¡Hola!: Desconecta el televisor,
deja el móvil donde ni lo veas ni lo oigas, siéntate en tu sillón favorito,
cierra los ojos y permíteme que te lea el capítulo XXXI de Bella Luna en lo que
el sueño te manda a la cama para recuperar las fuerzas perdidas durante el día.
XXXI EL REGRESO DE LOS NIÑOS
Tía Lulú, en cuclillas sobre la cima del
barranco Azul, decía a Bella Luna:
—Ya veo menos que un topo. ¿Acaso es el
sol esa franja anaranjada que empieza a perfilarse en el horizonte?
—No te preocupes, tía Lulú, que yo te
prestaré mis ojos pues tienen luz para las dos. Es el sol que ya se ha puesto
su túnica de oro y empieza a pasearse porque los luceros que le sirven han
barrido todas las nubes que le obstaculizaban el paso.
—Se me están cerrando las puertas de los
oídos, Bella Luna, y me temo que pronto no entrarán en ellos ni los aullidos de
los lobos. ¿Todavía son truenos esos ruidos que se oyen a lo lejos?
—No te preocupes, tía Lulú, que yo tengo
para ti un oído y el otro para mí. Son las aves que cantan y nos anuncian con
sus trinos que ya están transitables los caminos para llegar a Mimbres Blancas.
—Ay, Bella Luna, muy pronto se me parará
el corazón. ¿Es que todo el aire se ha ido a la sierra o es que se me han
cerrado las ventanillas de la nariz?
No te preocupes, tía Lulú, que mis manos
son fuertes y también son tuyas. Haré un flabelo con plumas de avestruz para
llevar el aire a tus pulmones cuando te haga falta.
Cumplió sus promesas de mil amores. Su corazón era pequeño de
tamaño, pero como los buenos sentimientos ocupan menos sitio que los malos, tía
Lulú decía que lo tenía muy grande. Le fue narrando todo cuanto veía, oía y
sentía, y la anciana no se perdió ni el más mínimo detalle.
—A lo lejos se ven unas setas muy raras
porque se mueven y son de colores. ¿Serán árboles encantados que vienen a
plantarse en el barranco Azul?
Tía Lulú se extrañó.
—Los árboles sólo mueven las ramas si se
las mueve el viento, y ahora está en calma; además, no pueden plantarse solos,
tienen que plantarlos los hombres. Emprendamos el regreso y abre bien el ojo
que, acortando distancias, lo misterioso se hace real.
Las ovejas se bañaron en las cristalinas
aguas del río que bordeaba el barranco hasta que sus vedijas quedaron como
copos de nieve y se tumbaron al sol para que sus rayos se las secaran. Con la
ayuda del aire se las desenredaron unas a otras y sin esperar a que alguien les
diera la orden emprendieron la marcha a toda prisa y entre alegres balidos. Tía
Lulú pidió a Bella Luna que se subiera en un castaño para ver si los bultos que
se acercaban eran personas, y Bella Luna, tras darle gusto y comprobar que eran
seres de carne y hueso, descendió alarmada.
—¿Serán ladrones que bajan de la sierra?
¿Qué haremos si nos roban las ovejas? Si tú pudieras correr tras ellas y yo
tuviera fuerzas para defenderlas…
—No te preocupes. Aquí no vienen los
ladrones; no hay nada para robar. Seguro que es gente de casa, quizá los niños
de Mimbres Blancas, los mayores bastante tienen con buscar culpables de sus
errores para justificar sus conciencias. Los animales ven más que las personas
porque tienen los ojos más grandes y seguro que las ovejas los han conocido. De
no ser así, no se habrían separado de nosotras. Son más fieles que las
personas.
El rebaño alcanzó la piña de niños antes de que ellas
descendieran la cima del barranco e hizo el primer alto en el camino.
—Corred a buscar a Bella Luna y a tía
Lulú. Aunque ninguna lo dice para no contagiarse el miedo la una a la otra, no
se atreven a emprender el camino ellas solas. Nosotras seguiremos hacia el
pueblo guiadas por vuestras huellas. Queremos llegar antes de que nuestros amos
sufran un síncope de muerte. Por eso no las hemos esperado.
Tía Lulú arrugó la nariz. ¿Y si se
equivocaba? Si lo evidente no era siempre la verdad, lo que se presentía,
también podía ser mentira. Pero cuando Bella Luna le comunicó que los bultos
eran sus amigos la desarrugó y dijo:
—¡Sólo estos diablos son capaces de llegar
al barranco Azul!
Y alzaron los brazos a la vez que repetían
sus nombres para indicarles que ya los habían visto.
Cuando tía Lulú se vio rodeada de todos
los niños de Mimbres Blancas vivió una de las alegrías más grandes de su vida.
Les mostró encantada todas las maravillas del barranco y oyeron hablar a las
flores, vieron crecer los árboles, notaron el amor de los animales...
aprendieron como vivían las familias de animales y plantas. Los pequeños
tranquilizaron a tía Lulú pues habían adivinado su pensamiento.
—No diremos a nuestros padres dónde está
el barranco Azul ni le revelaremos sus secretos. Queremos que lo averigüen por
sí solos. Hemos aprendido que solo se sabe valorar y disfrutar aquellas cosas
que cuestan sacrificio.
Cuando tía Lulú los invitó a partir, los
pequeños se pusieron de mil uñas.
—Volved a casa y llevad a Bella Luna que
vuestros padres estarán muertos de angustia.
—Sólo regresaremos si tú vienes con
nosotros.
—Mi ayuda ya no es necesaria, sois más
listos que el hambre y vuestros ángeles de la guarda os llevarán por caminos
certeros.
—No quieras cargarle el mochuelo a los
ángeles que no vemos. ¿Crees que porque somos niños somos tontos? Sabemos que todos tenemos un
par de ángeles para que nos cuiden en la tierra y que todos tienen el mismo
nombre: madre y padre. Pero los nuestros están muy lejos ahora, y como a ti te
sobran años para saber hacerlo mejor que ellos, estás obligada a
suplirlos.
—¡Qué granujas! Siempre tenéis que saliros
con la vuestra. ¿No veis que mis piernas ya no tienen fuerza para llevar mi
cuerpo y os seré más incordio que ayuda?
—Eso no es problema porque somos muchos y
nos vamos turnando y te llevamos a la silla de la reina.
Tía Lulú se sintió muy orgullosa al
imaginarse entrando triunfante en Mimbres Blancas y con una sonrisa les
confirmó que se saldrían con la suya aunque de momento les hiciera rabiar.
Una cigüeña llegó surcando los vientos y
trepó hasta la torre de la iglesia.
—¡Salid, vecinos, y recibid como merecen a
todos los niños!
El grito cortó el cordón de ronquidos y
todos los padres se despertaron a la vez. Los Lláguez
abandonaron su casa para reunirse con ellos
en la alameda del río. Entre todos hicieron arder una hoguera. “La luz
de las llamas será la mejor farola para que se orienten los niños”. Las alegres
notas de una canción se filtraron entre las mimbreras. Todos se mordieron la
lengua y aguzaron la oreja con la esperanza de reconocer en los cantores la voz
de sus hijos.
¡Queremos a esta bruja que se llama Lulú!
¡Sí, sí, sí, queremos a esta bruja!
¡No, no, no, que se llama Lulú!
¡Que juega con los niños en el barranco
azul!
¡Sí, sí, sí, que juega con los niños!
¡No, no, no, en el barranco azul!
¡Que ama a los animales y habla con las
estrellas!
¡Sí, sí, sí, que ama a los animales!
¡No, no, no, y habla con las estrellas!
¡Viviremos con ella en el barranco azul!
¡Sí, sí, sí, viviremos con
ella!
¡No, no, no, en el barranco azul!
¡Donde no viven duendes, que sólo habita
Dios!
¡Sí, sí, sí, donde no viven duendes!
¡No, no, no, que sólo habita Dios…!
¡Apagar ya la hoguera, que una flor no se
quema!
¡Sí, sí, sí, apagar ya la hoguera!
¡No, no, no, que una flor no se quema!
¡Lulú salva a los niños cuando aburridos
sueñan!
¡Sí, sí, sí, Lulú salva a los niños!
¡No, no, no, cuando aburridos sueñan!
¡Si no le dais cobijo, nos iremos con
ella!
¡Sí, sí, sí, si no le dais cobijo!
¡No, no, no, nos iremos con ella...!
Cuando llegó la comitiva cesó la canción
y todos sin excepción se fundieron en un abrazo. Tía Lulú sólo tenía fuerzas para
dejarse besar y sonreír. Bella Luna se abrazó
a sus padres con los ojos llenos de lágrimas. ¡Qué alegría es ver que son verdades las mentiras que nos
dicen las estrellas cuando soñamos!” Sus padres, que también lloraban de
emoción, guardaron silencio mientras que el resto de los padres entonaban un
festivo “¡campeones!, ¡campeones!, ¡campeones”!, y el señor alcalde improvisó
una tribuna en la copa de un árbol y ordenó:
—Mañana, al filo del mediodía, quiero
veros a todos en la iglesia vestidos de punta en blanco para dar las gracias al
cielo.
Y por primera vez todos le aplaudieron.
María Jesús Sánchez Oliva
Relación de libros publicados por mi
autora: María Jesús Sánchez Oliva. Pero antes quiero recordarte que por ser el
primero de sus libros me ha distinguido con este espacio en su blog del que me
siento tan orgulloso como responsable.
“Garipil (1995)”.
Reseña: Garipil
es un semáforo. Nace con una idea en la cabeza: decir a la sociedad que las
máquinas como él nacen para estar al servicio del hombre, para ayudarle en
todas las tareas que tiene que realizar, para hacerle la vida más cómoda, pero
en ningún caso para suplirlo. Su mensaje es tan aconsejable para niños como
para mayores.
“Letanías (1999)”.
Reseña: Letanías es una colección de
historias breves pero completas. El libro ideal para los que quieren leer pero
les falta paciencia para enfrentarse a libros con muchas páginas. Algunos de
los relatos han sido premiados en distintos certámenes literarios.
“El rosario de los cuentos
(2003)”.
Reseña: En los primeros años de la
posguerra española, en un pueblo de Castilla, un cura de la época es incapaz de
encauzar a sus feligreses por el camino recto a través del Santo Rosario, como
era costumbre. Ante su fracaso decide transformar cada misterio en un cuento.
El resultado son quince cuentos para niños de distintas edades. Cada cuento
está ilustrado con una viñeta alusiva a la época. Este libro
obtuvo el tercer premio en el Concurso de Cuentos Tiflos en su edición de 1996.
“Cartas de la Radio (2007)”.
Reseña: Cartas de la Radio es una
colección de cartas o artículos de opinión escritas y leídas semanalmente en un
Onda Cero por María Jesús Sánchez Oliva durante cuatro años. Las cartas van
dirigidas a políticos, ciudadanos de a pie, víctimas del terrorismo,
instituciones, asociaciones, etc., y no pocas nos llevan a acontecimientos que
siguen vivos en nuestra memoria.
“Cuentos de la Cigüeña (Soles y Lunas)
(2014)”.
Reseña: Son doce cuentos escritos en verso
con los que las mamás y los papás disfrutarán leyéndoselos a sus hijos y los
niños aprenderán a amar la poesía a la vez que los cuentos.
“Los días perdidos (2018)”.
Reseña: En esta novela se narra la
historia de Ara, una mujer que de forma inesperada tiene que enfrentarse a una
ruptura matrimonial. El impacto la lleva a recluirse en su ático de soltera.
Tras varios años de aislamiento, al salir de casa una mañana, la avería del
ascensor la obliga a bajar andando todas las plantas del edificio. En cada
planta se encuentra con una mujer que le cuenta su historia. Son mujeres muy
distintas unas de otras, pero todas, por distintas razones, han perdido muchos
días de su vida. Ya en la planta baja se encuentra con Daniel, el único vecino
del edificio que también ha perdido muchos días inútilmente, y de forma
espontánea los dos deciden no perder ni uno más. “Primer Premio Tiflos 2013”.
Para más información sobre los libros,
hacer un comentario o simplemente saludarme, solo tienes que contactar conmigo
a través de mi dirección de correo electrónico:
Garipil1995@gmail.com
Estaré encantado de responderte.
Gracias por tu visita y hasta el próximo
número.
Firmado: Garipil.