Mitos y realidades de una guerra
anunciada
El asesinato de José Calvo Sotelo
fue esgrimido por los sublevados como la causa que les empujó a la
rebelión. La documentación demuestra que el golpe de Estado había comenzado a
planificarse meses antes. Los últimos estudios sobre la represión en ambas
zonas establecen unos datos esclarecedores: 50.000 asesinados
extrajudicialmente por el bando republicano y unos 150.000 por el bando
franquista.
El dictador Francisco Franco
Ochenta años después del inicio
del golpe de Estado que provocó la guerra, parte de la sociedad española sigue
desconociendo la verdad de este negro pero crucial capítulo de nuestra
historia. Durante cuatro décadas, la dictadura franquista se encargó de adulterar
la realidad de lo ocurrido para satanizar a la República y glorificar el
papel jugado por ellos mismos, los golpistas.
Los historiadores franquistas y sus herederos
justifican la sublevación militar por la “insostenible” situación de caos,
anticlericalismo y violencia que, según ellos, se sufrió durante el
periodo republicano. Los hechos y los datos demuestran, sin embargo, que
una buena parte de la derecha española juró acabar con la República el
mismo día en que fue proclamada y comenzó a conspirar contra ella desde
aquel 14 de abril de 1931. Las razones de esta animadversión se resumen en
dos: poder y dinero.
El nuevo régimen amenazaba el
histórico statu quo de los estamentos que habían dirigido nuestro país
durante siglos: la oligarquía económica, los terratenientes, el Ejército y
la Iglesia católica. La República se planteaba, entre otros objetivos,
una ambiciosa reforma agraria que acabara con la situación de miseria que
sufrían más de dos millones de jornaleros sin tierra; una reforma militar
para democratizar el ejército y extirparle su ADN golpista; una reforma
religiosa que terminara con los privilegios de la Iglesia y le arrebatara
el control de la educación; una descentralización del poder que, según se
decía en la Constitución de 1931, garantizaba la integridad del Estado
“compatible con la Autonomía de los Municipios y las Regiones”.
A todo ello hay que sumar otra
afrenta global contra el amo y señor de la España tradicional: el hombre.
En solo dos años la República equiparó a la mujer en derechos y libertades
concediéndole el derecho al voto antes que otras naciones europeas como
Francia o Grecia.
La tormenta ideológica perfecta
La España de los años 30
reflejaba la tensa situación política que se vivía en toda Europa. El auge
del fascismo coincidía con el extremismo revolucionario de los grupos
anarquistas y de los movimientos comunistas que miraban con
admiración hacia la Unión Soviética de Stalin. Las revueltas obreras y los
actos de violencia eran frecuentes en todo el continente. En la España
republicana hubo sucesos especialmente graves como la matanza de Casas
Viejas o el levantamiento revolucionario de 1934.
Hechos que se saldaron con
centenares de muertos y que fueron originados por la constante lucha entre
quienes deseaban acelerar las reformas y aquellos que trataban de
frenarlas a toda costa. La derecha que acabaría sublevándose contra la
República contribuyó decisivamente a generar ese clima de tensión y
violencia ejerciendo de pirómano para después presentarse como el bombero
salvador. Sus líderes políticos trataron constantemente de minar la
credibilidad del régimen; sus militares conspiraron en la sombra,
protagonizaron varias intentonas golpistas y ejercieron la represión
con especial virulencia, tal y como hizo el propio Franco para sofocar la
revolución en Asturias; sus matones de la Falange sembraron el terror y
provocaron la reacción violenta de sus adversarios; hasta sus
terratenientes ejercieron de saboteadores profesionales dejando que sus
latifundios quedaran inertes en lugar de permitir que fueran explotados
por los hambrientos pero combativos jornaleros: “No queríais República,
pues ahora comed República”, espetaban los grandes propietarios a los
agricultores sin tierra.
La izquierda por su parte se
desangraba fruto de sus peleas internas y se debatía entre la lealtad al
nuevo régimen y el deseo de sobrepasarlo, instaurando
sistemas revolucionarios inspirados en ideales libertarios o comunistas.
Numerosos anarquistas, socialistas y comunistas no veían la República como
un fin, sino como un instrumento provisional para conseguir objetivos
políticos más ambiciosos.
Los preparativos y el detonante
El asesinato de José Calvo Sotelo
fue esgrimido por los sublevados como la causa que les empujó a la
rebelión. La documentación hallada y el testimonio de numerosos
protagonistas demuestran que el golpe de Estado había comenzado
a planificarse meses antes de la violenta muerte del político monárquico.
De hecho, el propio Calvo Sotelo y Gil Robles, líder de la mayoría parlamentaria
de derechas, participaban activamente en la conspiración para recuperar
por la fuerza el poder que habían perdido en las urnas.
Tras años de preparativos e
intentonas fallidas, el detonante final no fue otro que el triunfo del
Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936.
Un golpe de Estado “rápido y
limpio”
El capitán de aviación Virgilio
Leret fue, probablemente, la primera víctima de la rebelión militar. El 17
de julio trató de hacer frente en Melilla a la sublevación que se había iniciado
en Canarias y en las colonias del norte de África. Leret fue capturado y
fusilado esa misma noche por los rebeldes. Al día siguiente la rebelión se
extendió a la Península.
El golpe de Estado estaba
liderado por un grupo de generales encabezados por José Sanjurjo y contaba
con el apoyo de los partidos de la derecha parlamentaria, sectores
monárquicos, financieros y empresariales, movimientos fascistas como la Falange
y el respaldo directo de Hitler y Mussolini. Los rebeldes planeaban
hacerse con el control del país en poco más de 72 horas. No contaban con
que una parte del Ejército iba a mantener su juramento de lealtad al
Gobierno legítimo de la República, ni preveía que los obreros y
agricultores iban a lanzarse a las calles de ciudades y pueblos para
defender la democracia con las armas en la mano.
“Cueste lo que cueste”
Tras la oportuna muerte de
Sanjurjo en un accidente de aviación el 20 de julio, Franco comenzó a
perfilarse como líder de los rebeldes. A esas alturas ya no había dudas de
que el golpe había fracasado y que el nuevo escenario era una guerra
de dimensiones catastróficas. Un panorama que no desanimaba al nuevo jefe
de los sublevados.
El 27 de julio el corresponsal
británico del News Chronicle, Jay Allen, relataba su entrevista con Franco
en Tetuán: “A mi pregunta ¿ahora que el golpe ha fracasado en sus
objetivos, por cuánto tiempo seguirá la matanza?”,
contestó tranquilamente: “No habrá compromiso ni tregua, seguiré
preparando mi avance hacia Madrid. Avanzaré —gritó—, tomaré la capital.
Salvaré España del marxismo, cueste lo que cueste” (...). “¿Eso significa
que tendrá que matar a la mitad de España?”. El general Franco sacudió la
cabeza con sonrisa escéptica, pero dijo: “Repito, cueste lo que cueste”.
La decisiva “no intervención”
“Las democracias europeas dejaron
caer la República. Por un lado creían que así apaciguarían a Hitler; pero
por otro le tenían más miedo a la revolución social republicana que a un
posible gobierno autoritario y fascista. Por eso el pacto de
no intervención fue, en realidad, una intervención en toda regla para
facilitar la victoria de Franco”.
Así de contundente se muestra el
hispanista de la Universidad de Pau, Jean Ortiz. Los hechos le dan la
razón. Además de la ayuda prestada en la preparación del golpe de Estado,
Alemania e Italia comenzaron a enviar aviones, material de guerra y
asesores militares al bando franquista desde el inicio del golpe. Francia
y el Reino Unido contestaron promoviendo un acuerdo de “no intervención”
que acabó convirtiéndose en una farsa. 27 naciones europeas se sumaron a
él, entre ellos Italia, Alemania y Portugal que no dejaron de
violarlo sistemática y descaradamente durante los tres años que duró la
guerra.
Ya los corresponsales
extranjeros que cubrieron el conflicto bélico coincidieron en señalar en
sus crónicas que Franco jamás habría podido ganar la guerra sin
el respaldo militar de Hitler y Mussolini. Enfrente, la única ayuda
exterior que recibió la República fue la de miles de voluntarios poco
preparados que formaron las Brigadas Internacionales y el apoyo más
sustancial, pero infinitamente menor que el que aportaron Alemania e
Italia al bando franquista, que le brindó la Unión Soviética.
Víctimas de guerra y de la
represión
Los historiadores no se ponen de
acuerdo sobre las víctimas que provocó la guerra. La cifra que más puede
acercarse a la realidad es la que aportan investigadores como Paul
Preston: 300.000 muertos en los frentes de batalla y 200.000 víctimas de
la represión en ambos bandos. Preston no se atreve a aventurar una cifra
de civiles fallecidos en bombardeos y combates.
Los últimos estudios sobre la
represión en ambas zonas establecen unos datos esclarecedores: 50.000
asesinados extrajudicialmente por el bando republicano y unos 150.000 por
el bando franquista. La represión en la zona republicana se
produjo mayoritariamente durante 1936, provocada por el caos inicial
generado por el golpe, por la entrega de armas a la población civil y, por
extensión, a grupos extremistas y por la ausencia de un mando único capaz
de hacer cumplir la ley.
Fue en estos meses cuando
también se produjo la mayor parte de los asesinatos de religiosos y de la
destrucción de templos como injustificable respuesta al inmediato apoyo
que la Iglesia brindó a los sublevados. Esta situación fue poco a poco
controlada y las autoridades republicanas no solo lucharon contra
cualquier exceso cometido por sus tropas, sino que llegaron a juzgar a
algunos de los responsables de los mismos.
Por contra, el bando franquista
utilizó el terror como arma de guerra. El asesinato, la violación de
mujeres, las torturas eran parte de la estrategia diseñada por sus líderes
para eliminar y, de paso, doblegar al enemigo. Los alcaldes, concejales, diputados,
maestros y militantes de las organizaciones republicanas
eran sistemáticamente exterminados en las poblaciones conquistadas. No se
trataba de una política secreta, los generales rebeldes alardeaban
públicamente de ella.
Existen decenas de ejemplos pero
citaremos solo dos de los más significativos. El general Mola, pocos días
después del inicio del golpe, afirmaba: “Hay que sembrar el terror… hay
que dar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos
los que no piensen como nosotros. Nada de cobardías. Si vacilamos un
momento y no procedemos con la máxima energía, no ganamos la partida”. Su
colega, el general Queipo de Llano, se hizo célebre por sus arengas desde
radio Sevilla en las que animaba a sus tropas a asesinar a los republicanos
y violar a sus mujeres: “Nuestros valientes legionarios y regulares han
demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres… y de paso
también a sus mujeres. Esto está totalmente justificado porque estas comunistas
y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo
que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar
por mucho que berreen y pataleen”
Un extraño final
La caída de Cataluña en enero de
1939 supuso el principio del fin para la República. Medio millón de
hombres, mujeres y niños cruzaron la frontera hacia Francia huyendo del
avance franquista en los primeros días del mes de febrero.
Muchos de los combatientes
deseaban embarcarse inmediatamente rumbo hacia Valencia para seguir
defendiendo “su” República que aún controlaba un tercio de la Península
incluyendo Madrid; las autoridades francesas les desarmaron y
les impidieron retornar a España.
Carlos Hernández
15 de julio de 2016