Periódico publicado en su blog cada fin de mes por María Jesús Sánchez Oliva “Premio Tiflos 1996 y 2013”. Secciones: Portada. La Vitrina (libros). Mesa camilla (opinión). Cajón de Sastre El Álbum de la Lengua La Butaca (noticias positivas). Carta a… Cosas de Garipil (espacio de María Jesús). Y ya que has venido, entra en mi mercadillo. http://palabrascatetas.blogspot.com/
sábado, 2 de mayo de 2026
CAJÓN DE SASTRE
Memoria histórica
NATALIA JUNQUERA
Madrid - 07 ABR 2026
El 3 de agosto de 1939, el coronel Manuel Cascón, de 44 años, escribe su
última carta: “Queridísima madre, hermanas y sobrinos: Ha llegado la hora
fatal para ustedes, pues para mí es la redención de tantas miserias. No hay
necesidad de que a su ánimo pretenda convencer que no he sido ni un
asesino, ni un ladrón, ni un inductor. No he sido más que un buen militar,
que por esto me quedé aquí, habiéndome podido marchar, y por ello les pido
perdón, pues es el último disgusto que les doy. Dios sabe perfectamente lo
que he sido y lo que soy, limpio de toda bajeza y con un amor a los míos
tan grande que es imposible manifestárselo...”.
Dos días después, a las 20 horas, el médico asignado reconoce el cadáver,
que presenta “heridas de pequeño proyectil en cabeza y tórax”. El coronel,
último responsable de la aviación militar republicana, viste uniforme de
gala. Deseó estrenarlo ese día. También se negó a que le vendaran los ojos
porque quería mirar de frente a los militares sublevados que lo habían
obligado a limpiar letrinas, a los traidores que le habían detenido y
condenado a muerte por el delito que solo ellos habían cometido,
“rebelión”. Previamente, intuyendo la inminencia del final, Cascón se había
hecho tomar una fotografía para los suyos, la misma que, casi nueve décadas
después, corona la mesa del salón de su sobrino.
Jurista retirado, Juan José Aparicio Cascón, de 95 años, envió al
historiador Ángel Viñas las memorias de su familia con la ilusión de que
pudieran formar parte de un libro. Se está quedando ciego, así que en lugar
de escribir, grabó decenas de audios en los que daba cuenta de toda la
información que había recopilado sobre sus parientes represaliados. Viñas
explica que entonces estaba rematando otras tres investigaciones, y en su
prolífica obra no había “ningún libro parecido”. Empezó en los setenta,
indagando en las relaciones económicas entre Alemania y España durante la
Guerra Civil, es decir, en la ayuda de Hitler a Franco; los verdaderos
motivos de la contienda, el oro de Moscú y los papeles de Negrín; el pacto
con EE UU; los sobornos británicos… Si con 85 años se animó a firmar mano a
mano con Aparicio Cascón El doloroso camino de una familia de Ciudad
Rodrigo. República, guerra, dictadura, editado por la Universidad de
Salamanca, es decir, a fundir en un volumen de 202 páginas la Historia con
mayúsculas y la historia personal de “una familia machacada”, fue porque la
primera vez que supo de las circunstancias de la muerte del coronel Cascón
se le saltaron las lágrimas. Y no es una forma de hablar, porque, al
explicarlo, vuelve a emocionarse: “Pudo huir con sus compañeros y no lo
hizo porque había jurado ser leal a la República. Me impresionó que se
vistiera con el uniforme de gala para colocarse frente al pelotón de
fusilamiento. No todo el mundo muere así. Decidí hacer este libro por amor
a la verdad, por amor a la historia, y aunque suene ridículo, por amor a
España, a la mejor España. Para que este país sepa quiénes fueron los
mejores españoles”.
En su casa de Madrid, Cascón Aparicio abre un maletín donde guarda el
tesoro triste de su familia: cartas de despedida, fotografías de los
asesinados, consejos de guerra. El coronel no es la única víctima. “A mi
padre, Eduardo Aparicio Fernández, fueron a buscarlo el 15 de diciembre de
1936. Acababa de llegar del banco y estábamos comiendo. Aparecieron dos
personas que se identificaron como policías y le dijeron: ‘Tiene que
acompañarnos para hacer unas declaraciones en el Ayuntamiento’. Fue la
última vez que lo vimos. Yo tenía seis años y mi hermana Lely, nueve”.
Eduardo Aparicio no pertenecía a ningún partido político y dirigía una
oficina bancaria en Ciudad Rodrigo (Salamanca). Cuando se lo llevaron
detenido, ya habían fusilado “al primo Manolo”, es decir, a Manuel Martín
Cascón, alcalde de la localidad, quien antes de ser ejecutado también
escribió emocionantes cartas de despedida. “Querido primo Eduardo: se
celebró el Consejo de Guerra y ya sabes el fatal resultado. No os apartáis
un momento de mi imaginación, mi pobrecita madre, ¡mis hijos! ¿Qué será de
ellos? Todos, todos me atormentáis con vuestro recuerdo...“; “Queridísimo
hermano Avelino: Ocultad a mi madre el sacrificio de mi vida hasta sus
últimos momentos; sé que le costará la vida y solamente su recuerdo me
ahoga y destroza el corazón. ¿Por qué habrá hombres tan malos? El notario
Martín López tiene instrucciones que con más calma redacté. No obstante, en
estos momentos, conservo el ánimo tan sereno como mi conciencia limpia...“.
Manuel Martín Gascón fue fusilado el 30 de agosto de 1936, tras un consejo
de guerra que condenó a muerte a todos los miembros de la corporación
municipal, salvo a dos que también fueron asesinados en el traslado de
Salamanca a Burgos. A Eduardo Aparicio y Avelino Martín Gascón los
asesinaron el 16 de diciembre. El notario al que el alcalde se refería en
su carta era José Martín López, padre de la escritora Carmen Martín Gaite.
Los sublevados tomaron Ciudad Rodrigo el 20 de julio de 1936. A los
registros, multas y detenciones se sucedieron las ejecuciones
extrajudiciales y por consejo de guerra. “A mi padre y a los seis que
detuvieron con él”, relata Aparicio Cascón, “los llevaron a la prisión de
partido, que hoy es una residencia de ancianos. Estuvieron allí hasta
aproximadamente las dos de la madrugada, cuando los trasladaron a una finca
llamada La Rábida para matarlos. Los asesinos los dejaron allí hasta que a
la mañana siguiente pasó un pastor y le obligaron a enterrarlos en una fosa
común. La familia de mi padre se había unido al autodenominado alzamiento
con bastante entusiasmo. Creo que la mayor tragedia de los hermanos y
amigos de mi padre fue constatar la crueldad de la represión viviéndola en
su propia familia. Al enterarse de dónde estaba enterrado, consiguieron una
autorización verbal para exhumar el cadáver y llevarlo al cementerio de
Béjar. Salieron en el camión de un transportista cargado de muebles y les
acompañó un carrero de la fábrica de mis tíos. Fue él quien sacó el cadáver
de la fosa. Me contó que era el segundo, que estaban enterrados todos
juntos, con varios impactos de bala en el pecho y el tiro de gracia en la
cabeza. El hijo del transportista me explicó que su padre lo pasó muy mal,
ya que tuvo que limpiar el cadáver para poder ver la cara y reconocerlo.
Enfermó a consecuencia del impacto que le produjo”.
La familia “bien conectada” se movió y llegó, indirectamente, relata Viñas,
hasta el “arrogante jefe de la autodenominada España nacional, el
Generalísimo Francisco Franco”, cuyo telegrama encabeza el expediente de
pseudoinvestigación que se inició el 2 de enero de 1937 para que un juez
militar instruyera “diligencias previas de averiguación de las causas de la
desaparición de Eduardo Aparicio”. En el colmo del cinismo, las fuerzas que
lo habían pasado por las armas, sin juicio ni sentencia, investigaban su
desaparición cuando ya la propia familia había recibido autorización verbal
para exhumar el cadáver. Se tomó declaración al capitán de carabineros,
quien lo mandó detener, dijo, “por referencias de ser contrario al glorioso
Movimiento Nacional”, y al director de la cárcel, que aseguró que había
sido puesto en libertad y desde entonces no habían tenido más noticia suya.
El expediente se cerró sin señalar culpable alguno. Después de todo, las
ejecuciones extrajudiciales eran entonces, explica Viñas, un “método
habitual”.
Los juicios tampoco implicaban, ni mucho menos, mayores garantías. El
historiador recuerda cómo se le revolvieron “las tripas” al leer el manual
que había escrito el general Felipe Acedo Colunga, fiscal jefe del Ejército
de Ocupación, para retorcer el derecho y construir una “justicia de
exterminio”. Acedo Colunga se inspiró en la Inquisición y asumió las tesis
del derecho nazi para condenar a muerte a miles de personas “no por lo que
habían hecho, sino por lo que eran y pensaban”. En el documento de
instrucciones jurídicas para el nuevo Régimen habla expresamente de la
necesidad de realizar una “depuración despojada de todo sentimiento de
piedad” para “eliminar a todos los que no estén identificados espiritual y
materialmente con el Movimiento”.
El consejo de guerra del coronel Cascón, celebrado el 20 de julio de 1939,
relata que “al iniciarse en España el Glorioso Movimiento Nacional fundado
en el patriótico e imperativo deber de salvarla”, el procesado, “lejos de
prestar su colaboración a la causa de la verdadera España, prestó adhesión
y acatamiento al régimen rojo, sirviendo a sus órdenes”. El ministerio
fiscal declaró: “Debió de dejar de cumplir las órdenes y en su actuación se
aprecia típicamente un delito de rebelión militar”. Viñas apostilla:
“Afirma el ladrón que todos son de su condición”. La sentencia,
condenándole a muerte, se dio a conocer ese mismo día. “No fue un caso de
justicia, sino de venganza”, añade el historiador. “Y es representativo de
lo que hoy muchos, quizá demasiados, quieren olvidar al servicio de las
estrategias de embaucamiento y desfiguración de la República, de sus
servidores y de la Guerra Civil”.
Cuando lo mataron, el coronel tenía 44 años y una novia, María, con la que
pensaba casarse. “Mucho tiempo después”, explica Aparicio Cascón, “mi
hermana, mi prima Eloísa y la hija de esta la visitaron en su casa de
Madrid. La guerra había sido durísima para ella. A su hermano, que
pertenecía al bando sublevado, lo mataron los republicanos. Y a su
prometido, lo fusilaron los vencedores”. En la carta de despedida que le
escribió cuando ya estaba condenado a muerte, Manuel Cascón le pidió que
hiciera “todo lo posible para ser feliz”. “María le contó a mi familia que
guardaba todas las cartas de Manolo y que deseaba que la enterraran con
ellas”.
Una vez perdida la guerra, el coronel cumplió las últimas órdenes: entregar
a los vencedores 100 aviones del ejército republicano. Ese dato aún indigna
a Aparicio Cascón. Mientras el historiador solo habla con “admiración” del
coraje y la lealtad del militar, al sobrino se le mezclan los sentimientos
y junto al orgullo —“era un tipo muy especial, inteligente, deportista, con
amigos en la Institución Libre de Enseñanza, seis veces condecorado, entre
otras, con la medalla al sufrimiento por la patria en 1927″— aparece la
rabia: “Tenía un avión a su disposición para marcharse, la oportunidad de
vivir. Sus compañeros le insistieron en que huyera, le advirtieron de que
lo matarían. Las Navidades anteriores, su hermano Pedro, militar como él,
viajó a Madrid para decirle que la guerra estaba prácticamente perdida y
pedirle que se fuera con él. No hubo manera de convencerlo. Pedro llegó
finalmente a Francia a pie y en Marsella logró coger un barco hacia a
África antes de que estallase la II Guerra Mundial. Llegó a Camerún con un
pequeño maletín que contenía unas mudas y un ejemplar de El Quijote.
Durante la travesía se enteró de que su hermano había sido fusilado”.
“Es un drama específico”, explica Aparicio Cascón, “pero con elementos
comunes a los que vivieron miles y miles de familias. La mía logró salir
adelante, pero pienso en todas las que se quedaron por el camino. Creo que
es importante que la gente joven se dé cuenta de lo que supuso la guerra”.
Ahí coincide al cien por cien con Viñas, que le ha ayudado a mezclar la
Historia con la historia, la tragedia con el ejemplo. Del libro conjunto ha
surgido algo más. “Se puede hacer amigos nuevos pasados los 90 años”,
celebra Juan José. “Estoy muy agradecido a Ángel”.
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