sábado, 2 de mayo de 2026

PORTADA

Queridos lectores: Acaba de salir el número 135 de 30 días, mi periódico, tu periódico, el periódico de cuantos quieran leerlo. NOTA IMPORTANTE A partir de esta fecha (30-Y-2026) y a sugerencia de algunos lectores se agregan dos entradas al periódico: El juego de las preguntas. Consiste en hacer una pregunta (relacionada con la cultura generalmente) que los lectores pueden responder. Las respuestas y el número y nombre (pueden ser seudónimos) de los acertantes se comunicarán en el número siguiente, y a final de año, la persona que más aciertos haya tenido, podrá figurar como seguidora de honor en la portada. Y El mirador de la poesía. Consiste en publicar poemas de poetas consagrados, desconocidos o aficionados, que se consideren, claro está, aceptables. Las respuestas a las preguntas para concursar y el envío de poemas para ser publicados solo se recibirán en el correo electrónico de Garipil que figura al final de su sección “Cosas de Garipil”. LO MÁS DESTACADO DE ABRIL LA VITRINA: Autor del libro que hoy se presenta para invitarnos a la lectura: Federico Bianchini. EL JUEGO DE LAS PREGUNTAS: Solución a la pregunta de marzo, información de las respuestas y pregunta de abril. MESA CAMILLA: Última entrada de abril en Salamanca RTV Al Día. CAJÓN DE SASTRE: Testimonios que nunca deben olvidarse para no repetirse. EL ÁLBUM DE LA Lengua: Algunos de los errores del verbo haber que con más frecuencia cometemos. LA BUTACA: ¿Por qué la Semana Santa cambia de fecha cada año? Aquí la respuesta. EL MIRADOR DE LA POESÍA: Soneto a Cristo crucificado (poema atribuido a Santa Teresa). CARTA a… Esther Muñoz (portavoz en el Congreso del PP). COSAS DE GARIPIL: VII relato del libro titulado Letanías. Si has visitado cualquiera de las secciones, mil gracias; si las has visitado todas, un millón. Volveremos a encontrarnos en el próximo número. María Jesús Sánchez Oliva. Seguidores de Honor: Mónica Nuevo Vialás. Nacionalidad: española. 23-IV-2012. Arturo Arias Terceiro. Nacionalidad: argentina. 12-VI-2012. María del Mar Nuevo Vialás. Nacionalidad: española. 29-VI-2013. Concepción Martín Martín (Conchi). Nacionalidad: española. 19-IV-2015. Claudio Hernández Díaz (pintor). Nacionalidad: española. 30-VI-2020.

LA VITRINA

Queridos lectores: En este número soy yo el elegido para invitaros a leerme. Por si decidís aceptar mi invitación, me presento y os adelanto mi contenido. Título: Tu nombre no es tu nombre Autor: Bianchini, Federico Reseña: En el año 2000, un juez citó a la protagonista de este libro para decirle que su nombre no era Mercedes Landa, como ella había creído siempre, sino Claudia Poblete Hlaczik. Y que las personas que la habían criado no eran sus padres, sino sus secuestradores. Sus verdaderos padres , dos jóvenes militantes de izquierdas, habían sido torturados y desaparecidos en 1978, durante la dictadura argentina. Y ella con solo ocho meses, fue entregada a una familia de militares para que la criase como a una hija propia. Si abres mis hojas, abriré tus ojos

EL JUEGO DE LAS PREGUNTAS

Pregunta de marzo: La primera mujer que obtuvo un título universitario en 1678 fue Elena Lucrecia Cornaro Piscopia, pero ¿llegó a ejercer su título, sí o no? Respuesta: No. Información: No ha habido respuestas. Pregunta de abril: El día 23, como cada año en esta fecha, el nuevo Premio Cervantes, recogió su galardón en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares de mano de los reyes. ¿A quién podemos felicitar? María Jesús

CAJÓN DE SASTRE

Memoria histórica NATALIA JUNQUERA Madrid - 07 ABR 2026 El 3 de agosto de 1939, el coronel Manuel Cascón, de 44 años, escribe su última carta: “Queridísima madre, hermanas y sobrinos: Ha llegado la hora fatal para ustedes, pues para mí es la redención de tantas miserias. No hay necesidad de que a su ánimo pretenda convencer que no he sido ni un asesino, ni un ladrón, ni un inductor. No he sido más que un buen militar, que por esto me quedé aquí, habiéndome podido marchar, y por ello les pido perdón, pues es el último disgusto que les doy. Dios sabe perfectamente lo que he sido y lo que soy, limpio de toda bajeza y con un amor a los míos tan grande que es imposible manifestárselo...”. Dos días después, a las 20 horas, el médico asignado reconoce el cadáver, que presenta “heridas de pequeño proyectil en cabeza y tórax”. El coronel, último responsable de la aviación militar republicana, viste uniforme de gala. Deseó estrenarlo ese día. También se negó a que le vendaran los ojos porque quería mirar de frente a los militares sublevados que lo habían obligado a limpiar letrinas, a los traidores que le habían detenido y condenado a muerte por el delito que solo ellos habían cometido, “rebelión”. Previamente, intuyendo la inminencia del final, Cascón se había hecho tomar una fotografía para los suyos, la misma que, casi nueve décadas después, corona la mesa del salón de su sobrino. Jurista retirado, Juan José Aparicio Cascón, de 95 años, envió al historiador Ángel Viñas las memorias de su familia con la ilusión de que pudieran formar parte de un libro. Se está quedando ciego, así que en lugar de escribir, grabó decenas de audios en los que daba cuenta de toda la información que había recopilado sobre sus parientes represaliados. Viñas explica que entonces estaba rematando otras tres investigaciones, y en su prolífica obra no había “ningún libro parecido”. Empezó en los setenta, indagando en las relaciones económicas entre Alemania y España durante la Guerra Civil, es decir, en la ayuda de Hitler a Franco; los verdaderos motivos de la contienda, el oro de Moscú y los papeles de Negrín; el pacto con EE UU; los sobornos británicos… Si con 85 años se animó a firmar mano a mano con Aparicio Cascón El doloroso camino de una familia de Ciudad Rodrigo. República, guerra, dictadura, editado por la Universidad de Salamanca, es decir, a fundir en un volumen de 202 páginas la Historia con mayúsculas y la historia personal de “una familia machacada”, fue porque la primera vez que supo de las circunstancias de la muerte del coronel Cascón se le saltaron las lágrimas. Y no es una forma de hablar, porque, al explicarlo, vuelve a emocionarse: “Pudo huir con sus compañeros y no lo hizo porque había jurado ser leal a la República. Me impresionó que se vistiera con el uniforme de gala para colocarse frente al pelotón de fusilamiento. No todo el mundo muere así. Decidí hacer este libro por amor a la verdad, por amor a la historia, y aunque suene ridículo, por amor a España, a la mejor España. Para que este país sepa quiénes fueron los mejores españoles”. En su casa de Madrid, Cascón Aparicio abre un maletín donde guarda el tesoro triste de su familia: cartas de despedida, fotografías de los asesinados, consejos de guerra. El coronel no es la única víctima. “A mi padre, Eduardo Aparicio Fernández, fueron a buscarlo el 15 de diciembre de 1936. Acababa de llegar del banco y estábamos comiendo. Aparecieron dos personas que se identificaron como policías y le dijeron: ‘Tiene que acompañarnos para hacer unas declaraciones en el Ayuntamiento’. Fue la última vez que lo vimos. Yo tenía seis años y mi hermana Lely, nueve”. Eduardo Aparicio no pertenecía a ningún partido político y dirigía una oficina bancaria en Ciudad Rodrigo (Salamanca). Cuando se lo llevaron detenido, ya habían fusilado “al primo Manolo”, es decir, a Manuel Martín Cascón, alcalde de la localidad, quien antes de ser ejecutado también escribió emocionantes cartas de despedida. “Querido primo Eduardo: se celebró el Consejo de Guerra y ya sabes el fatal resultado. No os apartáis un momento de mi imaginación, mi pobrecita madre, ¡mis hijos! ¿Qué será de ellos? Todos, todos me atormentáis con vuestro recuerdo...“; “Queridísimo hermano Avelino: Ocultad a mi madre el sacrificio de mi vida hasta sus últimos momentos; sé que le costará la vida y solamente su recuerdo me ahoga y destroza el corazón. ¿Por qué habrá hombres tan malos? El notario Martín López tiene instrucciones que con más calma redacté. No obstante, en estos momentos, conservo el ánimo tan sereno como mi conciencia limpia...“. Manuel Martín Gascón fue fusilado el 30 de agosto de 1936, tras un consejo de guerra que condenó a muerte a todos los miembros de la corporación municipal, salvo a dos que también fueron asesinados en el traslado de Salamanca a Burgos. A Eduardo Aparicio y Avelino Martín Gascón los asesinaron el 16 de diciembre. El notario al que el alcalde se refería en su carta era José Martín López, padre de la escritora Carmen Martín Gaite. Los sublevados tomaron Ciudad Rodrigo el 20 de julio de 1936. A los registros, multas y detenciones se sucedieron las ejecuciones extrajudiciales y por consejo de guerra. “A mi padre y a los seis que detuvieron con él”, relata Aparicio Cascón, “los llevaron a la prisión de partido, que hoy es una residencia de ancianos. Estuvieron allí hasta aproximadamente las dos de la madrugada, cuando los trasladaron a una finca llamada La Rábida para matarlos. Los asesinos los dejaron allí hasta que a la mañana siguiente pasó un pastor y le obligaron a enterrarlos en una fosa común. La familia de mi padre se había unido al autodenominado alzamiento con bastante entusiasmo. Creo que la mayor tragedia de los hermanos y amigos de mi padre fue constatar la crueldad de la represión viviéndola en su propia familia. Al enterarse de dónde estaba enterrado, consiguieron una autorización verbal para exhumar el cadáver y llevarlo al cementerio de Béjar. Salieron en el camión de un transportista cargado de muebles y les acompañó un carrero de la fábrica de mis tíos. Fue él quien sacó el cadáver de la fosa. Me contó que era el segundo, que estaban enterrados todos juntos, con varios impactos de bala en el pecho y el tiro de gracia en la cabeza. El hijo del transportista me explicó que su padre lo pasó muy mal, ya que tuvo que limpiar el cadáver para poder ver la cara y reconocerlo. Enfermó a consecuencia del impacto que le produjo”. La familia “bien conectada” se movió y llegó, indirectamente, relata Viñas, hasta el “arrogante jefe de la autodenominada España nacional, el Generalísimo Francisco Franco”, cuyo telegrama encabeza el expediente de pseudoinvestigación que se inició el 2 de enero de 1937 para que un juez militar instruyera “diligencias previas de averiguación de las causas de la desaparición de Eduardo Aparicio”. En el colmo del cinismo, las fuerzas que lo habían pasado por las armas, sin juicio ni sentencia, investigaban su desaparición cuando ya la propia familia había recibido autorización verbal para exhumar el cadáver. Se tomó declaración al capitán de carabineros, quien lo mandó detener, dijo, “por referencias de ser contrario al glorioso Movimiento Nacional”, y al director de la cárcel, que aseguró que había sido puesto en libertad y desde entonces no habían tenido más noticia suya. El expediente se cerró sin señalar culpable alguno. Después de todo, las ejecuciones extrajudiciales eran entonces, explica Viñas, un “método habitual”. Los juicios tampoco implicaban, ni mucho menos, mayores garantías. El historiador recuerda cómo se le revolvieron “las tripas” al leer el manual que había escrito el general Felipe Acedo Colunga, fiscal jefe del Ejército de Ocupación, para retorcer el derecho y construir una “justicia de exterminio”. Acedo Colunga se inspiró en la Inquisición y asumió las tesis del derecho nazi para condenar a muerte a miles de personas “no por lo que habían hecho, sino por lo que eran y pensaban”. En el documento de instrucciones jurídicas para el nuevo Régimen habla expresamente de la necesidad de realizar una “depuración despojada de todo sentimiento de piedad” para “eliminar a todos los que no estén identificados espiritual y materialmente con el Movimiento”. El consejo de guerra del coronel Cascón, celebrado el 20 de julio de 1939, relata que “al iniciarse en España el Glorioso Movimiento Nacional fundado en el patriótico e imperativo deber de salvarla”, el procesado, “lejos de prestar su colaboración a la causa de la verdadera España, prestó adhesión y acatamiento al régimen rojo, sirviendo a sus órdenes”. El ministerio fiscal declaró: “Debió de dejar de cumplir las órdenes y en su actuación se aprecia típicamente un delito de rebelión militar”. Viñas apostilla: “Afirma el ladrón que todos son de su condición”. La sentencia, condenándole a muerte, se dio a conocer ese mismo día. “No fue un caso de justicia, sino de venganza”, añade el historiador. “Y es representativo de lo que hoy muchos, quizá demasiados, quieren olvidar al servicio de las estrategias de embaucamiento y desfiguración de la República, de sus servidores y de la Guerra Civil”. Cuando lo mataron, el coronel tenía 44 años y una novia, María, con la que pensaba casarse. “Mucho tiempo después”, explica Aparicio Cascón, “mi hermana, mi prima Eloísa y la hija de esta la visitaron en su casa de Madrid. La guerra había sido durísima para ella. A su hermano, que pertenecía al bando sublevado, lo mataron los republicanos. Y a su prometido, lo fusilaron los vencedores”. En la carta de despedida que le escribió cuando ya estaba condenado a muerte, Manuel Cascón le pidió que hiciera “todo lo posible para ser feliz”. “María le contó a mi familia que guardaba todas las cartas de Manolo y que deseaba que la enterraran con ellas”. Una vez perdida la guerra, el coronel cumplió las últimas órdenes: entregar a los vencedores 100 aviones del ejército republicano. Ese dato aún indigna a Aparicio Cascón. Mientras el historiador solo habla con “admiración” del coraje y la lealtad del militar, al sobrino se le mezclan los sentimientos y junto al orgullo —“era un tipo muy especial, inteligente, deportista, con amigos en la Institución Libre de Enseñanza, seis veces condecorado, entre otras, con la medalla al sufrimiento por la patria en 1927″— aparece la rabia: “Tenía un avión a su disposición para marcharse, la oportunidad de vivir. Sus compañeros le insistieron en que huyera, le advirtieron de que lo matarían. Las Navidades anteriores, su hermano Pedro, militar como él, viajó a Madrid para decirle que la guerra estaba prácticamente perdida y pedirle que se fuera con él. No hubo manera de convencerlo. Pedro llegó finalmente a Francia a pie y en Marsella logró coger un barco hacia a África antes de que estallase la II Guerra Mundial. Llegó a Camerún con un pequeño maletín que contenía unas mudas y un ejemplar de El Quijote. Durante la travesía se enteró de que su hermano había sido fusilado”. “Es un drama específico”, explica Aparicio Cascón, “pero con elementos comunes a los que vivieron miles y miles de familias. La mía logró salir adelante, pero pienso en todas las que se quedaron por el camino. Creo que es importante que la gente joven se dé cuenta de lo que supuso la guerra”. Ahí coincide al cien por cien con Viñas, que le ha ayudado a mezclar la Historia con la historia, la tragedia con el ejemplo. Del libro conjunto ha surgido algo más. “Se puede hacer amigos nuevos pasados los 90 años”, celebra Juan José. “Estoy muy agradecido a Ángel”.

EL ÁLBUM DE LA LENGUA

Los errores que más cometemos con el verbo haber El verbo haber es uno de los más usados. Por eso, seguramente, es con el que más y mayores errores cometemos, tanto al hablar como al escribir. Su situación es muy compleja. Puede funcionar como principal y como auxiliar y, a la vez, puede acompañar incluso a dos verbos al mismo tiempo. Esto, sin duda, puede generar mucha confusión. En primer lugar, haber, como verbo auxiliar, se emplea para formar los tiempos compuestos. Para ello, se combinan todas las formas simples de haber con el participio terminado en -o del verbo que se esté conjugando: ha comprado, hemos querido, había venido. Aquí viene uno de los primeros errores, que es usar la forma habemos, arcaica, para formar la primera persona del plural. ❌ Habemos visto a tu hermano. ✅ Hemos visto a tu hermano. Su otro uso, como verbo principal es, a la vez, impersonal. Es decir, es un verbo que se emplea generalmente en la tercera persona de singular y, en este caso, denota la presencia o existencia de algo, como en la frase "hay pan". En este caso, los errores son tratar de hacer una concordancia entre el verbo y el sujeto que no tiene cabida. "Es complejo pensar en que un verbo no se pueda pluralizar, siendo que acompaña a un sujeto en plural, pero en este caso, es un error,. ❌ Habían varias niñas. ✅ Había varias niñas. Recientemente, en uno de esos mensajes que se hacen virales, el verbo haber aparecía con este error: ❌ Cuando sea millonaria, no diré nada, pero habrán señales. ✅ Cuando sea millonaria, no diré nada, pero habrá señales. Con el uso impersonal del verbo haber en presente también aparecen errores en el modo de escribirlo. Se han visto "ay", "hai" o "ahí" donde se escribiría "hay". Una frase clásica que se suele enseñar para diferenciar el cómo suena de cómo se escribe es la siguiente: Ahí hay un hombre que dice ¡ay! Ahí - adverbio de lugar. Hay – la forma impersonal del verbo haber en presente. ¡Ay! – interjección para expresar muchos y diversos ánimos, desde dolor hasta alegría. El cuarto de los errores con este verbo es quizás el más curioso y bastante repetido y nace por una confusión en la pronunciación. Veamos. ❌ Haber si nos vemos. ✅ A ver si nos vemos. En este caso, se confunde el verbo auxiliar en infinitivo, haber, con la secuencia constituida por la preposición a y el infinitivo verbal ver.

LA BUTACA

¿Por qué la Semana Santa cambia de fecha cada año? Seguramente te has fijado que, a diferencia de la Navidad (que siempre es el 25 de diciembre), la Semana Santa parece "moverse" en el calendario. ¿A qué se debe esto? Aquí te lo explicamos de forma sencilla y veraz. 1. Todo empieza con la Luna La Iglesia determinó desde sus primeros siglos (especialmente en el Concilio de Nicea, año 325) que la Pascua de Resurrección se celebrara siguiendo el ciclo lunar. La regla es esta: La Pascua es el domingo siguiente a la primera luna llena de primavera en el hemisferio norte. 2. La conexión con la Pascua Judía Jesús celebró la Última Cena durante la Pascua Judía (Pésaj). Los judíos se rigen por un calendario lunar. Al celebrar nosotros la Resurrección, mantenemos esa conexión histórica y bíblica con el calendario que marcaba las fiestas en tiempos de Nuestro Señor. 3. El Equinoccio de Primavera Para fijar la fecha, la Iglesia toma como referencia el 21 de marzo (equinoccio de primavera). Si la luna llena cae un 21 de marzo y es sábado, la Pascua es el día siguiente. Si la luna llena fue justo antes del 21 de marzo, tenemos que esperar a la siguiente luna llena (que ocurre unos 28 días después). Por eso, la Semana Santa siempre oscila entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Desde Badajoz (España) envió para 30 días Cristina.

EL MIRADOR DE LA POESÍA

Viernes Santo. 3-IV-2026. Fecha ideal para recordar un poema atribuido a Santa Teresa. SONETO A CRISTO CRUCIFICADO No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera. No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera. Poesía es sentir hondo, pensar derecho y hablar cantando

CARTA A...

10-IV-2026 Esther Muñoz (portavoz del PP). Me gustaría dedicarle estas líneas para felicitarla. Es lo que suelo hacer cada mes con el personaje que toca. Pero en esta ocasión tengo que hacerlo para todo lo contrario. Hace unos días, espero que lo recuerde aunque no lo lamente, un soldado español, desplegado como Casco Azul de la ONU en el Líbano, fue capturado y retenido ilegalmente durante una hora por el Ejército de Israel. Fue víctima de comportamientos agresivos y violentos, según ha denunciado el Ministerio de Defensa. Bien, pues como su partido es muy patriota y muy del Ejército salvo si le dan a elegir entre el de España o el de Israel, usted, ni corta ni perezosa, soltó en el Congreso: “Fue durante una hora. Yo, por las fechas se entiende que regresaba de las vacaciones de Semana Santa, he estado en controles de tráfico que me han tenido bastante más tiempo retenida”. Su frivolidad no sorprende. Es lo que puede esperarse de usted. Si mal no recuerdo, hace un año tuiteó: “Otro año que voy a votar a Israel en Eurovisión sin haber escuchado la canción”. Sobran los comentarios. María Jesús.

COSAS DE GARIPIL

¡Hola!: Desconecta el televisor, deja el móvil donde ni lo veas ni lo oigas, siéntate en tu sillón favorito, cierra los ojos y permíteme que te lea el séptimo relato de Letanías en lo que el sueño te manda a la cama para recuperar las fuerzas perdidas durante el día. Réquiem por un inocente Las campanas de aquel pueblo no tañían, hablaban. Cuando tocaban a fiesta, decían: “¡Venid, venid!” “¡Venid, venid…!” Cuando pedían auxilio, gritaban: “¡Corred, corred!” “¡Corred, corred…!” Aquella malvada mañana musitaban: "Aaadiósss, aaadiósss, aaadiósss..." porque doblaban a muerte, porque llamaban a entierro. Y su voz las¬timera metió al pueblo en la iglesia tras un ataúd blanco que los niños llevaban a hombros. El obispo salió al altar revestido para oficiar. —Lo hemos llamado para enterrar a un niño, —dijo el párroco entre suspiros. —Lo hemos llamado para enterrar a un pueblo, —dijeron los monaguillos decepcionados. El obispo miró de frente, a derecha y a izquierda, para medir las heridas de aquellos corazones, para concretar los gramos y la clase de bálsamo que necesitaban, y vio ojos sin lágrimas para seguir llorando, coronas y coronas, mu¬chas coronas de azucenas desesperadas, y en el palco prin¬cipal una compungida representación oficial. El dolor era grande, inmensamente grande, tan grande que el ritual de siempre, en lugar de menguarlo, lo crecería. Las muletas de la fe se le doblan al hombre cuando la compleja sinrazón le arranca de raíz las piernas que le sostienen. El obispo tenía experiencia para saberlo, mucha experiencia. Era absurdo hablarle a un ciego de luz, era absurdo hablarle a un cautivo de libertad, lo positivo era enseñarle a ver sin ojos, enseñarle a volar sin alas. Cogió, pues, los primeros salmos de la misa, el sermón, los responsos finales... y se los guardó debajo del solideo. Les contaría un cuento, un cuento maravilloso, aquel del niño que en su carita de nácar tenía ojos de espejo, y era tan de¬licado, tan frágil, que cuando sus vecinos, parientes y amigos se miraban en ellos, su corazón se empañaba con sus penas, desdichas y temores, y tanto los amaba, tanto su¬fría por ellos, que, una madrugada, cuando todos dormían, se convirtió en ruiseñor y se fue al cielo, y desde allí tocaba una flauta mágica para tornar en sonrisa sus lágri¬mas, en gozo su dolor y su miedo en valor, y todos en¬contraron la felicidad: él, mandándoles consuelo; ellos, recibiéndolo. Cuando la adversa realidad era indiferente al remedio humano, lo sabio era huir lejos, escapar de su lado: soñar. Y al volver a ella, en medio de sus sombras, se reanudaba la marcha, se seguía el camino con la luz que se vio en el sueño. Se santiguó. Abrió el cuento por la primera página, pero antes de llegar al título sus ojos chocaron con los ojos del niño difunto que, a los pies de su inmaculado ataúd, desde una fotografía enmarcada en capullos de rosas, preguntaba atónito: "¿Por qué?, ¿¿por qué??, ¿¿¿por qué???..." Y se olvidó de consolar a los presentes para reflexionar así con el ausente: Parecía mentira, querido niño, que tu pueblo, lugar anónimo donde los haya, pudiera pasearse un día por todos los pliegues del mapa exhalando indignación por las costuras de su raída capa de siglos, con el corazón malherido bajo el pajizo palco de las canas de tantos olvidos, atadas sus rústicas manos con la soga de la impotencia, llorando a mares la absurda muerte del más inocente de sus hijos, y sin embargo millones de ojos lo vieron ayer. Porque eso sí, mi tesoro, el hombre, párvulo todavía en evitar accidentes, se licenció, ya hace tiempo, en el complejo arte de ver, hasta las guerras, desde su propia casa. Nada de exagerar. Es muy justo llamarlo padre del progreso, que, a golpe de sangre, sudor y oro, se ganó el título, y, a tal señor, tal honor. ¡Enhorabuena! Ya no encuentra barreras para conocer las tragedias al instante y en su propio escenario con absoluta naturalidad, sin salir de los brazos del sillón favorito de el cuarto de estar, sin dejar de tomar una copa en la discoteca de moda, sin apearse de las alas metálicas de un avión, sin hacer más esfuerzos que el de pulsar un botón, aunque éstas ocurran al otro lado del mundo. ¡Qué maravilla!, ¿verdad? Pero ya ves, mi pequeño, sólo le sirve para respirar con alivio, con tranquilidad, por no haber sido el número "agraciado" en el sorteo de la desgracia. Y lo más terrible de todo es que a menudo hay que dar mil gracias a los accidentes por haber tenido tanta paciencia. No sé si hechos así pueden ser controlados por el hombre, no sé si están por encima de sus medios y de su en¬tendimiento, sólo sé que son muchas las tardes que queriendo o sin querer salimos al ruedo de la vida tan a lo loco, tan a cuerpo gentil… tan a la española, y toreamos los negros toros del peligro tan desprovistos de capa, de espada, de padrenuestros al sentido común que nosotros mismos nos asombramos de volver a la barrera sanos y salvos. No estoy acusando a nadie, a nadie libro de culpa, simplemente reflexiono, mi amor, porque ayer tu ángel de la guarda se fue a dar una cabezadita, y todas las irresponsabilidades se quedaron solas, a su libre albedrío, como si a estas alturas todavía ignorara alguien de lo que son capaces estas locas cuando se las pierde de vista. Empezaron por encender el brasero y entre las faldas de la mesa camilla colgar a secar la ropa recién lavada. No querían abrirle la puerta al diablo, sólo pretendían echar-le un pulso al invierno. Se creía tan fuerte con sus lluvias y sus nieves que, sin medir las consecuencias, se lanzaron a pararle los pies seguras de la victoria. ¿Por qué dudar ayer del triunfo si nunca habían perdido la batalla? De repente un jersey tiritó de frío y ellas, al buen tun¬tún, le acercaron los puños a la llama; ésta, borracha de olor a limpio, se desbocó por los sillones, por los muebles, por las cortinas, por las puertas, por las paredes, por las vigas... mientras tú, en un amoroso lecho, soñabas, quizá, que en la plaza empezaban los fuegos artificiales que anunciaban las fiestas. Claro que el pueblo, tu pueblo, se puso en pie de guerra cuando vio extrañamente iluminadas las ventanas de tu casa, pero los nervios son siempre los mayores enemigos de los aciertos, el grifo que no se abre, la ventana que se cierra, el cubo que se vuelca, la escalera que se es¬conde, las lágrimas que ciegan, la angustia que desmaya, la cólera que crispa, los gritos que atolondran, el pánico que se cruza, la insolencia que no espera, la ignorancia que pregunta, el protagonismo que ordena, la curiosidad que observa, la estupidez que lamenta, que advierte, que alarma... y la llama pariendo llamas para ganar la baza. Alguien, a empujones de la realidad, vuela. —Hay que telefonear a la ciudad, a los bomberos. —Llevo tres horas diciéndolo. ¡Llama, llama! A baldes es imposible. —¿Cuál es el número, cuál? ¿Qué teléfono tienen? Mil veces pensó subrayarlo en el listín, anotarlo en la agenda, aprenderlo de memoria... pero las casas ardían siempre muy lejos, en el extranjero. —¡En la guía, en la guía! Tiene que venir en la guía. —¿En la guía? ¡Ah, sí! ¿Dónde está la guía? ¿Quién de¬ monios se la ha comido? ¡Qué desgracia, qué mala suer-te! Está visto que las cosas son como las personas: cuando no te hacen falta, te persiguen como fantasmas; cuando tienen que echarte una mano, huyen cual alma que lleva el diablo. Para que luego digan que no hay brujas... Al fin, después de abrir y cerrar mil veces los mismos cajones, de un acervo de incompletos crucigramas, salen las páginas, arrugadas de aburrimiento, amarillas de claustrofobia. —¿A nombre de quién o de qué figura el teléfono? —No sé. Tal vez venga por SMB (Servicio Municipal de Bomberos). —¡No, no! Por eso no viene. —A lo mejor por PARDEBOM (Parque de Bomberos). Imposible catar el nombre, cocinado con sopa de siglas. Lo más que percibe es un olor a tapadera, a disfraz: a ganas de poner trabas. —Quizá se lo hayan colgado a aquel ministro que ha¬blaba tanto y tan de prisa que nadie lo entendió jamás. ¿Te acuerdas del nombre? Lo tengo en la punta de la lengua, pero... —Quizá, quizá, pero... ¿quién lo adivina ahora? Con lo fácil que es llamar al pan, pan y al vino, vino. —¡Pues a información, llama a información! —¡Ay, sí! Será lo mejor, lo más rápido. ¿Sabes el número? —Si no lo han cambiado, el 003. —Comunica. —Vuelve a marcar. El disco del teléfono está a punto de marearse. "Estamos atendiendo otras llamadas. Por favor, espere unos instantes". —Que espere. —Insiste. El disco no puede más. "Por favor, no se retire. Enseguida atenderemos su llamada. Disculpe las molestias". —Que en seguida, que no me retire, que disculpe... —Que se vayan al cuerno. ¡Insiste, insiste! —¡Señorita, por favor, señorita, deme el número de los bomberos! —Lo siento, lo siento. El que me sale en pantalla tiene clave de secreto. —¿Secreto? ¡Qué barbaridad! —Espere, por favor, espere. Me sale otro de urgencia, de guardia. Tome nota, se lo da la cinta. —¡Repita, por favor, repita! No tenía bolígrafo a mano y la cinta... El disco devora con ansia las seis cifras que lo forman. "Este abonado ha cambiado de número. Rogamos tome nota del nuevo. 28..." —Y encima lo dice enfadada. —No le hagas caso, es una cinta. El disco se desespera. "Por saturación en las líneas, rogamos vuelva a marcar pasados cinco minutos". —Cinco minutos. Con la de estragos que puede hacer un fuego en cinco minutos. ¡Maldita Telefónica! ¿Por qué no amplía las líneas con la misma diligencia que las cifras de los recibos? ¡Dios mío! Y eso que telefonear parecía lo más simple de todo. Tras nueve minutos, tras nueve eternidades, oyó el perseguido, el soñado "¡dígame!" —¿Bomberos? ¡Que vengan los bomberos! ¡Rápido!, ¡¡por favor!!, ¡rápido! Un niño se está quemando vivo en su casa. Y al otro lado del hilo, una voz, necesito creer que muy en contra de su voluntad, recita órdenes de superiores: —No estamos autorizados para prestar servicios fuera de la ciudad. ¿Por qué no piden permiso a las autoridades? Por nuestra cuenta es imposible ir aunque el pueblo arda en llamas. —¿Permiso? ¿Pedir permiso para rescatar a un niño de las llamas? ¿Y eso lo ordenan esos marimandones, esos cantamañanas que, de vez en cuando, en mucho, ¡qué gaitas!, vienen por aquí a pedir votos y a subir impuestos? Parecía una pesadilla, cosas del Tercer Mundo, pero ocurría en tu pueblo, y tu pueblo creía formar parte de un país próspero y civilizado. ¡Vaya una estafa! Los habitantes de los pueblos, ya ves, mi lucero, sois ciudadanos de tercera clase para todo menos para votar y pagar impuestos. Pero no había tiempo para lanzar rabietas al aire. Tus gritos de auxilio metían prisa, y fue preciso iniciar sin rebeldía el enrevesado vía crucis burocrático. Primero, llamar al señor alcalde. ¿No es el amo de la ciudad? ¡Pues que ordene! Después de mil jueves se pone su secretaria. Ella es la puntilla que adorna, que realza, que da más empaque al cargo. El alcalde andaba por los cerros de Úbeda inaugurando calles, viviendas y centros sin terminar porque se avecinaban las elecciones municipales. Y ella... ella no era quien para tomar semejante determinación. Luego, al señor gobernador. En los asuntos de la provincia él tiene vara alta. Está claro que lo suyo es ir derecho al rey y pasar olímpicamente de los consejeros. —¡Dejadme, dejadme! Quiero entrar en casa, quiero morir con él. —Tranquila, mujer, tranquila. Tu hijo se salvará. —¿Salvarse, cómo se va a salvar? —Están llamando al gobernador. Él nos dará el permiso, ya lo verás. Dicen que tiene dos hijos, y si es padre, además de gobernador... La llamada recorre como una pelota el campo de despachos oficiales, pero hasta del de los secretarios sale como a puntapiés. Todos llevaban más de tres horas reunidos en Babia con los alcaldes de los pueblos principales. Éstos de¬fendían para sus respectivos municipios el mejor aguinaldo de vino y baile para celebrar sin recortes las próxi¬mas fiestas navideñas. Y negociaciones de esta índole no pueden interrumpirse por nada del mundo, es cuestión de imagen, de sensibilidad. Después, al mismísimo presidente de la diputación, pero... con la iglesia hemos topado, amigo Sancho, que los "peces", cuanto más gordos, más adentro a nadar se meten. Y éste, ayer nadaba por alta mar. Formaba parte de una mesa redonda con otros "peces" de la Comunidad para arreglar la boda de un toro español con una vaca holandesa para igualar las razas. Habría sido de muy mal padre restar unos minutos a tan importante petición de mano, cuando se llevaba, como se llevaba, tantos años esperando que en el reloj del tiempo sonara la mágica hora de equilibrar lo manso y lo bravo. ¿Qué habrían dicho los invitados?... Bastante abusaba ya cambiando de vez en cuando la mesa redonda por la cuadrada para acallar el estómago. Estas cosas tienen su miga, hay que atar muchos lazos. No son tan simples como las piensa el pueblo, que una cosa es subir al trillo, y otra trillar el trigo. Al fin del tejemaneje, en volandas de la desesperación, vuelve al principio. Y de nuevo la voz de urgencias, de guardia, le escupe en el alma. —Imposible, sin permiso es imposible. No estamos autorizados. —Y si las autoridades están sumando gabelas a sus nóminas, ¿quién demonios tiene que dar este permiso? La pregunta escarba y de la voz brota un chorro de palabras que refresca la memoria. —En el ayuntamiento tiene que haber una bomba de agua para extinguir fuegos, y en su día, algún empleado, tuvo que hacer un cursillo para saber manejarla. Al menos así lo exigen las ordenanzas de seguridad ciudadana. No me lo invento, lo estoy leyendo. ¡Bien clarito lo dicen las ordenanzas! Las tengo aquí, delante de las narices. ¿O es que piensan que estas cosas se llevan a los pueblos para estar de adorno en los ayuntamientos? —¿Catetos, nos está llamando catetos? ¡Pues no, jefe, claro que no! Distinguimos mejor que ustedes las cáscaras de las nueces, pero las bombas no llegan con campanillas, y en los pueblos, lo que no suena, no se ve. ¡Insolente! Dé gracias a que un niño se está quemando vivo y no hay tiempo para discutir. De lo contrario... ya vería quien soy yo. Súbitamente se desploma el teléfono ahorcado por su propio cable. ¡Pobrecillo! Siempre es él quien paga los platos rotos. Y la voz, libre de hilos, se derrama por los ennegrecidos aires. —¡Alcalde, concejales, alguacil, municipales!, ¿a qué esperan para sacar del ayuntamiento la dichosa bomba de apagar fuegos, a que esto se convierta en las ruinas de Sodoma y Gomorra? Si se abrasaran sus hijos... Toda la plana mayor se lleva las manos a la cabeza. —¡Pero anda, si es verdad! ¿Cómo no hemos caído antes? Es imposible que se nos haya escapado a todos un detalle tan importante. Imposible... era imposible. A ellos, que precisamente repetían legislatura por saber atar bien todos los cabos. Pero no era el momento de entrar en análisis. Las llamas se aburrían de correr por los muros de tu casa y brincaban las tapias de las casas colindantes para divertirse en ellas. Lo importante, pues, era atajarlas ya, y lo harían en un verbo. Nunca es tarde cuando se llega a tiempo. —¿Dónde demonios están las llaves del sótano del ayuntamiento? Al cabo de mil viernes aparece el cerrajero con ellas. —¡Aquí, están aquí! Acabo de traerlas yo. —¡Qué raro! —Me las llevaron hace mil sábados, para hacer un juego de repuesto. Y como no han vuelto a decir nada... —¡Claro, claro! Como no han hecho falta... El repentino rapto de una escalera enoja a las telarañas y huyen los reproches, mil domingos llevaban columpiándose a sus anchas en los abandonados peldaños sin que nadie las molestara con las púas del plumero, y la desidia humana justificaba su osadía, proclamaba sus derechos. Tras el horror de una manta de polvo surge la bomba del agua. Estaba sin estrenar, pero parecía un cadáver, mil lunes, mil martes, mil miércoles llevaba allí, esperando entre ratones la primera revisión. Pero no te asombres, mi cielo, no te asombres, cuando las cosas no se usan, ¿qué sentido tiene revisarlas? ¿Complacer la vanidad de las normativas? ¿Cumplir el paripé de las inspecciones…? Pues bien, se firma y sanseacabó. ¿Qué importa que al estar parada se le doble algún hueso? —¿Cómo funciona este artilugio tan raro? —No pregunte sandeces. Estas cosas se tienen por si las moscas, para justificar. Entiéndelo, mi pequeño, hay que ser muy, pero que muy gafe para pensar que estas cosas se tengan que utilizar un día. —Pero... ¡al grano! Que la maneje Fulano. Para eso hizo un cursillo. —¿A estas alturas? No me tome el poco pelo que tengo, que no estoy dispuesto a quedarme calvo. Esas clases son tan aceleradas que pasan por la cabeza sin entrar en ella; además, para las dietas que me pagaron... Pero ni destituyen al perro, ni dimite el gato: los papeles aseguran que nadie se ha saltado las normas a la torera, que todo está maravillosamente en regla. —Bien, no se preocupe. Eso no es ningún problema. ¿Para qué se inventaron sino los libros de instrucciones? —De veras, Zutano, el hombre es un lince, lo tiene todo previsto. —¡Ya lo creo, Mengano, dice usted bien! Hoy día, el que no es maestro de todo, es, sencillamente, porque no le da la real gana. Ya nadie vende aparatos sin instrucciones. Y leyéndolas, hasta los tontos hacen carrera. No se sabe de dónde, ni cómo ni por qué, pero al cabo de diostesalve aparece un libro de instrucciones, enco¬gido, pálido... quejándose de lo mismo que el listín de teléfonos. —¡Qué mala pata! ¡Viene en inglés! —Eso se arregla con la boina. Llamad a la maestra de inglés, y que las traduzca. —¡A ver si estas navidades nos aplicamos más a las pasas! La maestra de inglés está de baja, se partió las piernas en un accidente. Y si no nos mandan bomberos para sacar a un niño del fuego, no nos van a mandar una su¬plente para enseñar a los demás a hablar en ateo. —Tampoco hay que ahogarse en un vaso de agua, que vengan los niños y listo. No van a ser tan cerrojos como para haber olvidado el inglés que aprendieron el año pasado... Pero los niños del pueblo, tus amigos, no aparecieron, se habían olvidado del inglés, del bocata, de la bici... y todos a una intentaban sacar agua de las piedras para vencer las llamas que te devoraban, mientras que los mayores, los adultos, seguían dando vueltas al ruedo sin atreverse a coger el toro por los cuernos. —Estos diablos han escurrido el bulto. ¿A quién llamamos ahora? —¡A nadie! —¿Y qué hacemos? —Algo tan simple que se le ocurre a un sombrero: intentar que funcione, que el buen español no aprende, inventa, hace milagros. —¡Pues hale, manos a la obra! Y a ver a quién canoniza el Papa. Una bandada de manos revolotea furiosa sobre el atrofiado armazón de la bomba. Unas, presionan botones sin son ni ton; otras, la desperezan a puñetazos, y las demás se pelean por marear a la vez cables y tornillos. De pronto, sin saber por qué, brota de cada una de sus válvulas un chorro de agua, y al elevarlas... ¡aleluya!, forman un mar de nubes lloronas. Pero llovía tarde, muy tarde, sobre unas alas de humo tú volabas al cielo y al deshojarse tus ocho años desprendían olor a rabia, a decepción, a angustia, a dolor, a soledad... Y quién sabe si en tu ternura, al ver correr aquella piña de vecinos, parientes y amigos, con sorpresa, pensaste: ¡Qué locos! Por temor a mojarse en la plaza, han estado metidos en la taberna. Y los muy tontos se han perdido los fuegos artificiales de este año. No sé si los bomberos habrían podido salvar tu vida, no sé si sus esfuerzos y medios habrían sido inútiles, sólo sé que sobre los claveles de lágrimas, sobre las velas de lamentos, sobre la cruz de impotencia, con vergüenza de ser persona, con miedo de vivir entre los hombres, escribiría, hoy, el más tremendo de los epitafios: "Murió entre las llamas mientras pedían permiso para salvarlo". No sé si mañana un juez acusará a los hombres, no sé si simplemente acusará al destino, sólo sé que por las cuatro esquinas del pueblo, de tu pueblo, de nuestro pueblo, aquel viejo refrán de "entre todos lo mataron y él solito se murió", anda gritando a voz en cuello que ayer volvió a tener razón. Y camino del camposanto, entre errores que se imponían, silencios que se acusaban y corazones que se maldecían, las campanas de aquel pueblo suplicaban desesperadas perdón, perdón, perdón, perdón, perdón… María Jesús Sánchez Oliva Relación de libros publicados por mi autora: María Jesús Sánchez Oliva. Pero antes quiero recordarte que por ser el primero de sus libros publicado me ha distinguido con este espacio en su blog del que me siento tan orgulloso como responsable. “Garipil (1995)”. Reseña: Garipil es un semáforo. Nace con una idea en la cabeza: decir a la sociedad que las máquinas como él nacen para estar al servicio del hombre, para ayudarle en todas las tareas que tiene que realizar, para hacerle la vida más cómoda, pero en ningún caso para suplirlo. Su mensaje es tan aconsejable para niños como para mayores. “Letanías (1999)”. Reseña: Letanías es una colección de historias breves pero completas. El libro ideal para los que quieren leer pero les falta paciencia para enfrentarse a libros con muchas páginas. Algunos de los relatos han sido premiados en distintos certámenes literarios. “El rosario de los cuentos (2003)”. Reseña: En los primeros años de la posguerra española, en un pueblo de Castilla, un cura de la época es incapaz de encauzar a sus feligreses por el camino recto a través del Santo Rosario, como era costumbre. Ante su fracaso decide transformar cada misterio en un cuento. El resultado son quince cuentos para niños de distintas edades. Cada cuento está ilustrado con una viñeta alusiva a la época. Este libro obtuvo el tercer premio en el Concurso de Cuentos Tiflos en su edición de 1996. “Cartas de la Radio (2007)”. Reseña: Cartas de la Radio es una colección de cartas o artículos de opinión escritas y leídas semanalmente en Onda Cero por María Jesús Sánchez Oliva durante cuatro años. Las cartas van dirigidas a políticos, ciudadanos de a pie, víctimas del terrorismo, instituciones, asociaciones, etc., y no pocas nos llevan a acontecimientos que siguen vivos en nuestra memoria. “Cuentos de la Cigüeña (Soles y Lunas) (2014)”. Reseña: Son doce cuentos escritos en verso con los que las mamás y los papás disfrutarán leyéndoselos a sus hijos y los niños aprenderán a amar la poesía a la vez que los cuentos. “Los días perdidos (2018)”. Reseña: En esta novela se narra la historia de Ara, una mujer que de forma inesperada tiene que enfrentarse a una ruptura matrimonial. El impacto la lleva a recluirse en su ático de soltera. Tras varios años de aislamiento, al salir de casa una mañana, la avería del ascensor la obliga a bajar andando todas las plantas del edificio. En cada planta se encuentra con una mujer que le cuenta su historia. Son mujeres muy distintas unas de otras, pero todas, por distintas razones, han perdido muchos días de su vida. Ya en la planta baja se encuentra con Daniel, el único vecino del edificio que también ha perdido muchos días inútilmente, y de forma espontánea los dos deciden no perder ni uno más. “Primer Premio Tiflos 2013”. Para más información sobre los libros, hacer un comentario o simplemente saludarme, solo tienes que contactar conmigo a través de mi dirección de correo electrónico: Garipil1995@gmail.com Estaré encantado de responderte. Gracias por tu visita y hasta el próximo número. Firmado: Garipil.