocara
más los cojones. Abrimos una botella de vino. Vio a su madre cinco minutos.
Durmió un rato. El teléfono sonó varias veces y saltábamos pensando que era
el indulto. Nunca llegó. A las ocho de la mañana irrumpió la Policía Armada
con sus cascos antidisturbios y toda su parafernalia. Lo engrilletaron con
las manos atrás y le puse un último cigarro encendido en los labios. Su
cara se descompuso, empezó a temblar, lo escupió y pisó con rabia. Se echó
sobre mí en un abrazo sin brazos, me dijo al oído muy ronco: ‘Adiós’, y lo
sacaron. No fui capaz de decirle nada. Diez minutos más tarde escuché el
estruendo de los disparos en la granja de la prisión que está a 100 metros.
He escuchado esos tiros en mi cabeza durante 50 años. Al día siguiente
volví a currar”. Según relata hoy un testigo militar, la mayoría de los
impactos de bala de los fusiles Mauser Coruña le dieron en el cuello y la
cara. “Su cabeza voló dos metros”.
Muro del penal de Burgos donde fue fusilado Ángel Otaegui el 27 de
septiembre por un pelotón de la Policía Armada de León. Su cabeza, según un
testigo, “voló dos metros por el impacto de las balas de fusil”.
“Había que ponerse una venda en los ojos y cumplir con tu deber”, recuerda
con amargura durante uno de nuestros encuentros en Burgos el coronel
auditor Pedro Ramírez Barbero, de 82 años, que era ayudante del fiscal que
promovió la acusación contra Otaegui. “Se usó la justicia militar para
hacer algo que no era justo. No tenían que haberle ejecutado, era
elemental, manejable, casi límite. Él no había sido autor material del
asesinato, había sido Garmendia, al que los policías cuando le detuvieron
le pegaron un tiro en la cabeza del que estuvo semanas en coma y al
Gobierno le pareció poco estético fusilarle en ese estado. Yo llevé sus
radiografías a Madrid para que las analizaran los médicos militares y
decidieran. A Otaegui le metieron ‘cooperación necesaria’ con calzador. El
ambiente que se respiraba en el Ejército era terrible. Eran los años de
plomo. ETA mataba y mataba y ningún auditor militar quería venir a Burgos
porque suponía tener la muerte en el portal. El ambiente estaba muy
enrarecido, muy ideologizado, el lenguaje era de venganza: muchos militares
pensaban que los condenados se merecían la muerte”.
—¿Recibió la Auditoría de Burgos órdenes desde el Ministerio del Ejército
para condenar a muerte a Otaegui?
—Nadie te daba órdenes directas en ese sentido; no había nada por escrito,
pero de arriba te llegaba que Franco quería que se metiera caña. Y la
justicia militar era como la inquisición: rápida y ejemplar; una
jurisdicción especial para tiempo de guerra que Franco aplicó en tiempo de
paz. Nuestro superior, el coronel Fernando Suárez de la Dehesa, tenía mucha
ascendencia sobre los capitanes generales y entrada libre en El Pardo, y a
la vuelta nos decía: “El Caudillo quiere esto y esto y esto”. Y tú
obedecías. Éramos militares.
Magda Oranich, la abogada del miembro de ETA Juan Paredes Manot, 'Txiki',
junto al árbol donde fue ejecutado el 27 de septiembre de 1975: “No nos
dijeron dónde se iba a realizar el fusilamiento y tuvimos que seguir su
convoy desde la Modelo".
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La lista de la muerte
Entre las 8.30 y las 10.15 del 27 de septiembre de 1975, cinco activistas
antifranquistas fueron fusilados por medio centenar de efectivos de la
Guardia Civil y la Policía Armada (ambos cuerpos estaban bajo férreo
control militar), distribuidos en pelotones de ejecución en Madrid,
Barcelona y Burgos. Habían sido juzgados en cuatro consejos de guerra bajo
las normas de un Código de Justicia Militar elaborado en 1890 y que estaba
concebido para su aplicación en casos de traición, espionaje, deserción o
rebelión en posiciones bloqueadas, fortalezas sitiadas y buques bajo fuego
enemigo, donde no importaban tanto las pruebas como el escarmiento
inmediato. Los cinco condenados eran identificados como el enemigo interior
en una guerra subversiva. No había clemencia posible. Para los franquistas
nostálgicos, la guerra que comenzó en 1936 no había acabado. Como define
Pablo Mayoral, de 74 años, uno de los 11 juzgados: “Una guerra que termina
en una dictadura es una guerra que no termina nunca”.
Iban a ser las últimas condenas a muerte ejecutadas en España. La
Constitución abolió la pena capital en 1978 y hubo que esperar a que un
decreto ley de 1995 la suprimiera también en tiempo de guerra. Tres de los
que iban a ser pasados por las armas eran militantes del FRAP (Frente
Revolucionario Antifascista y Patriota), un marginal grupo terrorista de
extrema izquierda que desaparecería tras la muerte de Franco. Eran José
Humberto Baena, de 25 años; José Luis Sánchez-Bravo, de 21, y Ramón García
Sanz, de 27. Los otros dos reos a muerte, Juan Paredes Manot (más conocido
como Txiki), de 21 años, y el citado Ángel Otaegui militaban en ETA. La
organización separatista vasca golpeaba fuerte desde 1968 y dos años antes
había asesinado al propio presidente del Gobierno, el almirante Luis
Carrero Blanco. A los cinco se les acusaba de la muerte de los guardias
civiles Gregorio Posadas y Antonio Pose, y de los miembros de la Policía
Armada Ovidio Díaz y Lucio Rodríguez, en distintas circunstancias: desde el
ametrallamiento perfectamente planeado y ejecutado por ETA, hasta el
tiroteo callejero o las trágicas chapuzas del FRAP. A otras seis personas
(cinco activistas del FRAP, dos de ellos mujeres, y uno de ETA), acusados
de participar en los mismos delitos, se les conmutó la pena de muerte por
la de 30 años en aquel Consejo de Ministros. A finales de 1977 todos fueron
amnistiados y excarcelados.
De izquierda a derecha: los miembros de ETA Ángel Otaegui y Juan Paredes
Manot, Txiki' y los militantes del FRAP Luis Sánchez-Bravo Solla, José
Humberto Baena Alonso y Ramón García Sanz, todos ellos enviados al paredón
por Franco dos meses antes de su muerte.
Tres continúan con vida: Manuel Blanco Chivite, Vladimiro Fernández Tovar y
José Antonio Garmendia. Otros tres murieron jóvenes: Manuel Cañaveras (que
cuando fue condenado estudiaba COU), María Jesús Dasca y Concepción
Tristán. El más hermético y misterioso de los conmutados es Garmendia, de
74 años, en silla de ruedas como consecuencia del disparo policial en la
cabeza, pero bien de raciocinio y autonomía, volcado en la religión, ajeno
desde aquellos años a ETA y que vive en el caserío familiar de la sierra de
Aralar (Gipuzkoa) decorado con una réplica del Guernica, de Picasso. De
acuerdo con la Ley de Memoria Democrática de 2022, los juicios de estos
encausados se consideran ilegales y nulos, al igual que sus sentencias. Sin
embargo, no tienen derecho a reparación económica. Los que sobrevivieron a
la pena máxima y las familias de los ejecutados exigen hoy la verdad. Lo
explica Vladimiro Fernández Tovar, de 74 años, uno de los sentenciados cuya
pena fue conmutada: “Queremos que se dé un paso más y los consejos de
guerra queden anulados en el BOE, y que alguien nos explique por fin por
qué se decidió la muerte de aquellos cinco jóvenes”.
Esa es la misión de la jefa de la Fiscalía de la Memoria Democrática,
Dolores Delgado: luchar por la justicia transicional que busca la
reconciliación y la consolidación democrática de la sociedad. “La
transicional es restaurativa y reparadora, no punitiva”, explica la fiscal.
“Se lleva a cabo al final de un conflicto para conocer la verdad. En España
ha sido diferente, porque hemos padecido la dictadura más longeva de
Europa. Ahora ha llegado el momento de saber qué ocurrió en el franquismo,
quiénes participaron y si hay algún tipo de reparación. La ley de Amnistía
de 1977 fue de punto final con el régimen de Franco. Puso al mismo nivel a
víctimas y victimarios. Pero al amparo de la Ley de Memoria Democrática,
esta Fiscalía puede abrir una investigación efectiva. Ver si los
victimarios han muerto y sentar la verdad y un espacio de justicia, que es
una obligación de todo Estado democrático”.
Un proceso sin aliento
En septiembre de 1975, todo fue cuestión de horas. Una carrera contra reloj
entre los duros del régimen para acelerar las ejecuciones antes de que
Franco muriera, y de su defensa, para retrasarlos. Lo resume un militar de
la época: “Sabíamos que si se posponían, ya nunca las haríamos. Y los
abogados de los terroristas eran conscientes de lo mismo. Era un tira y
afloja”. Al final, aquellos fusilamientos dinamitaron el proyecto de los
servicios de inteligencia de perpetuar el franquismo sin Franco. La
movilización obrera y estudiantil, la repulsa internacional y la actividad
de la propia Iglesia volaron por los aires la posibilidad de eternizar una
dictadura maquillada. Lo analiza el reo Vladimiro Fernández Tovar:
“Quisieron hacer de los fusilamientos un escarmiento, pero solo lograron
acelerar la liquidación del régimen”. Y lo remacha el historiador Pau
Casanellas: “El franquismo no redujo la represión al final, sino que la
incrementó. La democracia no nos cayó del cielo, sino que fue producto de
la movilización y de decenas de muertes en aquellos años por la policía y
la extrema derecha. El animal estaba medio muerto y en septiembre de 1975
dio un último zarpazo. El Gobierno tenía margen de maniobra para no
matarlos, pero la sentencia estaba dictada de antemano”.
Una de las hojas del expediente que guarda el Archivo General del
Ministerio del Interior de José Humberto Baena Alonso, miembro del Frente
Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP) fusilado el 27 de septiembre
de 1975. Los expedientes completos que recojen documentación acumulada
durante la estancia en prisión de los cinco condenados a muerte se puede
consultar al final de este reportaje.
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Esta es la historia de los últimos 36 días de vida de los fusilados, el
tiempo que empleó la maquinaria franquista en acabar con su vida poniéndose
por montera los derechos humanos, la separación de poderes, la presunción
de inocencia, el derecho a un proceso con garantías, a la justicia
ordinaria, a una instrucción imparcial, a un juez predeterminado por la
ley, a una defensa efectiva y a la presentación y admisión de pruebas y
testigos adecuados. La tortura fue la fórmula aplicada a los procesados
para conseguir su confesión por parte de la Brigada Político Social (la
social) de la policía en sus centros de detención de la madrileña Puerta
del Sol —a cargo del inspector Antonio González Pacheco, alias Billy el
Niño— y Via Laietana, 43, de Barcelona, dirigido por el comisario Julián
Gil Mesas. Ambos asistirían a los fusilamientos en Madrid y Barcelona. El
primero con la corbata más festiva de su amplio guardarropa. El relato de
los supervivientes sobre el catálogo de torturas que sufrieron es
abrumador. En especial, con Txiki. Según explica un exmilitante etarra,
compañero de talde (comando) y expropiaciones (robos a mano armada) de
Paredes en Barcelona, con delitos de sangre y que ha pagado con 30 años de
cárcel, durante una conversación en Vitoria: “Mientras me torturaban, los
policías me dijeron que con Txiki se les había ido la mano. La social lo
machacó a conciencia. Lo odiaban porque era un etarra nacido en Extremadura
y no les entraba en la cabeza. Además, era un tipo bregado; antes de que le
cogieran disparó a los grises [policías armados] los dos cargadores de su
pistola”.
Todos cantaron. Fue la única prueba real de su culpabilidad aportada por la
acusación militar en los cuatro consejos de guerra. Los atestados iniciales
de la Guardia Civil y la Policía Armada y los interrogatorios de la social
se constituyeron en la base de los sumarios militares instruidos por jefes
del ejército sin formación jurídica pero teledirigidos desde las auditorías
de guerra de la I Región Militar (Madrid), la IV (Cataluña) y la VI
(Burgos), a las órdenes directas del respectivo capitán general, “que era
el mandarín del emperador en cada territorio, con más poder incluso que el
ministro”, ironiza el coronel auditor Ramírez Barbero. Otro auditor de la
época recuerda cómo procedían: “Los oficiales del Cuerpo Jurídico Militar
dirigíamos la instrucción, aunque no teníamos relación directa con el
acusado hasta el juicio. Les tomaba declaración e interrogaba un oficial de
las armas, lego en derecho, pero nosotros lo mirábamos con lupa, y le
decíamos: haga esto, pregunte por esto, apriete por aquí, haga un careo. Y
de esa forma, el jefe de la Auditoría de Guerra, que era la muleta jurídica
del capitán general, iba preparando la acusación a conveniencia hasta que
el fiscal militar entraba en acción. No hacía falta demostrar nada, bastaba
con la convicción. Para nosotros era delito flagrante”.
Archivos de la cárcel de Burgos de 1975.
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Los últimos 36 días
La maquinaria del crimen de Estado arrancó el viernes 22 de agosto de 1975,
en el pazo de Meirás (A Coruña), la residencia veraniega del dictador. En
un plácido Consejo de Ministros celebrado en el comedor del antiguo palacio
de Emilia Pardo Bazán, decorado con primorosa porcelana gallega, el
Gobierno de Arias Navarro aprobó el decreto ley 10/1975 sobre Prevención
del Terrorismo, que entró en vigor el miércoles 27 de agosto. Suponía una
vuelta de tuerca a la represión en España. Las Vascongadas ya padecían
desde abril el Estado de excepción, pero este decreto ley extendía ese
modelo de recorte de las (escasas) libertades a todo el país. Aumentaba las
penas máximas para los delitos políticos, asignaba a la jurisdicción
militar la competencia para juzgar al terrorismo organizado (incluso a
través del llamado juicio sumarísimo, que suponía enjuiciar al reo en
horas, sin apenas defensa ni posibilidad de apelación) y concluía: “Si del
atentado resultare muerte de alguna de las personas mencionadas (agentes de
la autoridad, de las Fuerzas Armadas y de Seguridad del Estado y demás
funcionarios), se impondrá la pena de muerte”. Era una ley concebida para
matar. Sin guardar un ápice las apariencias, al día siguiente de entrar en
vigor, el jueves 28 de agosto de 1975, se llevó a cabo el primer consejo de
guerra en Burgos. Los tres siguientes serían los días 11 y 17 de septiembre
en Madrid, y el 19 en Barcelona.
Los cuatro atentados habían sido realizados antes de la promulgación del
decreto antiterrorista. En puridad, no se les podía aplicar a los acusados.
A la dictadura no le importó. Emitió el 11 de septiembre una fantasmal
circular desde la Fiscalía Togada Militar en sentido contrario y obvió las
sutilezas jurídicas. Dos de los consejos de guerra se realizarían con
carácter sumarísimo. En el segundo de Madrid, los abogados fueron
expulsados de la sala con una metralleta en la espalda por contradecir al
presidente del tribunal, el coronel Ricardo Oñate. “Se comportó como un
cafre; lo único que le preocupaba era que le hiciéramos perder tiempo; te
la jugabas al pedirle la palabra”, recuerda José Folguera, defensor de
Blanco Chivite. El defensor del ejecutado Ramón García Sanz era el abogado
de 25 años Gerardo Viada. “Lo triste fue darte cuenta de que al Estado no
le importaba el derecho. Les aplicó la ley antiterrorista con efecto
retroactivo con el objetivo de obtener las penas de muerte. La sentencia
estaba predeterminada hiciéramos lo que hiciéramos”, recuerda. Este extremo
lo confirma sin ninguna duda el que era capitán de la Policía Militar en
Barcelona, Fernando San Agustín, que custodiaba el Gobierno Militar donde
se iba a celebrar el consejo de guerra de Txiki: “Antes del juicio estuve
hablando con el general auditor de la IV Región Militar, que dirigía el
montaje. Me desagradó desde el primer momento. Daba por sentado que lo iban
a fusilar. ‘Esto es condena de muerte’, me dijo en privado. Y me sugirió
que el pelotón fuera de la Policía Militar. ¡Y ni siquiera se había
iniciado el consejo de guerra!”. Aquel general encargado de cocinar la
sentencia en Barcelona era el jefe de su Auditoría de Guerra, Pascual Vidal
Aznares, simpatizante de la ultraderechista Fuerza Nueva y que había
ocupado el mismo puesto en el proceso que condujo sin pruebas en marzo de
1974 al garrote vil al militante anarquista Salvador Puig Antich, de 25
años. En Barcelona se reproducía en 1975 todo el elenco inquisidor de Puig
Antich: al frente, el mismo capitán general, Salvador Bañuls. Y, a su lado,
el vocal ponente del juicio, el comandante Francisco Muro Jiménez, que
orquestó el agarrotamiento de Puig Antich en 1974 a manos de un verdugo
borracho en la Modelo de Barcelona.
Mertxe Urtuzaga en la tumba de su primo, Ángel Otaegui.
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El ensayo general
En Burgos, la justicia militar llevaba la delantera. Era una Auditoría de
Guerra que los ultras calificaban como “heroica” en su lucha contra ETA.
Cinco años antes, en diciembre 1970, el franquismo había juzgado en el
Gobierno Militar de esa ciudad a 16 militantes etarras. Condenó a muerte a
seis. “Pretendían que fuera una especie de tribunal de Núremberg, un juicio
colectivo y ejemplar al separatismo vasco, y les salió fatal”, recuerda un
oficial que participó en aquel juicio. El coronel jefe de la Auditoría de
Guerra (Fernando Suárez de la Dehesa) y el comandante fiscal (Carlos
Granados Mezquita) tendrían el mismo papel en diciembre de 1970 que en
septiembre de 1975: el primero, cocinaría la instrucción y el segundo, de
forma personal y hermética, a base de unas exhaustivas fichas
confidenciales, diseñaría la acusación y pediría la pena máxima. El abogado
Miguel Castells, de 94 años, todavía en ejercicio, defensor de Fernández
Tovar en el consejo de guerra de 1975 y que también intervino en el de
1970, recuerda: “En el de 1970 hicimos una defensa política y rupturista y
los acusados lograron romper el juicio”. Uno de ellos, Mario Onaindia,
gritó en la sala que en ese tribunal se estaba juzgando a Euskadi. En
respuesta, un auditor desenvainó su sable (de rigor para los oficiales en
los consejos de guerra) y se lo puso en el pecho. El espectáculo fue
vergonzoso. Y la repercusión internacional, demoledora para el franquismo.
El Gobierno dirigido por Carrero Blanco se vio obligado a aplicar el
derecho de gracia, ante el disgusto de los militares ultras que exigían
sangre.
¿Por qué se conmutaron las penas de muerte en 1970 y no en 1975? Contesta
el historiador Gaizka Fernández, del Centro Memorial de las Víctimas del
Terrorismo, en Vitoria: “En 1975, Arias Navarro quiso dar un golpe de
efecto con vistas a los ultras que estaban pidiendo su cabeza. Intentaba
legitimarse, consolidarse en el poder. Su posición fue la opuesta a la de
Carrero en 1970, que se sentía fuerte y se opuso al fusilamiento. No quiso
crear mártires de ETA ni molestar a la Comunidad Europea, con la que
acababa de firmar un acuerdo preferencial. En 1970 se intentó dar una
imagen de clemencia desde la fortaleza. Todo lo contrario que Arias en
1975, que, desde su total debilidad, dice: ‘Vamos a por ellos’. Y mata a
cinco, pero conmuta a seis para que Europa no se enfade demasiado. Quiso
contentar a todos y no contentó a nadie. Y creó dos mártires de ETA”.
Aquel primer juicio de Burgos de 1970, con sus seis penas de muerte
conmutadas, supuso un baldón para el orgullo franquista. Sin embargo, de
ese fiasco sacarían para los juicios de 1975 un acopio de lecciones los
capitanes generales de las tres regiones implicadas: Ángel Campano,
Salvador Bañuls y Mateo Prada. Los tres eran las máximas autoridades
judiciales en su territorio, con el poder de elegir al instructor, el
fiscal, el presidente del tribunal y sus componentes; el sitio y la hora
del juicio; de aprobar y firmar la sentencia, y disponer el lugar y el
piquete para la ejecución. En la segunda planta del Gobierno Militar de
Burgos, sede de la Auditoría de Guerra y de la Fiscalía, se trabajó duro
para llevar a los miembros de ETA a la pena capital sin hacer ruido. Un
manual que se extendería a los juicios de Madrid y Barcelona. No habría un
macroproceso como en 1970, sino cuatro consejos de guerra más pequeños y
discretos. Y se juzgaría a los acusados en lugares aislados y dando
contados permisos a la prensa, las familias y los observadores. El espacio
para el público estaría copado por militares, policías de paisano y
oficiales de la inteligencia militar. Nada más traspasar sus alambradas,
los acusados y sus defensores se toparían con un decorado de centinelas y
carros de combate destinado a provocarles terror escénico. El abogado
Mariano Benítez de Lugo, defensor de Pablo Mayoral en el primer consejo de
Madrid, se recuerda traspasando el control y topándose con un gris
apuntándole con su subfusil mientras le amenazaba: “Qué, usted es de los
que vienen a salvar la vida de los que nos matan…”.
Mariano Benítez de Lugo, uno de los abogados de los militantes del FRAP.
En Burgos, el lugar elegido por el auditor De la Dehesa y el fiscal
Granados para el consejo de guerra fue la base militar de Castrillo del
Val, a 11 kilómetros de la capital, aún sin inaugurar oficialmente. Antes
de entrar, agentes de la Social tomaban nota de los asistentes para
ulteriores investigaciones. Un general auditor explica: “Se decidió hacerlo
en Castrillo para evitar montar un circo en el céntrico Gobierno Militar
(como se había hecho en 1970), que suponía cortar la Nacional I y
enfrentarse a los desórdenes. Además, el alcalde se había quejado al
capitán general de que Burgos se estaba convirtiendo en la capital de los
juicios contra ETA y eso daba mala imagen”. Para la vista oral, el capitán
general Prada Canillas se decidió por el 28 de agosto, cuando la ciudad
estaba todavía de vacaciones y no daba tiempo a la oposición para organizar
una respuesta en la calle. Los tres siguientes juicios se hicieron sin
perder un minuto.
En Madrid, sede de la I Región Militar, bajo el mando del capitán general
Ángel Campano, arribista y con aspiraciones políticas, se tomó nota de
Burgos y la operativa fue similar, en este caso bajo la dirección del
general auditor José Luis Uriarte Rejo, que el 22 de julio se había
entrevistado con Franco. Los juicios se realizarían en la base de El
Goloso, a 18 kilómetros de la capital, sede de la Brigada Acorazada XII, la
más poderosa del Ejército. En cambio, en Barcelona, el despótico capitán
general Salvador Bañuls (que estaba enfermo y murió seis meses más tarde)
envidó a la grande y optó por juzgar a Txiki en el Gobierno Militar, al
final de La Rambla, en la misma sala de justicia donde Puig Antich había
sido sentenciado a muerte 18 meses antes. Explica un oficial de la época:
“Los tres eran capitanes generales, pero cada uno tenía su estilo; eran más
franquistas que Franco, pero querían hacer méritos y aplicaron su libreto a
los juicios y los fusilamientos a partir de las sugerencias que les
llegaban de El Pardo”.
Durante la vista los acusados permanecerían esposados a la espalda y
custodiados cada uno por dos grises. En alguno, la huella de la tortura era
evidente, como Pablo Mayoral, con la camisa manchada de sangre. El jurado
militar de cada consejo de guerra, compuesto por cinco oficiales, estaba
orientado por un “vocal ponente” del Cuerpo Jurídico, el único con
conocimientos de derecho y que tenía una posición clave en la votación
final. “Votabas lo que te decía el jurídico, que transmitía las órdenes de
arriba. Había unidad absoluta con el mando, y tú no tenías ni idea y te
dejabas llevar”, explica uno de esos oficiales. Lo remacha el coronel
Arturo Gurriarán, uno de los fundadores de la antifranquista UMD: “El
jurídico que actuaba como ponente mandaba más que el presidente del
tribunal, se sentaba a su lado y le apuntaba todo el rato. La sentencia
venía predeterminada. Se hacía la pantomima del juicio y solo quedaba que
la firmara el capitán general”. La consigna en 1975 fue que cada consejo se
despachara en un día y la sentencia, en menos de 24 horas. Y fusilar a
todos al mismo tiempo para evitar una cascada de protestas. Lo resume el
abogado Gerardo Viada: “No tuvimos tiempo ni para tener miedo”.
Buscando defensores
Cuando el abogado Miguel Castells veía la cosa muy negra en los consejos de
guerra en los que participó durante el franquismo decía: “Esto huele a
cadaverina que apesta”. Ese fue el escenario que se encontraron a finales
del verano de 1975 los abogados de los 11 procesados por la jurisdicción
militar. Era una causa perdida. La rápida movilización de Castells y de
Juan María Bandrés en el País Vasco (veteranos del Juicio de Burgos de
1970), de la pareja formada por Marc Palmés y Magda Oranich en Barcelona
(defensores de Puig Antich en 1974), y de la joven letrada laboralista
Paquita Sauquillo en Madrid, logró que se organizara en días una defensa
muy activa. Tenía mucho de defensa colectiva. Tal como pintaban las cosas,
no podía ser rupturista (como en 1970) sino posibilista. Los enjuiciados
admitirían su militancia pero no los hechos ante la evidente falta de
pruebas. Se trataba de exprimir la ley, recusar y recurrir. Retrasar. Y
poner en tela de juicio a la justicia militar. Y, al mismo tiempo, moverse,
hablar con la prensa internacional, las representaciones diplomáticas, los
sindicatos clandestinos y hasta los obispos. José Folguera, que tenía 25
años, salía disparado en su moto desde el despacho madrileño de abogados de
Paquita Sauquillo (que se conserva tal como estaba en esos días) en
dirección a la Nunciatura, el Colegio de Abogados o a Correos para enviar
telegramas a cualquier lugar del mundo. Lo tenían todo en contra. Para
empezar, la incomunicación que sufrían sus defendidos, que hacía que la
relación con ellos fuera mínima. “No les podíamos dejar abandonados. El
tribunal no pudo probar la acusación, pero no tuvo compasión”, recuerda
Sauquillo. Aquella veintena de abogados se la jugaron al defender a los
acusados. Eran hijos e hijas de la burguesía, militantes de izquierdas sin
siglas, procedentes de grupos católicos de obreros. Ninguno compartía los
métodos violentos de sus defendidos: “Yo le dije a Pablo Mayoral: ‘No estoy
conforme con los atentados, pero voy a luchar para que no te condenen a
muerte”, recuerda Benítez de Lugo. Folguera coincide en el análisis: “No
teníamos simpatía por sus postulados, pero nadie les defendía. Lo hicimos
por idealismo, porque iban a por ellos y porque éramos antifranquistas. El
ala dura del régimen se había hecho con el poder y a estos cinco les tocó
la china”.
Mikel Paredes, hermano de Juan Paredes Manot, 'Txiki', muestra un álbum de
fotos familiar.
La muerte de Txiki
Magda Oranich, de 79 años, permaneció junto a su defendido, Juan Paredes
Manot, hasta el último segundo. Fue testigo de cómo seis guardias civiles,
con pelucas y barbas postizas bajo el tricornio para no ser identificados,
acribillaban a Txiki mientras permanecía atado a un poste en un claro del
bosque junto al cementerio de Collserola, a 20 minutos de Barcelona.
Oranich recogió 11 casquillos de bala que ha guardado estos años. La mitad
(retratados en la portada de esta revista) se conserva en la Fundación
Histórica de los Benedictinos de Lazkao (Gipuzkoa). Ella estaba detrás del
pelotón, junto al también defensor Marc Palmés y el hermano mayor del reo,
Mikel Paredes, que se abalanzó sobre los ejecutores cuando uno de los
guardias se volvió hacia ellos entre burlas mientras hacía fuego.
Visitamos con Magda Oranich el escenario del fusilamiento de las 8.35 del
día 27 de septiembre de 1975. La letrada va relatando la puesta en escena
de aquella madrugada macabra: “No nos dijeron dónde se iba a realizar el
fusilamiento y tuvimos que seguir su convoy desde la Modelo. No habría
menos de 50 personas y 15 coches. Lo cortaron todo. Aquí estaba la
ambulancia de la Cruz Roja donde los camilleros se echaron a llorar cuando
todo acabó; aquí, los de la Social en sus coches negros con el comisario
Gil Mesas al frente; al fondo se veía el cementerio donde le enterraron
provisionalmente. Subimos por este terraplén hasta el pino grande. Txiki
llevaba un jersey de lana azul que le habían hecho las presas de la Modelo.
Todos los tiros le dieron en el pecho y la tripa. Sonaban como los petardos
de antes de los fuegos artificiales: pac pac pac. Siguió cantando el Eusko
gudariak hasta el tiro de gracia. Antes de enterrar a Txiki pudimos hacerle
a escondidas una foto en el ataúd. Oculté el carrete en mi sujetador.
Cuando un policía vino a cachearme, un oficial del Ejército le dijo: ‘A la
señora, ni tocarla”.
Cadáver del miembro de ETA Juan Paredes Manot, 'Txiki', de 21 años,
ejecutado junto al cementerio de Collserola el 27 de septiembre de 1975.
Esta imagen fue tomada a escondidas por sus abogados Marc Palmés y Magda
Oranich.
Los escenarios de los fusilamientos producen hoy escalofríos. Ese pequeño
claro en el bosque de Collserola, a 18 kilómetros de Barcelona; un muro en
la granja de la cárcel de Burgos, que apestaba a bosta de vaca; un
inhóspito campo militar de tiro llamado Matalagraja, a 40 kilómetros de
Madrid. Los tres lugares permanecen como estaban, perdidos en su soledad y
su absurdo. Imaginar lo que pasó en ellos hace casi 50 años es una
pesadilla.
¿Ejecutores voluntarios?
Una vez aprobadas las condenas de muerte en el Consejo de Ministros del día
26, la patata caliente era quién los iba a ejecutar. “Los militares se
negaban, creían que ya habían cumplido y les tocaba a otros matarlos.
Además, algunos ya estaban pensando en su carrera después de Franco”,
explica un oficial. “Había una distribución de funciones entre los
militares, y los policías y los guardias, cierto clasismo de los primeros,
que contemplaban su misión como más elevada y no se habían involucrado
tanto en la represión directa. El Ejército tenía la certeza de que los
matarifes tenían que ser las Fuerzas de Orden Público. Y así se hizo”,
añade. Un coronel que entonces mandaba como capitán una Compañía de la
Policía Armada insiste que ellos tenían poco que ver en todo aquello: “En
realidad, solo fusilamos, porque los soldados del Ejército eran de la mili
y no se les podía encargar eso”.
La organización, reclutamiento y la identidad de los miembros de los
piquetes de ejecución sigue siendo un secreto de Estado. Los investigadores
dudan de que exista una relación nominal de los ejecutores. En 2018 y en
2021, el diputado de Bildu Jon Iñarritu interpeló al respecto al Gobierno
(bajo la inspiración de Arnaldo Otegi) y solo consiguió una larga cambiada:
“El Ministerio del Interior no tiene información relativa a los hechos
señalados en sus archivos”, fue la escueta respuesta dada.
El último Gobierno de Franco afirmó tajante que los miembros de la Policía
Armada y la Guardia Civil que componían los piquetes de ejecución habían
sido voluntarios. Trataba de demostrar la fortaleza y unidad del régimen.
Una afirmación que hoy no se sostiene. También repitió que para evitar las
venganzas personales serían policías los que fusilarían a los condenados
por matar a guardias civiles y guardias civiles los que fusilarían a los
asesinos de policías. Sin embargo, algunos ejecutores tenían una deuda de
sangre directa con los ejecutados. En ese entorno, nada más concluir una de
las ejecuciones, se escuchó a un policía con el humeante fusil bajo el
brazo: “Este no vuelve a matar a uno de los nuestros”.
La maquinaria franquista funcionó. Las órdenes descendieron con eficacia
desde el Gobierno hasta el último escalón militar, judicial, policial y
carcelario. Los testimonios sobre los preparativos de los fusilamientos son
mínimos. Quizás los más importantes estén en las memorias del general José
Antonio Sáenz de Santa María, en aquel momento poderoso jefe del Estado
Mayor y número dos de la Guardia Civil, redactadas en tercera persona,
sobre los fusilamientos en Madrid: “Había que seleccionar un pelotón y un
teniente para mandarlo. Para ello [Sáenz de Santa María] intentó encontrar
voluntarios en la Compañía de Destinos de la Guardia Civil, pero no se
presentó nadie. Fue necesario echar mano del orden regular de los servicios
para designar a los ocho guardias que deberían efectuar los fusilamientos.
Todos ellos, lo mismo que el teniente, recibieron la orden con muestras de
desagrado, pero, en contra de lo que se temía, ninguno se negó”. El general
continúa: “Los nombres de todos los miembros del pelotón serían mantenidos
para siempre en secreto. Uno de los condenados murió en el acto, pero otros
dos tuvieron que recibir el tiro de gracia del teniente, quien sufrió una
crisis nerviosa que le mantuvo largo tiempo apartado del servicio”.
Juan José Agirre, del archivo de los benedictinos de Lazkao.
Otra fuente, un jefe policial de la época, nos aporta durante una
conversación más luz sobre la voluntariedad de los pelotones: “En el
acuartelamiento de Moratalaz, en Madrid, donde estaban las unidades móviles
[de choque] de la Policía Armada, se ordenó la tarde del 26 de septiembre
la formación en el patio. Los oficiales les comunicaron a los policías que
había surgido un nuevo servicio, sin especificar, y que lo iban a echar a
sorteo, porque sólo hacían falta unas docenas. Ante la duda, algunos
argumentaron indisposiciones u obligaciones familiares que los mandos no
tuvieron en cuenta. No obstante, sí hubo voluntarios, aunque no puedo
afirmar con rotundidad que estos supieran a ciencia cierta que iban a
ejecutar a unos reos. Hay versiones en los dos sentidos: una, que lo
desconocían; otra, que lo sospechaban y se apuntaron”.
En torno a las 10.15 del 27 de septiembre se había acabado todo. Pero este
capítulo final del franquismo había empezado unos meses antes con la muerte
de cuatro agentes de la autoridad de los que pocos recuerdan sus nombres.
Eran Gregorio Posadas Zurrón, de 33 años, con dos hijos; Ovidio Díaz López,
de 31 años, con un hijo y su mujer esperando el segundo; Lucio Rodríguez,
de 23 años, y Antonio Pose, de 49 años. Fueron víctimas del terrorismo,
pero el asesinato de Estado al que se sometió a sus presuntos victimarios
hizo caer sobre ellos la sospecha y el olvido hasta convertirlos en
víctimas de segunda cuyas familias han preferido no hablar en este
reportaje. Es lo que María Jiménez, profesora y experta en víctimas del
terrorismo, define como una doble victimización: “Los ejecutados se
convirtieron de manera automática en victimarios-víctimas y, a ojos de sus
conniventes, elevados a la categoría de mártires. Al mismo tiempo, los
agentes de cuyas muertes se les acusaba no solo fueron asesinados, sino que
sus asesinos, a causa del castigo inmisericorde que el régimen les impuso,
han acaparado la atención en términos periodísticos, bibliográficos y
públicos”. Una tesis que comparte la abogada de las víctimas del terrorismo
Carmen Ladrón de Guevara, que las define como “víctimas olvidadas a las que
se ha tratado peor que a ninguna otra al ser fusilados injustamente los
autores de su muerte”.
Entre agosto y septiembre de 1975 la dictadura puso en marcha su maquinaria
para asesinar a cinco antifranquistas. Desde 1959 no se ejecutaba a un
número tan elevado de personas. Centenares de funcionarios participaron en
el hecho. El huracán de la transición se llevó al olvido esas muertes
injustas. Al final, como recuerda Gerardo Viada, defensor del ejecutado
Ramón García Sanz: “Cuando tras la ejecución fui a recoger sus pertenencias
al Gobierno Militar, me entregaron un reloj barato, una cartera sin dinero
y un transistor. Cabían en una caja de zapatos. Tanto dolor para tan poco
beneficio”.
Diario de un proceso
Cuando comenzamos a trabajar en este reportaje hace más de seis meses y se
empezó a recabar una completa información documental (además de la oral o
escrita de las fuentes directas con vida, o sus familiares y allegados)
para su realización, se consultó a la Administración del Estado concernida
(los hoy ministerio de Defensa y ministerio del Interior, en aquel momento
ministerio del Ejército y ministerio de Gobernación) al respecto. La
colaboración con la Comisionada para los 50 años de España en Libertad,
Carmen Gustrán, fue completa y enriquecedora. A su vez, el ministerio del
Interior nos proporcionó la documentación inédita que publicamos a
continuación. Se trata de los expedientes personales de los cinco
condenados durante su estancia en prisión y toda la documentación de su
periplo carcelario y su enjuiciamiento, hasta el momento de su ejecución,
realizados por la entonces Dirección General de Instituciones
Penitenciarias.
Los dossier se inician con la filiación en prisión de los tres militantes
del FRAP y dos de ETA con la elaboración de sus fichas carcelarias en las
que constan sus huellas dactilares y datos completos, y concluyen con la
notificación de haberse llevado a cabo su ejecución en Madrid, Barcelona y
Burgos por fuerzas de la Policía Armada y la Guardia Civil. Los documentos
reflejan el enjambre de administraciones implicadas de las Fuerzas Armadas,
las Fuerzas de Orden Público y la Dirección General de Instituciones
penitenciarias; las capitanías generales de la I, IV y VI Región militares,
sus Secretarias de Justicia y sus Auditorías de Guerra. Unos documentos que
demuestran que para dar apariencia de legalidad al juicio y ejecución de
los cinco condenados de los que el día 27 se rememoran los 50 años de su
muerte, todo el aparato coercitivo del Estado participó de forma intensa,
conforme a las leyes de la dictadura y con todos los medios necesarios,
para el proceso que concluyó con los cinco fusilamientos.
5ac546025023c1a37318582b11605c…
José Humberto Baena Alonso>
Miembro del FRAP. Fusilado el 27 de septiembre de 1975 en el municipio de
Hoyo de Manzanares (Madrid).
Ver el expediente completo >
c3a4c5163917e64541e71843a50b86…
José Luis Sánchez Bravo>
Miembro del FRAP fusilado el 27 de septiembre de 1975 en Hoyo de Manzanares
(Madrid).
Ver el expediente completo >
ad599366f78539dfef03c8b83c35ba…
Ramón García Sanz>
Miembro del FRAP fusilado el 27 de septiembre de 1975 en Hoyo de Manzanares
(Madrid).
Ver expediente >
9615f14c2c3020fdd5beded9157175…
Ángel Otaegui Echeverria>
Miembro de ETA fusilado el 27 de septiembre de 1975 en Burgos.
Ver el expediente completo >
c125b45167cb7a921fd621c8b13c66…
Juan Paredes Manot ('Txiki')>
Miembro de ETA fusilado el 27 de septiembre de 1975 en Barcelona.
Ver el expediente completo >
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