jueves, 30 de julio de 2026

PORTADA

Queridos lectores: Acaba de salir el número 137 de 30 días, mi periódico, tu periódico, el periódico de cuantos quieran leerlo. NOTA IMPORTANTE A partir de esta fecha (30-Y-2026) y a sugerencia de algunos lectores se agregan dos entradas al periódico: El juego de las preguntas. Consiste en hacer una pregunta (relacionada con la cultura generalmente) que los lectores pueden responder. Las respuestas y el número y nombre (pueden ser seudónimos) de los acertantes se comunicarán en el número siguiente, y a final de año, la persona que más aciertos haya tenido, podrá figurar como seguidora de honor en la portada. Y El mirador de la poesía. Consiste en publicar poemas de poetas consagrados, desconocidos o aficionados, que se consideren, claro está, aceptables. Las respuestas a las preguntas para concursar y el envío de poemas para ser publicados solo se recibirán en el correo electrónico de Garipil que figura al final de su sección “Cosas de Garipil”. LO MÁS DESTACADO DE JULIO LA VITRINA: El autor del libro que hoy se presenta para invitarnos a la lectura es Ousman, Umar. EL JUEGO DE LAS PREGUNTAS: Respuesta a la pregunta anterior y pregunta siguiente. MESA CAMILLA: Mal que no es de ahora, no mejora (Última entrada de julio en Salamanca RTV Al Día). CAJÓN DE SASTRE: Infierno en Caracas. EL ÁLBUM DE LA Lengua: La ese que siempre sobra. LA BUTACA: Respuesta de la RAE (Información de la ONCE). EL MIRADOR DE LA POESÍA: Me parecía mentira (María Jesús Sánchez Oliva). CARTA a… a Adrián (niño salmantino fallecido durante la celebración del triunfo del Mundial 2026). COSAS DE GARIPIL: Huelga de vino y baile (IX relato de Letanías). Si has visitado cualquiera de las secciones, mil gracias; si las has visitado todas, un millón. Volveremos a encontrarnos en el próximo número. María Jesús Sánchez Oliva. Seguidores de Honor: Mónica Nuevo Vialás. Nacionalidad: española. 23-IV-2012. Arturo Arias Terceiro. Nacionalidad: argentina. 12-VI-2012. María del Mar Nuevo Vialás. Nacionalidad: española. 29-VI-2013. Concepción Martín Martín (Conchi). Nacionalidad: española. 19-IV-2015. Claudio Hernández Díaz (pintor). Nacionalidad: española. 30-VI-2020.

LA VITRINA

Queridos lectores: En este número soy yo el elegido para invitaros a leerme. Por si decidís aceptar mi invitación, me presento y os adelanto mi contenido. Título: Viaje al país de los blancos Autor: Ousman, Umar Reseña: Mi nombre es Ousman Umar. Sé que nací un martes, no sé de qué mes ni de qué año porque en mi tribu eso no importa. Crecí en la sabana africana. Mi vida era feliz y sencilla, hasta que un día, entre juegos, vi un avión volar. Desde ese momento quise ser piloto, ingeniero, todo, menos negro. María Jesús Si abres mis hojas, abriré tus ojos.

MESA CAMILLA

Mal que no es de ahora, no mejora En tan sólo unas horas los españoles hemos pasado de la risa al llanto como por arte de magia. Ya nadie piensa en el triunfo del Mundial 2026 que tan feliz nos hizo a todos, incluso a los que el fútbol es algo que ni nos va ni nos viene, ahora sólo podemos pensar en el pavoroso incendio que ha unido a tres provincias (Madrid, Ávila y Toledo) y ha convertido el centro de España en un auténtico infierno. Basta ponernos en el lugar de los miles de familias que han tenido que dejar sus casas, sus negocios, sus animales y no saben qué se encontrarán al volver, en los profesionales, vecinos y voluntarios que se están jugando la vida para evitar que la pierdan los afectados, en las autoridades, sobre todo en los alcaldes y las alcaldesas de los pequeños municipios, que siguen luchando por controlar la difícil situación, para echarnos a temblar. La que no parece en absoluto preocupada es la presidenta madrileña: haciendo gala de su lenguaje de bar de pueblo ha calificado de mamarracho a öscar Puente, ministro de Transporte. Fue su respuesta al ministro que, en un tuit, después de la declaración de emergencia nacional por los incendios, aún activos y con más ganas de crecer que de menguar, escribió: “Tenemos todos claro que la UME (Unidad Militar de Emergencia) es ya el nuevo servicio de extinción de incendios de las comunidades autónomas gobernadas por el PP. Ellos reducen impuestos a los ricos, jibarizan los servicios públicos y luego le piden al Gobierno que les resuelva la papeleta”. Es evidente que el Gobierno no ha puesto pegas para ponerse al frente, ni ha escatimado medios materiales, ni ha escatimado medios personales, y gracias a esto y no a un milagro de momento el incendio no se ha cobrado ninguna vida, pero le guste o no le guste a la presidenta el ministro tiene razón: las comunidades autónomas gobernadas por el PP luchan por conseguir competencias, pero una vez que las asumen se olvidan de la sanidad, de la educación, de la justicia, de los servicios esenciales y sólo tienen dinero para multiplicar las fiestas, pagarnos el autobús a todos para ir de compras y subvencionarles a los jóvenes historias que llaman cultura. ¿Habrían sido tan trágicas como fueron las consecuencias de la DANA de Valencia, del abandono de los mayores en las residencias de Madrid cuando la pandemia y de los incendios de la Culebra en Zamora del verano pasado si el PP hubiera apoyado el pacto de Estado que Pedro Sánchez lleva tiempo reclamando para estos casos? Pues si nos remitimos a las pruebas está claro que no, y si ahora, tanto Feijóo como Mañueco, no aprovechan esta tragedia, como la ha aprovechado la Ayuso, para desgastar al Gobierno a golpe de insultos y de reproches de cosas que ellos tienen de sobra para avergonzarse, no es porque hayan cambiado, que mal que no es de ahora, no mejora, es porque las llamas impedirían que pudiéramos oírlos. Por lo tanto, si de verdad los ciudadanos queremos defender los derechos que tanto nos ha costado ganar, tendríamos que empezar por pensar en la mayoría a la hora de votar, no en nosotros mismos, y elegir a nuestros gobernantes, sean del color que sean, por lo que han hecho, no por lo que nos cuentan que van a hacer. María Jesús 27-VII-2026

EL JUEGO DE LAS PREGUNTAS

Pregunta y respuesta anterior: El 23 de octubre de 1940 Hitler y Franco se reunieron en Hendaya para negociar la entrada de España en la II Guerra Mundial. ¿Cómo se llamaba el vagón del tren donde tuvo lugar la histórica entrevista? Respuesta: Érika. Jugadores: Ninguno. Pregunta siguiente: ¿Qué sucedió el 10 de octubre de 1582? Las respuestas a: garipil1995@gmail.com

CAJÓN DE SASTRE

Infierno en Caracas: la historia de José Breijo, el único preso político uruguayo en Venezuela Es del Cerro, viajó a dedo a Venezuela en 1979 y trabajó como gerente hotelero. Más de cuatro décadas después, tomó una foto que lo llevó a la cárcel: lo acusan de terrorismo y “traición de la patria”. Le ocuparon su apartamento y vivió en un pasillo. De pronto un temblor. Se movía todo: paredes, piso, techo, ventanas, los pocos muebles que había en la sala. José Ricardo Breijo Fedorchenko estaba sentado en la cama, hablando por teléfono con un amigo de Massachusetts, Estados Unidos, cuando el terremoto del 24 de junio lo sorprendió. —Polo, está temblando... ¡está temblando! —gritó, mientras el polvo caía. Y ahí vio cómo se rajaban las paredes. Breijo no sabía si quedarse quieto cruzando los dedos para que el techo no se viniera abajo o si apurarse a evacuar el viejo edificio, como estaban haciendo muchos de sus vecinos. ¿Pero realmente podía salir? A sus 72 años recién cumplidos y con varios problemas de salud arriba, le cuesta moverse. Claro, ese no era el tema principal, sino otro: ¿lo volverían a llevar preso? Él no puede moverse de su apartamento sin una autorización judicial. Un mes antes había salido de la cárcel de Tocuyito, donde se calcula que están hacinados unos 2.000 venezolanos, muchos presos políticos Breijo venía de pasar los dos peores años de su vida. El mismísimo infierno. —Acá los vecinos se pasaron afuera esas primeras horas, en la puerta del edificio, y yo decía “si se va a caer, es lo mismo afuera o adentro” —recuerda en su apartamento del barrio Bello Monte, de clase media—. Me meto y duermo bajo techo. Recién en la noche volvió la luz y al otro día me enteré bien de todo lo que había pasado. Vista aérea de edificios derrumbados en Caraballeda, estado de La Guaira, Venezuela, el 30 de junio de 2026, tras los terremotos. Vista aérea de edificios derrumbados en Caraballeda, estado de La Guaira, Venezuela, el 30 de junio de 2026, tras los terremotos. Foto: AFP. En el apartamento ahora hay una cama, unos gastados sillones estilo Luis XV, una mesa ratona y otra un poco más alta. También una heladera. Algunas cosas se las prestaron, otras quedaron de quienes ocuparon su casa mientras él estaba tras las rejas. Breijo es el único uruguayo preso por razones políticas en Venezuela, al menos por lo que saben las organizaciones de derechos humanos y la Cancillería uruguaya. Porque todavía está preso, en su apartamento, con domiciliaria: casa por cárcel le llaman en Venezuela. A la decadencia general del apartamento —cortinas sucias, paredes descascaradas, por lo que se ve en las imágenes enviadas por las agencias de noticias— ahora se le suman las fisuras. Aunque Breijo tuvo algo de suerte esta vez: el edificio, antiguo, no fue de los que sufrió mayores daños por los temblores. —El edificio es del año 46. Pasó el terremoto del 67, que fue igual a este último, donde se cayeron un montón de edificios. Y ahora aguantó este —cuenta Breijo—. Pero ya con las paredes rajadas de los 14 apartamentos. Ayer estuvimos chequeando. Estamos esperando la inspección de los bomberos, que nos dirá si podemos seguir habitando el edificio. Pero si me dicen que no me puedo quedar, ¿dónde voy? ¿Abajo de un puente? Pared de la casa de José Breijo Pared de la casa de José Breijo, tras el terremoto. Del Cerro al negocio hotelero en Venezuela, la vida de José Breijo Para contar la historia completa de José Ricardo Breijo Fedorchenko hay que remontarse a 1979, cuando emigró a Venezuela. Era un muchacho del “glorioso Cerro” que quería respirar aires de libertad. Se fue joven, con 24 años, pero antes llegó a trabajar como guarda de Cutcsa en el 185 que unía el Frigorífico Nacional con Pocitos. También hacía changas en Punta del Este, donde pintaba apartamentos. Un verano conoció a una argentina, se enamoraron y decidieron irse a Venezuela. Atravesaron a dedo todo el continente. —Hicimos autostop y toda esa vaina, viajamos tres meses. —¿Emigró por razones políticas o económicas? —Ambas dos. En el 73, cuando cumplí 18, me detuvieron por las revueltas estudiantiles y estuve preso un par de meses. Me llevaron al Departamento de Investigaciones e Inteligencia número 5. Nos agarraron a 12 o 13 muchachos del Cerro. Y quedás marcado. Me tenía que presentar a firmar... Le agarrás cierta bronca al país. Bueno, yo me fui y nunca volví. —¿Nunca? —No podía escuchar la palabra Uruguay. Muy mal, muy mal —dice con un acento bien uruguayo que parece que hubiera emigrado ayer. Entonces aclara: —El acento no lo perdés... Pero si estoy entre venezolanos hablo con acento venezolano. Dos personas ayudan a José Ricardo Breijo a subir una escalera, en el edificio donde vive en el barrio caraqueño Bello Monte. Dos personas ayudan a José Ricardo Breijo a subir una escalera, en el edificio donde vive en Caracas. Foto: AFP. Su pareja era psicopedagoga y consiguió trabajo rápido en la Universidad de los Andes en Mérida, una ciudad universitaria en el medio de las montañas. Tuvieron un hijo pero tiempo después se separaron. Hoy su hijo no vive en Venezuela. Breijo había empezado a trabajar como cocinero en la cadena hotelera Hilton. Un jefe de cocina le dijo: “mira, si quieres seguir ascendiendo, vas a tener que presentar papeles, vas a tener que estudiar”. Le hizo caso, viajó a Medellín a estudiar hotelería en la Universidad Externado de Colombia. Y ese fue el trampolín a una vida laboral en hoteles. Ocupó cargos de gerente en República Dominicana, Isla Margarita, el Amazonas, Mérida y Caracas. —Me pasé toda la vida en la hotelería, de arriba para abajo, más que nada administrando alimentos y bebidas. Pero a inicios de este siglo el negocio de los hoteles se entró a complicar en Venezuela: —Yo estaba en Margarita en el 2002, creo que fue, cuando se cayó la oferta hotelera. Nadie quería venir a Venezuela —dice, en referencia al impacto por la crisis política, social y económica que atravesaba el país, incluyendo un intento de golpe de Estado. Dejó el hotel y se fue a Caracas, de donde no se ha movido y ha vivido una verdadera montaña rusa. Primero compró una “fabriquita de chocolates” con sus ahorros, pero después vino una crisis de insumos, tuvo que despedir a los seis empleados y cerrar. Entonces instaló una deshidratadora de frutas y verduras. Por unos años se dedicó a eso, hasta que también la cerró y empezó a vivir del alquiler del local más la jubilación. Y cada mes recibe una bolsa con alimentos que envía el gobierno: cuatro kilos de arroz y de pastas, un litro de aceite, un kilo de azúcar, cuarto kilo de café, a veces manteca, ketchup, mayonesa. Dice que le sobra y una parte la regala a vecinos con familias numerosas. A fin de año el gobierno manda un trozo de “cochino”; nunca se sabe qué parte es porque “parece que la pica un carpintero”, dice a las risas. —Usted vivió el auge y la decadencia del chavismo. —Sí, sí, sí. Al principio (Hugo) Chávez prometió mucho, tenía un gran equipo. Los mejores profesores de las mejores universidades, los mejores científicos. Había unos proyectos fabulosos. Nos enamoró. Pero luego vino (Nicolás) Maduro y quitó a todos los que servían. Todo se vino abajo... hasta llegar al punto donde estamos ahora; la represión es impresionante, no podemos ni hablar. Hizo un sistema de denuncias: cualquiera puede denunciar a su vecino. Y después creó las fuerzas bolivarianas, donde hay muchos malandros que están haciendo desastres. Cuando a mí me pusieron preso en el 2023, lo primero que hicieron fue meter gente en mi apartamento. Como yo vivo solo, entraron. A miles le han quitado las casas, los autos... Y tuvieron que venir los gringos, algo que uno nunca quiso. Yo me quejo de la lentitud con la que Marco Rubio y Donald Trump hacen las cosas. Todavía hay muchos presos políticos. Nosotros necesitamos el cambio urgente. ¿Por qué no hay elecciones? El presidente falta desde el 3 de enero. —Pero la cosa está mejor que antes del 3 de enero… —No, esto está cada vez peor. ¿Cómo cayó preso José Breijo? El 7 de octubre de 2023 Hamás llevó adelante una incursión desde la Franja de Gaza hacia el sur de Israel. Murieron 1.219 personas, tomaron 251 rehenes y empezó una guerra. Breijo conocía un lugar en Caracas donde entraba gente que él pensaba estaba vinculada a organizaciones terroristas de origen islámico. —La Unión Europea había acusado a Maduro de proteger a los terroristas. Y Maduro lo negaba. Entonces fui a ese lugar y saqué una foto en una oficina vacía, no había nadie, pero encontré una bandera en la pared. —¿Una bandera de quién? —Una bandera no sé de quién carajo. No era de un país, era de un movimiento. Tenía fondo verde con una inscripción árabe en rojo; nunca supe qué decía. —¿La oficina dónde estaba? —Una oficina que yo conocía, donde se reunían ellos —dice Breijo, quien evidentemente no quiere proporcionar información demasiado concreta—. El runrún de las demás oficinas cercanas era que ahí se reunía Hamás, Hezbolah y todo eso. Saqué una foto y más nada. El relato sigue así: —Quise mostrar la foto a un rabino para que viera que era mentira lo que decía Maduro. Esta es la prueba, pensé. No logré hablar con el rabino, sino que un (supuesto) vigilante privado que estaba en la sinagoga me dio el número de teléfono. Llamé. Me citaron en una panadería a tomar un café. Fui y cuando mostré la foto, me pusieron las esposas y me llevaron preso. No era el rabino, me habían pasado el teléfono de un policía. La policía se quedó con el celular de Breijo, donde estaba la foto. En una entrevista con la agencia AFP, Breijo relató que necesitaba 1.500 dólares para un cateterismo y pensó que podía vender la imagen para pagar la cirugía. José Breijo en su apartamento en Caracas José Breijo en su apartamento en Caracas. Foto: AFP. ¿En qué lugar tomó esa foto? “No sé si era una oficina, nunca nos especificó qué era”, dice la activista uruguaya Giuliana Brandi, quien ha seguido de cerca el caso de Breijo ya que es coordinadora desde Uruguay de la fundación Familia SOS Libertad formada por familiares de presos políticos, y también colabora con la ONG Justicia, Encuentro y Perdón, que difunde violaciones a los derechos humanos en Venezuela. ¿Y la bandera? “Nos dijo que tenía inscripciones árabes, pero no sabemos si de Al Qaeda o algo así”. Al principio lo imputaron por los delitos de terrorismo, asociación para delinquir y traición a la patria. —Pero luego me retiraron terrorismo, porque yo no actué con armas ni a la fuerza. Asociación para delinquir también me lo quitaron, porque nunca me asocié con nadie, trabajé solo —relata Breijo—. Y quedó traición a la patria. Hay poca información y, aunque parezca raro, los abogados aún no han podido acceder al expediente. Por eso mismo, la versión que da uno de sus abogados es algo diferente. Erik Camargo trabaja desde hace varias semanas en el caso junto al abogado Eduardo Torres, a pedido de la ONG Frente de Defensa Norte de Caracas, liderada por el activista y periodista Carlos Julio Rojas. Dice que a Breijo se lo acusa de “terrorismo y conspiración para cometer actos de terrorismo”: la propia boleta de excarcelación incluye la mención a ese delito. Pero “no se han presentado evidencias de acto terrorista ni con quiénes estaba coaligado, no hay otros imputados en el caso”; él “es inocente y esto es todo un absurdo”. “Aquí te pueden meter preso por cualquier cosa”, admite. José Breijo en el pasillo de su edificio. José Breijo en el pasillo de su edificio. Foto: AFP. Breijo estuvo un año y poco en un retén carcelario en la zona de San Agustín en Caracas y luego en Tocuyito, a dos horas de la capital. Hay denuncias sobre fuertes violaciones a los derechos humanos en esa cárcel. —Yo estaba en una celda pensada para 60 personas. Éramos 216. Imagínate: para sentarme, otro se tenía que parar. Para acostarme, se tenían que mover dos. Si me paraba contra la pared, molestaba. Era una tortura —¿Qué fue lo peor de la cárcel? —Las noches, primero porque me costaba dormir y segundo porque entrabas en un ambiente rarísimo, por ejemplo te daban clases de cómo matar y luego desmembrar a alguien. Porque en la cárcel hay un cochino, un cerdo enorme que parece una vaca, que es el que se come a los muertos. Tú tienes un problema con alguien, vas a un duelo o lo cagas a piñazos y lo matas, lo picas en pedacitos y se lo das al cochino. Y el cochino lo come todo. En la celda se encontró con “un viejito” al que le decían “el presidente”, preso desde hace ocho años. Se perdió el expediente y nadie sabe por que está: —Él dice que lo denunció el hermano para quitarle la casa, porque la querían vender. Tú le das unos pesos a un policía y te mete preso, y te pudrís. Estuve con un muchacho de 21 años, que lo agarraron a él y a la madre en un supermercado porque la madre se quejó de los precios que estaban aumentando. José Breijo en el pasillo de su edificio. José Breijo en el pasillo de su edificio. Foto: AFP. ¿Breijo es preso político? En un parate en una larga jornada de ayuda a ciudadanos afectados por el terremoto, el abogado Camargo dice que sí porque ser preso político “no necesariamente implica que sea activista social o político, sino simplemente son personas que hacen cosas que a los funcionarios les parecen sospechosas o las consideran prohibidas” como tomar una foto a una bandera. Dice que “no hay ningún artículo del Código Penal que establezca que tomar una fotografía se pueda imputar como delito” y que se trata de un caso más de detención arbitraria. Algo parecido piensa Carlos Julio Rojas (“meten preso a un abuelo, acusado de terrorismo por tomar una foto de una bandera con inscripciones árabes, lo están metiendo preso por razones políticas; él no cometió ningún delito) y la activista Brandi, aunque en este caso ella dice que la organización que coordina prefiere hablar de una “detención arbitraria” porque no se le siguió el “debido proceso”. “No sabemos bien qué foto sacó, no sabemos si es preso político”, matiza. Breijo se enfermó en Tocuyito. Sufrió un edema pulmonar y ulceras en las piernas, por lo que fue trasladado a la enfermería. —Por eso soporté. Yo venía de pasarlas verde. Ahí en la enfermería estaba en una salita con tres camas. Pedía agua y me llevaban. Me trataban muy bien. ¿Cuál era el problema? Los médicos estaban de brazos cruzados porque no tienen ni una aspirina. Por eso yo debía comprar todo para las curas, igual que mis medicinas. Pero los medicamentos solo entran los jueves y los viernes: si necesitas algo el martes tenés que esperar. Breijo cuenta que “estuvo muy mal” de salud y que le dieron la libertad el 24 de mayo, tras más de dos años preso, por miedo a que se muriera en el penal. Eso sucedió en medio de la amnistía impulsada por la presidenta encargada Delcy Rodríguez, bajo presión de Washington tras la captura de Nicolás Maduro. Breijo al principio pensó que quedaba libre sin cargos pero no: era prisión domiciliaria. ANTECEDENTE El caso de Fabián Buglione El 18 de julio de 2025 el uruguayo Fabián Buglione fue liberado tras permanecer nueve meses detenido en Venezuela y pudo retornar a Estados Unidos, donde vive. Buglione había ingresado a Venezuela el 19 de octubre de 2024 para visitar a su pareja: le envió un mensaje por WhatsApp diciéndole que lo habían detenido “en el puente”, el Atanasio Girardot en la frontera entre Colombia y Venezuela. Poco después hubo otro mensaje en el que le adelantaba a su novia que los uniformados le dirían cómo seguiría su situación, y a partir de allí su celular se apagó, según reconstruyó El País en aquel momento. Cuando José Breijo volvió a su casa La Policía lo dejó en la vereda en la puerta del edificio. Con la ayuda de vecinos, ya que le costaba moverse, entró y se encontró con algo inesperado: el apartamento estaba ocupado. —El policía que me metió preso puso acá a una familia. Es una práctica policial muy común: te agarran por la calle, te hacen un montón de preguntas y, si se dan cuenta que vives solo, te mandan a la cárcel y te quitan la casa. Breijo quedó en un pasillo en la puerta de su apartamento y, pensó, “si viene el tribunal y yo estoy acá, voy preso otra vez”. El cónsul uruguayo en Caracas, Fernando Sotelo, concurrió al edificio y mantuvo una conversación con Breijo, dicen fuentes de Cancillería a El País. El caso se mediatizó gracias al trabajo de activistas y organizaciones de derechos humanos: se viralizó su foto con una cama en el pasillo del edificio. —Las organizaciones denunciaron al policía y al final me devolvieron el apartamento. Dormí tres días en el pasillo. José Breijo en su apartamento en Caracas José Breijo en su apartamento en Caracas. Foto: AFP. En la madrugada del 27 de mayo un grupo de personas que se identificaron como personal de Presidencia de la República y de la Defensoría del Pueblo, según el relato de Cancillería, se presentaron en el domicilio de Breijo, abrieron la puerta del apartamento, “el cual se encontraba prácticamente vacío”, y le entregaron la llave. Estos hombres llegaron armados en camionetas de alta gama, “entraron, sacaron algunas cosas del invasor, metieron al señor José y se fueron”, cuentan los activistas que asesoran a Breijo. Él volvió a un apartamento “totalmente desvalijado y destruido”, dice Rojas, ya que el policía del Grupo de Operaciones Estratégicas (GOES). Breijo tiene prohibido salir del apartamento pero no le pusieron tobillera ni hay custodia policial. Se supone que al menos deberían pasar policías a constatar que él está en su casa; eso nunca ha sucedido. El cónsul le entregó un paquete con artículos de uso personal, como toallas, sabanas, almohadas y artículos sanitarios y coordinó con el entorno de Breijo respecto a las revisiones médicas. Cancillería dice que el cónsul sigue en contacto hasta el día de hoy. Breijo, en tanto, cuenta que hace una semana que no ve al cónsul, que está atareado con la asistencia a compatriotas afectados por el terremoto. —Yo le pedí al cónsul que me echara una manito para pagar un abogado, pero me dijeron que ellos no se metían en nada. Lo mismo me dijeron en Cancillería: son problemas de Venezuela. Breijo estaba muy débil. Había pasado de pesar 120 a 62 kilos, con desnutrición severa, y estuvo hospitalizado casi tres semanas: —Llamaron a una ambulancia y me mandaron a una clínica privada pagada por el Estado. Hubo un momento en el que yo no hablaba y casi no comía. Caí en un sopor y me debilité mucho. Estaba entre algodones, creo que iba camino a esa luz blanca al final del túnel. Pero en la clínica me rescataron, me revivieron El 16 de junio recibió el alta médica y volvió su casa. La causa judicial contra José Breijo en Venezuela El tribunal 13 contra el terrorismo llevaba la causa contra Breijo. Pero cuando los abogados tomaron el caso a mediados de junio se enteraron que estaba siendo cambiada a otro tribunal. “El viernes 19 la causa cae en el tribunal tercero de ejecución”, relata Camargo, “lo que implica que ya hubo una sentencia. Pero el señor Breijo ni siquiera ha tenido audiencia judicial. ¿Cómo sin seguir el debido proceso se ha llegado a una sentencia?”. El tribunal ha negado la información a los abogados y tampoco han podido acceder al expediente. Ante esta novedad, el abogado le preguntó a Breijo cómo habían sido las condiciones de excarcelación, donde estuvo solo con los funcionarios policiales y del tribunal. “Y él nos dijo que firmó varios documentos. Yo le pregunté si los leyó y él me aseguró que no leyó nada porque quería salir y pensaba que le estaban dando la libertad. Pero resulta que no; era casa por cárcel”, dice Camargo. “Pareciese que a Breijo le hicieron firmar la admisión de culpabilidad de los hechos. Y entonces por eso se pude inferir por qué la causa ha sido trasladada a un tribunal de ejecución de sentencia. De ser así, deberíamos apelar por la violación del debido proceso desde el principio”. Esto implicaría que no habría juicio y que se saltarían las audiencias, lo cual es ilegal. Breijo, mientras tanto, aguarda la citación para ir al tribunal. —Por ahora usted no es libre. ¿Espera que lo absuelvan? —Yo creo que sí. El caso les está quemando un poquito. Soy una piedra en el zapato. Si no me liberan, estaré cumpliendo la pena hasta que caiga el gobierno. Ahí soltarán a todos los presos, entre ellos yo. —O sea que está esperando. —Sí pero ningún tribunal me comunicó nada. Es como que no existo. Las cifras actualizadas de presos políticos en Venezuela El último informe de la ONG Foro Penal registra 404 presos políticos en Venezuela, 39 de ellos con nacionalidad extranjera o doble nacionalidad. De los 404, 369 son hombres y 35 mujeres. En cambio, la asociación civil Justicia, Encuentro y Perdón registra 676 presos, entre ellos 34 extranjeros. Hasta ahora 8.616 presos se han beneficiado de la amnistía decretada por el gobierno de Delcy Rodríguez, según el chavismo, una cifra difícil de verificar. La inmensa mayoría eran personas que estaban en libertad pero sometidas a medidas cautelares restrictivas, según informó El País de España. Solo 314 personas salieron efectivamente de la cárcel, según el oficialismo. Organizaciones independientes reducen esa cifra a 110. ¿Cómo ha sido el proceso de liberación de presos? “Lo digo directamente como expreso político: nos ven como fichas de cambio, de canje”, dice a El País el activista y periodista Carlos Julio Rojas de la ONG Frente de Defensa Norte de Caracas. “Hay muchos presos políticos invisibilizados. Casos como el del señor José Breijo”, dice Rojas. Y agrega que el caso de Breijo no es aislado en Venezuela, “es una política de estado de violación a la propiedad privada, de hostigamiento y represión contra los presos políticos; les vacían las cuentas bancarias, les quitan las propiedades y además hay otros fenómenos como policías que terminan invadiendo propiedades a abuelos”.

EL ÁLBUM DE LA LENGUA

La "s" que siempre sobra... Si eres de los que dicen: "¿Comistes paella?" o entonan la canción de Gilda así: "Fuistes mi vida, fuistes mi pasión; Fuistes mi sueño, mi mejor canción; Todo eso, fuistes, pero perdistes", que sepas que andas metiendo una "s" de más. Y es un error muy común. La segunda persona del singular (tú) del pretérito perfecto simple del indicativo (fuiste, hiciste, comiste, perdiste, caíste, viste, metiste, etc.) nunca termina en -s. El problema es que suele confundirse porque en casi todas conjugaciones y tiempos verbales, la segunda persona del singular sí termina en s, como en comes, comías, comerás, comerías, comieras.

LA BUTACA

El 6/7/2026 a las 18:47, la ONCE informó: > La RAE modificará la acepción de 'leer' en el Diccionario para incluir la lectura del sistema Braille > MADRID 3 Jul. (EUROPA PRESS) - > La Real Academia Española (RAE) adecuará la definición del término 'leer' en el Diccionario de la Lengua Española (DLE) de forma que tenga en cuenta a las personas con ceguera o discapacidad visual que utilizan el sistema Braille. > Según un documento al que ha tenido acceso Europa Press, la RAE tiene programado incluir esta nueva acepción en la próxima actualización del Diccionario. > Actualmente, el término 'leer' se define en el DLE como "pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados", y con la próxima actualización, se definirá como "interpretar, utilizando para ello la vista, el tacto u otros medios, los signos empleados en un texto escrito". > De esta forma, la RAE responde positivamente a una propuesta que hizo la ONCE a comienzos de año, con motivo de los 200 años del braille, y coincidiendo con la próxima declaración del Braille como patrimonio cultural inmaterial de la Unesco. > El pasado mes de enero, fuentes de la RAE señalaron a Europa Press que la petición había "llegado" y estaba siendo "estudiada por el Instituto de Lexicografía (ILEX) de la RAE". > La ONCE explicó entonces a Europa Press que realizaban esta petición al considerar que la definición actual es "excluyente" y que "deja fuera a quienes leen con el tacto y caracteres braille". > Según la ONCE, está "ampliamente demostrado" que, tanto por medio de la vista como por medio del tacto se realiza la misma acción y se consiguen los mismos efectos: "comprender la significación de los caracteres empleados". Además, añade que estudios neurocientíficos han corroborado que ambos tipos de lectura activan los mismos mecanismos cerebrales. > Según el último Informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en el mundo, al menos 2.200 millones de personas tienen ceguera o discapacidad visual. Además, según la ONCE, actualmente, más de 285 millones de personas ciegas en todo el mundo utilizan el sistema de lectoescritura braille para acceder a la educación y la cultura de forma autónoma. > El sistema braille está compuesto por seis puntos con 64 combinaciones que se usan para componer letras y números, escribir en cualquier idioma, leer partituras o anotar partidas de ajedrez. En 2018, la ONU proclamó Día Mundial del Braille el 4 de enero, fecha del nacimiento de su creador, Louis Braille (1809-1852).

EL MIRADOR DE LA POESÍA

Me parecía mentira Me parecía mentira que a galope sobre mayo se fatigara la Vida y abandonando el caballo se sentara en otra silla. Me parecía mentira, y ayer, en tu corazón, la vi sentarse abatida, cansada, rota, vencida, enervada de calor. Se cansó de dar sus pasos por el campo de tu frente y de recorrer tus senos a través del tierno puente con barandas de luceros; de juguetear a perderse por el bosque de tus dientes y de atrapar caracoles en los mares de tu vientre sin importarle las rocas; de navegar por tus ríos con su bandada de barcos sin anclar en ningún sitio y de darte el dulce vino hasta emborracharte de años. Me parecía mentira, siendo tú casi una niña y ella tan viva y valiente, que los chorros de tus risas no surcaran más sus fuentes; mas, ayer, ¡qué desengaño!, a galope sobre mayo también se cansa la vida y busca cualquier regazo para quedarse dormida. María Jesús Sánchez Oliva. Poesía es sentir hondo, pensar derecho y hablar cantando

CARTA A...

20-VII-2026. Querido Adrián: Ayer España y Argentina se disputaban el título de campeón del Mundial 2016 en Nueva York y como todos los niños, disfrazado con la camiseta del mundial, trompeta en mano y bandera de España en alto, te fuiste con tus amigos a la plaza para seguir el partido en la pantalla que, como todos los ayuntamientos de España, el de tu pueblo había instalado y disfrutaste de lo lindo cuando un gol a última hora hizo que España se alzara con la copa de campeona, pero poco duró tu alegría porque ya en la fuente donde se celebran estas victorias, parte de uno de los muros se te cayó encima y ahogó los aplausos, los brindis, los gritos de vivas y olés y las sirenas de las ambulancias y servicios de emergencia se impusieron a los cláxones de los coches para firmar tu muerte. Hoy, mientras que España celebra el triunfo por todo lo alto, tu pueblo es un valle de lágrimas, de minutos de silencio, de banderas a media asta y de flores para decirte adiós. No sé si España volverá a ganar más mundiales, pero sí sé que en Ciudad Rodrigo, tu pueblo, jamás volverán a jugarse sin echarte de menos. Lo siento, Adrián, lo siento como lo siente tu familia, como lo sienten tus amigos, como lo sienten tus vecinos, porque cuando muere un niño todos perdemos algo muy importante. María Jesús.

COSAS DE GARIPIL

¡Hola!: Desconecta el televisor, deja el móvil donde ni lo veas ni lo oigas, siéntate en tu sillón favorito, cierra los ojos y permíteme que te lea el noveno relato de Letanías en lo que el sueño te manda a la cama para recuperar las fuerzas perdidas durante el día. uelga de vino y baile Era una brumosa mañana de febrero. Al filo de las seis, sin órdenes del despertador, sin urgencias del deber, Collantes saltó de la cama. Collantes madrugaba desde niño, desde niño le rozaban las sábanas en cuanto los primeros resplandores del día se filtraban por las rejillas de las persianas. Ni siquiera cuando la gripe molía sus huesos podía evitar que aquella escoba de luz barriendo las sombras lo echara a la calle como a escobazos. Se aseó, desayunó, y media hora después salió de casa. Su casa era una planta baja de noventa metros cuadrados, con un porche y un desván. Cuando se construyó, en aquella ciudad que durante la dictadura fue cabeza de partido, se construyó en las afueras, pero la rápida y desorganizada proliferación de bloques de pisos, de locales comerciales y de centros autonómicos de los últimos años, la ha¬bían situado prácticamente en el centro. La ocupaba con su mujer, con sus suegros y con sus tres hijos. Llevaba en la mano una carta con membrete oficial que había llegado a su nombre y por correo unos días antes. Se detuvo en el porche y auxiliado por los guiños anaranjados de la farola de enfrente la leyó. Hasta entonces no había tenido valor para abrir aquel sobre blanco y rectangular que olía a resolución ministerial. Sospechaba su contenido y la sola idea de confirmarlo le producía una especie de alergia que le engarabitaba los dedos. En efecto, era lo que temía. Aquel día, a las once en punto, debería presentarse, pro¬visto del carné, en la oficina del paro para cobrar su primera prestación, su primera nómina de desempleo. Rasgó el sobre furioso y lo tiró al suelo, lo pisó, lo arrastró con el pie y lo persiguió hasta hundirlo en una cloaca; después ovilló la carta y se la guardó con rabia en el bolsillo interior de la cazadora. En cinco minutos hizo y deshizo mil veces la distancia que se abría entre la puerta y la acera. La cabeza le decía que fuera; el corazón, que no. Por fin en¬filó la calle, titubeando en zigzag, sin alzar los ojos del suelo, como huyendo por igual de sí mismo que de los demás, como esquivando unos charcos que, obviamente, no existían más que en su imaginación. Se cruzó con algunos trabajadores que en coche o a pie se dirigían a sus puestos, seres privilegiados, personas con habilidad para pasarle factura al partido político en boga por una simple pegada de carteles en una ajetreada noche de campaña electoral, hombres y mujeres que aún no sufrían en sus carnes los estragos de aquel virus llamado Paro, y por primera vez en sus cuarenta y cinco años de vida miró a sus con¬vecinos, a sus semejantes, con infinita envidia. Collantes aprendió antes a trabajar que a jugar, si es que alguna vez aprendió a esto último, pues entre los recuerdos de su infancia no se encontraba éste. Sólo fue dos años a la escuela: uno para aprender a leer y a escribir y otro para aprender a contar sin bailar los dedos. Fue vaquero, segador, albañil, tabernero... y en la mili, cocinero. Al licenciarse se colocó en una fábrica de pantys, de medias que decía él. Echaba muchas horas y los precios no crecían al compás del sueldo, pero en su casa se vivía con decencia, y si para conseguirlo tenía que hacer "chapuzas" los días libres, las hacía sin caérsele los anillos por ello. Lo importante era vivir de su trabajo, como le habían enseñado sus mayores. Murió el viejo dictador y como tantos otros recibió con una encendida ovación la arrolladora llegada de los demócratas que juraban y rejuraban cambiar de camisa al país. No sería imprescindible atentar contra la salud para ganarse el pan, se nivelaría la balanza de los sueldos y los precios, los trabajadores serían considerados y tratados como los pilares básicos para sostener el edificio de una sociedad moderna, justa, humana y digna. Pero tantos aplausos les trastornaron los ideales y también salieron rana. Para colmarse los bolsillos, convirtieron en oro el sudor del pueblo; para vestir mejor a sus amigos, desvistieron a los anónimos. Volvieron en sí las viejas mañas, los autóctonos vicios, las innatas picardías que la dictadura tenía sedadas para conservar aquellos sillones donde tan plácidamente se balanceaban, y las rosas de sus sueños se deshojaron en pocos otoños, pues del vago hicieron un señor y del currante un maldito, un apestado, una carga, un ser indigno que había que perseguir hasta exterminarlo. Una mañana llegó a la fábrica de medias puntual y dispuesto como desde hacía más de veinte años. —El vertiginoso descenso de las ventas de pantys de los últimos meses me ha tapado los ojos de trampas. Lo siento, pero no veo solución. Ayer presenté la quiebra en la delegación del ministerio correspondiente, y, si hoy me la aceptan, que, según todas las fuentes me la aceptarán, mañana cierro. Os indemnizo con un millón de pesetas contante y sonante y podréis cobrar el paro durante año y medio —dijo el dueño después de reunirlos en la sala de contrataciones, intentando convencer sin hacerles perder la compostura. Sus compañeros acogieron la negra noticia con más gloria que pena. Uno se compraría un coche a tocateja, otro quitaría la hipoteca del piso de un plumazo, otro se iría de luna de miel al Quinto Pino… todos vivirían del cuento dieciocho meses, y después, Dios diría. Él, sin embargo, dudó de que algún día Dios hablara por y para ellos, como dudó de las razones del jefe. —Usted miente, miente como un auténtico bellaco. La fábrica vende hoy más medias que nunca y está preparada para competir en cualquier mercado. Por un lado, las confeccionamos más bellas y mejores que nadie; por otro, no hay mujer que no las conozca y son las primeras en aconsejárselas a sus hijas en cuanto empiezan a usar¬las. Y no hablo por hablar, en el sótano he visto miles de pares almacenados, y en el archivo, cientos de reclamaciones de pedidos que no se han enviado. ¿Por qué se han fabricado tantas medias si no se pensaban servir? Aquí hay gato encerrado, y antes de verme en la calle sin razón por sus chanchullos, le juro por mis hijos que se lo saco en procesión por todo el país —dijo paseando nervioso por aquella sala que, paradójicamente, había sido creada para todo lo contrario, negándose en redondo a firmar la carta de despido. Al día siguiente los periódicos publicaron la noticia con grandes titulares, como si se tratara de un triunfo del bien sobre el mal, de una hazaña digna de encomio. "La fábrica de pantys Marilés cierra sus puertas por quiebra del negocio. Según su propietario no hubo problema con los empleados. Él pagará sus deudas con la subvención, también con ésta ellos serán bien indemnizados, y todos saldrán ganando. Con este cierre el gobierno da un paso más en su ambicioso proyecto de sanear las pequeñas y medianas empresas del país". Collantes se apresuró a desmentir la noticia, a desenmascarar los hechos en las emisoras de radio. "Hoy se han vendido tres camiones de medias Marilés que saldrán al mercado con el nombre de la firma compradora, y para ocultar la verdadera razón de su estancamiento, se han quemado todas las reclamaciones de los pedidos pendientes. De las ganancias cobrarán mis compañeros sus míseras indemnizaciones", decía un día. "Hoy se ha hecho efectiva la subvención oficial de la quiebra de Marilés, y con el importe, mi exjefe ha comprado la finca de «Vuelasalto» y la ha registrado a nombre del yerno de su mujer", decía otro. "Hoy, el dueño de Marilés, ha vendido la fábrica a una constructora, y aunque en la escritura reza que se la ha pagado a precio de hojalata, el encargado, los camareros y la clientela del Círculo Mercantil saben que la ha cobrado a precio de oro", llegó a denunciar incluso. Pero su voz no puso a nadie en pie, todo era amañosamente legal. Y rezumando cólera por todos los poros se fue a su casa como el gallo de Morón. Su suegro lo recibió con un sermón de padre y muy señor mío. —Nademos en aguas dulces, nademos en aguas saladas, los peces grandes siempre se comen a los chicos, y no será porque no me has oído decir mil veces que por de¬fender la verdad muchos perdieron la cabeza en la horca. Su suegra, con una regañina de tres pares de narices. —Has hecho el canelo, te has lucido por partida doble: por dar la cara y por no firmar, y no será porque no te tengo dicho que vale más un pájaro en la mano que ciento volando. Su mujer, con los ojos húmedos y la voz quebrada. —Pero ¿y ahora, de dónde saco yo ahora para dar de comer a mis hijos? —De donde siempre, —respondió Collantes— del trabajo de su padre. En lo que yo me vista por los pies y tenga cinco dedos en cada mano mis hijos ni se morirán de hambre ni tendrán que comer de blancas limosnas oficiales. Y dando media vuelta se fue a buscar trabajo. Sus pies no se detuvieron hasta que sus manos no alcanzaron la puerta de la casa del ganadero para quien trabajó de niño, y tamborileó en ella con los nudillos. —Vengo a pedirle trabajo, quiero cuidar sus vacas de nuevo —dijo con entusiasmo en cuanto el hombre apareció en el dintel—. Todavía sé ordeñarlas y aún no he olvidado cuáles son los mejores pastizales ni he perdido la facilidad de dormir sin perder de oído el "tolón—tolón" de los cencerros. —Pues piérdela que ni para mí ni para otros volverás a ser vaquero —respondió el hombre asiendo la puerta en ademán de despedida—. Nos sacrificaron las vacas a cambio de mil duros por cabeza, dicen que producíamos más leche de la debida, que la leche tenía demasiada grasa, que la grasa es veneno para la salud... y aunque ninguno de nosotros comulgamos con esto, vivimos todos tan ricamente con el subsidio que además nos pasan hasta la jubilación. Sin perder la esperanza se encaminó hacia la casa del labrador para quien trabajó después y pulsó el timbre con prisa. —Vengo a pedirle trabajo, quiero segar sus trigales de nuevo —dijo con ilusión en cuanto el hombre abrió la puerta—. Todavía sé manejar la hoz con habilidad, hacer y atar los haces, llevarlos a la parva, trillarlos... —Pues olvídalo que ni para mí ni para otros volverás a ser segador —respondió el hombre sacando tabaco—. Ya no sembramos trigo, segamos girasoles. Para nada sirven sus pipas, en balde giran sus hojas buscando el sol, solos nacen y solos mueren, pues son simplemente un pretexto legal para cobrar las subvenciones oficiales que nos permiten vivir sin dar golpe hasta la jubilación. Sin perder tiempo en ninguna, recorrió todas las empresas de construcción. —Quiero trabajar. Sé picar, encofrar, ensolar… todo cuanto debe saber un peón, todo cuanto debe saber un albañil, —repitió como un loro de una en una. Pero de todos los encargados recibió la misma respuesta: —Para aceptarle la solicitud, debe adjuntar todos los títulos. Y él era maestro de todo y diplomado en nada. Desesperado de tocar sin éxito tantos palillos hizo números para instalar un bar por su cuenta: veinte para género, quince de ganancias, treinta para alquiler, treinta y cinco de impuestos... y, ante tan evidente desequilibrio, tuvo que abandonar la idea. Quemando los últimos cartuchos se presentó en los restaurantes de todos los centros oficiales. —Quiero trabajar de camarero, de pinche, de cocinero, de fregón… de lo que sea y donde haga falta —decía angustiado, casi suplicando. Y en todos le respondieron con la misma pregunta: —¿Por quién viene usted recomendado? —Por mi responsabilidad —respondía él. Pero la responsabilidad sin un "enchufe" para conectarla no producía la suficiente energía como para funcionar. Y haciendo de tripas corazón, hizo lo único que podía hacer: echar los papeles al paro. Por fin llegó a la oficina del paro. El reloj de la plaza donde estaba ubicada desgranaba indolente las doce campanadas del mediodía. Por primera vez en su vida había sido impuntual. En lo alto de un edificio nuevo leyó: "Instituto Nacional de Empleo". Y sintió ganas de echar a volar para descolgar a mordiscos todas las letras, para tirarlas al suelo y escupir sobre ellas, para romperlas y pisotearlas hasta borrarlas del diccionario por embusteras, por insolentes, por traidoras. Se detuvo entre dos interminables colas humanas, por calificarlas de alguna manera más o menos elegante: la de la izquierda avanzaba impaciente hacia la ventanilla; la de la derecha regresaba con alivio de ella. Racimos de hombres en paro, gajos de hombres triturados por hombres, semillas susceptibles de germinar en triquiñuelas ventajosas, zumo de ocio pro¬clive a nutrir el aire de traumas, de vicios, de dramas... De repente, sin darse cuenta, empezó a gritar: —¡Devolved ese dinero, devolved ese dinero! —rogaba, imponía mirando a su derecha. —¡No lo cobréis, vosotros, no lo cobréis! —rogaba, im-ponía mirando a su izquierda. —¡Seguidme, seguidme! Vamos a exigir trabajo —ordenaba y volvía a ordenar con énfasis, con prisa, mirando alternativamente a un lado y a otro mientras rasgaba el sol con los brazos y con las manos ataba las cintas de sombra que sesgaban la claridad que a aquella hora había logrado vencer las brumas. Pero nadie lo siguió, nadie le hizo caso; lo tomaron por loco y entre dientes murmuraron: "Para una vez que a cambio de nada nos dan algo..." Quiso huir de allí, intentó echar a correr. Le humillaba formar parte de aquella cola de vagos, de tramposos y de resignados. Pero la voz del empleado articulando su nombre y apellidos con autoridad lo acercó a la ventanilla sin contar con la cola. —¡Tenga lo suyo, firme aquí y vuelva el próximo mes! Nadie se molestó, nadie protestó; era un descanso quitarse de encima aquel palizas. Ya en la plaza sacó del sobre los billetes y los contó: mil, dos mil, tres mil... treinta mil pesetas que le nublaron los ojos de lágrimas, que le encendieron las mejillas de vergüenza, que le quemaron las manos con tal virulencia que tuvo que soltarlas, y ante su dolor echaron a volar cual golondrinas ávidas de encontrar su verdadero nido. Una nube de niños con sus libros bajo el brazo se posó de repente en el lugar. "¡Dinero, dinero!", gritaron alborozados, y cual lobos hambrientos cayeron sobre los billetes. Súbitamente pensó en sus hijos, también ellos tenían hambre de muchas cosas, también ellos necesitaban comer a diario. Enfurecido, se abalanzó sobre ellos, los dispersó a patadas, a puñetazos, a insultos... rescató sus billetes y echó a correr escondiéndolos, como si en lugar de querer robárselos, los hubiera robado él. Entró en casa. Su familia lo esperaba impaciente, con la mesa puesta. Se sentó en silencio, en su sitio de siempre. —Cuenta con mi pensión —le dijo su suegro. —Para seguir adelante, me gasto la vista que me queda en hacer colchas de ganchillo —añadió su suegra. —Me multiplico por mil y a fregar escaleras —terció su mujer. —No hace falta que os sacrifiquéis tanto, no hace falta que os sacrifiquéis todos, —apostillaron sus hijos— invertimos nosotros los ahorros de la hucha en pañuelos de papel y nos vamos los domingos a venderlos al rastro. Con las ganancias volveremos a invertir, y a vender, y a comprar... Ahora se lleva mucho, muchos lo hacen. Y como nos pondremos pesados, negocio seguro. Pero aquellos esquejes de ánimo no dieron en su espíritu ni una flor de tranquilidad. Al contrario. Intentaba comer para no preocuparlos, pero le fue imposible tragar bocado: los garbanzos se le quedaban en la garganta, la carne le amargaba, la fruta le daba náuseas... y para no vomitar allí, subió al desván. Renegando de su suerte, maldiciendo a los artífices de su desgracia, se desplomó en el centro, sobre el suelo de tablas. Le dolía la cabeza de tanto pensar en el asunto. Su mentalidad no podía acomodarse en aquella situación. Él no sólo necesitaba trabajar para comer, también para sentirse útil, para no ser un parásito, una carga. En un arranque de ira, de desesperación, miró a su alrededor como huyendo de la realidad, como buscando en algún punto solución, consuelo, fuerzas para seguir protestando, y sus ojos chocaron con un sinfín de objetos abandonados, cubiertos en su totalidad por un asfixiante manto de pátina. Lo sabía de sobra, de sobra lo sabía. Sólo le quedaba un palillo que tocar: entrevistarse con el alcalde. Él era el representante de todos los estamentos oficiales, el de¬fensor más a mano de todos los vecinos, el responsable de impedir en la ciudad aquellos desmanes, aquellos atropellos, aquellas trampas. Pero las mil veces que había llamado a la puerta del ayuntamiento, las mil veces le ha¬bían dado con ella en las narices. Y sin una buena aldaba a la que agarrarse, ¿qué podía hacer él para exigirle su derecho?, se preguntó entre lágrimas, como intentando extraer la respuesta de los herméticos labios de las nubes de polvo. Ante su infinita impotencia un ejército de soldados de plomo abandonó su cuartel de cartón. —¡Ten, ten! Vete al ayuntamiento y exígeselo a punta de pistola —le dijeron con energía, ofreciéndole cada cual su metralleta. Pero él era un hombre pacífico, enemigo de la violencia, y tanto se asustó que les dio orden de volver a acuartelarse. No se había repuesto del susto cuando se le acercó burlona una máscara de carnaval. —Ponte en huelga de hambre —le dijo—. No sé si será eficaz, pero está en boga y es legal. Y de un soberano remeneo la volvió a colgar de su pivote oxidado. —¡No, no! Esa forma de protestar, de rebelarme, de pedir, por muy lícita, por muy de ley que sea, no me con¬vence, no la entiendo, nunca la he entendido —mascu¬lló—. Te ponen al borde del hambre quitándote el trabajo, y para hacer valer tus derechos, para exigirles que te permitan comer, dejas de hacerlo antes de que se te acabe el pan, antes de que se te vacíe la despensa. ¡Valiente majadería! Si me ciño a sus leyes, sólo lograré dos cosas: que¬darme sin salud y darles el gusto de librarse de mí antes de lo previsto. No. En esa trampa no cae este ratón. ¡Faltaría más! Prefiero comerme al alcalde vivo, a bocados si es preciso. Y que vayan tomando nota todos los cargos... Y huyendo de tan absurdas soluciones se incorporó y cogió una bota de vino y su viejo acordeón, aquel acordeón que aprendió a tocar en la soledad de los campos, de niño, y a cuyos sones bailaban el burro con el sol, las vacas con las encinas, el perro con el aire y los pájaros con las flores. Le quitó con paciencia el grueso manto de telarañas, le afinó con dulzura todas las notas, lo cogió con cariño en brazos y bajó con él. En cuanto dejó atrás la escalera de caracol los suyos le abordaron alarmados. —No pensarás salir a pedir limosna, ¿verdad? —¡Ni mucho menos! —les tranquilizó él— De salir, saldré a dar. —¿A dar qué? —La vara. ¿Qué otra cosa puede dar un parado? Y empezó a preparar su huelga, su huelga de vino y baile. Al día siguiente, en cuanto el sol puso los rayos en el horizonte, Collantes, con la bota de vino al hombro y el acordeón en brazos, se plantó en la calle. Antes de salir del porche echó un trago de tinto y empezó a tocar con más garbo que nunca. Lo que sus dedos extraían de aquellas lengüetas de metal, de aquel fuelle y de aquel teclado, no era una simple música para escuchar, eran canciones tan alegres, tan sonoras, tan pegadizas... que cabe decir que hasta los muertos se levantaban de las tumbas para bailarlas. Los primeros en oír la fantástica llamada fueron los suyos, y sorprendidos, con los ojos hinchados, dando tumbos entre dormidos y despiertos se tiraron de la cama, se vistieron sin quitarse los pijamas, se atusaron las greñas con los dedos, y en ayunas y en zapatillas salieron de casa. Cuando Collantes los tuvo tras él dijo con energía: "¡Seguidme!". Y echó a andar sin dejar de tocar. —¡Vuelve a casa, por favor, vuelve! ¿No ves que esto es hacer el carnaval en agosto? —le suplicaban, le hacían reflexionar y le ordenaban a la vez, abochornados de ir con aquellas pintas, montando aquel número, a aquellas horas y en aquel escenario. Pero Collantes ni quería ni podía oírlos, siguió en sus trece y fue la curiosidad de los demás la que los hizo sentirse héroes en lugar de payasos, pues, a medida que avanzaban, el cortejo se multiplicaba. Los automovilistas, al verlos, aparcaban los coches y se volvían para seguirlos a pie; las amas de casa, que iban o venían de los supermercados, cambiaban de ruta para seguirlos con los carritos de la compra llenos o vacíos; los albañiles se bajaban de los andamios y con la paleta en la mano se iban tras ellos; los barrenderos dejaban de barrer y sin soltar la escoba tras ellos se iban. Hasta los guardias dejaban las esquinas y redoblando el volumen y las pitadas de los silbatos corrían para seguirlos, y tanto y tanto animaron al músico con su presencia, que, puerta pública que vio, puerta que abrió a pasodoble torero. De las iglesias salieron las beatas santiguándose, los monaguillos y los curas con los cálices en alto; de las peluquerías y de las barberías, las peluqueras y los barberos, las señoras con los rulos puestos y los señores con las barbas enjabonadas; de las tiendas, los dependientes, las cajeras con las calculadoras en ristre y los clientes con las bolsas a cuestas; de los bares, los camareros, los repartidores con las cajas de bebidas al hombro y la parroquia con las tazas de café en la mano; de los colegios, los conserjes, los alumnos con los libros bajo el brazo y los maestros regañando; de los hospitales, los enfermos cuyo mal les dio permiso, las enfermeras con sus cofias y los médicos suplicando; del paro, los empleados, el director y los parados; de los lupanares, el alcohol, el humo y el amor humillado entre sus hombres y mujeres; de los parques, los ancianos con su soledad en brazos, los vagabundos arrastrando sus miserias, los turistas disparando sus cámaras fotográficas, los jóvenes derramando alegría, la pasión avivando brasas, la prudencia sofocando llamas... y con todo el vecindario apoyándole inconscientemente a la zaga, se plantó como un pino a la puerta del ayun¬tamiento. "¡Tatararááá..!" siguió tocando con entusiasmo después de empinar la bota, y acabó de armarla: se rompieron las colas de ciudadanos que en el interior esperaban resolver algo, desaparecieron los empleados de las ventanillas municipales, y puestos todos en la calle, se unieron a los recién llegados y convirtieron la plaza en el más animado salón de baile. —¿Qué santo festeja hoy la plebe? —preguntó el al¬calde asombrado, conteniendo las ganas de levantar anclas también. —No es una fiesta, señor, es una huelga —respondieron los guardias que custodiaban la entrada—. El ciudadano Collantes le pide, le exige, que deshaga el entuerto de su fábrica, o lo que es igual, trabajo. —Pues salgan inmediatamente y disuelvan la huelga. —¿Cómo? —A mordiscos si hace falta. Pero cuando la voz de los guardias estaba a punto de entrar en uno de los oídos del músico para recomendarle que depusiera su actitud, los pies se les cambiaron de dirección y sin pretenderlo ¡plas!, se les mezclaron con los de los bailarines. Avanzaba la mañana y el músico seguía echando pasodobles al baile sin más pausas que las precisas para aliviar la bota mientras los bailarines cambiaban de pareja. Molesto, el alcalde decidió marcharse. Ausente yo, se ausentará él, pensó, pero pensó mal. Lo que entró por sus ojos al salir le espantó la idea de coger el coche. Era imposible romper el cordón humano que se estiraba y se encogía delante de la cochera. Y en cuanto dobló la esquina a pie, Collantes, sin dejar de tocar, se fue tras él, y con la ristra de vecinos cantando y jaleándole detrás lo siguió por calles, callejas y callejones. Si se metía en una cafetería para despistarse, en la cafetería se metía él, bebían y bailaban los acompañantes, servían y aplaudían los empleados, y sólo cuando lograba huir por la puerta del almacén, el son del acordeón dejaba el local en paz; si se ocultaba en la nave de algún industrial, de la nave lo sacaba a acordeonazo limpio; si se escondía en el jardín de algún chalé, el imparable y alegre bochinche le hacía saltar la tapia... Después del mediodía consiguió entrar en su casa. Si yo vengo a comer, a comer se irá él, pensó, pero pensó mal. De codos ante la mesa vio los platos, los cubiertos, los vasos.., pero todo vacío. Pulsó el timbre y acudieron las domésticas con la sopa, la fuente de la carne, el cesto de la fruta y la jarra del agua, pero la música reclamó su presencia y lo dejaron a dos velas: repartieron la comida entre los huelguistas; el cabecilla puso el vino. Y sin preocuparse del estómago del señor, con delantal y todo se que¬daron al baile. Con las tripas en las rodillas se metió en la alcoba. Si yo me echo la siesta, la siesta se echará él, pensó, pero pensó mal. La música le abría los ojos, los cánticos le despegaban los huesos del colchón, el balcón era un colador de gritos, de carcajadas, de palmas... y aguan¬tándose las ganas de espantarlos a baldes de agua, se fue a cumplir con su agenda. Salió por la puerta de servicio para no ser ni olido ni visto, cuidando sus movimientos cual ladrón que huye con el botín. Y en cuanto tocó calle echó a correr. Ante el menor ruido se paraba bruscamente, con un pie en el aire volvía la cabeza temblando, se tranquilizaba en parte, respiraba más o menos a gusto... bajaba el pie y seguía corriendo. A mitad de camino se en¬contró con una ambulancia. —¡Lléveme al parque con urgencia! —ordenó al con¬ductor— ¿Acaso hay enfermo más grave que un alcalde que tiene que ir a pata y sin escolta a inaugurar una fuen¬te pública? Pero el chófer se encogió de hombros. —Lo siento, —le dijo— pero no puedo. Tengo que llevar en un par de minutos un botiquín de primeros auxilios a la verbena. Y como trabajo con un contrato a extinguir... Y temeroso de que alertado el músico cambiara de pista, reanudó la carrera con más bríos, a más velocidad, con más miedo. Llegó al parque y se vio solo, muy solo, ni el pueblo aplaudiendo, ni los de mantenimiento apagando y encendiendo luces, sólo los pájaros columpiándose de las ramas de los árboles. Llegaron las autoridades provinciales en sus coches oficiales y con sus respectivas esposas. Lo saludaron entre guiños y parajismos de sorpresa. Se hizo el tonto y subió al templete. —La falta de tolerancia y la sobra de insolidaridad del más fanático de mis vecinos —dijo como para disculpar¬se, esquivando sus miradas— me ha impedido recibirles como merecen Sus Excelencias... Pero el eco de un acordeón quebró su voz y entre lágrimas vio lo que no podía creer. Llegó Collantes, lo desplazó a acordeonazos, hizo una pausa para empinar la bota, volvió a colocar los dedos en el teclado del acor¬deón y ¡tátararaaa!, las autoridades se unieron al pueblo para bailar y bailar hasta la medianoche, hasta la hora en que en¬traba en vigor la Ley Municipal del Silencio Nocturno. Ya en casa, el alcalde cenó y durmió a sus anchas. Vistos los resultados de hoy, mañana ni pondrá los pies en la calle, pensó, pero pensó mal. Al día siguiente, en cuanto el sol abrió los ojos, Collantes, con la bota y el acordeón a cuestas, abrió la puerta de su casa, y armó la de la víspera. Si entraba en un restaurante para comer a gusto, en el restaurante entraba él y adelantaba el baile a la comida; si salía de visitar a sus ancianos padres, tras él se iba con el cortejo a cuestas... y hasta las doce de la noche no se vio libre de aquel fantasma visible, de aquel estridente acompañamiento. Y al día siguiente volvió a las andadas, y al otro, y al otro, y al otro... Y al séptimo, por fin, el alcalde puso una denuncia en el juzgado, y Collantes tuvo que comparecer ante el juez. —Se le acusa de estar haciendo una huelga ilegal. —Yo no hago huelga, hago fiesta. —Se le acusa de manipular, de influir en los vecinos para que le apoyen. —Yo no llamo a nadie, a nadie invito; vienen ellos solos, ellos solos se apuntan. Y mi dinero me cuesta, que por cada taberna que paso, tengo que entrar y llenar la bota. —Se le acusa de molestar intencionadamente al señor alcalde, de intentar romperle los nervios. —Nada más lejos de mi ánimo, sólo pretendo que no se rompan los míos, para eso toco, para eso bebo... ¿Y acaso no es mejor distraerme así que sentarme a escuchar los malos consejos que el ocio me sopla al oído en cuanto me ve parado? —Se le acusa de paralizar el municipio, de no dejar trabajar a los vecinos. —Debe de haber algún error, son algunos vecinos los que no me dejan trabajar a mí. Y si quiere Su Señoría que aquí mismo le demuestre cómo se mueve el pueblo en cuanto yo toco el acordeón... —¡No, no! ¡Déjelo! ¡No se moleste, no hace falta! —dictaminó el juez. Y ante la total ausencia de delito tuvo que dejarlo en libertad sin cargos. Collantes reanudó la huelga, y como al grito de juerga se despiertan los dormidos, los vagos se desperezan, oyen los sordos y hasta los enemigos como amigos regresan, los huelguistas se multiplicaban como moscas, y como moscas a la miel se le pegaban. Tal era el éxito de la hazaña, el apoyo que recibía de los demás, que, día tras día, de la mañana a la noche, siguieron, persiguieron al alcalde, él tocando, ellos bailando, todos cantando, aplaudiendo, bebiendo... hasta que a las siete semanas justas, harto el hombre de divertir sin divertirse, se lió la manta a la cabeza y cortó por lo sano. Aquella mañana, el músico, con su bota, con su acordeón y con su propósito a cuestas, se plantó en la calle más temprano que nunca, pero a medida que avanzaba, más perplejo se quedaba. Ante la escasa algarabía volvía los ojos y sólo veía parientes, extranjeros, inocentes, furcias, borrachos, mendigos… seres sin oficio ni beneficio, ciudadanos libres. Y movido por una corazonada redobló el paso para indagar. Tocó una rumba a la puerta de un colegio, pero nadie salió a bailarla: los profesores habían encadenado las piernas de los alumnos a las patas de las mesas; tocó un vals a la puerta de una residencia de mayores, pero nadie salió a bailarlo: el personal había ensogado los brazos de los ancianos a los brazos de los sillones; tocó una jota a la puerta de un teatro, pero nadie salió a bailarla: el acomodador había pegado las ropas de los espectadores a los asientos de las butacas; tocó de todo en los vestíbulos de todos los centros, pero nadie salió a bailar nada de nada: el notario había precintado las puertas de todos los edificios, tanto públicos como privados. Recorrió las calles desgranando pasodobles, pero ni el gato se movió para bailarlos: los guardias estaban entablillados a los semáforos, los guías de turismo a las columnas de la catedral, los barrenderos a los contenedores de basura... y ni corto ni perezoso se fue al juzgado, puso una denuncia y el alcal¬de tuvo que comparecer ante el juez. —Se le acusa de obligar a los superiores, con amenazas de graves represalias, a reducir violentamente a los subordinados. —Yo no he amenazado a ningún superior de nada prohibido, simplemente les he advertido que cumpliría la ley. Sus subordinados cobran por trabajar, no por andar de fiesta. Y ante tanta irresponsabilidad no he tenido más remedio que ponerme en mi sitio. —Se le acusa de torturar a los ciudadanos, tanto físi¬ca como moralmente. —Yo no he mandado matar a nadie y nadie ha muerto, simplemente he tomado medidas para evitar males mayores. —Se le acusa de haber abusado de su autoridad tomándose la justicia por su mano. —En mi nombre acudí a la Justicia, y la Justicia me desamparó ¿Qué otra cosa podía hacer, pues, para normalizar mi ciudad, que hacer uso de mi cargo? Y ante la falta de argumentos y la sobra de evidencia, no tuvo más remedio que meterlo en la cárcel. A poco de quedarse el sillón municipal sin alcalde electo se convocaron las terceras elecciones. Collantes, sin la despampanante bandera de ningún partido, sin el pom¬poso himno de ninguna ideología, haciendo valer simple¬mente sus derechos de ciudadano libre, se presentó a ellas con dos nítidas promesas en su programa: conseguir un empleo para él, e impedir que los demás perdieran el suyo. Y aunque los políticos se limitaron a reírse de la ocurrencia, las ganó por absoluta mayoría. Y aunque nunca echa discursos en el balcón del ayuntamiento, y aunque jamás se deja fotografiar para salir en los periódicos, y aunque por nada del mundo organiza una cena oficial... los vecinos le pagan el sueldo en¬cantados, pues, por miedo a sus huelgas de vino y baile, nadie, nadie en el municipio ha vuelto a jugar con el pan de alguien. María Jesús Sánchez Oliva Relación de libros publicados por mi autora: María Jesús Sánchez Oliva. Pero antes quiero recordarte que por ser el primero de sus libros publicado me ha distinguido con este espacio en su blog del que me siento tan orgulloso como responsable. “Garipil (1995)”. Reseña: Garipil es un semáforo. Nace con una idea en la cabeza: decir a la sociedad que las máquinas como él nacen para estar al servicio del hombre, para ayudarle en todas las tareas que tiene que realizar, para hacerle la vida más cómoda, pero en ningún caso para suplirlo. Su mensaje es tan aconsejable para niños como para mayores. “Letanías (1999)”. Reseña: Letanías es una colección de historias breves pero completas. El libro ideal para los que quieren leer pero les falta paciencia para enfrentarse a libros con muchas páginas. Algunos de los relatos han sido premiados en distintos certámenes literarios. “El rosario de los cuentos (2003)”. Reseña: En los primeros años de la posguerra española, en un pueblo de Castilla, un cura de la época es incapaz de encauzar a sus feligreses por el camino recto a través del Santo Rosario, como era costumbre. Ante su fracaso decide transformar cada misterio en un cuento. El resultado son quince cuentos para niños de distintas edades. Cada cuento está ilustrado con una viñeta alusiva a la época. Este libro obtuvo el tercer premio en el Concurso de Cuentos Tiflos en su edición de 1996. “Cartas de la Radio (2007)”. Reseña: Cartas de la Radio es una colección de cartas o artículos de opinión escritas y leídas semanalmente en Onda Cero por María Jesús Sánchez Oliva durante cuatro años. Las cartas van dirigidas a políticos, ciudadanos de a pie, víctimas del terrorismo, instituciones, asociaciones, etc., y no pocas nos llevan a acontecimientos que siguen vivos en nuestra memoria. “Cuentos de la Cigüeña (Soles y Lunas) (2014)”. Reseña: Son doce cuentos escritos en verso con los que las mamás y los papás disfrutarán leyéndoselos a sus hijos y los niños aprenderán a amar la poesía a la vez que los cuentos. “Los días perdidos (2018)”. Reseña: En esta novela se narra la historia de Ara, una mujer que de forma inesperada tiene que enfrentarse a una ruptura matrimonial. El impacto la lleva a recluirse en su ático de soltera. Tras varios años de aislamiento, al salir de casa una mañana, la avería del ascensor la obliga a bajar andando todas las plantas del edificio. En cada planta se encuentra con una mujer que le cuenta su historia. Son mujeres muy distintas unas de otras, pero todas, por distintas razones, han perdido muchos días de su vida. Ya en la planta baja se encuentra con Daniel, el único vecino del edificio que también ha perdido muchos días inútilmente, y de forma espontánea los dos deciden no perder ni uno más. “Primer Premio Tiflos 2013”. Para más información sobre los libros, hacer un comentario o simplemente saludarme, solo tienes que contactar conmigo a través de mi dirección de correo electrónico: Garipil1995@gmail.com Estaré encantado de responderte. Gracias por tu visita y hasta el próximo número. Firmado: Garipil.