Las siete cartas en las que
Unamuno pidió auxilio ante su inminente asesinato
El intelectual vasco y salmantino
de adopción fue “rehén”, según sus palabras, desde el Día de la Raza de 1936
hasta su muerte en extrañas circunstancias. Siete misivas –las conocidas hasta
ahora– atestiguan que Don Miguel sabía que sería asesinado.
Unamuno Calle Bordadores
Salamanca 1930
Unamuno asomado con su familia al
balcón de su casa en la calle Bordadores a su regreso del exilio. Salamanca,
1930 (Fuente: Fondo Miguel de Unamuno, Universidad de Salamanca) (CC BY-NC)
Luis Miguel Barcenilla
@BarcenillaLM
Jon Bernat Zubiri Rey
@jonbernat
12 OCT 2024 05:35
Miguel de Unamuno murió en su
casa un 31 de diciembre de 1936. Pero esa solo fue su segunda muerte. El 12 de
octubre, dos meses y medio antes, ya había quedado enterrado. El famoso
enfrentamiento oral entre Millán-Astray y Unamuno fue el principio del fin, “el
día del destino” le llamó la estadounidense Margaret Rudd en la única
investigación que indagó en unos hechos cuyos indicios de muerte violenta son
más que evidentes.
En su biografía de Unamuno
publicada en 1963, no traducida y poco referenciada en España, Rudd entrevistó
a vecinas y familiares que fueron testigos del fatídico final del intelectual
bilbaíno, así como a su último interlocutor y presunto asesino, Bartolomé
Aragón. Sirva de muestra el testimonio de Felisa, hija de Unamuno, que narró a
la investigadora que “un día, cuando mi padre fue a visitar a sus amigos los
Dominicos de San Esteban, un sacerdote le dijo que uno de los soldados había
dicho que, si le veían subirse en un automóvil, sus órdenes eran de disparar”.
Tras enfrentarse el rector, hoy
hace 88 años, al militar mutilado, pasó inmediatamente a ser considerado un
traidor. Las palabras del propio fundador de la Legión daban fe de la
temperatura del momento. Unamuno no volvería a pisar la calle en libertad. Pero
sí escribió cartas y realizó entrevistas donde expresaba su temor a ser
asesinado y su absoluto rechazo al movimiento liderado por Franco. Hordago-El
Salto ha tenido acceso a esta documentación imprescindible para comprender que
la muerte de Unamuno no fue la de un abuelo desorientado delirando frente a una
chimenea.
MÁS INFORMACIÓN
Unamuno Salamanca paraninfo
MEMORIA
La primera muerte de Unamuno
empezó el 12 de octubre
LUIS MIGUEL BARCENILLA
JON BERNAT ZUBIRI REY
Comentarios artículo
Suerte que pudo salir de aquel
acto en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca escoltado por Carmen Polo,
esposa del autoproclamado jefe de Estado, ya que se oyeron las armas cargarse
tras el acto cuyo desenlace sentenció la vida de Unamuno y su pronto devenir
mortal. Millán-Astray, después de enrarecer el Día de la Raza amenazando de
muerte a Unamuno, según se ha reparado desde el presente, pudo entender que el
asesinato público del intelectual más importante de España hubiera sido
perjudicial en el exterior para el Régimen que trataba de limpiar su imagen.
Unamuno pensaba que el
encierro al que le habían sometido acabaría con un asesinato en su propia casa
y así lo plasmará en hasta siete cartas y varias entrevistas. “Son
comentarios estremecedores”, apunta Menchón, que sigue investigando al
intelectual.
Unamuno sabía que podía ser
asesinado en cualquier momento. No obstante, como dejan entrever Luis García
Jambrina y Manuel Menchón en su libro La doble muerte de Unamuno (Capitan
Swing, 2021), el histórico rector también sabía que el asesinato y la desaparición
del poeta granadino Federico García Lorca había causado honda repercusión
internacional, lo que había dañado la imagen de Franco y sus acólitos. La
muerte revolotea como pájaro de mal agüero por la calle Bordadores, aunque más
que temerla, pareciera esperarla, Don Miguel, sin poder hacer nada.
Unamuno se convirtió, no
obstante, en una piedra china en el zapato. Vivo molestaba, muerto lo haría
también. De ahí el “encarcelamiento disfrazado”. Por ello, él pensaba que el
encierro al que le habían sometido acabaría con un asesinato en su propia casa.
Este pensamiento se puede observar en varias
cartas –hasta siete– y varios comentarios en prensa y entrevistas. “Son
comentarios estremecedores”, apunta Menchón, que sigue investigando al
intelectual vasco y salmantino de adopción.
Cartas y entrevistas para una
muerte anunciada
En una misiva al director del ABC
de Sevilla, Juan Carretero Luca de Tena, el 11 de diciembre de 1936, veinte
días antes de su fallecimiento, expresaba: “Le escribo esta carta desde mi casa
donde estoy desde hace días encarcelado disfrazadamente. Me retienen en rehén
no sé de qué ni para qué. Pero si me han de asesinar, como a otros, será aquí
en mi casa”. Unamuno se autocalifica como rehén días antes de morir.
20 días antes de morir, Unamuno
escribía al director del ABC de Sevilla: "Me retienen en rehén no sé de
qué ni para qué. Pero si me han de asesinar, como a otros, será aquí en mi
casa”
El 1 de diciembre Unamuno había
escrito a su amigo, Quintín de la Torre, que se encontraba en Espinosa de los
Monteros (Burgos) donde referenciaba una tercera y anterior carta no
encontrada, como explica Miguel Ángel García de Juan y recoge la Casa Museo
Miguel de Unamuno (Las de Unamuno, signatura 86/130; La de Quintín de Torre,
signatura 47/159/5). Le cuenta este día todo lo ocurrido el 12 de octubre,
acongojado e iracundo, señalando que con la guerra entre “hunos” y “hotros”
estaban ensangrentando España. “Hubiera usted oído aullar a esos dementes de
falangistas azuzados por ese grotesco y loco histrión que es Millán-Astray”,
escribía. El día 11 contestó Quintín, claramente adepto, diciéndole que los
“rojos” estaban cometiendo barbaridades con los «pobres chicos» que apresaban.
Dos días después, el 13 de diciembre, va fechada la última carta a este
escultor bilbaino amigo de Unamuno y adherido al alzamiento: aquí llama
“monstruo de perversidad, ponzoñoso y rencoroso” al general Mola. Y sigue: “Han
asesinado, sin formación alguna de causa, a dos catedráticos de universidad,
uno de ellos discípulo mío, y a otros. También al pastor protestante, por ser
masón. Y amigo mío… A mí no me han asesinado todavía estas bestias al servicio
del monstruo”. Se refería con “discípulo” a Salvador Vila y como “pastor
protestante” a Atilano Coco. Ambas muertes mataban en vida a Unamuno.
En otra carta, Unamuno llama
“loco histrión” a Millán-Astray y “monstruo de perversidad, ponzoñoso y
rencoroso” al general Mola. Acongojado, escribe: "A mí no me han asesinado
todavía estas bestias al servicio del monstruo”
En un escrito del 25 de
diciembre, seis días antes de la “la segunda muerte de Unamuno”, Miguel finge o
transcribe una “conversación con el rector Madruga” donde se puede leer: “Que
vengan acá a asesinarme como a [Arturo] Pérez Martín y a Vila. En esa Granada…
Peores los hotros que los hunos. Estos, ingenerados, salvajes; aquellos,
degenerados, resentidos, pervertidos. García Lorca”. Esto mismo quedó recogido
en un anexo en la edición de El resentimiento trágico de la vida, preparada por
Colette y Jean-Claude Rabaté.
Unamuno Salamanca paraninfo
Unamuno sale escoltado por el
propio Millán-Astray y obligadamente, de la mano de Carmen Polo ("La doble
muerte de Unamuno", 2021, Capitán Swing)
Unamuno escribió otra carta ocho
días antes de su definitiva desaparición. En ella trata temas cotidianos y
asuntos privados y domésticos que parece preocupado por dejar zanjados con
urgencia. Su destinatario era, precisamente, el rector Esteban Madruga –a
través de su hija Felisa– y la misiva estaba acompañada de “las llaves del departamento
de la antigua casa rectoral”. En esa casa rectoral, apunta Unamuno, “se guarda
la librería” que consideraba suya y “que hoy es de la Universidad”. Preocupado,
ruega que se informe al decano de la Facultad de Letras de que tiene “dos o
tres libros de su biblioteca”, por lo que le pide a este que se “digne en
mandar un bedel para que los recoja y los guarde allí”. El tiempo se acaba,
parece estar persiguiéndole la muerte. En su puerta, algunos guardias –al menos
uno a todas horas– con órdenes de disparar si intentara huir, aguardan atentos
desde hace semanas. En la carta añade: “He decidido no salir ya de casa desde
que me he percatado de que el pobrecito policía esclavo que me sigue —a
respetable distancia— a todas partes, es para que no escape —no sé dónde— y así
se me retenga en este disfrazado encarcelamiento como rehén no sé de qué, ni
por qué ni para qué». Esta oración es muy similar a la que ya le había lanzado
al director del ABC de Sevilla.
“Estoy vigilado, no se me deja
salir, pero todavía no me han fusilado”, declararía a L'Humanité. A ello añade
el entrevistador que “esa palabra, ‘todavía’, adquiere al día siguiente de la
desaparición de Don Miguel de Unamuno una trágica resonancia”
Unas declaraciones del propio
Miguel de Unamuno aparecieron en el diario francés L’Humanité tras su muerte,
como hablando desde el más allá. Se trata de una edición publicada el 7 de
enero de 1937, aunque la entrevista se realizara durante el mes de noviembre.
Firmada por Georges Sadoul, historiador de cine, reconoce que la fuente de su
escrito era un periodista anónimo que había conseguido hablar con Unamuno en
Salamanca. En ese encuentro, al parecer, Unamuno le entregó un “mensaje”
escrito de donde dice extraer las citas. La más significativa es la siguiente, que
aparece al final del artículo: “Estoy vigilado, no se me deja salir, pero
todavía no me han fusilado”. A ello añade el periodista que “esa palabra,
‘todavía’, adquiere al día siguiente de la desaparición de Don Miguel de
Unamuno una trágica resonancia”. Al parecer, el reconocido historiador del cine
estaba convencido de que, de una manera u otra, la premonición se había acabado
cumpliendo, como si se tratara de una profecía autorrealizada, según interpreta
Menchón.
En L’Humanité también se puede
leer: “Ya nunca más saldré a las calles de Salamanca. Me sacarán muerto de
aquí, ya se lo he dicho al comisario encargado de mi vigilancia”. Y, como
parecía entrever desde el principio, el escándalo internacional cree que es el
último escollo que alarga su encierro en vida: “No quieren que me vaya para
gritar al mundo entero las razones por las que me cazaron en la Universidad,
que cuente cómo fusilan en la retaguardia a falta de éxitos en el frente. He
escrito al extranjero para decir hasta qué punto este movimiento es inaudito,
sádico, cruel, bestial”.
Contra la Falange que le
asesinaría
“La Falange es sin duda el mayor
peligro de los que amenazan a España. Son locos, fanáticos, que calcan
ciegamente una idea extranjera y estrecha. Renuncian a su propia patria y a sus
ideas seculares”, había declarado Don Miguel ante un periodista polaco, Roman
Fajans, en una entrevista publicada el 6 de diciembre en el diario Kurier
Warszawski. Previamente denuncias similares habían sido publicadas en la prensa
extranjera, como el diario Candide de París, de extrema derecha, al que había
declarado que “es el régimen del terror. España está espantada de sí misma. Y
si no se contiene a tiempo llegará al borde del suicidio moral” o al
puertorriqueño Repertorio Americano, a quién afirmaba que “no hay cultura que
nazca, crezca o prospere bajo un régimen absolutamente militar, es imposible,
los militares son unos botarates”. Manuel Vicent también cuenta en un artículo
de El País que Unamuno, amenazando con fugarse, había soltado maldiciones
contra los falangistas mientras estaba retenido.
El 21 de noviembre Don Miguel
escribió dos cartas. La primera, iba dirección Lorenzo Giusso, filósofo
italiano, pero no fue recibida por su destinatario. Ese mismo día escribe otra
carta (o por lo menos la fecha el mismo día) dirigida a Mari Garelli. Se trata
de escritos, como ha podido comprobar Hordago, en los que habla de
confinamiento interno, encierro y enclaustramiento, en situación de rehén, «por
obra y gracia de estos… salvadores de España». En la carta a Garelli incide:
“Es el terrible resentimiento, es la envidia que tan bien señaló a fuego
Quevedo, es la lepra nacional, es el odio a la inteligencia. Y por haber dicho
esto en público, y que vencer no es convencer, ni conquistar es convertir, y haber
pedido otros métodos, el gobierno dictatorial militar que me restituyó mi
Rectorado me ha destituido de él sin oírme ni darme explicaciones”.
Un intercambio de misivas entre
Henry Miller y Miguel Unamuno cobra toda su importancia tras conocer todos estos
datos. Unamuno, en esa carta a Miller que sería confiscada por los servicios
militares y entregada a Franco el 20 de diciembre para avisarle de su “deseo de
huir al extranjero”, se puede leer: “En qué circunstancias me llega, amigo mío,
su carta a este mi hogar que es hoy cárcel...”. En esa misma carta, que se
puede leer en el libro Miguel de Unamuno: ¿Muerte natural o crimen de Estado?
publicado hace un año por Carlos Sá Mayoral, también podemos leer a Unamuno
decir: “Estoy, como le digo, preso en mi casa. Es cierto que me dicen, con
hipocresía tiránica, que puedo circular por la ciudad pero es seguido a cierta
distancia por un policía para que no salga de Salamanca, dónde se me tiene en
rehén no sé por qué ni de qué ni para qué, y con orden, si intento salir de
ella, hasta de asesinarme”.
Carta de Unamuno a Miller
Carta de Unamuno a Henry Miller
confiscada por los servicios militares. Fuente: Carlos Sá Mayoral
Quizá lo más importante de la
carta al escritor estadounidense es el reconocimiento de Unamuno de que lo que
desató las iras fue el encontronazo el Día de la Raza. Reproducimos in extenso
sus palabras: “En una Fiesta de la Raza, el 12 de octubre, que se celebró en la
Universidad, siendo yo rector de ella todavía, y a la que llevé la
representación expresa de Franco, me quejé de que no se oigan sino voces de
odio y ninguna de compasión, prediqué la concordia y dije que vencer no es
convencer ni conquistar es convertir y que hay que renunciar a la venganza que
no es justicia. ¡La que se armó! Consecuencia que el Gobierno mismo que llaman
nacional, el que me restituyó a mi rectorado me destituyó de él y después me ha
encarcelado, de la manera que le cuento aquí en esta mi casa. ¿Mi delito? El no
haber renunciado a mi derecho de ejercer libre crítica, de decir la verdad”. Sá
Mayoral, que rescató esta carta, considera que “Franco es el urdidor de la
persecución y, posiblemente, de la muerte de Unamuno”, como afirmó en la
entrevista realizada por Hordago.
En una carta no encontrada pero
transmitida por una alumna de Unamuno, el escritor atacaba duramente a los
franquistas, a los que acusaba de ser “una banda de analfabetos e idiotas que
estaban hundiendo a España en la vergüenza y en la estupidez”
Parece ser que existe una última
carta que, aunque continúa desaparecida, ha sido tildada de testamento
ideológico del intelectual vasco. Sería el ingeniero hispano-soviético Manuel
Vicens González quien ayudaría a reconstruir aquella misiva, que nunca fue
firmada por Unamuno, por cierto. Una entrevista grabada en la Residencia de
Estudiantes de Madrid en 1998 parecía poner sobre aviso de su existencia.
Vicens señaló que tenía constancia de esa carta en una entrevista con El País.
¿Por qué? Porque Don Miguel había confiado el escrito a la madre de Vicens,
María Luisa González Rodríguez, una bibliotecaria de Burgos, alumna del propio
Unamuno, para sacarlo del país. Pero María Luisa tuvo que huir de Salamanca y
no se llevó el escrito del que había hablado con su profesor. La madre y las
tías de Vicens habían discutido sobre este asunto, sabiendo que, de ser
interceptada, se meterían en problemas.
Según cuenta Vicens, que tenía
ocho años, su madre optó por estudiársela de memoria, paseando de lado a lado
de la casa, antes de huir. Vicens padre había escrito un artículo sobre Unamuno
donde se menciona la carta. En ella Unamuno atacaba duramente a los
franquistas, a los que acusaba de ser “una banda de analfabetos e idiotas que
estaban hundiendo a España en la vergüenza y en la estupidez”, señalaba la
“fría, metódica, científica y sádica represión franquista” y contaba que el
rector había tildado de “mamarracho” a un bibliotecario de la universidad “por
llevar la camisa y el gorrito falangista”, según recogió Ana María Díaz Marcos
en El País.
12 de octubre, principio del fin
La importancia del enfrentamiento
de aquel Día de la Raza se puede valorar a través de varios elementos más.
Primero, el 13 de octubre, es decir, inmediatamente, el jefe Provincial de
Falange –Francisco Bravo– escribiría un telégrafo urgente a Fernando, hijo
mayor de Unamuno, que residía en Palencia, donde reconocía que el termómetro
subía: “Me he enterado de un grave incidente con ocasión del acto del Paraninfo.
Tu padre, que no quiere darse cuenta del ambiente aborrascado propio de la
guerra civil en que vivimos, dijo unas cosas que suscitaron protestas crudas y
violentas de los asistentes, con Millán-Astray a la cabeza […]. Creo, Fernando,
que debes irte a Salamanca y convencer a tu padre de que en tanto duren las
circunstancias evite actuaciones públicas que indignen o alarmen a gentes que
andamos metidas en la guerra, entre los cuales habrá mezquinos y ruines,
incapaces de separar sus egoísmos personales del ideal que guía al pueblo, pero
cuya mayoría somos los que pensamos y trabajamos por España”. “Sería doloroso
que a tu padre pudiera sucederle algún incidente desagradable”, decía también
en su carta.
Ese 13 de octubre, Unamuno fue
inmediatamente destituido como “Alcalde honorario perpetuo de Salamanca” –lo
ostentaba desde 1931– y, un día después, a petición del rector Loscertales, se
le retiró la confianza como rector vitalicio. Loscertales tuvo un papel
relevante en el fin de Unamuno pues fue el autor del relato oficial de su
muerte, rápidamente escrito e impreso, tomando los apuntes del falangista
Bartolomé Aragón, el supuesto alumno que era en realidad un agente doble y, en
cualquier caso, la última persona que le vio con vida, casi con toda seguridad
arrebatándosela para siempre.
Rizal
Las notas del discurso de Unamuno
en el Paraninfo de Salamanca, donde Millán-Astray amenazó de muerte al
intelectual. De los documentos oficiales siempre se había borrado el nombre
'Rizal' ("La doble muerte de Unamuno", 2021, Capitán Swing)
El 18 de octubre, apenas seis
días después del encontronazo, Millán-Astray aparecería de nuevo en público,
ante los militares del Cuartel de los Requetés de Salamanca, y soltó una
soflama más, quizá la definitiva: “¡Ay de aquellos intelectuales que marchen
por las sendas tenebrosas! Y los que empleen los caminos sutiles, los
disfraces, los juegos de palabras desde los que se lanzan flechas ponzoñosas y
se esconde el pecho. ¡Esos serán fulminados!”. ¿A quién se refería el mutilado
militar?
Apenas otros cuatro días después,
Unamuno se enteraba de que el propio Franco le había destituido como rector. Un
día después, ya el 23 de octubre, Salvador Vila, discípulo del intelectual
vasco, es asesinado a pesar de la mediación de Unamuno. Manuel Menchón, que ha
dedicado los últimos años a tratar de averiguar qué ocurrió con Don Miguel en
sus últimos días, repara en que tanto Vila como Atilano Coco, asesinado el
mismo mes de diciembre, serían formas de aviso y de tortura sentimental para
Unamuno, tal y como cuenta en su documental Palabras para el fin del mundo.
El último gran aviso con
palabras, sin sangre pero con tinta y micrófono, tuvo lugar cuando el 1
noviembre, en una conferencia radiada, el padre Tusquets, preceptor de la hija
de Franco y confesor de la familia, declamó: “Yo acuso, y acuso sin retóricas,
con pruebas a Unamuno, en cuya ayuda intervino toda la Francmasonería liberal y
socialista de Francia”.
¿Por qué no se investiga la
muerte de Unamuno?
El escritor y profesor Luis
García Jambrina explica a Hordago por qué, a su juicio, no se está investigando
la muerte en raras circunstancias del intelectual vasco y salmantino de
adopción: “A mi juicio, el caso de la muerte de Miguel de Unamuno recuerda
mucho al del poeta Pablo Neruda, fallecido en 1973, con 69 años; según el
certificado de defunción, a causa de un cáncer de próstata, pero todo apunta a
que fue envenenado por un agente secreto de la dictadura chilena”. Mientras el
caso de Neruda se ha investigado (y se sigue investigando), el de Unamuno solo
cuenta con los esfuerzos de historiadores, investigadores autónomos,
unamunianos descontentos y profesores a los que no les cuadra el final de Don
Miguel.
"Si tenemos en cuenta los
indicios que hasta ahora tenemos y las circunstancias que rodearon los hechos,
la muerte de Unamuno debería considerarse como mínimo sospechosa de
criminalidad, y, por lo tanto, debería ser investigada por la justicia”,
explica Jambrina, profesor e investigador de la muerte de Unamuno
Argumenta Jambrina: “Para Manuel Menchón
y para mí, está claro que, si tenemos en cuenta los indicios que hasta ahora
tenemos y las circunstancias que rodearon los hechos, la muerte de Unamuno
debería considerarse como mínimo sospechosa de criminalidad, y, por lo tanto,
debería ser investigada por la justicia”. Lo esencial, según Jambrina, es que
sea la familia del escritor quien abra las correspondientes diligencias para
conocer la verdad sobre el caso; porque, “entre otras cosas, debería llevarse a
cabo la exhumación y examen de los restos, así como la realización de otras
pruebas periciales con el fin de esclarecer los hechos”. Jambrina concluye: “Si
se ha hecho con Neruda, ¿por qué no puede hacerse también con Unamuno?”. Lo
cierto es que ochenta y ocho años después de su muerte, Don Miguel sigue
esperando en su nicho a que se le haga justicia.